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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| | #71 | |
| Denunciante Novato |
»Yo, en un principio, ni la miraba. Pero poco a poco empecé a estudiarla. Aprendí cada uno de sus detalles: sus ojos crueles y su espesa cabellera negra, sus pechos blancos y sus largas piernas, la forma en que se tumbaba en la cama, caminaba o comía; todo lo hacía con suma delicadeza. Por supuesto, ordenaba que me azotaran regularmente con la pala, y poco a poco empezó a suceder algo muy curioso. Los paletazos eran lo único que rompía el hastío de aquellos días, aparte de observarla a ella. De manera que, contemplarla y ser castigado se convirtió en algo interesante para mí. —Oh, qué perversa —dijo Bella con un jadeo. Entendía todo aquello a la perfección. —Por supuesto, lo es, y está infinitamente segura de su propia belleza. »Bien, durante todo ese tiempo ella continuaba con sus asuntos de la corte, iba y venía. A me nudo me quedaba solo sin nada que hacer, aparte de forcejear y maldecir con la mordaza en la boca. Luego ella regresaba, como una visión de suaves bucles y labios rojos, y mi corazón empezaba a latir con fuerza cada vez que se quedaba desnuda. Me encantaba especialmente el momento en que la mantilla se desprendía de sus pliegues y veía su pelo. Para cuando estaba completamente desnuda y se introducía en el baño, yo ya estaba fuera de mí. »Por supuesto, todo esto era secreto. Yo hacía todo lo que podía para no revelar nada e intentaba aquietar mi pasión. Pero soy un hombre, así que en cosa de días la pasión empezó a multiplicarse, a dejarse ver. La reina se reía de todo esto, y me atormentaba. Luego me decía que iba a sufrir mucho menos cuando me encontrara sobre su regazo y aceptara obedientemente la pala. Ése es el entretenimiento favorito de la reina, pegar una simple zurra encima de su regazo, como habéis tenido la penosa oportunidad de sufrir esta misma noche. Le encanta la intimidad de esta acción. Para ella todos sus esclavos son sus hijos. Esto la dejó perpleja, pero Bella, no quería interrumpir a Alexi, que continuó con su relato: —Como os decía, me azotaban con la pala, siempre de las formas más incómodas y distantes. Solía mandar llamar a Félix, a quien yo despreciaba... —¿Y ahora no? —preguntó Bella. Pero de inmediato se ruborizó al recordar la escena que había presenciado en la escalera, cuando Félix chupaba el miembro de Alexi con tanta ternura. —Ahora no lo desprecio en absoluto —contesto el príncipe Alexi—. De todos los pajes, él es uno de los más interesantes. Eso es algo que aquí se llega a apreciar enormemente. Pero entonces lo despreciaba tanto como a la reina. »Ella ordenaba que me azotaran. Él me retiraba los grilletes que me mantenían sujeto a la pared, sin que yo dejara de patalear y forcejear como un loco. Luego me arrojaba sobre su rodilla, con mis piernas separadas, y los paletazos se sucedían hasta que la reina se cansaba. Dolía terriblemente, ya lo sabéis, y todavía aumentaba más mi humillación. Pero a medida que el aburrimiento se hacía cada vez más desesperado en mis horas de soledad, empecé a tomarme las palizas como un intervalo. Pensaba en el dolor, y en las diversas fases que atravesaba. En primer lugar, los estallidos iniciales de la pala, que para nada eran tan dolorosos. Luego, a medida que se volvían más fuertes, sentía el dolor, el escozor, y culebreaba e intentaba escapar a los golpes, aunque me había jurado no hacerlo. Me recordaba que debía permanecer quieto pero acababa cayendo en forzados zigzagueos, lo cual divertía inmensamente a la reina. Cuando ya estaba muy irritado, me sentía tremendamente cansado, sobre todo del forcejeo. La reina sabía que era más vulnerable, y entonces me tocaba. Sus manos resultaban una delicia sobre mis moratones a pesar del odio que sentía por ella. Luego pasaba la mano suavemente por mi órgano, al tiempo que me decía al oído que podría disfrutar del éxtasis si la servía. Me contaba que yo sería objeto de toda su atención, que los criados me bañarían y me mimarían, en vez de restregarme con rudeza y colgarme de la pared. A veces, yo empezaba a lloriquear al escuchar esto porque ya no podía contenerme. Los pajes se reían, y a la reina todo aquello también le hacía bastante gracia. Luego me devolvían a la pared para que mi ánimo decayera aún más a causa del hastío interminable. »Durante todo este tiempo, nunca vi que los demás esclavos fueran castigados directamente por la reina. Ella practicaba sus diversiones y juegos en sus muchos salones. Yo, en raras ocasiones oía gritos y golpes a través de las puertas. »Pero, a medida que empecé a exhibir un órgano erecto y ansioso, muy a mi pesar, empecé a esperar con anhelo las terribles palizas... en contra de mi voluntad... sin que ambas cosas estuvieran conectadas en mi mente... Ella se traía un esclavo de vez en cuando para divertirse. »No tengo palabras para describir el ataque de celos que sentí la primera vez que presencié cómo castigaba a un esclavo. Fue con el joven príncipe Gerald, al que ella adoraba en aquellos días. Tenía dieciséis años y las nalgas más redondas y pequeñas que se puedan imaginar. A los pajes les parecían irresistibles, y también a los criados, igual que las vuestras. Bella se ruborizó al oír esto. —No os consideréis desdichada. Escuchad lo que tengo que decir acerca del hastío —añadió Alexi, y la besó con ternura. »Como os decía, trajeron a este esclavo y la reina lo acarició y lo importunó sin ningún pudor. Lo colocó sobre su regazo y le propinó una zurra con la palma de la mano, como hizo con vos. Yo veía su pene erecto y cómo intentaba mantenerlo apartado de la pierna de la reina por temor a derramar su pasión y contrariarla. La sumisión y devoción que sentía por ella eran absolutas. Carecía de toda dignidad en su entrega; más bien todo lo contrario, correteaba para obedecer cada una de sus órdenes, con su hermosa carita siempre sonrojada, la piel rosa y blanca llena de marcas de castigo. Yo no podía apartar la vista de él. Pensé que nunca podrían conseguir que yo hiciera esas cosas. Jamás; antes preferiría morir. Pero continué observando cómo la reina lo castigaba, lo pinchaba y lo besaba. »Cuando él ya la hubo satisfecho bastante, ¡cómo lo recompensó! Había traído a seis príncipes y princesas entre