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Las aventuras de Bella

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Los mejores licores
Dejé otro aporte en peliculas... para los que lo quieran ver...
También voy subiendo por partes... se llama "Seduciendo al jefe"

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EL SENDERO PARA CABALLOS



En cuanto Bella abrió los ojos al despertarse percibió una nueva excitación en el castillo.
La sala de esclavos estaba brillantemente iluminada por antorchas colocadas en todos los rincones, y en ella tanto los príncipes como princesas eran objeto de elaborados preparativos. Los criados peinaban y adornaban con flores el cabello de las princesas, y a los príncipes les aplicaban aceites y les peinaban los rizos rebeldes con idéntico esmero que a las muchachas.
Sin embargo, León sacó a Bella atropelladamente fuera de la cama. Parecía preso de una excitación excepcional.
—Es noche de fiesta, Bella —le dijo—, y os he dejado dormir mucho rato. Debemos apresurarnos.
—Noche de fiesta —susurró ella.
Al instante ya estaba colocada sobre la mesa para ser preparada.
León le dividió la melena y empezó a trenzar su cabello. Bella sintió el aire en el cuello, una sensación que le pareció odiosa. León había empezado a trenzar el pelo en lo alto de la cabeza, lo que la haría parecer más aniñada incluso que lady Juliana. A ambos lados de su cabellera le trenzaba una larga tirilla de cuero negro y en los extremos anudaba una pequeña campanilla de cobre. Cuando León las soltó, ambas trenzas cayeron pesadamente sobre los pechos de Bella, dejando su cuello y su cara al descubierto.
—Fascinante, fascinante —reflexionó León con su habitual aire de satisfacción—. Ahora, vuestras botas.
Le introdujo los pies suavemente en un par de altas botas de cuero negro. Le dijo que permaneciera de pie con las botas puestas mientras él se inclinaba para anudar los cordones sobre la rodilla. A continuación el criado alisó el cuero de la zona de los tobillos dejándolo pegado como un guante.
Hasta que Bella no levantó el pie no se dio cuenta de que cada bota lleva adherida una herradura al talón y a la punta. Los remates eran fuertes y resistentes para que nada pudiera dañar las punteras.
—Pero ¿qué sucede, qué es el sendero para caballos? —preguntó Bella con gran nerviosismo.
—¡Chsss!... —exclamó León, pellizcándole y pinchándole los pechos para darles «algo de color», según dijo él.
Luego le embadurnó los párpados y las pestañas con aceite, y extendió un poco de carmín por los labios y en los pezones. Bella retrocedió instintivamente pero los movimientos de León eran rápidos y seguros, apenas la tenían en cuenta.
Sin embargo, lo que más preocupaba a Bella era que sentía su cuerpo destemplado y vulnerable. Notaba el forro de cuero pegado a sus pantorrillas, y el resto de ella se sentía peor que desnuda. Esto todavía era más terrible que cualquiera de los pequeños adornos.
—¿Qué es lo que va a suceder? —preguntó otra vez. Pero León la había obligado a inclinarse sobre el extremo de la mesa y en aquel momento untaba sus nalgas con movimientos vigorosos.
—Están bien curadas —dijo—. Anoche, el príncipe debió adivinar que correríais hoy y decidió perdonaros.
Bella sintió los fuertes dedos de León que se empleaban a fondo en su carne y un indefinido terror la invadió. Así que iban a azotarla... pero eso siempre lo hacían. Sólo que, ¿lo harían en presencia de mucha gente?
Cada azote humillante recibido ante la mirada de otros le había supuesto a Bella un enorme sacrificio, aunque ahora sabía que podría soportar tantos golpes como fuera preciso si venían del príncipe.
Realmente no había recibido una zurra fuerte de verdad para complacer a otros desde la que sufrió en la fonda del camino, cuando la hija del mesonero la azotó para diversión de los soldados y de los lugareños que miraban por las ventanas.
«Pero llegará», pensó. La idea de que la corte la observara como si se tratara de un ritual hizo que sintiera una gran curiosidad, que al cabo de un instante dio paso al pánico.
—Milord, por favor, explicadme...
Entre el gentío que la rodeaba, vio a más muchachas que también llevaban el cabello trenzado y sus botas puestas. Así que no estaba sola. Además había príncipes, a los que asimismo les estaban calzando las botas.
Por toda la estancia se movía un grupo de jóvenes príncipes apoyados a cuatro patas que se encargaban de abrillantar el calzado todo lo rápido que podían, con las nalgas en carne viva y un pequeño cordón de cuero alrededor del cuello que llevaba sujeto un letrero que Bella no alcanzó a leer.
Mientras León la obligaba a ponerse en pie y daba unos toques finales a los labios y las pestañas, uno de estos príncipes empezó a sacar brillo a sus botas sin dejar de lloriquear. Sus nalgas no podían estar más rojas, y Bella vio que el letrero que colgaba del cuello rezaba: «Estoy en desgracia» en letras pequeñas.
Un paje se acercó y propinó al príncipe un sonoro y fuerte golpe con un cinturón para que se diera prisa en atender a otra persona.
Sin embargo, Bella no tuvo tiempo para prestarles atención. León ya le había sujetado las detestables campanitas de cobre en los pezones.
La princesa se estremeció casi instintivamente pero estaban firmemente adheridas. León le dijo que doblara los brazos y que los estrechara correctamente contra la espalda.
—Y ahora, adelante, sólo tenéis que doblar ligeramente las rodillas y marchar, levantando bien alto las rodillas —le dijo.
Bella se puso en movimiento, torpemente, reacia a obedecer, pero luego vio por todas partes princesas que marchaban casi animadamente, con sus pechos vibrando graciosamente a medida que salían al pasillo.
La princesa se dio prisa. Era difícil levantar las pesadas botas con cierto decoro, pero no tardó en coger el ritmo junto a León, que caminaba a su lado.
