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Las aventuras de Bella

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Antiguo 03-10-2011 , 12:17:50   #161
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Los mejores licores
Pasamos por una calle estrecha en la que había esclavos de alquiler colgados de una
pared, atados de pies y manos, con el reluciente vello púbico lu brificado y los precios
marcados en el yeso que te nían encima. En una pequeña tienda, una costure ra desnuda
ponía alfileres aun dobladillo, y en un pequeño espacio abierto un grupo de príncipes
desnudos hacía girar una rueda. Por todas partes, príncipes y princesas se arrodillaban
por igual con bandejas que ofrecían a la venta pasteles recién hechos, que sin duda
procedían del horno de sus dueños o señoras. y recibían humildemente las monedas de
los compradores en los cestillos que colgaban de sus bocas.
La vida ordinaria del pueblo transcurría como si mi miseria no existiera, y continuaba
sin tanta lamentación.
Una pobre princesa encadenada a una pared forcejeaba mientras tres muchachas del
pueblo la
toqueteaban ociosamente, entre risas, e importu naban su pubis.
Aunque no se apreciaba de ningún modo la fe rocidad teatral del lugar de castigo
público de la noche anterior, la vida cotidiana del pueblo impo nía, era espeluznante.
En la entrada de una casa, una rolliza matrona sentada en un taburete azotaba sonora y
furiosamente con su amplia mano a un príncipe desnudo que estaba apoyado en su
rodilla. Una princesa que sujetaba con ambas manos una jarra de agua sobre su cabeza
esperaba sumisamente a que su amo insertara entre sus rojos labios púbicos un gran
falo, con una traílla sujeta al extremo, por medio de la cual obligaba a la muchacha a
que le siguiera.
En ese momento nos encontrábamos en unas calles más tranquilas, donde habitaban
hombres de posición y propietarios y, por lo tanto, pasábamos ante puertas
resplandecientes con aldabas de bronce. Desde los altos puntales de hierro ubicados más
arriba colgaban esclavos como si fueran motivos decorativos.
Un silencio descendió sobre nosotros, y el ruido de las herraduras de los corceles que
resonaba por las paredes destacó de modo más penetran te, así como mi gimoteo, que
cada vez oía con más claridad.
No podía imaginarme lo que me depararían los días siguientes. Todo parecía tan
establecido, la población tan acostumbrada a nuestras quejas. Nuestra servidumbre
sustentaba el lugar tanto como el alimento, la bebida y la luz del sol. Y yo sería
conducido a través de todo aquello por una ola de deseo y entrega.
Había regresado de nuevo a la vivienda de mi amo. Mi casa. Cruzamos la entrada
principal, tan ornada como las que habíamos visto por el cami no, con grandes y
costosas ventanas de vidrio em plomado, y doblamos por la pequeña calleja que llevaba
a la calzada posterior de la casa, la que transcurría a lo largo de la muralla.
Me despojaron de las correas y falos con gran celeridad, se llevaron a los corceles y yo
me desplomé en el suelo, cubriendo de besos los pies de mi amo. Besé el empeine de las
botas de suave cue ro, los tacones y los cordones. Mis sollozos agonizantes surgían cada
vez con más emoción.
¿Qué era lo que rogaba? Sí, convertidme en vuestro abyecto esclavo, tened piedad. Pero
tengo miedo, tengo miedo.
En un momento de demencia absoluta deseé que me llevara de nuevo al lugar de castigo
públi co. Hubiera corrido con todas mis fuerzas hasta la plataforma giratoria.
Pero mi amo se limitó a dar media vuelta y en tró en la casa. Yo lo seguí a cuatro patas,
lamiendo y besando sus botas mientras caminábamos, y continué tras él por el pasillo
hasta que me dejó en la pequeña cocina.
Los jóvenes criados me bañaron y me dieron de comer. En esta casa no había esclavos.
Al parecer, yo era el único al que mantenían para el tormento. Tranquilamente, sin la
menor explicación, me llevaron a un pequeño comedor. Con destreza y rapidez, me
sostuvieron de pie contra una pared, me encadenaron formando una cruz con las pier
nas y los brazos abiertos, y así me dejaron. La habitación estaba reluciente y ordenada.
Desde mi posición podía verla por entero. Era una estancia de una pequeña casa de
pueblo, pero de corada con un lujo como nunca había conocido en el castillo en el que
nací y me crié, ni tampoco en el castillo de la reina. Las vigas del bajo techo estaban
pintadas y decoradas con flores. Volví a experimentar lo mismo que la primera vez que
entré en la casa, me sentí enorme y vergonzosamente des nudo en ella, un verdadero
esclavo atado en medio de estantes de reluciente peltre, sillas de roble de alto respaldo y
una chimenea pulcramente limpia.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Las plantas de mis pies reposaban sobre el suelo encerado, lo que me permitía descansar
el peso de mi cuerpo sobre ellos y reclinarme contra el yeso de la pared. Si mi pene
durmiera, pensé, hubiera podido descansar.
Las doncellas iban y venían con sus escobas y fregasuelos, discutían sobre la cena, si
asar la carne de vaca con vino blanco o negro, y si añadir la cebolla entonces o más
tarde. No me prestaban atención excepto para tocarme suavemente al pa sar, mientras
seguían quitando el polvo con aspa vientos e iban de aquí para allá.
Yo sonreía al escuchar su cháchara. Pero cuan do empecé a amodorrarme, abrí los ojos
y al en contrarme con el encantador rostro y la figura de mi ama de cabello oscuro me
sobresalté.