los que debía escoger con quién copularía. Por supuesto, él siempre escogía complacerla, así que elegía a los príncipes. »Mientras la reina presidía la actuación con su pala, él se colocaba sobre uno de los esclavos, que se arrodillaba obedientemente y, sin dejar de recibir los golpes de la reina, llegaba al éxtasis. El espectáculo era sumamente provocador: su pequeño trasero que recibía una sonora zurra, el sumiso esclavo con la cara roja, de rodillas, se preparaba para recibir al príncipe Gerald, y el miembro erecto del muchacho estaba listo para entrar y salir del ano indefenso. A veces la reina azotaba en primer lugar a la pobre víctima, le concedía una alborozada persecución por la estancia o una oportunidad de escapar a su destino si podía traerle un par de pantuflas con los dientes antes de que ella consiguiera propinarle diez buenas paladas. La víctima se escabullía precipitadamente para obedecer. Pero en contadas ocasiones era capaz de encontrar las pantuflas y traérselas antes de que la reina finalizara la sonora paliza. De modo que se tenía que doblar para satisfacer al príncipe Gerald, que desde luego estaba muy bien dotado para tener dieciséis años. »Por supuesto que yo me decía para mis adentros que aquello era una asquerosidad y que era indigno de mí. Yo nunca me prestaría a tales juegos —Alexi se rió tranquilamente, atrajo a Bella hacia su pecho con el brazo y le besó la frente—. Pero desde entonces he jugado a estos pasatiempos bastante a menudo —dijo. | |
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| | #72 |
| Denunciante Novato | »A veces, muy de vez en cuando, el príncipe Gerald elegía a una princesa, y esto contrariaba levemente a la reina, que hacía que la víctima femenina ejecutara alguna tarea con la esperanza de escapar, ya fuera el mismo juego de las pantuflas, traerle un espejito de mano o algo por el estilo, y durante todo el rato la soberana la dirigía despiadadamente con la pala. Luego la tumbaban de espaldas y el vigoroso joven príncipe la poseía para diversión de la reina. A veces también la colgaban boca abajo, doblada como en la sala de castigos. Bella dio un respingo. Ser poseída en esta posición era algo que no se le había ocurrido. Pero seguro que una princesa cautiva sería forzada y sometida a algo así. —Como os podéis imaginar —continuó Alexi—, estos espectáculos se convirtieron en una tortura para mí. Durante mis horas solitarias, los ansiaba. Mientras observaba, sentía los golpes contra mis nalgas como si yo también estuviera siendo azotado, y notaba que mi pene se excitaba muy a pesar al ver que las muchachitas eran perseguidas, o incluso cuando un paje acariciaba al príncipe Gerald y a veces le lamía el miembro para diversión de la reina. »Debo añadir que a Gerald todo esto le resultaba muy duro. Era un príncipe ansioso por complacer, siempre se afanaba por satisfacer a su majestad y se castigaba a sí mismo mentalmente, por temor al fracaso. Parecía que no se daba cuenta de que muchas de las tareas y juegos se concebían deliberadamente para aumentar especialmente la dificultad para él. Por ejemplo, la reina le obligaba a que le peinara el cabello con el cepillo entre los dientes. Esto era sumamente difícil, y él lloraba cuando no conseguía hacerlo con cepilladas bastante largas, que recorrieran toda la melena. Por supuesto, la reina se enfadaba, lo arrojaba sobre su regazo y utilizaba un cepillo con mango de cuero para sacudirle. Él lloraba de vergüenza y desdicha, y temía la peor de sus cóleras: que lo entregara a otros para que disfrutaran de él y lo castigaran. —¿Os entrega a vos alguna vez a otros, Alexi? —preguntó Bella. —Cuando está ada conmigo —continuó—. Pero yo ya me he rendido y lo he aceptado. Me entristece pero lo he aceptado. Nunca pierdo el control como le sucedía al príncipe Gerald. Él era capaz de implorar a la reina y cubrir sus pantuflas con besos silenciosos. Por eso nunca sirve para nada. Cuanto más suplicaba, más lo castigaba ella.—¿Qué fue de él? —Llegó el día en que fue enviado de vuelta a su reino. Ese momento llega para todos los esclavos. También para vos, aunque quién sabe cuándo; depende de la pasión que el príncipe sienta por vos. Además, en vuestro caso fue él quien os despertó y os reclamó. Vuestro reino era aquí toda una leyenda —dijo el príncipe Alexi. »De cualquier modo, Gerald volvió a su casa sumamente recompensado y creo yo que también muy aliviado de que le dejaran marchar. Por supuesto, antes de partir, le vistieron exquisitamente, fue recibido por la corte y luego todos nos reunimos para despedirlo. Es la costumbre. Creo que para él fue tan humillante como todas las demás cosas. Era como si recordara su desnudez y su subyugación. Pero aunque por diversos motivos, otros esclavos también sufren cuando los liberan. Quién sabe, quizá las incesantes preocupaciones del príncipe Gerald le salvaron de algo peor. Es imposible decirlo. A la princesa Lizetta la salva su rebelión. Seguro que para el príncipe Gerald fue interesante... Alexi hizo una pausa para volver a besar a Bella y tranquilizarla: —No intentéis comprender ahora mismo todo lo que os digo. No busquéis un significado inmediato —le repitió—. Limitaos a escucharme y aprender, y quizá lo que os digo pueda libraros de cometer algunos errores; tal vez os proporcione diferentes ideas para el futuro. Oh, sois tan tierna conmigo, mi flor secreta. Él la hubiese abrazado de nuevo, quizá se hubiera dejado arrastrar una vez más por la pasión, pero ella lo detuvo posando los dedos en sus labios. —Pero decidme, mientras estabais amarrado a la pared, ¿en qué pensabais... cuando estabais solo? ¿En qué soñabais? —Qué pregunta tan extraña —respondió. Bella parecía muy seria: —¿Pensabais en vuestra vida anterior, deseabais estar libre para disfrutar de tal o cual placer? —No, en realidad no —contestó lentamente—. Más bien me preocupaba lo que me sucedería a continuación, supongo. No sé. ¿Por qué me preguntáis esto? Bella no contestó, pero había soñado en tres ocasiones desde que había llegado y en todas ellas su antigua vida le había parecido tétrica y llena de vanas preocupaciones. Recordaba las horas que había dedicado a sus labores y las interminables reverencias que había hecho en la corte a los príncipes que le besaban la mano. Revivía las interminables horas en las que