—Ahora, querida —dijo—, he de deciros que la primera vez siempre resulta difícil. La noche de fiesta provoca miedos. Yo había pensado que os asignarían alguna labor más sencilla para ser la primera vez, pero la reina ha ordenado especialmente que participéis en el sendero para caballos, y lady Juliana será la encargada de guiaros.
—Ah, pero qué...
—¡Chsss!, o tendré que amordazaros, y eso aría mucho a la reina, además de afear terriblemente vuestra boca.

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Antiguo 25-08-2011 , 09:00:27   #53
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Bella y todas las muchachas habían llegado a una gran habitación desde la que a través de pequeñas ventanas repartidas a lo largo de una pared, Bella pudo ver el jardín.
Varias antorchas colgadas de los árboles oscuros, ardían con un fulgor irregular sobre las ramas frondosas que se extendían sobre ellas. Justo al lado de estas ventanas se formó la hilera de muchachas, lo que permitió a Bella observar un poco más lo que había allí debajo.
Se oía un enorme clamor, como si una gran multitud estuviera conversando y riéndose. Luego, para su asombro, Bella vio que numerosos esclavos estaban distribuidos por todo el jardín, colocados en diversas posiciones para sufrir distintos tormentos.
Sobre altas estacas repartidas aquí y allá habían atado con correas a príncipes y princesas retorcidos en penosas posturas, los tobillos ligados a las estacas y los hombros doblados en lo alto de éstas. Parecían meros ornamentos a la luz de las antorchas, que hacían relucir sus miembros torcidos, el cabello de las princesas a merced del viento. Seguramente, lo único que podrían ver sería el cielo por encima de ellos, mientras todo el mundo contemplaba sus miserables torsiones.
Debajo de ellos había nobles y damas por doquier. La luz caía sobre un largo manto bordado, más allá iluminaba un sombrero puntiagudo con un velo que colgaba diáfanamente. Había cientos de personas en el jardín. Las mesas estaban un poco apartadas, colocadas entre los árboles, dispuestas por todas partes hasta donde la vista de Bella alcanzaba.
Esclavos y esclavas hermosamente engalanados se movían en todas direcciones llevando jarras en las manos. Ellas lucían pequeñas cadenas de oro sujetas a los pechos, los príncipes anillos de oro que adornaban los órganos erectos. Unos y otros se apresuraban a llenar las copas, pasaban las bandejas de comida y, al igual que en el gran salón, aquí también había música.
Entre la hilera de muchachas que había delante de Bella crecía la inquietud. La princesa oía llorar a una mientras el criado intentaba consolarla, pero la mayoría se comportaban obedientemente. Aquí y allá un criado frotaba más ungüento sobre unas nalgas rollizas o susurraba palabras de aliento a la oreja de una princesa. Bella se mostraba cada vez más aprensiva.
No quería mirar al patio, de tanto como le asustaba, pero no podía evitarlo. Cada vez descubría algún nuevo horror. A la izquierda había un gran muro decorado con esclavos cuyas extremidades eran estiradas, y sobre una gran carreta para servir descubrió varios esclavos sujetos a las ruedas gigantes, que rodaban cabezaabajo una y otra vez a medida que la carreta avanzaba.
—Pero ¿qué nos va a suceder? —susurró Bella. La muchacha que estaba delante de ella en la hilera, la que no podía ser acallada, en aquel instante colgaba de los tobillos, boca abajo, sostenida por un fuerte paje que la castigaba con presteza. Bella se quedó boquiabierta al ver que la azotaban, con sus trenzas caídas por el suelo.
—Chsss, es mejor para ella—dijo León—. Purgará su miedo y la agotará un poco. Así estará mucho más suelta en el sendero para caballos.
—Pero, decidme...
—Tranquilizaos. Primero veréis a los demás y de este modo comprenderéis. Cuando llegue vuestro turno, yo os instruiré. Recordad que se trata de una noche especial, de una gran festividad. Pero la reina estará observando, y el príncipe se enfurecerá si lo defraudáis.
Los ojos de Bella volvieron al jardín. La gran carreta con comida humeante había avanzado, y le permitió ver por primera vez las fuentes situadas a lo lejos. Allí también había esclavos atados, con los brazos enlazados entre sí, hundidos de rodillas en el agua alrededor del pilar central cuyo chorro centelleante se derramaba sobre ellos. Sus cuerpos relucían bajo el agua.
El criado que permanecía junto a la muchacha que estaba delante de Bella se rió entre dientes y dijo que sabía de alguien que se sentiría muy desdichado por perderse la noche de fiesta, pero que ella misma se lo había buscado.
—Desde luego que sí —asintió León cuando el criado se volvió y le dirigió una mirada—. Hablan de la princesa Lizetta —le explicó a Bella—, que sigue en la sala de castigos y que, sin duda, estará maldiciéndose por no poder asistir a toda esta excitación.
¡Perderse la excitación! Sin embargo, pese al temor que la dominaba, Bella asintió con un gesto, como si lo que oía fuera perfectamente natural. Se tranquilizó y pudo oír su propio corazón y sentir su cuerpo como si dispusiera de tiempo ilimitado para conocerlo. Notó el forro de las botas de cuero, el golpecito de las herraduras al chocar contra las piedras, el aire en su cuello y en su vientre. «Sí, esto es lo que soy, así que yo tampoco debería desear perdérmelo. Pero aun así, mi alma se rebela; ¿por qué me rebelo?», se preguntó.
—Oh, cómo desprecio a ese miserable lord Gerhardt, ¿por qué tiene que ser él quien me guíe? —Preguntó en voz baja la muchacha que se encontraba ante ella. El criado le contestó con algún comentario que la hizo reír—. Pero es tan lento —replicó—, saborea cada momento. ¡Y a mí lo que me gusta es correr! —El criado se rió de ella, que continuó—: ¿Y qué es lo que consigo?, los azotes más mezquinos. Soportaría los azotes si al menos pudiera apartarme y correr...