Me tocó el pene y, al doblarlo hacia abajo, mi miembro cobró vida violentamente. La
señora te nía en las manos varios pesos pequeños de cuero negro con abrazaderas, como
los que yo había llevado el día anterior en los pezones, y, mientras las doncellas
continuaban hablando detrás de una puerta cerrada, me los aplicó a la piel colgante del
escroto. Di un respingo. No podía quedarme quieto, pues los pesos eran lo
suficientemente pe sados como para hacerme adquirir conciencia de cada centímetro de
la sensible carne y del más leve movimiento de mis testículos; y al parecer era ine
vitable que se movieran sin cesar. Siguió colocán domelos concienzudamente, punzando
la carne como el capitán había hecho antes con sus dedos.
Aunque yo me encogiera de dolor, ella no se in mutaba.
Luego colgó de la base de mi pene un pesado colgante, y cuando mi órgano se encorvó
con el peso sentí la frialdad del hierro contra mis testícu los. El contacto de esas cosas y
sus movimientos eran recordatorios insoportables de mis abultados órganos y su
degradante exposición.
La pequeña habitación se sumió en un am biente más mortecino, pareció empequeñecer.
La figura de mi ama apareció grande y amenazante ante mí. Apreté con fuerza los
dientes para no suplicar y evitar que algún grito mortificante saliera de mi garganta,
pero entonces volvió a invadirme la sensación de derrota y rogué silenciosamente, con
suspiros y suaves gemidos. Había sido un es túpido al pensar que me dejarían allí
asolas.
Los llevaréis puestos me dijo hasta que vuestro amo mande a buscaros. En el caso de
que el peso de vuestro pene se caiga, sólo puede existir un motivo: que vuestro miembro
se haya quedado flácido y haya soltado el grillete. En tal circunstancia, debéis saber que
vuestro pene recibirá una azotaina, Tristán.
Asentí al ver que ella se mantenía expectante, pero no fui capaz de encontrar su mirada.
¿Acaso necesitáis ahora esa azotaina? me preguntó.
No fui tan tonto como para contestar. Si res pondía que no, se reiría y lo tomaría como
una impertinencia. Si respondía que sí, estaba seguro de que ella se violentaría y yo me
llevaría una bue na paliza.
Pero la señora ya había levantado una peque ña y delicada correa blanca que sacó de
debajo de su delantal azul oscuro. Yo solté una serie de suspiros entrecortados pero ella
me azotó el pene desde uno y otro lado, provocando en mí descar gas de dolor que se
propagaban por toda mi pel vis, mientras las caderas se levantaban en direc ción a ella.
Todos aquellos pesos pequeños tiraban de mí, como dedos que estiraran mi pene y mi
piel. Mi miembro mostraba un color rojo púrpu ra, y sobresalía directamente hacia
delante, como el asta de una bandera.
Esto no es más que un ejemplo dijo.
Cada vez que piséis esta casa, debéis estar correctamente arreglado.
De nuevo asentí con un gesto. Incliné la cabeza y sentí mis lágrimas en las comisuras de
los ojos. Ella me peinó con cuidado y delicadeza, me arregló los rizos con esmero por
detrás de las ore jas y los retiró de mi frente.
Tengo que decir susurró que sois con diferencia el príncipe más hermoso del pueblo. Os
advierto, jovencito, corréis el peligro de que os compren definitivamente. Pero no sé qué
podéis hacer para evitarlo. Si os portáis mal, el pueblo será aún más necesario para
enmendaros... y sacudir vuestras preciosas caderas de ese modo tan su miso y
encantador sólo os servirá para resultar más seductor. Posiblemente ya no hay esperanza
para vos. Nicolás es suficientemente rico para compraros por tres años, si así lo desea.
Me encan taría ver los músculos de esas pantorrillas después de tres años de tirar de mi
carruaje, o después de los paseítos de Nicolás por el pueblo.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 03-10-2011 , 12:20:20   #163
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Yo había levantado la cabeza y observaba aquellos ojos azules. Seguro que ella podía
detectar mi perplejidad. ¿Era posible que nos hicieran quedarnos aquí?
Oh, él puede buscar alguna buena excusa para conservaros explicó. Que necesitáis la
disciplina del pueblo, o quizá sólo baste con decir que por fin ha encontrado al esclavo
que deseaba. No es un lord pero es el cronista de la reina. Yo sentía un ardor creciente
en mi pecho, que palpitaba con la misma intensidad que el fuego que ardía lentamente
en mi verga. Pero Stefan nunca... ¡Aunque quizá Nicolás gozara de más apoyo que
Stefan!
«Por fin ha encontrado al esclavo que deseaba.» Las palabras se estrellaban en el
interior de mi cabeza.
Mi señora me dejó a solas en la pequeña estan cia con mis vertiginosos y sugestivos
pensamien tos y salió al estrecho y sombrío corredor. De sapareció escaleras arriba, con
la falda borgoña reluciente que pude atisbar entre las sombras tan sólo por un instante.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 04-10-2011 , 10:20:33   #164
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

LA DISCIPLINA DE LA SEÑORA
LOCKLEY
Bella casi había concluido las tareas matinales en el dormitorio del capitán cuando al
percibir el débil sonido de pasos que se acercaban desde la escalera hacia la puerta del
capitán recordó con repentino sobresalto su impertinencia con la señora Lockley. Sintió
un repentino terror. Oh, ¿por qué había sido tan insolente ? Toda su determinación para
ser mala, una niña mala, la abandonó de in mediato.
