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Las aventuras de Bella

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

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Parecía que la reina estaba utilizando ambos pulgares para abrir brutalmente a Bella, quien a su vez intentaba mantener inmóviles las caderas. Ansiaba incorporarse y escapar, como una princesa miserable en la sala de adiestramiento que fuera incapaz de soportar que la examinaran de este modo. Sin embargo, no protestó; sus gimoteos sonaban débiles e imprecisos.
La reina le ordenó que se diera la vuelta.
¡Oh, bendito escondrijo!; podría esconder la cara entre las almohadas.
Pero aquellas manos frías, dominantes, estaban jugando en aquel instante con sus nalgas, abriéndolas, y tocándole el ano. «Oh, por favor —rogó en silencio, con desesperación. Sus hombros se agitaban con aquel llanto silencioso—. ¡Oh, esto es espantoso, espantoso!»
Cuando estaba con el príncipe al menos sabía qué quería de ella. Incluso en el sendero para caballos le habían dicho finalmente cuál era su cometido. Pero ¿qué pretendía esta malvada reina: que sufriera y que se rebajara ofreciéndose a sí misma, o simplemente que aguantara? ¡Y aquella mujer la despreciaba!
La reina friccionó la carne, la pinchó, como si comprobara su grosor, su suavidad, su elasticidad. Inspeccionó los muslos de Bella con los mismos movimientos precisos y luego le separó a la fuerza las rodillas y las levantó. También se elevaron sus caderas y Bella se quedó en cuclillas sobre la colcha, tendida boca abajo, con el sexo que sobresalía, colgando, y las nalgas separadas de manera que parecerían una fruta madura.
La mano de la reina reposaba debajo de su sexo como si lo sopesara, palpando la redondez y el volumen de los labios mientras los pellizcaba.
—Arquead la espalda —dijo la reina— y levantad el trasero, gatita, pequeña gatita en celo.
Bella obedeció. Los ojos se le llenaron de lágrimas de vergüenza. Temblaba violentamente, respirando a pleno pulmón. Sintió, muy a su pesar, que los dedos de la reina dominaban su pasión, apretaban la llama para que ardiera con más fuerza. Bella estaba segura de que sus labios púbicos se estaban hinchando y sus jugos fluían. No importaba cuán penosamente oponía su voluntad.
No quería darle nada a esa mujer malvada, a esa bruja de reina.
Estaba dispuesta a entregarse al príncipe, a lord Gregory, e incluso a nobles y damas sin nombre y sin rostro que la colmaran de lisonjas, pero ¡a esta mujer que la despreciaba...!
La reina se había sentado en la cama al lado de Bella.
La recogió con presteza como si se tratara de una blanda muñeca y la echó sobre su regazo, con el rostro alejado del príncipe Alexi, y las nalgas todavía expuestas, con toda seguridad, a la mirada escrutadora del hermoso esclavo.
Bella soltó un gemido boquiabierta. Sus pechos se restregaban contra la colcha y el sexo palpitaba contra el muslo de la reina. Era una especie de juguete en sus manos.
Sí, parecía exactamente un juguete, sólo que ella estaba viva, respiraba y sufría. Podía imaginarse qué debía de parecer ante los ojos del príncipe Alexi.
La reina le levantó el pelo y recorrió la espalda con el dedo hasta el extremo de la espina dorsal.
—Todos los rituales —dijo la reina con voz baja—, el sendero para caballos, las estacas en el jardín, las cacerías en el laberinto, así como los demás juegos ingeniosos son concebidos para mi diversión. Pero ¿he conocido alguna vez a un esclavo sin tener esta familiaridad con el siervo, la intimidad del esclavo sobre mi regazo listo para el castigo? Decidme, Alexi, ¿debo azotarla sólo con la mano para estar al nivel de esta familiaridad, sentir así su carne escocida, su calor, mientras observo cómo cambia de color? ¿O debo usar el espejo de fondo de plata, o una de las doce palas, todas ellas tan excelentes para este propósito? ¿Qué preferís, Alexi, cuando vos os encontráis sobre mi regazo? ¿Qué es lo que anheláis cuando no podéis contener las lágrimas?
—Si la azotaseis de ese modo podríais lastimaros la mano —fue la respuesta serena del príncipe Alexi—. ¿Queréis que os traiga el espejo de plata?
—Ah, pero no respondéis a mi pregunta —dijo la reina—. Traedme el espejo. No la azotaré con él. Más bien lo utilizaré para ver su rostro mientras la castigo.
Con los ojos llorosos, Bella vio cómo el príncipe Alexi se dirigía al tocador.
Luego, ante ella, apoyado en un cojín de seda, apareció el espejo, ladeado de tal forma que podía ver reflejado claramente en él el fino rostro blanco de la reina, cuyos ojos oscuros y su sonrisa la aterrorizaron.
«No debo revelarle nada», se dijo Bella con desesperación, cerrando los ojos mientras las lágrimas caían inevitablemente por sus mejillas.
—Ciertamente, la palma de la mano tiene algo superior —decía la reina, friccionando con la mano izquierda su cuello. Deslizó la mano bajo los pechos de Bella, los apretó entre sí y tocó los dos pezones con sus largos dedos—. ¿No es cierto que os he azotado con la mano con tanta fuerza como cualquier hombre, Alexi?
—Desde luego, majestad —respondió serenamente. Se encontraba otra vez detrás de Bella. Quizás había vuelto a su lugar, apoyado en el poste de la cama, pensó la princesa.
—Ahora enlazad las manos a la espalda, por la cintura, y mantenedlas así —dijo la reina. Entonces cubrió sus nalgas con la mano como lo había hecho anteriormente con sus pechos—. Contestad a mis preguntas, princesa.
—Sí, majestad —Bella respondió con un esfuerzo aunque, para mayor humillación, su voz rompió en sollozos y se estremeció al intentar reprimirlos.
—Y guardad silencio —ordenó la reina con tono severo.
Empezó a azotarla.
Sus nalgas recibieron un gran palmetazo seguido de otro. Si alguna vez una pala había sido más dolorosa, lo había olvidado. Bella intentó permanecer quieta, callada, sin que se le notara nada en absoluto, repitiéndose mentalmente aquella palabra una y otra vez, aunque sentía sus propios retortijones.
El proceso era idéntico al que le explicó León acerca del sendero de caballos: forcejeaba como si pudiera escapar a la pala; se escabullía para intentar evitarla. Y, de pronto, oía sus propios gritos jadeantes mientras los azotes la requemaban. La mano de la reina parecía inmensa, dura, y más pesada que la pala; se adaptaba a Bella mientras la zurraba. Bella estaba como loca, lloraba a lágrima viva, a gritos, y todo aquello para que la reina lo viera en su maldito espejo. Sin embargo no podía pararlo.
La otra mano de la reina le estrujaba los pechos, estiraba sus pezones una y otra vez, los soltaba y volvía a tirar de ellos, mientras continuaba azotándola y Bella sollozaba ininterrumpidamente.
Hubiera preferido cualquier otra cosa: precipitarse ante la pala de lord Gregory por el pasillo, el sendero para caballos; incluso el sendero para caballos era mejor, ya que el movimiento ofrecía cierta escapatoria. Aquí no había nada más que dolor, las nalgas inflamadas y desnudas para disfrute de la reina, que ahora buscaba nuevos puntos de ataque. Azotaba la nalga izquierda, y luego la derecha, y a continuación cubría los muslos de Bella con resonantes manotadas mientras las nalgas parecían hincharse y palpitar de modo insoportable.
«La reina tendrá que cansarse, deberá parar», se decía Bella.