estuvo sentada, absolutamente inmóvil, en banquetes donde otros charlaban y bebían, mientras que ella lo único que había sentido era aburrimiento. —Por favor, continuad, Alexi —dijo con dulzura—. ¿A quién os entrega la reina cuando está descontenta? —Ah, ésa es una pregunta con varias respuestas —dijo—. Pero permitidme seguir con mi relato. Podéis imaginaros cómo era mi existencia, horas de hastío y soledad rotas únicamente por estas tres diversiones: la propia reina, los castigos infligidos al príncipe Gerald, o los furiosos azotes que me propinaba Félix. Bien, al poco tiempo, en contra de mi voluntad y a pesar de toda mi rabia, empecé a mostrar mi excitación cada vez que la reina entraba en la alcoba. Ella me ridiculizaba por ello, pero lo tenía presente, y de vez en cuando tampoco podía ocultar mi excitación cuando veía al príncipe Gerald tan descaradamente erecto, disfrutando de los otros esclavos, o incluso cuando recibía la pala. La reina lo observaba todo, y cada vez que veía que mi órgano estaba duro, fuera de mi control, hacía que Félix me propinara inmediatamente una dura paliza. Yo forcejeaba, intentaba maldecirla, y al principio estas zurras mitigaban mi placer, aunque al poco tiempo no lo reprimían en absoluto. Además, la reina se sumaba a mi padecimiento con sus propias manos: daba palmetadas contra mi pene, lo acariciaba, y luego volvía a palmetearlo a la vez que Félix me castigaba. Yo me retorcía y forcejeaba, pero no servía de nada. Al cabo de muy poco tiempo, anhelaba tanto el tacto de las manos de la reina que gemía en voz alta e incluso en una ocasión, terriblemente atormentado, hice todo lo que pude mediante gestos y movimientos para demostrar que iba a obedecerla. »Por supuesto no tenía intención de someterme; lo hacía únicamente para ser premiado. Me pregunto si podéis imaginaros lo difícil que fue esto para mí. Me desataron, me dejaron a cuatro patas y me ordenaron que besara sus pies. Era como si acabaran de dejarme completamente desnudo. Nunca había obedecido una sola orden, ni me habían obligado a acatarla sin llevar los grilletes. No obstante, la necesidad de aliviar aquella tortura era tal, mi sexo estaba tan hinchado a causa del deseo, que me obligué a mí mismo a arrodillarme a sus pies y a besarle las zapatillas. Nunca olvidaré la magia de sus manos cuando me acarició. Pude experimentar el estallido de pasión que recorrió mi cuerpo, y en cuanto ella me pasó la mano y jugueteó con mi sexo, la pasión se liberó de inmediato, lo que la enfureció terriblemente. |
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| Denunciante Novato | »"No tenéis control —me dijo malhumoradamente— y seréis castigado por esto. Pero habéis intentado someteros y eso ya es algo." En ese mismo momento me levanté e intenté alejarme de ella corriendo; nunca había tenido intención de acatar sus órdenes. «Obviamente, los pajes me prendieron al instante. No debéis pensar nunca que estáis a salvo de ellos. Quizás os encontréis en una alcoba enorme, débilmente iluminada, a solas con un lord. Es posible que os creáis que sois libre en el momento en que caiga dormido con su copa de vino. Entonces intentaréis levantaros y escapar, pero de inmediato aparecerán pajes que os reducirán. Sólo ahora que soy el asistente de confianza de la reina se me permite dormir a solas en su alcoba. Los pajes no se atreven a entrar a oscuras en la habitación donde duerme la reina, así que no hay forma de que sepan que estoy aquí con vos. Pero ésta es una situación excepcional, muy excepcional, y en cualquier momento podrían descubrirnos... —Pero ¿qué os sucedió? —insistió Bella—. ¿Os prendieron? —preguntó asustada. —La reina tuvo pocos miramientos a la hora de castigarme. Mandó llamar a lord Gregory y le dijo que yo era incorregible. Le comunicó que, a pesar de mis finas manos y delicada piel, en contra de mi linaje real, debían llevarme de inmediato a la cocina, donde serviría todo el tiempo que ella decretara... y, de hecho, llegó a decir que esperaba no olvidarse de que yo estaba allí y de mandarme llamar en el futuro. »Me bajaron a la cocina en medio de mis protestas habituales. No tenía ni idea de lo que iba a sucederme, pero enseguida comprobé que me encontraba en un lugar oscuro y sucio, lleno de grasa y hollín de las cocinas, en el que siempre había pucheros hirviendo y docenas de lacayos atareados cortando vegetales y limpiando, o desplumando aves y todas las demás tareas que contribuyen a que se puedan servir banquetes aquí. »Nada más dejarme allí, el regocijo fue general. Contaban con una nueva diversión. Estaba rodeado de los seres más ordinarios y groseros qué había visto en mi vida. "Y a mí que me importa —pensé—. Yo no obedezco a nadie." »Pero al instante me di cuenta de que estas criaturas no estaban más interesadas en mi sumisión que en la de las aves que mataban, las zanahorias que pelaban, o las patatas que echaban al puchero. Yo era un juguete para ellos y sólo en muy contadas ocasiones se dirigieron a mí como si tuviera orejas para oírles o juicio para entender lo que me decían. »Me pusieron inmediatamente un collar de cuero, atado a los grilletes de las muñecas y, éstas, a su vez, a las rodillas, de tal manera que era imposible levantarme de mi posición a cuatro patas. Me colocaron una embocadura con una brida, tan bien sujeta a la cabeza que podían tirar de mí con correas de cuero sin que yo pudiera resistirme; mis extremidades sólo me permitían seguirles a regañadientes. »Me negaba a moverme. Pero ellos me arrastraban de un lado a otro del sucio suelo de la cocina mientras se reían a placer. No tardaron en sacar sus palas y castigarme cruelmente. Ninguna parte de mi cuerpo se libraba, pero mi trasero les encandilaba especialmente. Cuanto más me sacudía y forcejeaba, más hilarante les parecía a ellos la situación. No era más que un perro, y precisamente así me trataban. Sin embargo, aquello no fue más que el principio. Al cabo de poco rato me desligaron lo suficiente para arrojarme encima de un gran barril que estaba tumbado sobre el suelo, donde fui violado por cada uno de los hombres, mientras las mujeres observaban sin parar de reír. Me quedé tan dolorido y mareado por el movimiento del barril que vomité, pero para ellos incluso esto fue divertido. »Cuando acabaron conmigo y tuvieron que regresar al