—¡Lo queréis todo! —dijo el criado.
—¿Y qué es lo que vos queréis? ¡No me digáis que no os gusta verme cubierta de moratones y casi llena de ampollas!
El mozo volvió a reír. Era jovial, de complexión pequeña, mantenía las manos entrelazadas a la espalda, y el cabello castaño le caía ligeramente sobre los ojos.
—Querida mía, lo amo todo en vos —respondió—, igual que lord Gerhardt. Ahora decid algo para animar a la pequeña mascota de León. ¡Está tan asustada!
La muchacha se giró y Bella vio su rostro impertinente, sus ojos que se volvían oblicuos en los extremos, un poco como los de la reina, aunque eran más pequeños y carecían de crueldad. Sus pequeños labios rojos dibujaron una amplia sonrisa:
—No os asustéis, Bella —dijo—, aunque no necesitáis ningún consuelo de mí. Vos tenéis al príncipe, yo sólo tengo a lord Gerhardt.
Una gran risotada recorrió el jardín. La música sonaba muy fuerte. Los músicos rasgaban laúdes y mandolinas, pero Bella pudo oír con bastante claridad el estruendo de los cascos de caballos que se aproximaban. Un jinete pasó lanzado por delante de las ventanas, con la capa volando tras él y su caballo engalanado con bridas de plata y oro que formaban un rayo de luz mientras avanzaba a toda velocidad.
—Oh, por fin, por fin —dijo la muchacha que estaba delante de Bella. Llegaron más jinetes y formaron una hilera a lo largo del muro, que casi bloqueó la vista del jardín. Bella no podía soportar mirarlos, pero lo hizo y vio que se trataba de damas y nobles de espléndido aspecto, cada uno con las riendas del caballo sujetas con su mano izquierda y una larga pala negra rectangular en la derecha.
—Vamos, a la otra sala —dijo lord Gregory, y los esclavos que habían esperado en la larga fila fueron conducidos a la siguiente estancia en donde permanecieron de pie mirando directamente hacia la puerta arqueada que daba al jardín. Bella descubrió entonces que la fila de esclavos la encabezaba un príncipe; también vio al lord montado a caballo que estaba preparado, mientras su corcel escarbaba la tierra ante el pasaje abovedado.
León desplazó un poco a Bella a un lado:
—Así podréis ver mejor —dijo.
El príncipe enlazaba sus manos detrás del cuello y avanzaba unos pasos.

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Antiguo 25-08-2011 , 09:01:23   #54
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Sonó una trompeta que cogió desprevenida a Bella y le hizo soltar un grito ahogado. Se oyó una exclamación procedente de la multitud que se encontraba detrás del pasaje. El joven esclavo fue obligado a salir para recibir de inmediato el saludo de la pala de cuero negro del lord que iba a caballo y al instante el esclavo se puso a correr. El lord montaba justo a su costado, mientras el sonido de la pala sonaba fuerte y nítido, así como el rumor de la multitud que parecía elevarse y entremezclarse con murmullos de risas.
Bella se asustó al ver que las dos figuras desaparecían juntas por el sendero. «No puedo hacerlo, no puedo —pensó—. No pueden obligarme a correr. Me caeré. Caeré al suelo y me protegeré. Ya era bastante horrible estar atada, amarrada delante de tanta gente, pero esto es imposible...», se decía la princesa.
Otro jinete estaba ya colocado a la espera, y de repente una joven princesa fue obligada a salir. La pala acertó en el blanco, la princesa profirió un gritito e inmediatamente inició su carrera desesperada a lo largo del sendero para caballos, con un jinete a caballo que la perseguía y la azotaba con fiereza.
Antes de que Bella pudiera apartar la vista otro esclavo se había puesto en marcha. Su vista se enturbió al descubrir a lo lejos una línea confusa de antorchas que señalaba el sendero y que parecía continuar a través de los árboles, más allá de una panorámica interminable de nobles y damas en plena celebración.
—Bien, Bella, ya veis lo que se requiere de vos. No lloréis. Si lloráis será más duro. Debéis concentrar vuestra mente en correr rápido, manteniendo las manos detrás del cuello. Aquí, colocadlas ahora. Debéis levantar bien altas las rodillas e intentar no retorceros para escapar de la pala. Os alcanzará, hagáis lo que hagáis, pero os advierto, no importa cuántas veces repita esto, siempre querréis escapar a la pala. Y ahí está la estratagema, en mantener la gracia.
Otro esclavo inició la carrera, y luego uno más.
La joven que había llorado antes volvía a estar boca abajo, colgando, mientras la azotaban.
—¡Qué espanto! —exclamó la princesa que estaba delante de Bella—. Se va a llevar una buena zurra en un instante.
De repente delante de Bella sólo quedaban tres esclavos y el pasaje arqueado.
—Oh, no, no puedo... —gritó a León.
—Tonterías, querida mía, seguid el sendero. Se desenvolverá lentamente ante vos, distinguiréis los giros con antelación. Únicamente debéis deteneros si veis parado al esclavo que va delante; esto sucede de vez en cuando, ya que al pasar ante la reina los esclavos deben pararse para recibir sus elogios o reprobaciones. Ella se encuentra en un gran pabellón a vuestra izquierda, pero no dirijáis mirada alguna hacia su majestad mientras apretáis el paso o la pala os cogerá desprevenida.
—Oh, por favor, me desmayaré, no puedo...
—Bella, princesa —dijo la bonita muchacha que estaba delante de ella—, limitaos a seguir mi ejemplo.
Enseguida, Bella comprobó horrorizada que ya no quedaba nadie más aparte de esta muchacha.