La puerta se abrió y apareció la figura imper térrita de la señora Lockley, toda ella lino
limpio y preciosas cintas azules, con una blusa tan escotada sobre sus altos pechos que
Bella casi podía ver los pezones. El delicado rostro de la señora Lockley exhibía una
sonrisa sumamente maliciosa cuando se dirigió hasta Bella.
La princesa dejó caer la escoba y se acurrucó en un rincón.
Una risa grave brotó de la mesonera e inme diatamente cogió a Bella por el pelo,
enrollándolo en su mano izquierda, mientt:as con la derecha le vantaba la escoba para
atizarle el sexo con las pun zantes pajas, obligando a la princesa a gritar mien tras
intentaba juntar las piernas con todas sus fuerzas.
¡Mi pequeña esclava contestona! exclamó, y Bella empezó a sollozar. Era imposible li
brarse para besar las botas de la señora Lockley. Tampoco se atrevía a hablar. Sólo
podía pensar en Tristán cuando le decía que hacía falta mucho va lor para ser malo a
todas horas. La señora Lockley la obligó a adelantarse y ponerse a cuatro patas. Bella
sintió la escoba entre sus piernas, que la conducía fuera de la pequeña alcoba.
¡Bajad por esas escaleras! dijo la señora en voz alta. La ferocidad de la mujer causaba es
tragos en el alma de Bella, que rompió a sollozar mientras se escurría hacia la escalera.
Tuvo que ponerse de pie para descender las escaleras pero la escoba la impulsó
virulentamente, precipitándose contra ella, raspándole las tiernas partes inferiores con
un terrible picazón mientras la señora Lo ckley continuaba bajando sin despegarse de su
espalda.
La posada estaba vacía y tranquila.
He enviado a mis niños malos al estableci miento de castigos para que reciban su azote
ma tutino y ¡así poder atenderos! resonó la voz de la señora, que surgía entre sus
mandíbulas apreta das. Vamos a disfrutar de una buena sesión so bre cómo usar
correctamente esa lengua, cuando así se os requiera. ¡Y ahora, a la cocina!
Bella se echó de nuevo a cuatro patas, desespe rada por obedecer. Las furibundas
órdenes le provocaban pánico. Nadie antes la había dirigido con tanta saña y desdén. y
para empeorar las cosas, su sexo ya rebosaba de sensaciones.
La luz del sol llenaba la gran estancia inmacu lada, entraba a raudales por las dos
puertas abiertas que daban al patio trasero, iluminando de ple no loS finos y elaborados
pucheros y sartenes de cobre que colgaban de elevados ganchos y bañando las puertas
de hierro del horno insertado entre ladrillos en el gigante tajo rectangular que estaba
situado en medio del suelo de baldosas, tan alto y grande como el mostrador exterior del
bar en el que Bella había sido castigada la primera vez.
La señora Lockley la puso de pie y clavó la escoba Con fuerza entre las piernas de
Bella, de tal manera que las rígidas pajas la levantaron y obli garon a la muchacha a
retroceder hasta chocar con el tajo.
Entonces la mesonera le alzó las piernas, con lo que Bella se quedó enseguida
encaramada sobre la madera, que estaba cubierta por un fino tamiz de harina.
Lo que Bella esperaba era la pala. Estaba convencida de que sería peor que nunca. Lo
sabía por el tono furioso de la voz que le daba órdenes. Pero la señora Lockley hizo que
Bella se tumbara de espaldas, le llevó las manos a la nuca y las ató rápida mente al
borde de la madera, tras lo cual mandó a la muchacha separar las piernas, con la
adverten cia de que, si no lo hacía, sería ella quien se las separaría.
Bella se abrió de piernas con esfuerzo.
La harina que cubría la lisa madera resultaba sumamente sedosa bajo su trasero. Pero la
meso nera también le ató los tobillos a la madera, y su cuerpo quedó completamente
estirado. Bella vol vió a sentir pánico y forcejeó inútilmente sobre la lisa y rígida
superficie al darse cuenta de que no podía soltarse.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 04-10-2011 , 10:21:18   #165
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

En un arranque de suaves gritos apremiantes, intentó suplicar a la señora Lockley. Pero
en el momento en que vio el rostro de la mesonera, que le sonría, la voz de Bella se
extinguió en su garganta y se mordió el labio con fuerza al tiempo que miraba los
luminosos ojos negros que bailaban con un atisbo de risa.
¿No es verdad que a los soldados les gustan estos pechos? preguntó la señora Lockley
mien tras estiraba ambas manos para pellizcar los pezones de Bella con el índice y el
pulgar. ¡Contestadme!
Sí, señora se lamentó Bella. Su alma se estremeció ante la sensación de vulnerabilidad
que le provocaban esos dedos, y la carne que rodeaba sus pezones se arrugó formando
pequeños nudos.
Un agudo dolor la llevó a intentar cerrar las piernas, pero eso era del todo imposible.
Señora, por favor, nunca volveré...
¡Chist! la señora Lockley sujetó firme mente la boca de Bella con la mano, obligándola
a arquear la espalda, mientras sollozaba contra la palma de la mesonera. Oh, aún era
peor estando atada, pues no conseguía estar quieta. Pero se quedó mirando a la señora
Lockley con los ojos como platos e intentó asentir, aunque la mano aún la agarraba por
la boca.