trabajo, me amarraron al interior de un gran tonel abierto donde tiraban la basura. Mis pies estaban firmemente apoyados sobre los desechos de hojas de col y cabezas de zanahorias, pieles de cebollas y plumas de pollo, que componían los desperdicios del trabajo del día y, a medida que arrojaban más basura, ésta subía a mi alrededor. El tufo era terrible. Cada vez que yo me retorcía y forcejeaba, ellos volvían a reírse, y pensaban en otros modos de atormentarme. —Oh, pero esto es demasiado atroz —dijo Bella boquiabierta. Se podía decir que todas las personas que la habían tratado y castigado, en cierta forma también la admiraban. Pero cuando pensó en su hermoso Alexi humillado de este modo, sintió que el miedo la invadía. —Por supuesto, no se me había ocurrido pensar que ésta iba a ser mi ubicación habitual. Efectivamente, me sacaron unas horas más tarde, después de servir la cena de la noche, puesto que habían decidido volver a violarme. Sin embargo, esta vez me tumbaron y me estiraron encima de una gran mesa de madera. Me apalizaron una y otra vez, con gran deleite por su parte, pero esta vez con burdas palas de madera, pues comentaron que las de cuero que habían usado antes eran demasiado buenas para mí. Sujetaron mis piernas separándolas todo lo que pudieron y se lamentaron de no poder torturar mis partes íntimas sin correr el riesgo de ser castigados. Aunque al parecer aquello no incluía mi pene, puesto que lo mortificaban sin descanso propinándole palmetadas y bruscos toqueteos. »Para entonces yo casi había enloquecido. Soy incapaz de explicarlo. Eran tantos y tan ordinarios... mis movimientos, mis sonidos no significaban nada para ellos. La reina habría advertido el más mínimo cambio de expresión en mí; se habría mofado de mis gruñidos y forcejeos, saboreándolos. Pero estos groseros cocineros y pinches me frotaban el pelo, me levantaban la cara, me abofeteaban el trasero y me azotaban como si yo no me enterara de nada. »Me decían: "qué trasero tan rellenito", y "mirad esas fuertes piernas", y ese tipo de comentarios que se hacen de un animal. Me pellizcaban, me atizaban, me punzaban a placer, y luego se disponían a violarme. Primero, con sus manos crueles, me embadurnaban bien con grasa, como la primera vez, y en cuanto acabaron me aplicaron una lavativa de agua con un rudimentario tubo unido a un odre de vino lleno de agua. No puedo describir semejante mortificación. Me lavaron por dentro y por fuera. La reina, como mínimo, me concedía intimidad en estas cuestiones, ya que las necesidades de nuestros intestinos y vejigas no le preocupaban. Pero ser vaciado por ese chorro violento de agua fría, delante de aquellos puercos, me hizo sentir débil y apocado. »Estaba agotado cuando volvieron a introducirme en la basura. Por la mañana me dolían los brazos y estaba mareado por la pestilencia que ascendía en torno a mí. Me sacaron de allí rudamente, me ataron otra vez de rodillas y me echaron algo de comida en un plato. Hacía un día que no comía, pero de todos modos no quería aumentar su diversión, ya que no me permitían utilizar las manos. Para ellos no era nada. Rechacé las comidas hasta el tercer día en que ya no pude soportarlo más y devoré con los labios, como un cachorro hambriento, las gachas que me dieron. Ni siquiera prestaron atención. Cuando acabé, me llevaron de vuelta al montón de basura donde esperé hasta que dispusieron de otro rato para entretenerse conmigo. »Entretanto permanecería allí, colgado. Cada vez que pasaban me propinaban una fuerte bofetada, me retorcían los pezones o me separaban aún más las piernas con una de sus palas. »La agonía superaba cualquier sensación que hubiera experimentado en la alcoba de la reina. Muy pronto, al anochecer, corrió la voz entre los mozos de cuadra de que podían venir y disponer de mí como quisieran. Así que tuve que satisfacerlos también a ellos. »Iban mejor vestidos, pero olían a caballo. Llegaron, me sacaron de la cubeta y uno de ellos introdujo el largo y redondeado mango de cuero de su látigo en mi ano. Con aquel instrumento, me obligó a incorporarme y me condujo hasta el establo. Entonces, me tiraron de nuevo encima de un barril tumbado y me violaron, uno a uno. »Parecía insoportable, pero aún así lo aguanté. Del mismo modo que en los aposentos de la reina, tenía todo el día para regalarme la vista con mis torturadores aunque la verdad es que me hacían poquísimo caso de tan absortos como estaban en sus tareas. |
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| | #74 |
| Denunciante Novato | »Sin embargo, una tarde en que todos ellos estaban ebrios y habían sido felicitados por una excelente comida celebrada en los salones de arriba, se volvieron hacia mí en busca de juegos más imaginativos. Yo estaba aterrorizado. Había perdido toda noción de la dignidad y en cuanto se aproximaron a mí empecé a gemir, a pesar de la mordaza. Me retorcí y forcejeé para resistirme a sus manos. »Los juegos que escogieron eran tan degradantes como repugnantes. Hablaban de adornarme, de mejorar mi aspecto, de que en conjunto yo era un animal demasiado limpio y delicado para el lugar donde me alojaba. Así que me tumbaron en la cocina y no tardaron en desatar su furia sobre mí, embadurnándome con decenas de mezcolanzas elaboradas con miel, huevos, diversos almíbares y brebajes. Todo estaba a su disposición en la cocina. Enseguida me vi cubierto de esos líquidos asquerosos. Me untaron las nalgas y, cómo no, se reían mientras yo forcejeaba. Pringaron mi pene y mis testículos. Me llenaron el rostro de aquello y me embadurnaron el pelo echándolo hacia atrás. Cuando acabaron, cogieron plumas de aves y me emplumaron de pies a cabeza. »Estaba absolutamente aterrorizado, no por un dolor real, sino por la vulgaridad y la mezquindad de la que hacían gala. No podía soportar semejante humillación. »Finalmente, uno de los pajes entró para ver cuál era el motivo de tanto ruido y se apiadó de mí. Hizo que me soltaran y les ordenó que me lavaran. Por supuesto, me restregaron, con la rudeza habitual, y me volvieron a azotar con la pala. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba perdiendo la razón. Agachado a cuatro patas, corría desesperadamente para escapar a los paletazos. Intentaba por todos los medios meterme debajo de las mesas de la cocina y en cualquier sitio, en busca de un momento de reposo; ellos me encontraban, si era necesario movían las mesas y las sillas para alcanzar mi trasero con sus palas. Por supuesto, si intentaba levantarme me tumbaban en el suelo a la fuerza. Estaba desesperado. »Me escabullí al lado del paje y le besé los pies como había visto que el príncipe Gerald hacía con la reina. »Pero si se lo contaba a la reina, no me serviría para nada. Efectivamente, al día siguiente, volvía a estar amarrado como antes y esperaba el hastío y la desazón de mis amos de siempre. A veces pasaban a mi lado y me llenaban el ano con un poco de comida en vez de tirarla. Me introducían zanahorias u otras hortalizas, cualquier cosa que pensaran que se parecía a un falo. Me violaban una y otra vez con estas cosas y tenía gran dificultad para expelerlas. Supongo que mi boca no se hubiera librado de esto de no ser porque tenían órdenes de mantenerme amordazado como a todos los esclavos de mi condición. »Cada vez que atisbaba a un paje, me lanzaba a suplicarle utilizando todos mis gestos y gemidos. »Durante este tiempo dejé de tener verdaderos pensamientos. Quizás había empezado a pensar en mí como el ser semihumano que ellos creían que era yo; no lo sé. Para ellos era un príncipe desobediente enviado allí porque me lo merecía. Cualquier abuso que me infligieran formaba parte de sus obligaciones. Si las moscas les molestaban, me untaban el sexo con miel para atraerlas, y realmente creían que aquello estaba muy bien pensado, no les causaba ningún remordimiento. »Pese al terror que me infundían los mangos de cuero de los látigos que los mozos de cuadra me introducían a la fuerza en el ano, casi anhelaba que llegara el momento en que me llevaban a los lugares más limpios y frescos de establo. Al menos a aquellos mozos les parecía maravilloso tener un príncipe de verdad a quien atormentar. Me ridiculizaban con todas sus fuerzas y durante largo rato, pero aquello era mejor que estar en la cocina. »No sé cuánto tiempo duró. Cada vez que soltaban los grilletes sentía un terrible pavor. Al cabo del tiempo, los de la cocina empezaron a echar la basura por el suelo y me obligaban a recogerla mientras me perseguían con sus palas. No era ya consciente de que la mejor solución hubiera sido permanecer inmóvil; me movía completamente aturdido y lleno de pánico. Corría de este modo simplemente para acabar la tarea mientras ellos me azotaban. Ni siquiera el príncipe Gerald había estado nunca tan desesperado. »Pensé en él cuando me descubrí haciendo estas cosas, por supuesto. Me dije con amargura, "está entreteniendo a la reina en sus aposentos, mientras yo estoy aquí en este lugar inmundo". »En definitiva, los mozos de cuadra eran para mí como los miembros de la realeza. Uno de ellos quedó bastante fascinado conmigo. Era grande, muy fuerte. Podía montarme en el mango de su látigo de tal forma que mis pies desnudos apenas tocaban el suelo, y me obligaba a avanzar con la espalda arqueada y las manos atadas; casi me transportaba. Le encantaba hacer esto y, un día, me llevó a solas con él hasta un rincón apartado del jardín. Durante un momento intenté oponerme, pero de una sacudida me puso sobre su rodilla, sin apenas esfuerzo. Me obligó a agacharme sobre la hierba y me dijo que recogiera con los dientes las pequeñas florecillas blancas que había por allí. Si me negaba me dijo que me llevaría de vuelta a la cocina. No sabría describir cuán voluntarioso me mostré en obedecerlo. Mantenía el mango del látigo dentro de mí y me obligaba a ir de un lado a otro con él. Luego empezó a atormentarme el pene. Pero aunque no cesaba de dar palmetadas y abusaba de él, también lo acariciaba. Para horror mío, sentí cómo se hinchaba. Quería quedarme para siempre con él. Me pregunté, qué podía hacer para contentarle, y esto supuso para mí una humillación más. Me sentí desesperado porque sabía que esto era exactamente lo que la reina había pretendido al castigarme. Incluso en mi locura, estaba convencido de que si ella hubiera sabido cuánto sufría, me hubiera liberado. Pero mi mente estaba vacía de todo pensamiento. Entonces sólo sabía que quería agradar a mi mozo de cuadra porque temía que me llevara de vuelta a la cocina. »Así que cogí las florecillas con los dientes y se las llevé a él. A continuación me dijo que yo era un príncipe demasiado malo para que todo el mundo me tratara con tanta condescendencia, y me ordenó que me subiera a una mesa cercana. Era redonda, de madera, gastada por la intemperie, pero a menudo se vestía y se utilizaba cuando alguno de los miembros de la corte quería comer en el jardín. »Obedecí de inmediato, aunque él no quería que me arrodillara sino que tenía que ponerme en cuclillas con las piernas muy separadas y las manos en la nuca, con la vista baja. Para mí era degradante hasta lo indecible y, sin embargo, sólo pensaba en agradarle. Por supuesto, me azotó en esta posición. Tenía una pala de cuero, delgada pero pesada, y con un golpazo poderosísimo. Empezó a aporrear mi trasero y aun así, continué allí, en cuclillas, con las piernas doloridas y el pene hinchado todo el tiempo mientras él me atormentaba. »Fue lo mejor que pudo pasar, porque lord Gregory lo presenció todo. No lo supe entonces; sólo sabía que pasaban otras personas y, cuando oí sus voces y supe que eran nobles y damas, experimenté una consternación increíble. Veían cómo yo, el orgulloso príncipe que se había rebelado contra la reina, era humillado por este mozo de cuadra. No obstante, todo lo que podía hacer era llorar, sufrir y sentir la pala que me zurraba. »Ni siquiera pensé en que la reina pudiera enterarse de todo esto. Había perdido toda esperanza y sólo pensaba en aquel instante. Bueno, Bella, éste es un aspecto de la entrega y la aceptación, desde luego. Y sólo pensaba en el mozo de cuadra, y en agradarle y en escapar al horror de la cocina durante un rato más, pese al terrible precio que tendría que pagar. En otras palabras, estaba haciendo precisamente lo que se esperaba de mí. |
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| | #75 |