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Pero hacía un buen rato que se repetía esto y el tormento continuaba. Las caderas de Bella se levantaban y caían, se retorcía a un lado y sólo conseguía como premio recibir golpes más sonoros, más rápidos, como si la reina se violentara cada vez más. Era como cuando el príncipe de la Corona la azotó con la correa. La paliza se tornaba más violenta.
La reina se concentraba en aquel momento en la parte inferior de las nalgas, esa porción que lady Juliana había levantado con tanta intención con la pala; la azotaba con fuerza, durante largo rato, a ambos lados, antes de volver a subir y desplazarse a un lado, y luego a los muslos y todavía más arriba.
Bella apretó los dientes para ahogar sus gritos.
Abrió los ojos con implorantes súplicas desesperadas, pero únicamente vio el perfil severo de su majestad reflejado en el espejo. Los ojos de la reina estaban entrecerrados, su boca torcida, y, súbitamente, se quedó mirando fijamente a través del espejo, sin dejar de castigarla.
Las manos de Bella evitaron su firme apretón y forcejearon para cubrirse el trasero, pero la reina las sujetó de inmediato.
—¡Cómo os atrevéis! —susurró, y Bella volvió a estrecharlas con fuerza detrás del cuello, mientras sollozaba con la cara hundida en la colcha. La paliza continuaba.
Luego la mano de la reina se apoyó, inmóvil, en la carne ardiente de Bella.
Los dedos parecían aún fríos, pero lo cierto era que quemaban.
Y Bella no podía controlar su acelerada respiración ni aquellas lágrimas incontenibles.
No quería volver a abrir los ojos.
—Tendréis que ofrecerme vuestras disculpas por ese pequeño desliz indecoroso —dijo la reina.
—Yo, yo... —balbuceó Bella—. Lo siento, mi reina.
—Lo siento, majestad —susurró Bella frenéticamente—. Lo único que merezco es vuestro castigo por ello, mi reina. Sólo merezco vuestro castigo, majestad.
—Sí —susurró la soberana—. Lo tendréis. Pero, pese a todo... —La reina suspiró—. ¿No se ha portado bien, príncipe Alexi?
—Yo diría que se ha comportado muy bien, majestad, pero aguardaré vuestra opinión.
La reina se rió.
Con un movimiento brusco tiró de Bella hacia arriba.
—Daos la vuelta y sentaos en mi regazo —le dijo.
Bella estaba perpleja. No dudó en obedecer, y al sentarse se encontró de frente al príncipe Alexi. En esos momentos él no le importaba. Se hallaba tiritando sobre los muslos de la reina, temblorosa e irritada.
Notó la seda del camisón de la reina, fría bajo las nalgas ardientes, mientras la soberana la mecía con su brazo izquierdo.
Bella miró a través de las lágrimas para ver aquella mano derecha cuyos dedos blancos tiraban otra vez de sus pezones.
—No creí que fuerais tan obediente —dijo la reina, apretando contra sus amplios pechos a Bella, cuya cadera estaba pegada al estómago plano de la reina.
Bella se sintió empequeñecida e impotente, como si en los brazos de aquella mujer no fuera nada, tal vez algo pequeño, quizás un niño, pero no, ni siquiera un niño.
La voz de la reina se volvía cada vez dulce y envolvente.
—Sois dulce, como lady Juliana me dijo que erais —susurró con ternura al oído de Bella, que se mordió el labio.
—Majestad... —musitó, pero en realidad no sabía qué decir.
—Mi hijo os ha adiestrado bien, y hacéis gala de una gran percepción.
La mano de la reina se hundió entre las piernas de Bella y palpó el sexo que no se había enfriado ni se había secado en ningún momento. Bella cerró los ojos.
—Ah, decidme, ¿por qué os asusta tanto mi mano si os toca con tanta dulzura?
La reina se inclinó para besar las lágrimas de Bella, saboreándolas en sus mejillas y en sus párpados:
—Azúcar y sal —dijo.
Bella estalló en nuevos sollozos. La mano situada entre sus piernas friccionaba la parte más húmeda de ella. Sabía que estaba ruborizada, y el dolor y el placer se entremezclaron. Se sintió subyugada.
Su cabeza cayó hacia atrás contra el hombro de la reina, su boca cedió y se dio cuenta que la reina le besaba la garganta.
Murmuró algunas extrañas palabras que no pronunció para que la reina las oyera sino que eran una especie de súplica.
—Pobre esclava—dijo la reina—, pobre esclava obediente. Quería mandaros a casa para deshacerme de vos, para librar a mi hijo de su pasión; mi hijo, que está tan hechizado como vos lo estuvisteis, bajo el encantamiento de la que él liberó del hechizo, como si toda la vida fuera una sucesión de encantamientos. Pero poseéis un temperamento tan perfecto como él dijo, sois tan perfecta como los esclavos mejor adiestrados y, con todo, más pura, más dulce.
Bella jadeó, inundada por el placer que se acentuaba entre sus piernas, que aumentaba y crecía sin cesar. Creyó que sus pechos hinchados iban a explotar, y las nalgas, como siempre, no dejaban de palpitar. Sentía sin descanso cada centímetro de su carne abrasada.
—Vamos, venid. Decidme, ¿os azoté con mucha fuerza?
Apoyó sus dedos en la barbilla de Bella y le volvió la cara para que la mirara a los ojos. Aquellos enormes, negros e impenetrables ojos cuyas pestañas se rizaban hacia arriba y parecían una gran envoltura de vidrio de tan espesas y brillantes que eran.

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—Y bien, respondedme —requirió la reina con sus labios rojos, y llevó su dedo a la boca de Bella tirándole del labio inferior—. Contestadme.
—Con... fuerza... mucha fuerza... mi reina... —dijo Bella dócilmente.
—Bien, sí, quizá para unas nalguitas tan puras. Pero hicisteis sonreír al príncipe Alexi con vuestra inocencia.
Bella se volvió como si la hubieran invitado a hacerlo, pero cuando lo miró fijamente, éste no sonreía, más bien se limitaba a mirarla con la más extraña de las expresiones. Era al mismo tiempo remota y afectuosa. Entonces, él miró a la reina sin prisa ni temor y sus labios esbozaron una sonrisa, como si eso fuera lo que ella quería de él.
Pero la reina volvió a ladear la cabeza de Bella hacia atrás y la besó. El oscuro y perfumado cabello ondulado cayó a su alrededor, y, por primera vez, Bella sintió la blanca piel aterciopelada del rostro de la soberana, sus pechos apretados contra ella.
Las caderas de Bella se agitaban rítmicamente hacia delante, empezó a jadear, pero justo antes de que esta sacudida que penetraba su sexo húmedo y palpitante fuera demasiado para ella, la reina se retiró y se apartó sonriente.
Cogió los muslos de Bella, que tenía las piernas abiertas, aunque lo que el pequeño sexo hambriento deseaba más que nada en el mundo era que las piernas se comprimieran contra él.
El placer se calmó ligeramente tornándose de nuevo en el gran ritmo interminable del anhelo.
Bella gimió, sus cejas se fruncieron, y de repente la reina la apartó de nuevo, abofeteándola en la cara con tal fuerza que Bella no pudo impedir soltar un grito.
—Mi reina, es tan joven y tierna —dijo el príncipe Alexi.
—No pongáis a prueba mi paciencia —contestó la reina.
Bella permanecía tumbada boca abajo llorando sobre la cama.
—Será mejor que llaméis a Félix y que traiga a lady Juliana. Ya sé lo joven y tierna que es mi pequeña esclava, y cuánto tiene que aprender, pero hay que castigarla por su pequeña desobediencia. Sin embargo, eso no es lo que me preocupa. Debo conocerla más, entender su talante, sus esfuerzos por complacer y... bien, se lo he prometido a lady Juliana.
No importaba con cuánta fuerza llorara Bella, ellos seguirían adelante, y el príncipe Alexi no podría detenerlos. La princesa Bella oyó llegar a Félix, sintió el caminar de la reina por la habitación y, finalmente, cuando sus lágrimas se habían transformado en un flujo constante y silencioso, la reina dijo:
—Bajad de la cama y preparaos para recibir a lady Juliana.