Los esclavos no tienen voz dijo la señora, hasta que el amo o la señora soliciten oírla.
Entonces contestaréis con el debido respeto.
Soltó la boca de Bella.
Sí, señora respondió la princesa.
Los firmes dedos volvieron a sus pezones.
Como iba diciendo continuó la señora Lockley, a los soldados les gustan estos pechos.
¡Sí, señora! respondió Bella con voz trémula.
Y esta avarienta boquita bajó la mano y cerró con un pellizco los labios púbicos. El sexo
de la muchacha rebosaba tanta humedad que ésta goteó por sus labios produciéndole
una comezón.
Sí, señora repitió con voz entrecortada.
La señora Lockley sacó un cinto de cuero blanco y se lo mostró a Bella. Era como una
len gua que se extendía desde su mano. Sujetando fir memente desde arriba el pecho
izquierdo de Bella, apretujó la carne y la dejó caer pesadamente mientras la princesa
sentía que el calor se difundía por su seno. No podía estarse quieta. La humedad de su
entrepierna goteaba hasta la hendidura de sus nalgas. Su cuerpo estirado se ponía tenso
en un intento inútil de bloquearse.
Los dedos de la mesonera estiraban y menea ban el pezón izquierdo de la esclava.
Luego la lengua blanca del cinturón de cuero golpeó el pecho con una serie de azotes
sonoros.
¡Oh! jadeó Bella en voz alta, incapaz de contenerse. La zurra que la gran mano del
capitán le había propinado en el pecho no era nada en comparación con esto. El deseo
de liberarse y taparse ambos senos era irresistible ya la vez impo sible. Sin embargo, su
pecho hervía de sensibili dad como nunca antes lo había hecho, y forzaba a Bella a
retorcer su cuerpo contra la madera sobre la que estaba tendida. La pequeña correa le
alcanzó aún con más fuerza el pezón y la carne abultada.
Bella estaba enloquecida cuando la señora Lockley centró su atención en el pecho
derecho, dejándolo caer y mortificándolo del mismo mo do. Los gritos de la princesa
eran cada vez más fuertes, el forcejeo más violento. El pezón estaba duro como una roca
bajo el aluvión de azotes.
Bella cerró la boca herméticamente, aunque hubiera gritado a pleno pulmón: «No, no
puedo soportarlo.» Los golpes se concentraban cada vez más seguidos. Todo el cuerpo
de la princesa se convirtió en sus pechos torturados, mientras los azotes avivaban su
deseo como si fuera la llama de una antorcha.
Bella volvía la cabeza de un lado a otro con tal impetuosidad que su cabello estaba
desparramado sobre su rostro. Pero la señora Lockley le retiró el pelo hacia atrás y se
inclinó para observar a Bella; la muchacha era incapaz de mirar a su ama.
¡Qué alborotada, y sin protección alguna! exclamó la mesonera sobándole el pecho dere
cho. La mujer volvió a levantarlo rápidamente para continuar zurrándolo. Bella soltó un
agudo y penetrante chillido pese a que apretaba los dientes con fuerza. Los dedos del
ama pellizcaban sus pezones, masajeaban su carne. La excltación avanza ba
estrepitosamente por todo su cuerpo y sus ca deras se iban hacia arriba con repentinas y
violentas convulsiones.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 04-10-2011 , 10:22:20   #166
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Así es como hay que castigar a una niña ma la le dijo la mesonera.
Sí, señora corroboró Bella de inmediato con un sollozo.
Gracias a Dios los dedos se retiraron. Bella sintió sus pechos enormes, pesados, un
derroche de dolor caliente y colosales sensaciones. Sus sollozos graves y roncos no
salían de su garganta.
Aunque sí soltó un quejido cuando se percató de lo que le esperaba. Notó los dedos de
la señora Lockley entre las piernas, que le separaban los la bios púbicos pese a sus
vanos esfuerzos por evitarlo. La princesa trataba de cerrar las piernas, golpeaba
ruidosamente la madera con los talones y únicamente conseguía que las correas de
cuero le cortaran la carne del empeine. Una vez más, perdió todo control y forcejeó
violentamente en vuelta en un torrente de lágrimas. Pero entonces la correa que la
flagelaba pasó a azotar su clítoris.
Bella volvió a chillar ante la intensidad abrasadora de aquella mezcla de placer y dolor,
mientras su clítoris parecía endurecerse como nunca antes, sin que la señora Lockley
quisiera soltarlo.
Bella sentía la hinchazón de los labios, la hu medad que rezumaba a chorros y los azotes
que sonaban cada vez más húmedos. Su cabeza giraba frenéticamente de un lado a otro
sobre la madera.
Lloraba cada vez con más fuerza mientras sus ca deras se agitaban hacia arriba para
encontrar la co rrea y todo su sexo estallaba por dentro en una explosión de fuego
interior.
La correa se detuvo. Pero eso fue todavía peor, sentir el calor que ascendía, aquel
hormigueo que era como una comezón, que de alguna manera de bía encontrar la divina
fricción. Bella respiraba entrecortadamente, con jadeos cortos e implorantes que seguían
el compás de sus gemidos. A tra vés de las lágrimas vio a la señora Lockley obser
vándola.
Entonces, ¿sois mi esclava impertinente? le preguntó.
Vuestra devota esclava respondió Bella atragantada por los sollozos, señora. Vuestra
devota esclava y se mordió el labio haciendo una mueca, suplicando haber dado la
respuesta correcta.
