LA ALCOBA DE LA REINA
Ya había transcurrido media noche cuando llegó la reina.
Bella había dormitado, se despertó una y otra vez, y descubrió, como si se encontrara en medio de una pesadilla, que seguía encadenada en la alcoba atiborrada de ornamentos de la soberana. Estaba sujeta a la pared: los tobillos atados con correas de cuero, las muñecas levantadas por encima de la cabeza y las nalgas apretadas contra la fría piedra que tenía a su espalda.
Al principio, el contacto con la piedra le resultó agradable. De vez en cuando se retorcía para que el aire le refrescara la irritación. Era evidente que la carne escocida había mejorado considerablemente desde que pasó la severa prueba de la noche anterior en el sendero para caballos, pero a Bella aún le dolía y sabía que el destino que le deparaba aquella noche era sufrir nuevos tormentos.
No obstante, el sufrimiento que le ocasionaba su propia pasión no era menor. ¿Qué había despertado el príncipe en ella para que, tras una noche sin satisfacción, se sintiera tan lasciva? Lo que la despertó del sueño en la sala de los esclavos fue la excitación que notó entre las piernas, y continuaba sintiéndola de vez en cuando mientras esperaba en los aposentos reales.
La habitación estaba sumida en sombras. Allí reinaba una quietud ininterrumpida. Docenas de gruesas velas quemaban en sus pesados soportes dorados, mientras la cera se derramaba en riachuelos por las tracerías de oro. La cama, con sus tapices adornados, parecía una profunda caverna.
Bella cerraba y abría los ojos a intervalos irregulares, y cuando estaba otra vez a punto de quedarse dormida oyó cómo se abrían de par en par las pesadas puertas dobles. De pronto, apareció ante ella la alta y delgada figura de la reina.
La soberana se desplazó hasta el centro de la alfombra. Su vestido de terciopelo azul se ajustaba a sus caderas enfajadas y se acampanaba delicadamente hasta casi cubrir sus pantuflas negras puntiagudas. Contempló a Bella con aquellos ojos negros entrecerrados, sesgados hacia arriba en los extremos, lo que le confería una expresión cruel, y luego, cuando sonrió, aquellas mejillas que un instante antes parecían tan duras como la porcelana formaron unos hoyuelos.
Bella bajó inmediatamente la vista. Petrificada, observó disimuladamente cómo la reina se alejaba de ella y se sentaba ante un ornamentado tocador, de espaldas a un alto espejo.
Con un gesto informal despidió a las damas que esperaban de pie en la puerta. Sin embargo, una figura permaneció allí, de pie. Bella, aunque no se atrevió a mirar, estaba segura de que se trataba del príncipe Alexi.
«Así que su atormentadora ya había llegado», pensó Bella. Notaba en sus oídos los fuertes latidos de su corazón, un estruendo más que una pulsación; sentía las ligaduras que la sujetaban, mostrándola tan desvalida que no hubiera podido defenderse de nadie ni de nada. También era consciente del peso de los senos, y de la humedad entre sus piernas, que la inquietaba enormemente. ¿Lo descubriría la reina y lo utilizaría como excusa para castigarla de nuevo?
Además de miedo, aún perduraba en ella, desde la noche anterior, cierta sensación de desamparo. Sabía cómo aparecía, pero no podía hacer nada para evitarlo así que lo empezaba a aceptar.
Quizás esta aceptación era un nuevo poder. Desde luego necesitaba todas sus fuerzas, ya que estaba a solas con una mujer que no sentía ningún aprecio por ella. Evocó mentalmente el recuerdo del amor del príncipe, las caricias cariñosas de lady Juliana y sus afectuosas palabras de elogio, incluso los cuidados de las manos de León.
Pero la reina, la gran reina poderosa que lo dominaba todo, no sentía por ella sino frialdad y fascinación.
Bella se estremeció, muy a su pesar. La palpitación entre sus piernas parecía mitigarse para luego crecer levemente, cada vez con mayor intensidad. Estaba segura de que la reina la observaba, y podía hacerla sufrir puesto que no estaba el príncipe para presenciarlo, ni la corte. Nadie.
Sólo el príncipe Alexi.
Entonces lo vio salir de las sombras: una forma desnuda de proporciones exquisitas, con una piel dorada, oscura, que le hacía parecer una estatua pulida.
—Vino —dijo la reina. Al instante él se apresuró a servírselo.
Se arrodilló al lado de su majestad y le colocó la copa con dos asas entre las manos. Mientras ella bebía, Bella levantó la vista y vio que el príncipe Alexi le sonreía abiertamente.
Se quedó tan asombrada que casi se le escapó un pequeño gemido. Sus grandes ojos marrones estaban llenos del mismo afecto tierno que le había mostrado la noche anterior en el banquete, cuando pasó a su lado. Luego, su boca formó un beso silencioso antes de que Bella, consternada, pudiera apartar la vista.
¿Podría sentir cariño por ella, cariño de verdad, incluso deseo, como ella lo deseó la primera vez que lo vio?
De pronto ansiaba tocarlo. Quería sentir tan sólo por un instante la piel sedosa, el pecho sólido, esos pezones oscuros de color rosado. Qué exquisitos se veían en aquel pecho plano esos pequeños nódulos que parecían tan poco masculinos y que le daban un toque de vulnerabilidad femenina. ¿Cómo los habría castigado la reina?, se preguntaba Bella. ¿Los habrían estrujado y adornado en alguna ocasión, como con sus propios pechos?
Aquellos pequeños pezones eran muy provocativos.
Pero la palpitación que sentía entre sus piernas la previno; necesitó todo un ejercicio de voluntad para no mover sus caderas.
—Desvestidme —dijo la reina.
Desde sus párpados entrecerrados, Bella observó al príncipe Alexi que obedecía la orden con destreza y habilidad.
Qué torpe había sido ella hacía dos noches y qué paciencia demostró el príncipe.
Alexi utilizaba las manos en raras ocasiones. La primera tarea consistía en desabrochar con los dientes los cierres del vestido de la reina, y así lo hizo. A continuación recogió del suelo la indumentaria que había caído en torno a ella.
Bella se asombró al ver los desnudos pechos plenos y blancos de la reina bajo una fina blusa de encaje. Luego, él le quitó el manto ornado de seda blanca, que dejó al descubierto el pelo negro de la reina, suelto en bucles sobre los hombros.
Se llevó las vestimentas y volvió para quitarle las pantuflas, también con los dientes. Le besó los pies desnudos antes de hacer desaparecer el calzado y, a continuación, regresó con un camisón transparente guarnecido con encaje blanco, cuyo tejido era de un lustroso color crema. Era muy amplio y estaba recogido en infinitos pliegues.
Cuando la reina se levantó, el príncipe Alexi la desprendió de la blusa que aún llevaba puesta y se estiró completamente para colocarle el camisón sobre los hombros. Ella deslizó los brazos en el interior de las mangas de amplios pliegues y la prenda le cayó sobre el cuerpo como una campana.