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Antiguo 29-08-2011 , 10:36:50   #64
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LADY JULIANA EN LA ALCOBA DE LA REINA



Lady Juliana entró en la habitación del mismo modo que había entrado en la sala de castigos, con su paso ligero y saltarín y su redondo rostro lleno de hermosura y animación. Lucía un vestido rosa y en sus largas y gruesas trenzas llevaba rosas ensartadas con cinta del mismo color.
Parecía radiante y llena de regocijo, en contraste con la oscuridad de la vasta alcoba, cuyas antorchas arrojaban enormes sombras desiguales sobre el alto techo arqueado. La reina estaba en un rincón, sentada en una gran silla parecida a un trono, con los pies apoyados en un voluminoso cojín de terciopelo verde. Sus brazos descansaban sobre los de la silla y, cuando lady Juliana le hizo una reverencia, sonrió levemente. El príncipe Alexi, sentado sobre sus talones a los pies de la reina, besó con gran cortesía las pantuflas de la dama.
Bella se arrodilló en el centro de la alfombra floreada, aún bastante temblorosa, con el rostro humedecido por las lágrimas, y en cuanto lady Juliana se le acercó también le besó las pantuflas, aunque quizá con un poco más de fervor.
Bella estaba sorprendida de su propia acción. Se había sentido consternada al oír su nombre y, sin embargo, la recibió casi con beneplácito. Sentía que existía cierto vínculo entre ambas. Después de todo, ella la había colmado de atenciones cariñosas. Casi tenía la impresión de que lady Juliana estaba de su parte, aunque en ningún momento había dudado de que sería ella quien la castigaría a continuación. Sin duda la pala de lady Juliana había sido extremadamente diligente en el sendero para caballos. Aun así, sentía casi como si se tratara de una amiga de juventud que venía a abrazarla y por la que sentía una gran confianza y apego.
Lady Juliana le sonreía alborozada. —Ah, dulce Bella, ¿está la reina satisfecha? —Mientras pasaba suavemente la mano por su cabello y la empujaba para que se sentara sobre sus talones, dirigió una mirada cortés a la soberana.
—Es tal y como dijisteis que sería —respondió la reina—. Pero quiero ver más de ella para poder juzgarla debidamente. Utilizad vuestra imaginación, encanto. Haced lo que os plazca con ella, para mí.
Inmediatamente, lady Juliana hizo un gesto al paje, que abrió la puerta para dar paso a otro joven que llevaba un gran cesto repleto de rosas de color rosáceo.
Lady Juliana tomó la cesta del brazo y los dos pajes se retiraron a las sombras, donde permanecieron de pie, quietos como estatuas. A Bella le intrigó el hecho de que su presencia ya no le importara. Si por ella fuera, podría haber habido toda una fila de pajes allí mismo.
—Alzad la vista, preciosa. Mostrad esos hermosos ojos azules vuestros —dijo lady Juliana— y observad lo que he preparado para entretener a la reina y para demostrar vuestro encanto. —Cogió una rosa de tallo bastante corto, no más de veinte centímetros—. Sin espinas, mi cielo. Os lo muestro para que de este modo temáis únicamente lo que verdaderamente es motivo de temor. Aquí no hay descuidos ni patochadas.
Bella pudo ver la cesta atestada de flores que estaban dispuestas con sumo cuidado.
La reina soltó una risa alegre y cambió de posición en su silla:
—Vino, Alexi —dijo—, vino dulce, pues esta habitación está ciertamente impregnada de dulzura.
Lady Juliana soltó una risa delicada, como si acabara de recibir un maravilloso cumplido, y empezó a bailar por la estancia, haciendo girar los faldones de color rosa y balanceando las largas trenzas.
Bella, pese a que su visión seguía enturbiada por el llanto, la observó admirada. La mujer le pareció, como la reina, inmensa y poderosa. El rostro sonriente de lady Juliana se volvió hacia Bella como una luz, y el brillo de las antorchas centelleó en el broche rojo oscuro que llevaba en la garganta, así como en las joyas que estaban cosidas tan diestramente a su amplia faja. Sus pantuflas de satén rosa, con tacones de plata, bailaban con ella hasta que llegó junto a la princesa, a quien besó con afecto en lo alto de la cabeza.
—Parecéis muy desdichada, y eso no está bien. Ahora incorporaos sobre vuestras rodillas, doblad los brazos hacia atrás para exhibir vuestros exquisitos pechos, eso es, y arquead la espalda con más gracia. Félix, cepillad su cabello.
Mientras el paje se apresuraba a obedecer y desenredaba cuidadosamente los largos mechones de Bella que caían por su espalda, la princesa vio que lady Juliana sacaba de un cofre próximo una larga pala ovalada.
Era blanca, lisa y elástica, muy parecida a la que utilizó en el sendero para caballos, pero más pequeña y liviana. De hecho, era tan flexible que lady Juliana, tras dejar el cesto de flores, podía hacerla vibrar empujando el extremo de la misma con el pulgar.
«El dolor será punzante pero no tanto como la mano de la reina, ni como el arma utilizada en el sendero para caballos», supuso Bella, aunque era consciente de que tenía tantas ronchas en las nalgas que cualquier golpe, por más ligero que fuera, le provocaría cierto dolor.
Lady Juliana, que se reía y le susurraba algo a la reina, como si fuera una niña, se volvió en cuanto Félix hubo acabado. Bella permanecía de rodillas, esperando.
—Así que nuestra graciosa soberana os ha zurrado sobre su regazo, ¿no es cierto? También habéis conocido el sendero para caballos, sabéis hacer de sirvienta y, además, habéis soportado la irritación y las exigencias de vuestro amo y señor, e incluso de vez en cuando alguna ruidosa manotada rutinaria de vuestro criado o de lord Gregory.
«Mi criado no me ha pegado nunca», pensó Bella enfadada, pero se limitó a responder como se esperaba de ella:
—Sí, milady...
—Pues ahora deberíais aprender un poco de verdadera disciplina, ya que en este jueguecito que he preparado se pone a prueba vuestra voluntad por complacer. Pero no creáis que no os beneficiará. Y bien... —cogió un manojo de rosas del cesto—, las esparciré por la estancia. ¿Sabéis lo que tenéis que hacer, preciosa mía? Correréis muy deprisa para recoger cada una de las flores con los dientes y las dejaréis en el regazo de vuestra soberana. Cuando ella haya acabado con vos, deberéis ir a coger otra, y otra, y una más. Lo haréis todo lo rápido que podáis, ¿sabéis por qué? Porque se os ordena que así lo hagáis, y porque el castigo será mayor si no os apresuráis a obedecer.
Levantó las cejas y le sonrió a Bella.
—Sí, milady —contestó Bella, incapaz de pensar, aunque la idea de tener que obedecer a toda prisa descubrió un nuevo y extraño matiz de recelo en ella. No le hacía ninguna gracia. La aterrorizaba. En el sendero para caballos se recordó sin ninguna gracia mientras corría rápidamente y sin aliento. Oh, pero no debía pensar en nada más que en obedecer.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