Sus pechos y su sexo hervían de calor. Oyó los golpes de sus propias caderas contra la
madera, aunque no era consciente de que las estaba mo viendo. A través de sus lágrimas
vio los bonitos ojos negros de su ama, el pelo oscuro con la capri chosa trenza que
adornaba la coronilla de su cabeza y los pechos que se henchían con sumo encanto bajo
la blusa de lino blanca como la nieve. Pero la señora sujetaba algo entre las manos. ¿De
qué se trataba? Lo que fuera se estaba moviendo.
Bella distinguió un bonito y gran gato que la observaba con azules ojos almendrados,
con esa mirada amplia e inquisitiva que tienen los felinos, mientras la lengua rosa se
chupaba la negra nariz en un rápido gesto.
Una oleada de la más absoluta vergüenza se apoderó de Bella. Se retorció sobre la
madera como una indefensa y sufrida criatura, sintiéndose incluso inferior a aquella
pequeña bestia orgullo sa y desdeñosa que la escudriñaba con ojos centelleantes desde
los brazos de la mesonera. Pero la señora se había agachado, aparentemente para coger
algo.
Bella vio que volvía a incorporarse con una cantidad de espesa crema amarilla entre los
dedos. La mesonera untó la crema en los pezones palpi tantes de Bella y luego le mojó
ligeramente la en trepierna hasta que goteó y se escurrió en pequeñas cantidades hacia la
vagina.
Es sólo mantequilla, cariño mío, mantequi lla fresca le dijo la mesonera. Nada de un
güentos perfumados. y de pronto dejó caer el gato a cuatro patas sobre el tierno vientre
y el pecho de Bella, que sintió las suaves patas almohadi lladas del felino moviéndose
por su pecho con una rapidez enloquecedora.
Bella se revolvió, tiró de las correas, pero la pequeña bestia había hundido la cabeza y
devoraba su pezón con la áspera y pequeña lengua are nosa, consumiendo la
mantequilla que lo cubría. Algún temor muy profundo, desconocido hasta entonces para
ella, se reveló provocando forcejeos más descontrolados.
Entretanto, el pequeño monstruo indiferente, con su primorosa cara blanca, continuaba
co miendo. El pezón de la princesa explotaba bajo los lametazos del gato. Todo el
cuerpo de Bella se puso tenso, levantándose de la madera y volvien do a caer con golpes
sordos, rítmicamente.
La señora Lockley alzó a la criatura para trasladarla al pecho derecho. Bella tiró con
todas sus fuerzas de las correas, mientras sus sollozos surgían temblorosos, las pequeñas
patas traseras se hundían suavemente en su vientre y el pelo suave del estómago del
gato la rozaba mientras la lengua volvía a lamer ya limpiar completamente el pe zón.

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Antiguo 04-10-2011 , 10:23:28   #167
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Bella apretó los dientes para no chillar «¡no!».
Cerró los ojos con fuerza otra vez. Cuando los volvió a abrir vio la cara con forma de
corazón que se hundía con rápidos movimientos para que la lengua continuara
lamiendo. La fuerza de la lengua arenosa empujaba el pezón adelante y atrás con una
sensación sumamente exquisita, aterra dora, que hacía gritar a Bella con más fuerza que
la que nunca había mostrado bajo la pala.
Pero la señora Lockley levantó de nuevo al gato. Bella se meneaba de un lado a otro y
apreta ba los dientes con más fuerza para impedir que surgiera el «no» que no debía
pronunciar. Sintió la piel y las orejas sedosas del gato entre sus piernas, y la lengua que
se lanzaba como un relámpago a su clítoris dilatado.
«Oh, por favor, no, no», gritó en el santuario de su mente pese a que el placer se
propagaba como un surtidor por todo su cuerpo mezclándo se con la aversión que le
inspiraba el pequeño felino peludo y su horroroso y estúpido festín. Las caderas de
Bella se congelaron en el aire, unos centímetros por encima de la madera, mientras la
boca y la nariz rodeadas de pelo se adentraban cada vez más en ella. Ya no sentía la
lengua en el clítoris, sólo el enloquecedor frotar de la cabeza contra él, y eso no era
suficiente, no era suficiente.
¡Oh, vaya monstruo!
Para total vergüenza y derrota, la propia Bella se esforzaba en apretar el pubis contra la
criatura, intentando acercarse al pequeño cráneo y conseguir que le acariciara el clítoris
con la presión más leve posible. Pero la lengua continuó bajando, la mió la base de la
vagina y luego la hendidura entre las nalgas. El sexo de Bella anheló inútilmente el
placer que se evaporaba para dejarla sumida en un tormento más agudo.
A Bella le rechinaban los dientes y sacudía la cabeza de un lado a otro a la vez que la
lengua del felino chupaba su vello púbico y tomaba lo que buscaba, ignorando por
completo el deseo que atormentaba a la princesa. Cuando ya pensaba que no podría
soportarlo más, que se volvería loca, el gato volvió a levantar se y se quedó mirando a la
muchacha desde los brazos de la señora Lockley, que sonreía con la misma dulzura que
el gato, esa impresión daba, por encima de la víctima.
¡Bruja!, pensó Bella, pero no se atrevió a ha blar. Cerró los ojos, con el sexo tembloroso
del deseo que se había acumulado en ella como nunca antes lo había hecho.