Sin embargo, luego colocaron ante ella a la esclava que acababa de ser azotada, y la condujeron afuera. La muchacha estaba frenética y sollozaba, pero mantenía las manos detrás del cuello y al instante estaba corriendo al lado del jinete, un lord alto y joven que no paraba de reír y que retrasaba mucho la pala cada vez que iba a lanzarla.
De repente apareció otro jinete, el anciano lord Gerhardt, y Bella observó aterrorizada a la .guapa princesa, que salió para recibir los primeros golpes y continuar corriendo al lado del jinete efectuando graciosos movimientos ascendentes con las rodillas. Pese a todas las quejas de la doncella, el caballo del lord parecía moverse con enorme rapidez y la pala resonaba con mucha fuerza y sin piedad.
Bella fue obligada a salir al umbral que daba al jardín. Por primera vez pudo contemplar la corte en pleno, las docenas y docenas de mesas que se desperdigaban por el césped y que aparecían en gran número diseminadas por el bosque situado más allá. Había sirvientes y esclavos desnudos por doquier. Quizás el recinto fuera tres veces más grande de lo que había juzgado desde las ventanas.
Bella se sintió pequeña e insignificante por culpa del terror que la dominaba. Estaba perdida, repentinamente, sin nombre o sin alma. «¿Qué soy ahora?», podría haberse preguntado, pero también era incapaz de pensar. Como si viviera una pesadilla, vio todos los rostros de los que estaban en las mesas más próximas. Nobles y damas se retorcían para ver el sendero para caballos. Más a su derecha asomaba el pabellón de la reina, entoldado y engalanado con flores.
La princesa, jadeante, intentaba recuperar el aliento, y cuando levantó la vista y vio la espléndida figura montada de lady Juliana, sus ojos se llenaron de lágrimas de gratitud, aunque estaba convencida de que la azotaría con toda su fuerza para cumplir con su obligación.
Las trenzas de la encantadora dama estaban peinadas con la misma plata que enhebraba el vestido que resaltaba su sugerente silueta. Parecía hecha para la silla en la que estaba montada. Llevaba el mango de la pala atado con una correa sujeta a su muñeca, y le sonreía.
No tuvo tiempo para ver ni pensar nada más.
Bella corría hacia delante, sentía el crujido del sendero para caballos bajo sus herraduras y oía el fuerte resonar de los cascos a su lado.
Aunque había pensado que sería imposible soportar tal degradación, sintió el primer golpe estrepitoso contra sus nalgas desnudas, tan enérgico que casi le hizo perder el equilibrio. El dolor punzante se propagó como un fuego cálido pero Bella seguía avanzando a toda prisa.
Las fuertes pisadas de los cascos la ensordecían. La pala la alcanzaba una y otra vez, casi la levantaba del suelo y la obligaba a seguir adelante. Su llanto sonaba con fuerza a través de sus dientes apretados. Las lágrimas nublaban las antorchas que definían con claridad el sendero que se extendía ante ella, y la princesa seguía corriendo. Avanzaba velozmente en dirección a los árboles que encerraban el recorrido, pero era imposible escapar a la pala.
Era tal como León le había advertido: la pala la atrapaba una y otra vez y cada golpe le producía alguna horrible sorpresa ya que ella intentaba superar a la montura. Podía oler al caballo, y cuando abrió los ojos e intentó cobrar aliento entre jadeos, vio que a ambos lados del camino había mesas iluminadas por las antorchas y abundantemente surtidas. Nobles y damas bebían, comían y reían; quizá se volvían para echarle un vistazo, no lo sabía, ella sólo sollozaba y corría como una loca tratando de alejarse de los golpes, que cada vez llegaban con más fuerza.
«Oh, por favor, por favor, lady Juliana», quería gritar, pero no se atrevía a pedir clemencia. El sendero había doblado y ella lo siguió para encontrar únicamente más y mis nobles que disfrutaban del banquete. Confusamente, ante ella, apenas distinguía la figura del otro jinete y de la esclava, que le habían sacado una gran distancia.
Le quemaba la garganta tanto como su carne irritada.
—Más rápido, Bella, más rápido, y levantad más las piernas —berreaba lady Juliana al viento—. Así, mucho mejor, querida mía.
De nuevo llegaba un estallido de dolor, y otro. La pala encontraba sus muslos con un impacto que la levantaba del suelo y parecía abarcar completamente sus nalgas.
Bella no pudo evitar soltar un grito. Al poco, sus súplicas se oían tan claramente como el repicar de los cascos del caballo en las pavesas.
Sentía una terrible presión en la garganta y le quemaban incluso las suelas de los pies, pero nada le dolía tanto como los rápidos y fuertes paletazos.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Lady Juliana parecía poseída por algún genio maligno. Atrapaba a Bella desde un ángulo y luego desde otro, la levantaba una y otra vez con más golpes, le propinaba un sonoro y fuerte paletazo y a continuación otros tres o cuatro más en rápida sucesión.
El sendero volvió a doblar y Bella distinguió, aún lejos, los muros del castillo. Ya estaban de regreso. Pronto llegarían al pabellón entoldado de la reina.
Bella tuvo la impresión de que se quedaba sin pizca de aliento, aunque lady Juliana, en un gesto compasivo, redujo el ritmo, al igual que los jinetes que iban delante. Bella corría cada vez más despacio, con las rodillas más altas, y notó que una gran corriente relajadora la recorría. Oía sus propios sollozos sofocados, las lágrimas le caían por la cara y, sin embargo, sintió cómo la invadía una sensación sumamente desconcertante.