—Poneos sobre vuestras manos y rodillas, niña mía. ¡Y, por supuesto, hacedlo muy, muy rápido!
Lady Juliana esparció al instante los pequeños capullos rosas de tallos encerados por toda la habitación.
Bella se dobló hacia delante para atrapar con los dientes la flor más próxima cuando se dio cuenta de que la dama estaba justo detrás de ella. El mango de la pala ovalada era tan largo que lady Juliana ni siquiera tuvo que inclinarse cuando le pegó a Bella quien, con un respingo, dejó caer la flor.
—¡Recogedla inmediatamente! —gritó lady Juliana—. Los labios de Bella rozaron la alfombra antes de conseguir atrapar la flor.
La pala se abalanzó con un terrorífico zumbido y golpeó sonoramente sus ronchas irritadas mientras ella se precipitaba a cuatro patas para llegar junto a la reina. Lady Juliana ya le había propinado otros siete u ocho palazos antes de que Bella pudiera dejar la flor obedientemente en el regazo de la reina.
—Ahora, daos la vuelta inmediatamente —ordenó la dama— e id a por otra.
Volvía a zurrar furiosamente a Bella, que corría en busca de otra flor. En cuanto la tuvo en sus labios, se precipitó hasta la reina, pero los golpes la perseguían. Bella quería gritar pidiendo paciencia mientras iba a por otra.
Recogió la cuarta, la quinta, la sexta, depositándolas una a una en el regazo de la reina, aunque no había forma de escapar de la pala, de su persistencia, ni de la voz de lady Juliana que la apremiaba de muy mal humor.
—Deprisa, mi niña, rápido, ponéosla entre los labios y volved a por otra una vez más.
Su ondeante falda rosa daba la impresión de estar en todas partes. Bella parecía rodeada por el destello de sus pequeñas pantuflas con tacón de plata, y a pesar de que las rodillas le abrasaban debido al roce con la áspera lana de la alfombra, ante sus ojos continuó la búsqueda, sin aliento, de las pequeñas rosas rosadas que había por todas partes, esparcidas ante sus ojos.
No obstante, no importaba cómo jadeara intentando cobrar aliento, ni lo húmedos que estuvieran su rostro y sus extremidades. No podía alejar de su mente el pensamiento de lo que estaba haciendo. Se imaginaba sus propias nalgas manchadas de ronchas blancas, los muslos enrojecidos y los pechos colgando entre los brazos mientras se arrastraba por el suelo como un animal despreciable. No había piedad para ella, y lo peor era que no podía complacer a lady Juliana, quien la incitaba e incluso en aquel instante la estaba pateando con la punta de su pantufla. Los llantos de Bella eran súplicas mudas, pero el tono de lady Juliana resonaba furioso, lleno de insatisfacción.
Era horroroso que la golpearan con tal rabia.
—¡Deprisa! ¿Me oís? —La voz de lady Juliana sonaba casi con desdén. La zurraba con toda su fuerza, y ahora soltaba pequeños chasquidos de impaciencia. Bella se raspaba los pezones en la alfombra cada vez que se inclinaba para obedecer y, de pronto, con un sobresalto, sintió la punta de la pantufla de lady Juliana en su pubis. Profirió un grito asustado y volvió con la rosa hasta la reina con la impresión de que alrededor de ella no cesaba la risa muda de los pajes y la más aguda carcajada de la reina. Pero lady Juliana había encontrado otra vez aquel punto tierno y metió a la fuerza la larga pantufla puntiaguda de satén justamente por la vagina de Bella.
De pronto, mientras Bella se daba la vuelta para encontrarse aún más rosas esparcidas en el suelo, sus sollozos se convirtieron en gemidos amortiguados. Se volvió hacia lady Juliana aun cuando la pala le azotaba los muslos y las pantorrillas, y besó y rebesó aquellas pantuflas de satén rosa.
—¿Qué? —exclamó lady Juliana con verdadera indignación—. ¿Os atrevéis a pedirme clemencia delante de la reina? ¡Condenada, condenada niña! —Dio una manotada a las nalgas de Bella, la agarró por el pelo con la mano izquierda y la levantó de un tirón, que forzó repentinamente la cabeza de la princesa hacia atrás, lo que la obligó a separar las rodillas para mantener el equilibrio.
Los sollozos de Bella sonaban ahora sofocados y desiguales. Lady Juliana le entregó la pala a uno de los pajes y éste le ofreció al instante un ancho y pesado cinturón de cuero.
Lady Juliana golpeó con éste el trasero de Bella y un ruido sordo resonó en la estancia. Volvió a golpearla de nuevo.
—¡Coged otra rosa, otra, dos, tres, cuatro, todas en la boca, sin más tardanza, y llevádselas a la reina inmediatamente!
Bella obedecía a toda prisa. Estaba tan desesperada por obedecer, por alejar la furia de lady Juliana que no sentía nada en absoluto. Sin duda, este juego era más feroz, y frenético que los peores momentos del sendero para caballos. Mientras Bella se volvía para recoger más rosas pequeñas, sintió que la reina le cogía la cara entre ambas manos y la inmovilizaba quieta para que lady Juliana pudiera pegarle.
No importaba. Si no era capaz de contentarlas, se merecía que la golpearan. Temblaba con cada azote de la correa, y aun así, bañada en lágrimas, levantaba el trasero para recibir nuevos castigos.
Pero la reina todavía no estaba satisfecha. En aquel instante la tenía cogida por el cabello, la mano tiraba hacia atrás de su cabeza, e hizo que se diera la vuelta mientras lady Juliana abofeteaba los pechos y el vientre de Bella y la azotaba con la ancha correa de cuero en el pubis.
La reina mantenía sujeta firmemente la melena de Bella.
—¡Abrid las piernas! —ordenó lady Juliana.
—Oooooh... —exclamó Bella que sollozaba a voz en grito, pero obedeció e impulsó desesperadamente las caderas hacia delante para recibir el furioso castigo. Debía complacer a lady Juliana, tenía que demostrarle que lo había intentado. Sus sollozos se volvieron más roncos y acongojados.
La correa alcanzó sonoramente sus labios púbicos una y otra vez. Bella no sabía qué era peor, si el pequeño estallido de dolor o la violación que este acto representaba.
La reina tiraba tanto de su cabeza que en aquel instante reposaba ya en su regazo. Bella sentía surgir sus propios sollozos de su pecho y de sus labios, casi lánguidamente.
«Estoy indefensa, no soy nada», pensaba, al igual que lo hizo en el sendero para caballos, en el instante de mayor agotamiento. El cinturón le golpeó los senos. Ya no podía soportarlo más, pero aunque su pubis quemada de dolor, ni siquiera se le ocurrió protegerse con los brazos. Sus propios sollozos le producían un delicioso alivio.
Paulatinamente, sintió cómo se debilitaba, cómo cedía. Notó que la mano de la reina le acariciaba la barbilla y a continuación se percató de que lady Juliana se dejaba caer en un frenesí de seda rosa y le besaba la garganta y los hombros.
—Así, así —dijo la reina—, mi valiente y pequeña esclava.
—Eso es, mi muchacha, mi virtuosa y encantadora muchacha —reafirmó inmediatamente lady Juliana como si le hubieran dado permiso. Los golpes habían cesado. Sólo los gritos de Bella llenaban la habitación—. Lo habéis hecho muy bien, muy bien; lo intentasteis con todas vuestras fuerzas, y cómo os esforzabais por conservar la gracia.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

La reina empujó suavemente a Bella hacia los brazos de lady Juliana, quien se puso de pie levantándola en su abrazo, presionando con las manos sus nalgas inflamadas.
Los brazos de lady Juliana eran suaves y sus labios le hacían cosquillas, la acariciaban. Bella sintió sus propios senos contra el pecho voluminoso de lady Juliana y luego pareció perder toda conciencia de su propio peso y su sentido del equilibrio.
Flotaba en los brazos de lady Juliana. Notaba la delicada tela del vestido de la dama y, debajo de éste, sus pechos redondos.
—Oh, dulce y pequeña Bella, mi Bella. Sois tan buena, tan, tan buena —susurró. Los labios de lady Juliana abrieron los de Bella, y su lengua tocó el interior de la boca de la princesa mientras sus dedos estrujaban con más ahínco las nalgas de Bella, cuyo sexo húmedo estaba pegado al vestido de la dama. Entonces sintió el montículo duro del sexo de lady Juliana.
—Bendita Bella, oh, me amáis, ¿no es cierto? Yo os deseo apasionadamente.
Bella no pudo evitar abrazarse a lady Juliana. Sentía la picazón de aquellas trenzas rubias, pero la piel de la dama era tierna y blanda, y sus labios fuertes y sedosos. Relamían la boca de Bella, sus labios hinchados, mientras los dientes la mordisqueaban aquí y allí como si estuvieran degustándola.
Entonces Bella miró a los ojos de lady Juliana, tan grandes e inocentes y llenos de tierna inquietud. Bella gimió y apoyó su mejilla en la de su señora.
—Es suficiente —dijo la reina con tono cortante.


