LA DISCIPLINA DE LA SEÑORA
LOCKLEY
Bella casi había concluido las tareas matinales en el dormitorio del capitán cuando al
percibir el débil sonido de pasos que se acercaban desde la escalera hacia la puerta del
capitán recordó con repentino sobresalto su impertinencia con la señora Lockley. Sintió
un repentino terror. Oh, ¿por qué había sido tan insolente ? Toda su determinación para
ser mala, una niña mala, la abandonó de in mediato.
La puerta se abrió y apareció la figura imper térrita de la señora Lockley, toda ella lino
limpio y preciosas cintas azules, con una blusa tan escotada sobre sus altos pechos que
Bella casi podía ver los pezones. El delicado rostro de la señora Lockley exhibía una
sonrisa sumamente maliciosa cuando se dirigió hasta Bella.
La princesa dejó caer la escoba y se acurrucó en un rincón.
Una risa grave brotó de la mesonera e inme diatamente cogió a Bella por el pelo,
enrollándolo en su mano izquierda, mientt:as con la derecha le vantaba la escoba para
atizarle el sexo con las pun zantes pajas, obligando a la princesa a gritar mien tras
intentaba juntar las piernas con todas sus fuerzas.
¡Mi pequeña esclava contestona! exclamó, y Bella empezó a sollozar. Era imposible li
brarse para besar las botas de la señora Lockley. Tampoco se atrevía a hablar. Sólo
podía pensar en Tristán cuando le decía que hacía falta mucho va lor para ser malo a
todas horas. La señora Lockley la obligó a adelantarse y ponerse a cuatro patas. Bella
sintió la escoba entre sus piernas, que la conducía fuera de la pequeña alcoba.
¡Bajad por esas escaleras! dijo la señora en voz alta. La ferocidad de la mujer causaba es
tragos en el alma de Bella, que rompió a sollozar mientras se escurría hacia la escalera.
Tuvo que ponerse de pie para descender las escaleras pero la escoba la impulsó
virulentamente, precipitándose contra ella, raspándole las tiernas partes inferiores con
un terrible picazón mientras la señora Lo ckley continuaba bajando sin despegarse de su
espalda.
La posada estaba vacía y tranquila.
He enviado a mis niños malos al estableci miento de castigos para que reciban su azote
ma tutino y ¡así poder atenderos! resonó la voz de la señora, que surgía entre sus
mandíbulas apreta das. Vamos a disfrutar de una buena sesión so bre cómo usar
correctamente esa lengua, cuando así se os requiera. ¡Y ahora, a la cocina!
Bella se echó de nuevo a cuatro patas, desespe rada por obedecer. Las furibundas
órdenes le provocaban pánico. Nadie antes la había dirigido con tanta saña y desdén. y
para empeorar las cosas, su sexo ya rebosaba de sensaciones.
La luz del sol llenaba la gran estancia inmacu lada, entraba a raudales por las dos
puertas abiertas que daban al patio trasero, iluminando de ple no loS finos y elaborados
pucheros y sartenes de cobre que colgaban de elevados ganchos y bañando las puertas
de hierro del horno insertado entre ladrillos en el gigante tajo rectangular que estaba
situado en medio del suelo de baldosas, tan alto y grande como el mostrador exterior del
bar en el que Bella había sido castigada la primera vez.
La señora Lockley la puso de pie y clavó la escoba Con fuerza entre las piernas de
Bella, de tal manera que las rígidas pajas la levantaron y obli garon a la muchacha a
retroceder hasta chocar con el tajo.
Entonces la mesonera le alzó las piernas, con lo que Bella se quedó enseguida
encaramada sobre la madera, que estaba cubierta por un fino tamiz de harina.
Lo que Bella esperaba era la pala. Estaba convencida de que sería peor que nunca. Lo
sabía por el tono furioso de la voz que le daba órdenes. Pero la señora Lockley hizo que
Bella se tumbara de espaldas, le llevó las manos a la nuca y las ató rápida mente al
borde de la madera, tras lo cual mandó a la muchacha separar las piernas, con la
adverten cia de que, si no lo hacía, sería ella quien se las separaría.
Bella se abrió de piernas con esfuerzo.
La harina que cubría la lisa madera resultaba sumamente sedosa bajo su trasero. Pero la
meso nera también le ató los tobillos a la madera, y su cuerpo quedó completamente
estirado. Bella vol vió a sentir pánico y forcejeó inútilmente sobre la lisa y rígida
superficie al darse cuenta de que no podía soltarse.