De repente la envolvía una especie de calma. No lo comprendía. Ya no oponía resistencia, aunque la obligación de rebelarse la aguijoneaba. Quizá simplemente estaba agotada. Sí sabía, sin embargo, que era una esclava desnuda de la corte y que podía sucederle cualquier cosa. Cientos de nobles y damas la observaban con deleite. Para ellos no era nada más que una entre muchos: aquello se había repetido miles de veces con anterioridad, y volvería a repetirse. Debía hacerlo lo mejor posible o si no acabaría colgada de la viga de la sala de castigos, donde sufriría para diversión de nadie.
—Levantad las rodillas, mi precioso encanto —le repitió lady Juliana al tiempo que reducían la marcha—. Oh, si pudierais ver lo exquisita que estáis. Lo habéis hecho espléndidamente.
Bella movió la cabeza. Sentía las pesadas trenzas sobre su espalda. De repente, cuando la pala la golpeó, se desplazó lánguidamente, siguiendo su movimiento. Era como si esta extraña relajación la ablandara por completo. ¿Se referían a esto cuando le explicaron que el dolor la ablandaría? De todos modos, aquel abandono le daba miedo, esa desesperanza... ¿era desesperanza? No lo sabía. En aquel momento había perdido la dignidad. Se veía a sí misma como lady Juliana tenía que haberla visto, con toda seguridad. Casi pareció mostrarse satisfecha al imaginárselo: irguió la cabeza y sacó los pechos orgullosa.
—Eso es, encantador, encantador —la animaba lady Juliana a viva voz. El otro jinete había desaparecido.
El caballo encontró de nuevo el paso; la pala volvió a golpearla violentamente y guió a Bella a través de las mesas que se amontonaban, mientras la multitud era cada vez más numerosa y el castillo estaba más próximo. De pronto se habían detenido ante el pabellón.
Lady Juliana hizo girar de lado su montura y, con pequeños paletazos punzantes, atrajo a Bella hacia sí y la obligó a ponerse firme.
Bella no levantó la vista pero pudo ver las largas guirnaldas de flores, la confusa imagen blanca del entoldado que se hinchaba plácidamente como un globo en la brisa, y un montón de figuras sentadas detrás del enrejado adornado del pabellón.
Su cuerpo parecía consumido por el fuego. Era incapaz de recuperar el aliento, y entonces oyó la conversación que mantenían por encima de ella, la voz pura y gélida de la reina y las risas de sus acompañantes. La princesa tenía la garganta irritada, las nalgas le palpitaban dolorosamente, y entonces lady Juliana susurró:
—Le habéis agradado, Bella. Ahora besadme la bota y dejaos caer de rodillas para besar la hierba ante el pabellón. Hacedlo con brío, muchacha mía.
Bella obedeció sin vacilar. De nuevo sintió aquella sensación calmada de... ¿qué era? ¿Liberación? ¿Resignación?
«Nada puede salvarme», pensó. En torno a ella todos los sonidos se entremezclaron en un clamor ensordecedor. Tenía la impresión de que su trasero brillaba del dolor, y se imaginó que de él emanaba una gran luz.
De nuevo volvía a estar de pie, y otro fuerte golpetazo la envió llorando al interior de la cámara oscura del sótano del castillo.
Los esclavos eran arrojados dentro de unos barriles, donde lavaban apresuradamente sus cuerpos escocidos con agua fría. Bella sintió el fluir del agua sobre la carne raspada y luego la suave toalla que la secaba.
Al cabo de un instante, León la tenía en pie.
—Habéis agradado maravillosamente a la reina. Exhibisteis una forma magnífica, como si hubierais nacido para el sendero para caballos.
—Pero el príncipe... —susurró Bella. Sintió náuseas y por error imaginó al príncipe Alexi.
—Esta noche no estará con vos, preciosa. Está bastante ocupado con miles de distracciones. Es preciso que vos os instaléis en un lugar en el que podáis servir y a la vez descansar. La ejecución del sendero para caballos ya es bastante por una noche para una novicia.
Le soltó las trenzas y le peinó el pelo en ondas. Bella ya podía respirar a fondo y con regularidad, y reclinó la frente en el pecho de León.
—¿De verdad he estado graciosa?
—De un hermosura indescriptible —le susurró—, y lady Juliana está absolutamente enamorada de vos.
En aquel instante León le ordenó que se pusiera de rodillas y lo siguiera.
Pronto volvió a encontrarse en medio de la noche, sobre el cálido césped, rodeada por la ruidosa multitud. Veía las patas de las mesas, los vestidos recogidos, manos que se movían en las sombras. No muy lejos oyó carcajadas y, luego, apareció ante ella una larga mesa de banquetes cubierta con bandejas de dulces, frutas y pasteles. Dos príncipes se encargaban de servir y a ambos lados había pilares decorativos en los que habían instalado a algunas esclavas cuyas manos sostenían por encima de la cabeza, y las piernas, ligeramente separadas, estaban encadenadas a la parte inferior.
Cuando Bella se aproximó, retiraron a una de las esclavas y la amarraron a toda prisa en su lugar. La princesa se quedó de pie, firmemente sujeta, con la cabeza y las hinchadas nalgas apretadas contra el pilar.
Desde allí, incluso con los párpados bajos, podía ver toda la fiesta que transcurría a su alrededor. Se sintió atada firmemente a su puesto, incapaz de moverse, pero no le importó. Lo peor ya había pasado.
Tampoco le importó que un noble que caminaba a su lado se detuviera a sonreírle y a pellizcarle los pezones. Se asombró al ver que le habían retirado las pequeñas campanitas. El cansancio era tan atroz que ni siquiera se había dado cuenta de esto.

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Antiguo 25-08-2011 , 09:04:11   #56
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León seguía cerca, pegado a su oreja, y Bella estaba a punto de murmurar alguna pregunta referente al tiempo que permanecería allí cuando distinguió claramente, delante de ella, al príncipe Alexi.