Lenta, muy lentamente, Bella sintió que la liberaban. Alguien la obligaba a agacharse, y se dejó caer lánguidamente, hasta quedarse sentada en el suelo, apoyada sobre sus talones, con las piernas ligeramente separadas; para ella su sexo no era más que anhelo y dolor.
Inclinó la cabeza. Por encima de todo temía que este placer creciente escapara a su control. Estaba a punto de avergonzarse, de resollar, de agitarse con él, pues se sentía incapaz de ocultarlo a los demás. Así que separó las piernas y sintió que su pubis se abría y cerraba como una pequeña boca hambrienta desesperada por obtener satisfacción.
No obstante, no le importaba. Sabía que no había alivio para ella.
Le bastaba sentir la áspera lana de la alfombra contra sus nalgas doloridas, escocidas. Toda la vida parecía reducirse únicamente a las degradaciones del placer y el dolor. Le parecía que sus pechos llevaban un peso en el extremo. Dejó caer su cabeza a un lado y le invadió una gran oleada de relajación. ¿Qué más podría hacerle con sus juegos? Había dejado de importarle. «Hacedlo», pensó, y sus ojos se fundieron en lágrimas convirtiendo la luz de la antorcha en un fulgor molesto.
Alzó la mirada.
Lady Juliana y la reina estaban de pie. El brazo de la reina rodeaba el hombro de lady Juliana, que estaba a su lado. Ambas la miraban mientras lady Juliana se deshacía las trenzas y los pequeños capullos de rosa caían libres a sus pies sin que les prestara atención.
Aquel momento pareció prolongarse eternamente.
Bella volvió a incorporarse sobre sus rodillas, se movió hacia delante silenciosamente, se inclinó con gran delicadeza, y recogió uno de los pequeños capullos con los dientes y levantó la cabeza para ofrecérselo a ambas.
Sintió que le cogían la rosa, y luego los tranquilos y fríos besos de ambas mujeres se posaron en ella.
—Muy bien, querida mía —la felicitó la reina dando la primera muestra de verdadero afecto hacia ella.
Bella posó sus labios contra las pantuflas de su majestad.
En medio de su somnolencia oyó que la reina ordenaba a los pajes que se la llevaran y la encadenaran hasta la mañana siguiente a la pared del vestidor que había allí al lado.
—Extendedla, mantenedla con los miembros bien estirados.
Bella supo entonces, con una dulce desesperación, que aquel ansia que sentía entre sus piernas tardaría mucho en abandonarla.

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Antiguo 29-08-2011 , 10:41:18   #67
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