| Denunciante Novato | »Luego, mi mozo de cuadra se cansó de aquello. Me ordenó que volviera a agacharme a cuatro patas sobre la hierba y me llevó de esta guisa por entre la maleza. Yo estaba completamente desligado, pero seguía totalmente a su merced. En ese instante encontró un árbol, me dijo que me incorporara y que me agarrara a una rama que quedaba por encima de mi cabeza. Me colgué de ella, con los pies en el aire, mientras él me violaba. Me penetró repetidamente, con fuerza, a fondo. Pensé que no iba a acabar nunca, y mi pobre pene se mantenía duro como el propio tronco del árbol, lleno de dolor. »Cuando acabó conmigo pasó la cosa más extraordinaria. Me encontré de rodillas, besándole los pies. Es más, retorcía mis caderas, impulsándolas adelante y hacía todo lo que estaba en mi mano para rogarle que liberara la pasión que me atormentaba entre las piernas, para que me concediera cierto alivio, ya que no había tenido ocasión para ello en la cocina. »Él se reía de todo esto. Me levantó, me empaló con toda facilidad en el mango del látigo y me condujo de vuelta hacia la cocina. Yo lloriqueaba descontroladamente como nunca lo había hecho en mi vida. »La enorme habitación estaba casi vacía. Todos estaban fuera, cuidando las huertas o en las antesalas de arriba, sirviendo la comida. Sólo quedaba una joven criada que se levantó de un brinco al vernos. Al cabo de un momento, el mozo de cuadra le susurraba algo al oído y, mientras ella asentía con la cabeza y se limpiaba las manos en el delantal, él me ordenó que me subiera a una de las mesas cuadradas. Y allí estaba yo de nuevo, en cuclillas y con las manos detrás de la cabeza. Obedecí sin tan siquiera pensarlo. Más paletazos, pensé, como tributo hacia esa muchacha de rostro enfermizo y trenzas marrones. Mientras tanto, ella se acercó y me miró con lo que parecía verdadera admiración. Luego, el mozo de cuadra empezó a atormentarme. Había cogido una pequeña escobilla que se utilizaba para sacar la porquería del interior del horno, y con esto empezó a cepillar y a frotar suavemente mi pene. Cuanto más lo tocaba, mayor era mi padecimiento. Cada vez me resultaba más insoportable que apartara la escobilla medio centímetro de mi pene y, en consecuencia, yo me esforzaba por seguir sus movimientos. Era más de lo que podía soportar. Sin embargo, él no me permitía mover los pies, y me azotaba de inmediato si le desobedecía. Comprendí enseguida su juego. Debía impeler mi cadera hacia delante todo lo que pudiera para mantener mi hambriento pene en contacto con las suaves cerdas de la escobilla que me acariciaban, y así lo hacía, llorando sin parar mientras la muchacha miraba fijamente, con obvio deleite. Finalmente, la jovencita le suplicó que le permitiera tocarme. Yo me sentí tan agradecido por ello que no pude dejar de sollozar. El mozo de cuadra puso la escobilla bajo mi barbilla y me levantó la cara. Dijo que le gustaría ver cómo satisfacía la curiosidad de la joven doncella. Ella nunca había visto realmente a un hombre joven consumar su pasión, así que mientras él me sostenía, escrutaba y observaba mi rostro cubierto de lágrimas, ella frotó suavemente mi pene y, sin orgullo ni dignidad, sentí que mi pasión se descargaba en su mano, con mi rostro enrojecido de calor y completamente ruborizado mientras un estremecimiento me recorría los riñones al sentir semejante alivio de todos aquellos días de frustración. »Después de aquello me sentí muy debilitado. No tenía orgullo, no pensaba en el pasado ni en el futuro. No oponía resistencia cuando estaba maniatado. Sólo quería que el mozo de cuadra volviera pronto. Estaba adormilado y asustado cuando todos los cocineros y pinches regresaron y retomaron su inevitable entretenimiento ocioso. »Los días siguientes no faltaron los habituales tormentos de la cocina: me azotaban con la pala, me perseguían, me ridiculizaban y también me trataban con sumo desprecio. Soñaba con el mozo de cuadra. Estaba convencido de que él regresaría, con toda seguridad. Creo que ni siquiera llegué a pensar en la reina, pues cuando la imaginaba sólo sentía desesperación. »Finalmente, una tarde, el mozo de cuadra llegó primorosamente vestido de terciopelo rosa ribeteado en oro. Me quedé estupefacto. Ordenó que me lavaran y me restregaran. Yo estaba demasiado excitado para temer las manos rudas de los pinches, aunque eran tan crueles como siempre. »A pesar de que mi órgano se ponía rígido ante la mera visión de mi señor, el mozo de cuadra, éste me dijo que debía mantenerlo perfectamente firme, siempre así, o sería severamente castigado. »Asentí lleno de vigor. Luego retiró la embocadura de la mordaza de la boca y la sustituyó por una más decorativa. »¿Cómo puedo describir lo que sentí entonces? No me atrevía a soñar con la reina. Había padecido tanto que cualquier respiro era maravilloso para mí. »En aquel instante el mozo de cuadra me conducía al interior del castillo y yo, que me había rebelado contra todo el mundo, corría a cuatro patas tras él por los' pasillos de piedra pasando junto a las pantuflas y botas de los nobles y damas, que se volvían para prestarme atención y dedicarme algunos cumplidos. El mozo de cuadra se mostraba muy orgulloso. »Entramos en un gran salón de altos techos, donde tuve la impresión de que nunca antes en mi vida había visto terciopelo de color crema ribeteado en oro y estatuas contra las paredes, ni tantos ramos de flores frescas. Me sentí nacer otra vez sin pensar en mi desnudez ni en mi servilismo. »Allí, en una silla de alto respaldo, estaba sentada la reina, resplandeciente, vestida con su terciopelo púrpura y su capa de armiño sobre los hombros. Me escabullí hacia delante con atrevimiento, dispuesto a pecar de servilismo, y colmé de besos el bajo de su falda y sus zapatos. »De inmediato me acarició suavemente el pelo y me levantó la cabeza. "¿Habéis sufrido bastante por vuestra testarudez?", preguntó, y mientras no apartó sus manos las besé, besé sus suaves palmas y sus cálidos dedos. El sonido de su risa me parecía hermoso. Vislumbré los montículos de sus pechos blancos y la apretada faja que le rodeaba la cintura. Le besé las manos hasta que me detuvo y me sostuvo la cara. Entonces abrió mi boca con sus dedos y me tocó los labios y los dientes. Luego me quitó la mordaza, al tiempo que me advertía que no debía hablar. Yo asentí de inmediato. »"Éste será un día de prueba para vos, mi joven príncipe voluntarioso", dijo. Y luego, al tocar mi pene, me elevó en un paroxismo de placer exquisito. Ella percibió la dureza, y yo intenté evitar que mi cadera se adelantara hacia ella. »Dio su visto bueno y luego ordenó mi castigo. Dijo que había oído hablar de mi tormento en el jardín, y pidió que mi joven criado, el mozo de cuadra, le hiciera el favor de fustigarme para su entretenimiento. |