Estaba tan hermoso como lo recordaba. Su cabello caoba descendía ondulante sobre las cavidades de su bello rostro, y sus cálidos ojos marrones estaban fijos en ella. Los labios dibujaron una sonrisa mientras se acercaba a la mesa y tendía su jarra para que la llenara una de las personas que servía.
Bella lo observó furtivamente por el rabillo del ojo. Vio su sexo grueso y duro, y el exuberante vello que lo rodeaba. La visión del paje Félix chupándolo la invadió con repentina pasión.
Bella debió de gemir o agitarse porque el príncipe Alexi, tras echar una ojeada al distante pabellón antes de inclinarse sobre la mesa para recoger unos dulces, se acercó y la besó en la oreja, haciendo caso omiso de León, como si éste no existiera.
—Comportaos, príncipe revoltoso —le dijo León, y no bromeaba.
—Os veré mañana por la noche, querida mía —susurró Alexi con una sonrisa—, y no temáis a la reina porque yo estaré con vos.
La boca de Bella tembló. Estuvo a punto de echarse a llorar, pero él ya se había ido. En aquel instante León se aproximaba otra vez a su oreja y ahuecando la mano le susurró:
—Mañana por la noche veréis a la reina durante unas horas en sus aposentos.
—Oh, no, no... —se lamentó Bella, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
—No seáis tonta. Esto es muy favorable. No podríais desear nada mejor. —Mientras hablaba, León deslizó la mano entre sus piernas y le pellizcó delicadamente los labios del pubis.
Bella sintió cómo se acaloraba.
—He estado en el pabellón mientras corríais. La reina ha quedado realmente impresionada sin pretenderlo —continuó—, y el príncipe dijo que siempre habéis exhibido la misma forma y brío. Una vez más pidió clemencia para vos, y rogó a la reina que no censurara su pasión. Accedió a no veros esta noche a cambio de disponer de una docena más o menos de nuevas princesas que desfilaran ante él...
—¡No me expliquéis más! —se quejó Bella en voz baja.
—Pero ¿no os dais cuenta? La reina se quedó prendada de vos, y él lo sabe. Os observó con suma atención mientras corríais, y estaba impaciente porque llegarais al pabellón. Fue ella quien sugirió que quizá debería probar vuestros encantos personalmente para comprobar si era cierto que no erais tan consentida y engreída como había supuesto. Os recibirá en sus aposentos mañana por la noche después de la cena.
Bella lloró suavemente. Se sentía demasiado apocada para contestar.
—Pero, princesa, esto es un gran privilegio. Hay esclavos que sirven durante años sin que la reina jamás se fije en ellos. Disfrutaréis de una verdadera oportunidad para hechizarla. Y lo conseguiréis, querida mía, lo lograréis, es imposible que falléis en esto. El príncipe ha sido inteligente por una vez. Lo ha comprendido y ha sabido contener sus sentimientos.
—Pero ¿qué me hará? —gimoteó Bella—. Y el príncipe Alexi, ¿lo verá todo? Oh, ¿qué me hará ella?
—Vamos, vos seréis un juguete para ella, por supuesto. Sólo deberéis complacerla.

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Antiguo 25-08-2011 , 12:44:38   #57
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Muy buenos!

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Muchas gracias... todos los días voy subiendo más....

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LA ALCOBA DE LA REINA



Ya había transcurrido media noche cuando llegó la reina.
Bella había dormitado, se despertó una y otra vez, y descubrió, como si se encontrara en medio de una pesadilla, que seguía encadenada en la alcoba atiborrada de ornamentos de la soberana. Estaba sujeta a la pared: los tobillos atados con correas de cuero, las muñecas levantadas por encima de la cabeza y las nalgas apretadas contra la fría piedra que tenía a su espalda.
Al principio, el contacto con la piedra le resultó agradable. De vez en cuando se retorcía para que el aire le refrescara la irritación. Era evidente que la carne escocida había mejorado considerablemente desde que pasó la severa prueba de la noche anterior en el sendero para caballos, pero a Bella aún le dolía y sabía que el destino que le deparaba aquella noche era sufrir nuevos tormentos.
No obstante, el sufrimiento que le ocasionaba su propia pasión no era menor. ¿Qué había despertado el príncipe en ella para que, tras una noche sin satisfacción, se sintiera tan lasciva? Lo que la despertó del sueño en la sala de los esclavos fue la excitación que notó entre las piernas, y continuaba sintiéndola de vez en cuando mientras esperaba en los aposentos reales.
La habitación estaba sumida en sombras. Allí reinaba una quietud ininterrumpida. Docenas de gruesas velas quemaban en sus pesados soportes dorados, mientras la cera se derramaba en riachuelos por las tracerías de oro. La cama, con sus tapices adornados, parecía una profunda caverna.
Bella cerraba y abría los ojos a intervalos irregulares, y cuando estaba otra vez a punto de quedarse dormida oyó cómo se abrían de par en par las pesadas puertas dobles. De pronto, apareció ante ella la alta y delgada figura de la reina.
La soberana se desplazó hasta el centro de la alfombra. Su vestido de terciopelo azul se ajustaba a sus caderas enfajadas y se acampanaba delicadamente hasta casi cubrir sus pantuflas negras puntiagudas. Contempló a Bella con aquellos ojos negros entrecerrados, sesgados hacia arriba en los extremos, lo que le confería una expresión cruel, y luego, cuando sonrió, aquellas mejillas que un instante antes parecían tan duras como la porcelana formaron unos hoyuelos.
Bella bajó inmediatamente la vista. Petrificada, observó disimuladamente cómo la reina se alejaba de ella y se sentaba ante un ornamentado tocador, de espaldas a un alto espejo.
Con un gesto informal despidió a las damas que esperaban de pie en la puerta. Sin embargo, una figura permaneció allí, de pie. Bella, aunque no se atrevió a mirar, estaba segura de que se trataba del príncipe Alexi.