CON EL PRÍNCIPE ALEXI



Sin duda, la reina dormía, quizá con lady Juliana entre sus brazos. Todos en el castillo dormían, y también más allá, en las aldeas y ciudades, los campesinos en su casitas y chozas.
A través de la alta y estrecha ventana del vestidor, el cielo proyectaba la luz blanca de la luna sobre la pared en la que Bella estaba encadenada, con los tobillos separados y las muñecas estiradas por encima de su cuerpo. Bella apoyó la cabeza a un lado y se quedó mirando fijamente la larga fila de magníficos vestidos, los mantos en los colgadores, las diademas de oro y adornos, las hermosas y ornadas cadenas, pilas y pilas de preciosas zapatillas.
Allí estaba ella, entre estos objetos, como si no fuera más que un mero adorno, una posesión, guardada junto con otras pertenencias valiosas.
Suspiró y se frotó deliberadamente el trasero contra la pared de piedra con la intención de castigarlo todavía más para sentir cierto alivio al dejar de hacerlo al cabo de pocos segundos.
Su sexo no dejaba de palpitar. Estaba pegajoso a causa de su propia flujo. ¿Sufriría todavía más que ella la pobre princesa Lizetta, encerrada en la sala de castigos? Ella al menos no estaba sola en la oscuridad. De pronto, hasta las personas que debían de pasar junto a la princesa Lizetta, burlándose de ella, importunándola y pasándole la mano por el sexo hinchado, le parecieron a Bella una compañía deseable. Estiró las caderas y las retorció todo lo que pudo. No encontraba ningún consuelo y no entendía por qué sentía aquel anhelo cuando tan sólo hacía un instante que el dolor había sido tan enorme que incluso besó implorante las pantuflas de lady Juliana. Se ruborizó al pensar en las palabras coléricas que le lanzó, aquellos azotes de censura que en cierta forma le habían dolido más que los otros.
Cómo se habrían de haber reído los pajes, puesto que probablemente una docena de princesas habrían jugado antes que ella a este jueguecito de la recogida de rosas, y seguramente lo habrían hecho mucho mejor.
Pero ¿por qué, por qué, justo al final, Bella había recogido el último capullo de rosa y había sentido cómo sus pechos se hinchaban de calor cuando lady Juliana se la cogió de los labios? En aquel momento tuvo la sensación de que sus pezones eran pequeños tapones que impedían que el placer se desatara. Extraño pensamiento. Entonces le parecieron demasiado ajustados para sus pezones, mientras su sexo se abría cada vez más, víctima de un anhelo terrible, y la humedad goteaba por el interior de sus muslos. Cuando pensó en la sonrisa del príncipe Alexi, en los ojos marrones de lady Juliana, y en el hermoso rostro de su príncipe, e incluso en la reina, sí, incluso en los labios rojos de la reina, sintió que se quemaba de agonía.
El sexo del príncipe Alexi era voluminoso y oscuro, como todo en él, y sus pezones también eran oscuros, de un rosado oscuro.
Bella movió la cabeza, la hizo girar apoyada en la pared. Pero ¿por qué había recogido la rosa y se la había ofrecido a la hermosa lady Juliana?
Se quedó ensimismada, observando la oscuridad, y al oír un crujido muy cerca de ella, pensó que era fruto de su imaginación.
Pero en la oscuridad del muro más próximo apareció una rendija de luz que fue ensanchándose poco a poco. Alguien había abierto una puerta y de pronto se deslizaba en el vestidor. Desatado y libre, el príncipe Alexi estaba de pie ante ella, y procedió a cerrar la puerta, muy cuidadosamente, tras él.
Bella contuvo el aliento.
Él se quedó inmóvil, como si necesitara acostumbrarse a la oscuridad y, luego, se adelantó y soltó las muñecas y los tobillos de Bella.
Ella siguió allí, de pie, temblando, pero enseguida lo rodeó con sus brazos. Él la sostenía contra su pecho, y su órgano erecto le estimulaba los muslos. Sintió la piel sedosa de su rostro y a continuación su boca se abrió sobre la suya, muy cerca, saboreándola.
—Bella —él suspiró profundamente y ella comprendió que él sonreía.
Bella alzó la mano para tocarle las pestañas. A la luz de la luna, vio su rostro, sus dientes blancos. Tocó todo su cuerpo llena de ansia, desesperada, y luego lo bañó de besos sonoros.
—Esperad, esperad, mi amor, estoy tan ansioso como vos —susurró él. Pero ella no podía apartar sus manos de los hombros de él, de su cuello, de su piel satinada.
—Venid conmigo —dijo Alexi y, haciendo un esfuerzo por separarse, abrió otra puerta y la llevó por un largo pasillo de techo bajo.
La luna entraba por ventanas que no eran más que estrechas aberturas en la pared. Entonces, ante una de las numerosas y pesadas puertas, él se detuvo y Bella empezó a bajar por una escalera de caracol.
Estaba cada vez más asustada. —Pero ¿adónde vamos? Nos atraparán, y ¿que será entonces de nosotros? —susurró.
Él abrió una puerta y la hizo pasar a un pequeño dormitorio.
Un minúsculo cuadrado de ventana les alumbraba. Bella atisbó una cama con abundante paja cubierta por una manta blanca. En la pared había un gancho del que colgaba la vestimenta de un sirviente, pero todo estaba descuidado como si el cuarto llevara mucho tiempo abandonado. Alexi echó el cerrojo. Nadie podría entrar. —Pensaba que queríais escapar —suspiró Bella con alivio—. Pero ¿no nos encontrarán aquí?
Alexi la miraba. La luna iluminaba la cara del príncipe y resaltaba la extraña serenidad que reflejaban sus ojos.
—Todas las noches, sin excepción, la reina duerme hasta el amanecer. Ha mandado retirarse a Félix, y si yo estoy al pie de su cama al amanecer, no nos descubrirán. Aunque siempre existe una posibilidad, y entonces nos castigarían.
—Oh, no me importa, no me importa —dijo Bella desesperadamente.
—A mí tampoco —empezó a decir él, pero su boca ya se había hundido en el cuello de Bella mientras ésta lo rodeaba con sus brazos.
Al instante estaban en la cama, sobre la suave manta. Las nalgas de Bella sentían las punzadas de la paja, pero no significaban nada comparadas con los besos húmedos e intensos de Alexi. Ella apretó sus senos contra su pecho, le rodeó la cadera con las piernas y se pegó a él.
Todas las molestias y tormentos de la larga noche la habían hecho enloquecer. Pero aún enloqueció más cuando él le introdujo aquel grueso sexo que ella había deseado desde el primer instante en que lo vio. Sus embestidas eran brutales, fuertes, como si él también estuviera dominado por una pasión reprimida. El sexo dolorido de Bella se quedó lleno, sus tiesos pezones palpitaban, y sacudió sus caderas, levantando a Alexi como lo hizo con el príncipe. Sintió cómo él la llenaba y la tenía firmemente amarrada.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Finalmente, Bella lanzó un gemido de alivio y sintió cómo él eyaculaba con un último y enérgico movimiento. Experimentó los fluidos calientes que la llenaban y se recostó jadeando.
Permaneció tumbada, contra el pecho de Alexi, y él la acunaba con su brazo, la mecía, sin dejar de besarla.
Cuando Bella besó sus pezones y los mordisqueó jugueteando con los dientes, el sexo de Alexi volvió a endurecerse y de nuevo se apretó contra ella.
Alexi se incorporó sobre sus rodillas, levantó a Bella y la puso sobre su órgano. Ella emitía susurros de aprobación mientras él la movía hacia delante y atrás, clavándola, con los dientes apretados.
—¡Alexi, mi príncipe! —gritó.
Su sexo húmedo, abierto sobre él, palpitó de nuevo con un ritmo frenético hasta que casi clamaba su alivio mientras él volvía a descargar en ella.
Hasta después de la tercera vez no descansaron tumbados sobre el lecho.
Sin embargo, ella seguía mordisqueando sus pezones y con las manos le palpaba el escroto, su pene. Él estaba apoyado sobre su codo y le sonreía. Le dejaba hacer todo cuanto quisiera, incluso cuando sus dedos sondearon su ano. Bella nunca antes había tocado a un hombre de esta manera. Se sentó e hizo que se diera la vuelta sobre la cama y entonces lo examinó de arriba abajo.
Después, abrumada por la timidez, se tumbó de nuevo a su lado, acurrucada en sus brazos, enterró la cabeza en su pelo cálido y perfumado y recibió plácidamente sus besos tiernos, profundos y cariñosos. Los labios de él jugaban con los suyos. El príncipe le susurró su nombre al oído y le colocó la mano entre las piernas para sellarla con la palma mientras se pegaba a ella.
—No podemos quedarnos dormidos —dijo él—, o mucho me temo que para vos el castigo podría ser demasiado terrible.
—¿Y para vos no? —preguntó Bella.
Pareció reflexionar y luego sonrió:
—Probablemente no —contestó—, pero vos aún sois una principiante.
—¿Y tan mal lo hago? —preguntó.
—No, sois incomparable en todos los sentidos —dijo—. No dejéis que vuestros crueles amos y amas os engañen. Están enamorados de vos.
—Ah, pero ¿cómo nos castigarían? —preguntó—. ¿Con el pueblo quizá? —bajó la voz al decirlo.
—¿Y quién os ha hablado del pueblo? —preguntó él, un poco sorprendido—. Podría ser el pueblo... —estaba pensando— aunque ningún favorito de la reina o del príncipe de la Corona ha sido nunca enviado allí. Pero no nos atraparán y, si sucediera, diré que os amordacé y os forcé. Como mucho sufriríais unos pocos días en la sala de castigos, y lo que a mí me suceda no tiene importancia. Debéis jurarme que me dejaréis asumir la culpa, o de verdad os amordazaré y os devolveré inmediatamente a vuestras cadenas.
Bella bajó la cabeza.
—Yo os traje aquí. Soy yo quien merece ser castigado si nos atrapan. Esto será un pacto entre nosotros. Y no quiero que discutáis.
—Sí, mi príncipe —susurró ella.
—No, a mí no me habléis así —le rogó—. No era mi intención daros órdenes. Para vos soy Alexi, y nada más que eso. Lo siento si he sido rudo, pero no puedo permitir que os sometan a un castigo tan terrible. Haced lo que yo os digo porque... porque...
—Porque os adoro, Alexi —dijo Bella.
—Ah, Bella, mi amor, mi amor —fue su respuesta. Volvió a besarla—. Y ahora, contadme en qué pensáis, ¿por qué sufrís tanto?
—¿Que por qué sufro? Pero ¿no lo veis con vuestros propios ojos? ¿Creéis que ni por un instante he olvidado que me estabais observando esta noche? Ya veis lo que me han hecho, lo que os hacen a vos, lo que...
—Por supuesto que os observaba y me habéis complacido —dijo—. ¿Acaso vos no disfrutasteis viendo cómo me azotaba el príncipe de la Corona? ¿No gozasteis al ver cómo me castigaban en el gran salón el primer día que os trajeron? ¿Qué haríais si os dijera que derramé el vino aposta aquel primer día para que repararais en mí?
Bella se quedó estupefacta.
—Os pregunto qué es lo que experimentáis —continuó el príncipe—. No me refiero a lo que os hace padecer la pala ni a los incesantes juegos de nuestros amos, sino a lo que experimentáis en vuestro corazón. ¿A qué se debe este conflicto? ¿Qué os impide rendiros?
—¿Os habéis rendido vos? —requirió Bella, ligeramente enfadada.
—Por supuesto —dijo él tranquilamente—. Adoro a la reina y me encanta contentarla. Adoro a todos los que me atormentan, porque debo hacerlo. Es profundamente simple.
—¿Y no sentís dolor, ni humillación?
—Siento un gran dolor y una gran humillación.
Eso es algo que nunca dejará de suceder. Si así fuera, incluso durante poco tiempo, el talento inagotable de nuestros amos discurriría alguna otra manera de hacérnoslo sentir. ¿ Creéis que no me sentí humillado en el gran salón cuando Félix me puso cabeza. abajo y me azotó ante toda la corte, tan de improviso y por tan poco? Soy un príncipe poderoso, mi padre es un rey poderoso. Nunca lo olvido. Y, desde luego, fue doloroso ser tratado con tanta rudeza por el príncipe de la corona en consideración a vos. ¡Y pensó que con eso me amaríais menos!
—¡Estaba equivocado, tan equivocado! —dijo Bella que se sentó y se llevó las manos a las mejillas, consternada. Amaba a los dos, ahí radicaba la desgracia del asunto. Incluso en aquel preciso momento podía imaginarse al príncipe de la corona, con su delgado rostro blanco, las manos inmaculadas y aquellos ojos oscuros tan llenos de turbulencia y descontento. Para ella fue una agonía que no se la llevara a su cama después de haber superado la prueba del sendero para caballos.
—Deseo ayudaros porque os amo —dijo Alexi—. Quiero orientaros, pero veo que oponéis resistencia.
—Sí, pero no siempre —admitió ella con un vago susurro, apartando la vista, como si de repente se avergonzara de reconocerlo—. Experimento... tantos sentimientos.
—Contadme —dijo Alexi con autoridad.
—Bueno, esta noche... la rosa, el último capullo rosa... ¿Por qué lo recogí con los dientes y se lo ofrecí a lady Juliana? ¿Por qué? Ha sido tan cruel conmigo.
—Queríais satisfacerla. Es vuestra ama. Sois una esclava. Lo más elevado que podéis hacer es complacer, y en consecuencia procurasteis hacerlo, no sólo como respuesta a sus azotes y a sus órdenes, sino que en aquel momento lo hicisteis por propia voluntad.
—Ah, sí—dijo Bella, de eso se trataba—. Y, en el sendero para caballos... no sé cómo confesarlo, sentí cierto alivio en mi interior, como si me hubiera liberado de mi lucha; era simplemente una esclava, una pobre y desesperada esclava cuyo deber es esforzarse, pura y llanamente, sólo eso.
—Sois elocuente —le contestó con cariño—. Habéis aprendido mucho.