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| | #76 |
| Denunciante Novato | »Enseguida me encontré en la mesa redonda de mármol que estaba frente a ella, donde me coloqué de cuclillas obedientemente. Recuerdo que las puertas estaban abiertas. Vi las figuras distantes de los nobles y las damas que andaban por allí. Sabía que había otras damas en esa misma habitación, puesto que podía distinguir los colores suaves de sus vestidos e incluso el resplandor trémulo de su cabello. Pero únicamente pensaba en agradar a la reina. Sólo esperaba conseguir permanecer en esa difícil posición acuclillada todo el tiempo que ella quisiera, sin importar la crueldad de la pala. Los primeros golpes me parecieron cálidos y buenos. Sentí que mis nalgas se encogían y se apretaban y tuve la impresión de que mi pene no había experimentado nunca el placer de una hinchazón tan plena, insatisfecho como estaba. »Naturalmente, los golpes no tardaron en hacerme gemir y, mientras me esforzaba por contener mis quejidos, la reina me besó en la cara y me dijo que, aunque mis labios debían permanecer sellados, tenía que hacerle saber cómo sufría yo por ella. La entendí inmediatamente. En aquel instante, las nalgas me escocían y palpitaban de dolor. Arqueé la espalda, con las rodillas cada vez más separadas, las piernas rígidas y doloridas por la tensión de los azotes, y gemí sin reserva; mis quejidos sonaban más fuertes con cada azote. Entendedme, Bella, nada me reprimía. No estaba maniatado ni amordazado. »Toda mi rebeldía había desaparecido. Cuando a continuación la reina ordenó que me azotaran con la pala por toda la habitación, me moría de ganas de complacerla. Ella arrojó un puñado de bolitas de oro del tamaño de unas uvas grandes, de color púrpura, y me mandó traérselas una a una, exactamente igual que cuando a ti te ordenaron que recogieras las rosas. El mozo de cuadra, mi criado, como ella lo llamaba, no tenía que conseguir darme más de cinco palazos antes de que yo colocara una bola en la mano de su majestad, puesto que de lo contrario ella se aría enormemente conmigo. Las bolas doradas estaban esparcidas por rincones alejados y dispersos; no podéis imaginaros la prisa que me di para recogerlas. Escapaba corriendo de la pala como si fueran a quemarme vivo. Por supuesto, aquellos días tenía la piel muy sensible e irritada, me habían salido un montón de ronchas, pero me apresuraba tanto solamente por contentarla a ella.»Le llevé la primera tan sólo con tres golpes. Me sentí muy orgulloso. Pero mientras la depositaba en su mano, caí en la cuenta de que se había puesto un guante de cuero negro, que tenía los dedos dibujados con pequeñas esmeraldas. Entonces me ordenó que me diera la vuelta, que separara las piernas y le mostrara mi ano. Obedecí de inmediato y sentí de pronto un sobresalto al notar esos dedos enfundados en cuero que abrían mi ano. «Como os he explicado, mis brutos captores de la cocina me habían violado y me habían introducido agua en el cuerpo repetidas veces. No obstante, ésta era una nueva vejación para mí. Ella me abría con simpleza y descuido, sin la violencia de la violación. Hizo que me sintiera debilitado de amor y no opuse resistencia alguna a su posesión. De inmediato me di cuenta de que estaba introduciendo en mi ano las bolas de oro que yo había recogido. Entonces me dio instrucciones para que las retuviera dentro de mí, a menos que quisiera provocar su furioso descontento. »A continuación tenía que recoger otra bola. La pala me alcanzó con gran velocidad. Yo me apresuré, le llevé otra canica, me ordenó que me diera la vuelta y me la introdujo a la fuerza. »El juego se prolongó durante mucho rato. Mis nalgas estaban completamente irritadas. Tenía la impresión de que se habían vuelto enormes. Estoy seguro de que conocéis esta sensación. Me sentía hinchado, enorme, y muy desnudo; cada roncha ardía bajo la pala. Me estaba quedando sin aliento pero me desesperaba la idea de fallar; y cada vez tenía que correr más lejos de ella para recoger las bolas de oro. Sin embargo, la nueva sensación era ese relleno, el atestamiento de mi ano, que para entonces tenía que mantener muy apretado para no soltar las canicas de oro en contra de mi voluntad. Al cabo de poco rato sentí que tenía el ano ensanchado y abierto, aunque cruelmente relleno al mismo tiempo. »El juego se volvía cada vez más frenético. Enseguida entreví a otras personas que observaban desde las puertas. A menudo tuve que pasar a toda prisa bajo la falda de alguna dama de su majestad. »Fue muy duro. Los dedos enfundados en cuero me rellenaban cada vez con más firmeza, y aunque las lágrimas corrían por mi cara, y respiraba muy deprisa y entrecortadamente, conseguí acabar el juego sin recibir más de cuatro palazos en ninguna de las tandas. »La reina me abrazó. Me besó en la boca y me dijo que era su fiel esclavo y su favorito. Se oyó un murmullo de aprobación y la reina permitió por un instante que me recostara en su seno mientras ella me abrazaba. »Naturalmente, yo sufría. Por una parte, me esforzaba por aguantar las bolas de oro, y por otra intentaba que mi pene no rozara su vestido y me deshonrara. »Entonces envió a buscar un orinal dorado, y supe entonces al instante lo que se esperaba de mí. Estoy seguro de que me sonrojé intensamente. Tenía que sentarme en él y soltar las bolitas que había reunido; y lo hice, por supuesto. »Después de aquello, el día fue una sucesión interminable de tareas. No intentaré contarlas todas, pero os diré que yo era objeto de todas las atenciones de la reina, y me propuse con toda mi alma mantener su interés. Aún no sabía con seguridad que no me volverían a enviar a la cocina, y temía que en cualquier momento me mandaran de vuelta allí. »Recuerdo muchas cosas. Pasamos un largo rato en el jardín. La reina caminaba entre las rosas, su pasatiempo favorito, y me llevaba con el bastón en cuyo extremo estaban el falo de cuero. En ocasiones parecía que me levantaba las nalgas por encima del bastón. Mis rodillas necesitaban el alivio que me producía la suave hierba después de haberlas arrastrado