«Así que su atormentadora ya había llegado», pensó Bella. Notaba en sus oídos los fuertes latidos de su corazón, un estruendo más que una pulsación; sentía las ligaduras que la sujetaban, mostrándola tan desvalida que no hubiera podido defenderse de nadie ni de nada. También era consciente del peso de los senos, y de la humedad entre sus piernas, que la inquietaba enormemente. ¿Lo descubriría la reina y lo utilizaría como excusa para castigarla de nuevo?
Además de miedo, aún perduraba en ella, desde la noche anterior, cierta sensación de desamparo. Sabía cómo aparecía, pero no podía hacer nada para evitarlo así que lo empezaba a aceptar.
Quizás esta aceptación era un nuevo poder. Desde luego necesitaba todas sus fuerzas, ya que estaba a solas con una mujer que no sentía ningún aprecio por ella. Evocó mentalmente el recuerdo del amor del príncipe, las caricias cariñosas de lady Juliana y sus afectuosas palabras de elogio, incluso los cuidados de las manos de León.
Pero la reina, la gran reina poderosa que lo dominaba todo, no sentía por ella sino frialdad y fascinación.
Bella se estremeció, muy a su pesar. La palpitación entre sus piernas parecía mitigarse para luego crecer levemente, cada vez con mayor intensidad. Estaba segura de que la reina la observaba, y podía hacerla sufrir puesto que no estaba el príncipe para presenciarlo, ni la corte. Nadie.
Sólo el príncipe Alexi.
Entonces lo vio salir de las sombras: una forma desnuda de proporciones exquisitas, con una piel dorada, oscura, que le hacía parecer una estatua pulida.
—Vino —dijo la reina. Al instante él se apresuró a servírselo.
Se arrodilló al lado de su majestad y le colocó la copa con dos asas entre las manos. Mientras ella bebía, Bella levantó la vista y vio que el príncipe Alexi le sonreía abiertamente.
Se quedó tan asombrada que casi se le escapó un pequeño gemido. Sus grandes ojos marrones estaban llenos del mismo afecto tierno que le había mostrado la noche anterior en el banquete, cuando pasó a su lado. Luego, su boca formó un beso silencioso antes de que Bella, consternada, pudiera apartar la vista.
¿Podría sentir cariño por ella, cariño de verdad, incluso deseo, como ella lo deseó la primera vez que lo vio?
De pronto ansiaba tocarlo. Quería sentir tan sólo por un instante la piel sedosa, el pecho sólido, esos pezones oscuros de color rosado. Qué exquisitos se veían en aquel pecho plano esos pequeños nódulos que parecían tan poco masculinos y que le daban un toque de vulnerabilidad femenina. ¿Cómo los habría castigado la reina?, se preguntaba Bella. ¿Los habrían estrujado y adornado en alguna ocasión, como con sus propios pechos?
Aquellos pequeños pezones eran muy provocativos.
Pero la palpitación que sentía entre sus piernas la previno; necesitó todo un ejercicio de voluntad para no mover sus caderas.
—Desvestidme —dijo la reina.
Desde sus párpados entrecerrados, Bella observó al príncipe Alexi que obedecía la orden con destreza y habilidad.
Qué torpe había sido ella hacía dos noches y qué paciencia demostró el príncipe.
Alexi utilizaba las manos en raras ocasiones. La primera tarea consistía en desabrochar con los dientes los cierres del vestido de la reina, y así lo hizo. A continuación recogió del suelo la indumentaria que había caído en torno a ella.
Bella se asombró al ver los desnudos pechos plenos y blancos de la reina bajo una fina blusa de encaje. Luego, él le quitó el manto ornado de seda blanca, que dejó al descubierto el pelo negro de la reina, suelto en bucles sobre los hombros.
Se llevó las vestimentas y volvió para quitarle las pantuflas, también con los dientes. Le besó los pies desnudos antes de hacer desaparecer el calzado y, a continuación, regresó con un camisón transparente guarnecido con encaje blanco, cuyo tejido era de un lustroso color crema. Era muy amplio y estaba recogido en infinitos pliegues.
Cuando la reina se levantó, el príncipe Alexi la desprendió de la blusa que aún llevaba puesta y se estiró completamente para colocarle el camisón sobre los hombros. Ella deslizó los brazos en el interior de las mangas de amplios pliegues y la prenda le cayó sobre el cuerpo como una campana.

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Antiguo 26-08-2011 , 09:15:42   #60
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A continuación, y de espaldas a Bella, el príncipe Alexi, que de nuevo estaba arrodillado, procedió a atar una docena de pequeños lazos de cinta blanca que cerraban la parte delantera del camisón hasta llegar al dobladillo, justo por encima de los empeines desnudos de la soberana.
Mientras él ataba el último de los lazos, las manos de la reina juguetearon ociosamente con el cabello caoba de Alexi, y Bella se descubrió a sí misma observando aquellas nalgas enrojecidas que, por supuesto, habían recibido un castigo recientemente. Sus muslos, las pantorrillas largas y duras, todo él encendía la pasión de Bella.
—Descorred los doseles de la cama —dijo la reina— y traed a la muchacha a mi lado.
A Bella la ensordecía su propio pulso. La fuerte presión en sus oídos y en su garganta parecía aumentar. De todos modos, oyó los tapices al descorrerse, y también vio a la reina sobre la colcha reclinada en medio de un nido de cojines de seda. Parecía más joven con el pelo suelto. Su rostro no delataba ningún indicio del paso de los años. Observaba a Bella con aquellos ojos tan apacibles que parecían pintados con esmalte en su rostro.