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—Pero no quiero sentir esto. En el fondo quiero rebelarme, quisiera insensibilizarme contra ellos. Me atormentan sin cesar. Mi príncipe, si sólo fuera él...
—Pero aunque lo fuera, él siempre encontrará nuevas maneras de atormentaros, y no es el único. Decidme, ¿por qué no queréis rendiros a ellos?
—Bueno, seguro que lo sabéis. ¿Acaso vos no os rebelabais? ¿No? León dijo de vos que tenéis un núcleo al que nadie puede llegar.
—Tonterías. Simplemente lo entiendo y lo acepto todo. No hay resistencia.
—Pero ¿cómo puede ser?
—Bella, tenéis que aprenderlo. Debéis aceptar y ceder, y entonces lo veréis todo más claro.
—No estaría aquí con vos si cediera, porque el príncipe...
—Sí, podríais estar aquí conmigo. Yo adoro a mi reina y estoy aquí con vos. Os amo a las dos.
Me entrego a ello por entero, como a todo lo demás, aun cuando sé que puedo ser castigado. Y cuando me castiguen, sentiré un gran temor, sufriré, y lo entenderé y lo aceptaré. Bella, cuando aceptéis, floreceréis en el dolor, resurgiréis en vuestro sufrimiento.
—Anoche había una muchacha delante de mí en la fila que corrió el sendero para caballos justo antes que yo. Estaba resignada, ¿no es verdad? —preguntó Bella.
—No, olvidadla, ella no es nadie. Se trata de la princesa Claire: es tonta y traviesa, siempre lo ha sido y no tiene sensibilidad. No tiene profundidad, ningún misterio. Pero vos tenéis todo esto y siempre sufriréis más que ella.
—¿Adquiere todo el mundo, tarde o temprano, esta habilidad para aceptar?
—No, algunos nunca lo hacen, pero es muy difícil decir quién lo ha conseguido. Yo soy capaz de distinguirlo, pero nuestros señores no siempre son tan despiertos, os lo aseguro. Por ejemplo, Félix me dijo que ayer visteis a la princesa Lizetta amarrada a la viga en la sala de castigos. ¿Creéis que ella está resignada?
—¡Desde luego que no!
—Ah, pues lo está, y es una gran princesa esclava y una valiosa sierva. Pero adora estar atada, no poder moverse; y cuando está muy aburrida, tolera el enfado de sus superiores, tanto mejor si se divierten cuando ella permite que la castiguen.
—Ah, no, no habláis en serio.
—Por supuesto que sí. Ése es su estilo. Cada esclavo tiene el suyo, y vos debéis encontrar el vuestro. A vos nunca os resultará fácil. Sufriréis mucho antes de descubrirlo, pero ¿no os dais cuenta de que en el sendero para caballos y también esta noche, cuando le disteis la rosa a lady Juliana, ya sentisteis el comienzo? La princesa Lizetta es una luchadora. Vos deberíais ser condescendiente, como yo en gran parte lo soy. Ése debería ser vuestro estilo, una devoción exquisita y personal. Una gran calma, gran serenidad. En su momento quizá conozcáis a otros esclavos que sean ejemplares en este tipo de comportamiento. El príncipe Tristán, por ejemplo, el esclavo de lord Stefan, es incomparable. Su señor está enamorado de él, así como el príncipe de la Corona lo está de vos, lo que a la vez dificulta las cosas.
Bella suspiró profundamente. De repente la invadió la sensación que experimentó al arrodillarse ante lady Juliana y ofrecerle la rosa. Sintió que corría por el sendero para caballos, la brisa la rozaba, y su cuerpo ardía sin parar debido al esfuerzo.
—No sé, siento vergüenza cuando me entrego, siento como si me perdiera completamente a mí misma.
—Sí, eso es. Pero escuchad, tenemos esta noche para nosotros, aquí, en este pequeño cuarto. Quiero contaros la historia de mi llegada aquí y cómo conseguí encontrar el camino del que os hablo. Cuando acabe, si todavía os sentís rebelde, os pido que reflexionéis sobre ello. Continuaré amándoos, no importa, y seguiré luchando para disfrutar de los momentos en que pueda veros en secreto. Pero, si prestáis atención, veréis que podéis conquistar todo lo que esté a vuestro alrededor.
»No intentéis comprender de una vez todo lo que digo. Limitaos a escuchar y ya me diréis si, al final, la historia no os aporta cierta calma. Recordad que no es posible escapar de este lugar. No importa lo que hagáis, la corte encontrará la forma de obtener alguna diversión de vos. Incluso el esclavo más indómito y lleno de coraje puede ser atado y utilizado de mil maneras diferentes para divertir a todo el mundo. Así que aceptad esta barrera, y luego intentad comprender vuestros propios límites y cómo debéis ampliarlos.
—Oh, si sé que me amáis podré aceptarlo, aceptaré cualquier cosa.
—Os amo. Pero el príncipe os ama también. No obstante, debéis buscar vuestra propia senda de aceptación.
La abrazó, luego empujó dulcemente la lengua entre sus labios y la besó con violencia.
Le relamió los pechos hasta dejarlos casi irritados, mientras ella arqueaba la espalda, volvía a gemir y sentía crecer su pasión. Alexi la levantó por debajo de él y una vez más introdujo en ella su miembro.
Cuidadosamente, le dio la vuelta de modo que los dos permanecieran tumbados de costado, cara a cara.
—Mañana no habrá forma de estimularme y sólo por eso seré castigado —el príncipe sonrió—. Pero no me importa. Poseeros, abrazaros, y estar con vos merece la pena. —No soporto la idea de que os castiguen.
—Podéis estar segura de que me lo merezco. Debo satisfacer a la reina. Yo le pertenezco, así como vos también pertenecéis al príncipe. Si os descubriera aquí tendría todo el derecho a castigarme aún más.
—Pero ¿cómo puedo pertenecerle a él y a vos al mismo tiempo?
—Tan sencillamente como pertenecéis a la vez a la reina y a lady Juliana. ¿No le disteis la rosa a lady Juliana? Apuesto a que antes de que acabe este mes, estaréis loca por contentarla. Os asustará la idea de arla, ansiaréis su pala igual que la teméis.
Bella apartó la cara y la enterró en la paja porque aquello ya era cierto en aquel momento. Esa noche se había alegrado al ver a lady Juliana. Y el príncipe de la corona le inspiraba los mismos sentimientos.
—Ahora escuchad mi historia y lo entenderéis mejor. No es una explicación clara, pero veréis cómo se desentraña un misterio bastante complicado!