La mesonera soltó el gato, que se alejó y desa pareció de su vista. Bella notó que sus
muñecas eran liberadas de las correas así como sus tobillos. Se quedó tendida,
estremecida, haciendo aco pio de toda su voluntad para resistir el deseo de cerrar las
piernas, de darse la vuelta sobre la made ra y acariciar sus pechos con una mano
mientras con la otra tocaba su ardiente sexo para provocar una orgía de placer íntimo.
No habría tanta clemencia para ella.
Poneos a cuatro patas ordenó la señora Lockley. Creo que por fin estáis preparada para
la pala.
Bella bajó como pudo al suelo.
Todavía confusa, se dio media vuelta y se apresuró a seguir las pequeñas botas de la
mujer que ya salían de la cocina con un resonante taco neo.
El movimiento de las piernas de Bella al arras trarse por el suelo sólo servía para
intensificar el ansia que padecía.
Cuando llegaron al mostrador de la sala prin cipal del mesón, se encaramó a él sólo con
oír el chasqueo de los dedos de la señora Lockley.
En la plaza, la gente iba y venía, y charlaba al borde del pozo. Llegaron las muchachas
que ayu daban en el mesón, saludaron jovialmente a la se ñora Lockley y pasaron a la
cocina.
Bella temblaba tumbada boca abajo sobre el mostrador. Sus grititos parecían
tartamudeos. Su barbilla estaba apoyada en la madera y su trasero esperaba la pala.
¿Recordaréis que os dije que para el desayuno tendríais las nalgas asadas? preguntó la
señora Lockley con aquella voz fría y carente de tono.
¡Sí, ama! respondió Bella entre sollozos.
No quiero que me respondáis ahora. ¡Sólo que contestéis con la cabeza!
Bella asintió con furor, pese a tener la cabeza pegada a la madera.
Sus pechos escocidos eran puro calor contra la
madera, y su sexo goteaba. La tensión era ina guantable.
Estáis bien condimentada por vuestros pro pios jugos, ¿verdad que sí? preguntó la
mesonera.
Bella soltó un sonoro gemido quejumbroso, ya que no sabía cómo responder.
La señora Lockley sobó con energía sus nalgas, dejándolas caer pesadamente como
había he cho anteriormente con los pechos.
Entonces llegaron los fuertes azotes de castigo. Bella botaba, culebreaba y gritaba con
los dientes apretados como si nunca hubiera sabido lo que era la resistencia, la dignidad.

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Antiguo 04-10-2011 , 10:24:27   #168
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de complacer a esta ama aterradora, fría e
intransigente; lo que fuera para hacerle saber que iba a ser buena, que no sería una chica
mala, que se había equivocado. Tristán la ha bía advertido. La azotaina continuaba,
castigándola severamente.
¿Está bastante caliente, está en su punto? inquirió la mesonera que esgrimía la pala cada
vez con más rapidez. Se detuvo y apoyó su fría palma sobre la piel llena de ampollas.
¡Pues sí, creo que nuestra princesa ya está bien asada! Pero continuó azotando. Los
sollozos de Bella surgían como si los extrajeran de ella con un purgante.
La idea de que tendría que esperar hasta el anochecer ya su capitán para que su sexo
atormentado sintiera cierto alivio la hizo sollozar su mida en un desenfreno casi sensual.
Se acabó. Los estallidos todavía resonaban en sus oídos. Aún podía sentir la pala como
en un sueño. Su sexo parecía una cámara hueca en la que todos los placeres que había
conocido dejaban su eco sonoro y reverberante. Pasarían horas hasta que llegara el
capitán, largas horas...
Levantaos y poneos de rodillas acababa de decirle la mesonera. ¿Por qué vacilaba?
Se dejó caer al suelo y apretó frenéticamente sus labios contra las botas de la señora
Lockley.
Besó el extremo del calzado puntiagudo, los tobi llos bien formados que aparecían por
debajo de la delicada funda de cuero.
Bella notó las enaguas de la señora Lockley sobre su húmeda frente y los besos de la
princesa se tornaron más fervientes.
Ahora, limpiaréis esta posada de arriba abajo ordenó la señora Lockley y mientras lo ha
céis seguiréis con las piernas bien separadas.
Bella asintió.
La señora Lockley se apartó y se encaminó a la entrada del mesón.
¿Dónde están mis demás preciosidades? mur muró malhumorada en voz baja. En el
estable cimiento de castigos no acaban nunca. Bella estaba arrodillada observando la
excelente figura de la señora Lockley que se recortaba a la luz de la entrada, su menuda
cintura resaltada por el fajín blanco y el cinturón del mandil.
Bella respiró ruidosamente. «Tristán, teníais razón pensó. Es duro ser mala a todas
horas.» y se limpió silenciosamente la nariz en el dorso de la mano.
El grande y provocador gato blanco volvió a hacer acto de presencia. Apareció
silenciosamen te, a tan sólo unos centímetros de Bella. Ésta se encogió mordiéndose el
labio y luego se tapó la cabeza con los brazos pues la señora Lockley continuaba
apoyada ociosamente en la puerta del me són mientras el gran gato peludo se acercaba
cada vez más.
CONVERSACIÓN CON EL PRÍNCIPE RICHARD
A última hora de la tarde, Bella estaba echada sobre la fresca hierba del patio junto con
los demás esclavos.
La vara punzante de alguna de las muchachas de la cocina la importunaba de vez en
cuando for zándola a separar las piernas. Sí, no debo juntar las piernas, pensó
amodorrada.