Bella sufrió una inoportuna sacudida de placer cuando vio al príncipe Alexi ante ella. Su imagen borró la visión de la amenazadora reina. Él se inclinó para desatarle los tobillos y Bella pudo apreciar que sus dedos la acariciaban deliberadamente. Cuando volvió a ponerse de pie ante ella, con las manos levantadas para soltarle las muñecas, Bella olió el perfume de su cabello y de su piel, y tuvo la impresión de que había algo absolutamente lascivo en él. Pese a su constitución cuadrada y compacta, el príncipe le parecía una exquisita delicia aromática, y se sorprendió a sí misma mirándole directamente a los ojos. Él sonrió y dejó que sus labios le tocaran la frente, donde permanecieron apretados en secreto hasta que las muñecas quedaron enteramente libres, sólo sujetas en sus manos.
A continuación la empujó delicadamente hacia abajo para que se pusiera de rodillas y con un gesto le indicó la cama.
—No, simplemente traedla —dijo la reina.
El príncipe Alexi levantó a Bella y se la echó sobre el hombro con tanta facilidad como podría haberlo hecho un paje, o el propio príncipe de la Corona cuando se la llevó del castillo de su padre.
Bajo ella, la carne de Alexi le pareció caliente y, desde su posición, colgando de su espalda, besó descaradamente sus nalgas.
Luego él la tumbó sobre la cama y Bella se halló junto a la reina, mirándola a los ojos, del mismo modo que la propia soberana la contemplaba desde su altura, apoyada en el codo.
El aliento de Bella salía entrecortado en rápidos jadeos. La reina le parecía ciertamente enorme. Bella percibió en aquel instante un gran parecido con el príncipe; la única diferencia, como siempre, era que la reina parecía infinitamente más fría. Aun así, había en su roja boca algo que en algún momento pudo haber sido un atisbo de dulzura. Tenía unas pestañas espesas, una barbilla firme, y al sonreír le aparecieron hoyuelos en las mejillas. Su cara tenía forma de corazón.
Bella, aturdida, cerró los ojos y se mordió el labio con tanta fuerza que podría habérselo cortado.
—Miradme —dijo la reina—. Quiero veros los ojos, con naturalidad. No mostréis ninguna modestia, ¿me entendéis?
—Sí, majestad —contestó Bella. Se preguntaba si la reina podría oír los latidos de su corazón. La cama parecía blanda, las almohadas suaves, y se sorprendió observando los grandes pechos de su majestad, el círculo oscuro de un pezón debajo del camisón, antes de volver a mirar obedientemente a los ojos de la reina.
Bella sintió una sacudida por todo su cuerpo, que finalmente se concentró formando un nudo en su estómago.
La reina se limitaba a estudiarla muy absorta. Entre sus labios aparecían los dientes perfectamente blancos, y esos ojos, oblicuos, alargados, tan profundamente negros que no revelaban nada.
—Sentaos aquí, Alexi —dijo la reina sin apartar la vista de ella.
Bella vio que el esclavo de la reina ocupaba su posición al pie de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada en el poste.
—Pequeño juguete —dijo la reina a Bella en voz baja—. Quizás ahora entienda por qué lady Juliana está tan embelesada con vos.
Recorrió con su mano el rostro de la princesa, sus mejillas, sus pestañas. Le pellizcó la boca. Le alisó el pelo hacia atrás y a continuación le meneó los pechos a derecha e izquierda repetidas veces.
La boca de Bella temblaba pero no profirió ningún sonido. Sus manos estaban pegadas a los lados. La reina era como una luz que amenazaba con cegarla.
Si hubiera pensado en ello, allí tumbada tan cerca de la soberana, el pánico se habría apoderado de Bella.
La mano de la reina continuó acariciando su vientre, pellizcó la carne de los muslos y luego la parte posterior de las piernas, a la altura de las pantorrillas. Allí donde la tocaba, Bella sentía un hormigueo inintencionado, como si la propia mano tuviera algún poder espantoso. De repente odiaba a aquella mujer con mucha más violencia que la que nunca sintió por lady Juliana.
Entonces la reina empezó a examinar lentamente los pezones de Bella. Los dedos de su mano derecha torcían cada pezón, primero a un lado y luego a otro, y palpaban el suave círculo de piel que lo rodeaba. El aliento de Bella se volvió irregular; su sexo estaba empapado como si alguien hubiera exprimido una uva allí.
La reina era enormemente grande a su lado, y tan fuerte como un hombre. O, ¿simplemente se lo parecía porque enfrentarse a ella era algo impensable? Bella intentó recuperar la calma; trataba de pensar en la sensación de liberación que la invadió en el sendero para caballos, pero no lo conseguía. Fue una impresión frágil desde el principio, y ahora ni siquiera existía.
—Miradme —le ordenó la reina de nuevo con tono apacible. Bella estaba llorando cuando levantó la vista.
—Separad las piernas —ordenó la soberana.
Bella obedeció al instante. «Ahora se dará cuenta —pensó Bella— y será tan desagradable como cuando lo descubrió lord Gregory. El príncipe Alexi también lo presenciará.»
La reina se rió.
—He dicho que separéis las piernas —repitió, y le propinó unas palmetadas violentas y punzantes en los muslos. Bella estiró las piernas separándolas todo lo que pudo y al instante fue consciente de su poca gracia. Cuando se quedó con las rodillas pegadas a la colcha pensó que sería incapaz de soportar aquella deshonra. Miró el artesonado que había en lo alto de la cama y se percató de que la reina le estaba abriendo el sexo igual que lo hizo León. Bella intentó tragarse sus propias lágrimas. El príncipe Alexi lo presenciaba todo. Ella recordó sus besos, sus sonrisas. Las luces de la habitación tremolaban, cuando notó su propio estremecimiento mientras los dedos de la reina palpaban la humedad de su punto secreto, al descubierto, jugaban con sus labios púbicos, alisaban el vello y cogían finalmente un mechón para estirarlo y manosearlo distraídamente.

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