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

EL PRÍNCIPE ALEXI CUENTA SU CAPTURA Y ESCLAVITUD



—Cuando llegó el momento de prestar vasallaje a la reina —explicó el príncipe Alexi—, yo no me resignaba en absoluto a ser uno de los escogidos, aunque otros príncipes habían sido seleccionados para ir conmigo. A todos nos dijeron que nuestro tributo no duraría más de cinco años, como mucho, y que cuando volviéramos habríamos mejorado enormemente en sabiduría, paciencia, autocontrol y todo tipo de virtudes. Naturalmente, conocía a otros que habían prestado vasallaje y, aunque a todos les prohíben hablar de lo que aquí sucede, sabía que era una prueba severa y yo estimaba mi libertad. De modo que, cuando mi padre me dijo que mi obligación era ir, me escapé del castillo y vagué de pueblo en pueblo.
»La verdad, no sé cómo se lo tomó mi padre cuando se enteró. El hecho es que un destacamento de soldados de la reina hizo una batida en el pueblo donde yo me encontraba y se me llevaron junto con unos cuantos muchachos y muchachas plebeyos que iban a prestar otras formas de vasallaje. A ellos los entregaban a nobles y damas de menor rango para servir en sus mansiones particulares. Los príncipes y princesas como nosotros servimos sólo en la corte, como ya habréis observado.
»El día era soleado, resplandeciente. Yo caminaba solo por un campo al sur del pueblo e iba componiendo poesías mentalmente cuando descubrí a los soldados. Llevaba mi espadón, por supuesto, pero al instante me vi rodeado por unos seis jinetes. Supe que pertenecían a la reina en cuanto me percaté de que su intención era llevarme como esclavo. Arrojaron una red sobre mí y de inmediato me desarmaron, me desnudaron y me tiraron sobre la silla del capitán.
«Aquello bastó por sí solo para indignarme y hacerme pelear por mi libertad. Imagináoslo: los tobillos atados con una basta cuerda, el trasero al aire, desnudo, la cabeza colgando. Con cierta frecuencia, el capitán no dudaba en ponerme la mano encima cuando no tenía otra cosa que hacer. Me pellizcaba y me pinchaba según le venía en gana, y parecía disfrutar de su superioridad.
Bella dio un respingo al oír todo esto. No le costó demasiado imaginarse la escena.
—El viaje hasta la corte de la reina era largo. Me trataban rudamente, como a casi todo el equipaje. Por la noche me ataban a un palo en el exterior de la tienda del capitán y, aunque no permitían que nadie me violara, los soldados no paraban de atormentarme. Cogían cañas y palos y me punzaban los órganos, me tocaban la cara, los brazos, las piernas y todo lo que podían. Tenía las manos atadas por encima de la cabeza, y todos esos ratos permanecía derecho. Dormía de pie. No hacía frío por las noches, pero aquello era una verdadera tortura.
»No obstante, todo esto respondía a algo. Me habían prometido como esclavo de la propia reina, en virtud del tratado que acordó con mi padre. Yo, por supuesto, estaba impaciente por librarme de aquellos rudos soldados. El trayecto durante el día era siempre igual: tumbado encima de la silla del capitán. A menudo me azotaba con sus guantes de cuero sólo para divertirse. Permitía que los lugareños se acercaran al camino cuando nosotros paseábamos y entonces me ridiculizaba, me revolvía el pelo y se dirigía a mí utilizando apodos cariñosos. Pero en realidad no podía usarme.
—¿Pensabais en escapar? —preguntó Bella.
—Siempre —dijo el príncipe—. Pero en todo momento me encontraba entre soldados y completamente desnudo. Aunque hubiera conseguido llegar a la casa de algún lugareño o a la cabaña de algún siervo, me habrían apresado y entregado para hacerse con el dinero del rescate. Sólo hubiera conseguido padecer nuevas humillaciones y más degradaciones. Así que me dejé llevar, atado de pies y manos y arrojado ignominiosamente sobre el caballo, corroído por la furia.
»Pero finalmente llegamos al castillo. Una vez allí, me lavaron a fondo, luego me pusieron ungüentos y me llevaron ante su majestad. La suya era una belleza fría. Me impresionó desde el primer momento. Nunca había visto unos ojos tan preciosos, ni tan distantes. Cuando me negué a permanecer en silencio y a obedecer, ella se rió. Ordenó que me amordazaran con una embocadura de cuero. Estoy seguro de que ahora ya sabéis de qué os hablo. Pues bien, la mía la colocaron muy ajustada para que no pudiera deshacerme de ella, y luego me pusieron grilletes con abrazaderas de cuero para que no pudiera levantarme de la posición a cuatro patas que me habían obligado a adoptar. Podía desplazarme sólo si me lo ordenaban, pero estaba firmemente amarrado por las cadenas a los grilletes de cuero colocados en mis muñecas, y éstos a los que llevaba en las piernas, por encima de las rodillas. Los tobillos estaban ligados de tal forma que apenas podía separar las piernas. No era un mal sistema —dijo con ironía.
»A continuación la reina tomó su largo bastón de guía, como ella lo llama, para llevarme de un lado a otro. Era una vara con un largo falo forrado de cuero en el extremo. Nunca olvidaré lo que sentí cuando por primera vez lo introdujo en mi ano. Lo impulsó hacia delante y, a pesar mío, avancé delante de ella como un animalito obediente, tal como me ordenaba. Una vez que me eché al suelo y me negué a obedecer, se limitó a reírse de mí, y entonces empezó su faena con la pala.
»La verdad, me rebelaba con una gran furia. Cuanto más me zurraba ella, más refunfuñaba yo y más me negaba a obedecer. Así que ordenó que me colocaran boca abajo y que me azotaran con la pala durante horas. Podéis imaginaros todo lo que sufrí. Pero fijaos, había otros esclavos que me observaban confusos y atónitos. Para ellos, estar desnudo y con grilletes, y ser apaleado, era suficiente para obligarlos a obedecer, ya que además sabían que no podían escapar, que debían servir durante varios años y que estaban indefensos.
»De todos modos, esa magia no funcionaba conmigo. Cuando me soltaron tenía las nalgas y las piernas totalmente irritadas por la pala, pero no me importaba. Todos los intentos para estimular mi órgano habían fallado. Era demasiado testarudo.
»Lord Gregory me sermoneó a fondo. Me dijo que era mucho más fácil aguantar la pala con el órgano erecto, que si la pasión recorría mis venas, comprendería el sentido de satisfacer a mi señora. Yo ni le prestaba atención.
»La reina seguía encontrándome fascinante. Me dijo que superaba en belleza a cualquier otro esclavo que le hubieran enviado antes, y me tenía amarrado a la pared en sus aposentos, día y noche, para poder observarme. Aunque, para ser más precisos, en realidad era para que yo pudiera observarla a ella y acabara deseándola.

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