El trabajo de la jornada la había dejado exhausta. Durante una hora estuvo encadenada a
la pared de la cocina, cabeza abajo, porque se le habían caído al suelo un puñado de
cucharillas de peltre. Luego, a cuatro patas, cargó los pesados cestos de la colada sobre
su espalda hasta llevarlos a los tendederos de ropa donde tuvo que perma necer inmóvil
de rodillas mientras, a su alrededor, las muchachas del pueblo colgaban las sábanas
charlando alegremente. Había restregado, limpia do y lustrado, y cada muestra de
torpeza o vacilación había sido castigada con una azotaina.
Finalmente, de rodillas y sin utilizar las manos, compartió la cena que sirvieron en una
gran ban deja para todos los esclavos y agradeció en silencio el agua fresca de la fuente
con que calmaron su sed.
Por fin había llegado la hora de dormir. Hacía ya más de una hora que medio dormitaba
sobre el césped.

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Antiguo 04-10-2011 , 10:25:18   #169
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Pero, poco a poco, cayó en la cuenta de que no había nadie rondando por los
alrededores. Estaba a solas con los esclavos que dormían, y frente a ella vio tumbado a
un apuesto príncipe pelirrojo que la miraba con la mano en la mejilla.
Era el príncipe que había visto la noche anterior sentado sobre el regazo del soldado,
besándolo. Él le sonrió y le lanzó un beso con la mano de recha.
¿Qué os ha hecho la señora Lockley esta mañana susurró el esclavo.
Bella se sonrojó.
El príncipe estiró el brazo para cubrirle la mano.
Tranquila, no pasa nada le susurró.
Nos encanta ir al establecimiento de castigos le comentó, riéndose entre dientes.
¿Cuánto tiempo lleváis aquí? preguntó Bella. Era más guapo incluso que el príncipe Ro
ger. En el castillo no había visto a ningún esclavo tan aristocrático. Los rasgos de su
rostro eran fuertes, como los de Tristán, aunque su constitu ción era más menuda y
juvenil.
Me mandaron del castillo hace un año. Soy el príncipe Richard. Estuve allí seis meses,
hasta que me declararon incorregible.
Pero ¿por qué erais tan malo? preguntó Bella. ¿Lo hacíais intencionadamente?
En absoluto respondió. Intentaba obedecer pero el pánico se apoderaba de mí y me es
capaba corriendo a un rincón. A veces no podía realizar las tareas, debido a la
vergüenza y la humillación que sentía. Era incapaz de dominarme, y apasionado, como
vos. Cada vez que me tocaba una pala, un pene o la mano de alguna dama en cantadora,
se desataba en mí una exhibición mor tificante de incontrolable placer. Pero no era
capaz de obedecer, así que me vendieron en la subasta para que mi estancia durante todo
un año aquí, en el pueblo, lograra disciplinarme.
¿Y ahora? preguntó Bella.
He avanzado mucho respondió él. He aprendido. y se lo debo a la señora Lockley. Si no
hubiera sido por ella, no sé qué hubiera sido de mí. La señora Lockley me maniató y
castigó, me enjaezó y sometió a una docena de trabajos forza dos antes de esperar algo
de mi voluntad. Una no che sí, otra no era azotado con la pala en el lugar de castigo
publico o me hacian correr en circulo alrededor del mayo. Me llevaban a alguna de las
tiendas públicas, donde me ataban y tenía que chupar todas las vergas que venían. Las
jovencitas se burlaban de mí y me perseguían. Normalmente pasaba el día colgado
debajo del signo del mesón y luego me ataban de pies y manos para recibir la tanda de
azotes diarios. Sólo después de cuatro semanas completas, me desataron y me ordenaron
encender el fuego y poner la mesa. Os aseguro que cubrí de besos las botas de la señora.
Comía
de la palma de su mano y lamía literalmente la co mida de sus dedos.
Bella asintió lentamente. Le sorprendió que el príncipe hubiera tardado tanto tiempo.
La adoro continuó él. Me estremece pen sar qué hubiera sido de mí si me hubiera
compra do alguien más indulgente.
Sí admitió Bella. La sangre afluyó de nue vo a su rostro, y la notaba también en las
nalgas.
Nunca pensé que podría permanecer quieto sobre de la barra del bar para recibir mis
azotes matinales explicaba él. Nunca creí que llegaría a ir desatado por las calles del
pueblo hasta el lugar de castigo público, o que ascendería los peldaños y me arrodillaría
sobre la plataforma gira toria sin necesidad de llevar grilletes. O que podrían enviarme
solo al cercano local de castigos al que hemos acudido esta mañana. Tampoco pensa ba
que sería capaz de dar placer a los soldados de la guarnición sin acobardarme o sin
demostrar pá nico al ser amarrado. Pero ahora puedo hacer todas esas cosas. Ya no hay
nada que no pueda so brellevar.
Hizo una pausa.
Vos también habéis aprendido todas estas cosas dijo a continuación. Me di cuenta
anoche y me he percatado hoy mismo. La señora Lockley os adora.
¿De veras? Bella experimentó un fuerte deseo que recorrió toda su pelvis. Oh, debéis
estar equivocado.
No, no me equivoco. No es fácil que un es clavo llame la atención de la señora Lockley.
Sin
embargo, rara vez aparta la vista de vos cuando es táis cerca.
El corazón de Bella se aceleraba silenciosamente en su pecho.
Escuchad, tengo algo terrible que deciros anunció el príncipe.
No hace falta que me lo expliquéis. Ya lo sé respondió Bella con voz susurrante. Ahora
que vuestro año en el pueblo llega a su fin, no podéis soportar la idea de regresar al
castillo.

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Antiguo 04-10-2011 , 10:26:05   #170
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Sí, precisamente dijo. No porque no sea capaz de obedecer y complacer. De eso estoy
convencido. Pero... es diferente.
Lo sé dijo Bella. Su mente bullía de ideas.
De modo que su cruel dueña la quería, ¿era eso? ¿Y por qué aquello la satisfacía tanto?
Cuando estaba en el castillo nunca le había importado verda deramente si lady Juliana la
adoraba o no, pero aquella perversa y orgullosa mesonera y el apues to y remoto capitán
de la guardia le llegaban al co razón de un modo singular.
Necesito sufrir castigos duros seguía explicando el príncipe Richard. Necesito órdenes
directas y saber cuál es mi lugar, sin vacilaciones. Ya no me complacen los tiernos
arrumacos ni tanta adulación. Prefiero que me arrojen sobre la gru pa del caballo del
capitán y me lleven al campa mento para acabar atado a la estaca y que se aprovechen
de mí tal como han hecho hasta ahora.
Una fulgurante imagen centelleó en el pensa miento de la princesa.
¿Os ha poseído el capitán de la guardia? preguntó Bella con timidez.
Oh, sí, por supuesto contestó. Pero no temáis. Anoche le vi y él también está absoluta
mente enamorado de vos. En lo que a príncipes se refiere, le gustan un poco más
robustos que yo, aunque de vez en cuando... sonrió.
¿Y tenéis que regresar al castillo? inquirió Bella.
No sé. La señora Lockley disfruta del favor de la reina ya que buena parte de la
guarnición de su majestad se aloja aquí. Mi señora podría que darse conmigo, creo yo,
si pagara el precio de mi compra. Soy de gran provecho para la posada. y cada vez que
me envían al establecimiento de cas tigos, los clientes pagan por presenciar mi peni
tencia. En el local se reúne siempre gente, toman café, hablan, las mujeres cosen... y
observan cómo zurran uno a uno a los esclavos. y aunque el servicio lo pagan los
dueños y las amas de los esclavos, los clientes pueden aportar, si lo desean, diez
peniques para presenciar otra buena tanda de azotes.
Casi siempre que voy, me zurran tres veces, y ese dinero se reparte entre el local y mi
señora. De modo que a estas alturas ya he recuperado con creces el precio pagado por
mí en la subasta, y podría doblarlo si la señora Lockley me quisiera con ella.
¡Oh, yo también tengo que hacer eso! su surró Bella. ¡Quizás haya sido demasiado obe
diente, demasiado pronto! torció la boca llena de inquietud.
No, no os preocupéis, eso no es cierto. Lo que debéis hacer es congraciaros con la
señora Lockley. Y eso no se consigue siendo desobediente sino con buenas muestras de
sumisión. Cuando acudáis al local de castigos, al que seguro iréis pronto porque nuestra
ama no tiene tiempo pa ra azotarnos a todos cada día como es debido, de béis ofrecer el
mejor espectáculo posible, por muy duro que sea. En cierta manera, ese lugar resulta
más duro que la plataforma pública.
Pero ¿por qué? Vi la plataforma giratoria y me pareció atroz.
El local para castigos es más íntimo, menos teatral explicó el príncipe. Siempre está
muy concurrido. En un repecho de poca altura situado en la pared de la izquierda se
alinean los esclavos, que esperan como yo he esperado esta mañana. Luego, en un
pequeño estrado que apenas sobresale un metro por encima del suelo, se encuentran el
encargado y su asistente, y las mesas de los clientes están pegadas al repecho y al
escenario. El público se ríe y habla entre sí, no hace ni caso de gran parte de lo que pasa,
y únicamente comenta algún hecho a la ligera.
»Pero si les gusta el esclavo, dejan de hablar y observan con atención. Se les puede ver
por el ra billo del ojo, con los codos apoyados sobre el borde del escenario, y luego se
oyen los gritos de "diez peniques" y vuelta a empezar. El encargado es un hombre
grande y tosco. En cuanto llega vuestro turno, sois arrojado directamente sobre su
rodilla. Lleva puesto un mandil de cuero y, an tes de empezar, os embadurna con grasa,
y lo cier to es que se agradece. los azotes escuecen más pero, por otro lado, la grasa
protege la piel, de veras. El mozo que le ayuda os sostiene la barbilla y espera el
momento de sacaros fuera del escenario.
Entre ellos intercambian comentarios y risas. El encargado me estruja siempre con
fuerza y me pregunta si estoy siendo buen chico. Lo hace del mismo modo en que le
hablaría a un perro, con idéntica voz. Luego me coge bruscamente del pelo e importuna
sin piedad mi pene, advirtiéndo me que mantenga bien levantadas las caderas para que
mi verga no se deshonre sobre su delantal.
»Recuerdo una mañana en la que un príncipe se corrió sobre el regazo del encargado. y
no he olvidado el castigo que se llevó. La zurra fue despiadada. Luego le hicieron andar
en cuclillas por toda la taberna, obligándole a tocar con la punta de su verga todas las
botas que había en el local para pedir perdón, siempre con las manos detrás de la nuca.

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