por los suelos del castillo. Entonces estaba tan debilitado y sensible que el menor roce de mis nalgas me provocaba dolor. Pero ella se limitaba a hacerme andar de un lado a otro. Luego se acercó a una pequeña glorieta con enrejados y cepas y me condujo sobre las losas del suelo haciéndome gatear por delante de ella. »Me ordenó que me levantara y entonces apareció un paje, no recuerdo si se trataba de Félix, pero sea quien fuere me puso grilletes enlazándome las manos por encima de la cabeza de manera que las puntas de mis pies apenas tocaban el suelo. La reina se sentó justo frente a mí. Dejó a un lado el bastón con el falo y levantó otra vara que llevaba atada a su faja. No era más que una larga y delgada lámina de madera envuelta en cuero. »"Ahora, debéis hablarme —me dijo—. Dirigíos a mí con el tratamiento de majestad, y contestad siempre a mis preguntas con gran respeto." Al oír esto sentí una excitación casi incontrolable. Me permitirían hablar con ella, a mí que nunca lo había hecho puesto que siempre había estado amordazado a causa de mi rebeldía. No tenía ni idea de lo que sentiría cuando me permitieran decir algo. Yo era su cachorrillo, su esclavo mudo, pero en aquel momento debía hablarle. Jugueteó con mi pene, me levantó los testículos con el fino bastón de cuero y los empujó, adelante y atrás. Dio una palmetada juguetona a mis muslos. |
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| | #77 |
| Denunciante Novato | »"¿Os divierte servir a los brutos nobles y damas de la cocina? —me preguntó en tono jocoso—, ¿o preferiríais servir a vuestra reina?" »"Quiero serviros únicamente a vos, majestad, o según vuestros deseos", contesté apresuradamente. Mi propia voz me sonó extraña. Era mía... pero no la había oído en tanto tiempo... Cuando pronuncié estas palabras serviles fue como si la acabara de descubrir. Más bien la redescubrí, lo que produjo una extraordinaria emoción en mí. Lloriqueé y abrigué la esperanza de que aquello no ara a la soberana.»Luego se levantó, y se quedó de pie muy cerca de mí, me acarició los ojos y los labios y dijo: "Todo esto me pertenece", y acarició los pezones de mi pecho que los mozos de las cocinas habían toqueteado sin tregua, y pasó la mano por la barriga y también por el ombligo. "Y esto —continuó—, esto también, me pertenece —dijo mientras sostenía mi órgano en su mano y sus largas uñas arañaban la punta suavemente. Soltó un poco de flujo; ella retiró los dedos, cogió el escroto en sus manos y también reivindicó la propiedad sobre él. "Separad las piernas —ordenó mientras me hacía girar sobre la cadena que me sujetaba—. Esto también es mío", dijo, tocándome el ano. »Me sorprendí contestándole: "Sí, majestad." A continuación me explicó que reservaba para mí castigos peores que los de la cocina si volvía a intentar escapar de ella, si me rebelaba o la aba de cualquier manera. Pero, por el momento, se sentía más que satisfecha conmigo, de eso estaba segura, e iba a prepararme a fondo, a su gusto. Dijo que yo mostraba una gran capacidad para sus diversiones, habilidad de la que carecía el príncipe Gerald, y que la pondría a prueba hasta el límite. »A partir de entonces, cada mañana me azotaba en el camino para caballos. A mediodía la acompañaba en sus paseos por el jardín. A última hora de la tarde, participaba en distintos juegos en los que tenía que recoger cosas para ella. Al atardecer, me azotaban para su diversión durante la cena. Yo debía adoptar muchas y variadas posiciones. Le gustaba verme en cuclillas con las piernas muy separadas, pero la reina escogía actitudes incluso mejores para estudiarme. Me apretaba las nalgas y decía que esta parte de mi anatomía era la que le pertenecía más que ninguna puesto que su mayor deleite era castigarlas. Le gustaban más que cualquier otra cosa. Pero para finalizar lo que iba a ser en el futuro el programa diario, debía desvestirla antes de irse a la cama y luego dormir en su alcoba.»A todo esto, yo respondía: "Sí, majestad." Hubiera hecho cualquier cosa con tal de disfrutar de su favor. También me dijo que mi trasero sería sometido a las pruebas más minuciosas para comprobar sus límites. »En cierta ocasión, después de ordenar que me desataran, ella misma me guió con el falo a través del jardín hasta el interior del castillo, y entramos en su alcoba. Yo sabía que entonces ella pretendía colocarme sobre su regazo y azotarme con la misma intimidad que exhibía con el príncipe Gerald, pero la expectación que yo sentía me llenaba de confusión. No sabía cómo conseguiría evitar que mi pene se aliviara, aunque ella también había pensado en esto. Tras la oportuna inspección, me dijo que había que vaciar la copa en aquel mismo instante para que pudiera volver a llenarse. No se trataba en absoluto de una recompensa. No obstante, mandó buscar a una estupenda princesita. La muchacha puso inmediatamente mi órgano en su boca y, en cuanto empezó a chuparlo, mi pasión explotó en ella. La reina lo observaba todo mientras me acariciaba la cara y me examinaba los ojos y los labios, y luego mandó a la princesa que volviera a despertar mi sexo a toda prisa. »Esto era en sí mismo una forma de tortura. Pronto volví a estar tan insatisfecho como antes, y a punto para que la reina empezara su prueba de aguante. Me colocó sobre su regazo, exactamente como sospechaba que iba a suceder. »"El escudero Félix os ha azotado con fuerza —me dijo—, así como los mozos de los establos y los cocineros. ¿Creéis que una mujer puede azotar con tanta fuerza como un hombre?" Yo ya había empezado a lloriquear. No puedo describir la emoción que sentí. Quizá vos también la experimentasteis la primera vez que estuvisteis sobre su regazo en la misma posición. No es peor que estar tirado sobre la rodilla de un paje, o atado con las manos sobre la cabeza, ni tan siquiera se está peor que tendido boca abajo sobre una cama o una mesa. No puedo explicarlo, pero uno se siente mucho más impotente tumbado sobre el regazo de su amo o señora. Bella asintió con la cabeza. Era cierto; lo había experimentado cuando la echaron sobre el regazo de la reina: en aquel momento perdió toda compostura. —Utilizando únicamente esta posición se puede enseñar toda la obediencia y el sometimiento, creo yo —dijo el príncipe Alexi—. Bueno, así sucedió conmigo. Estaba allí echado, con la cabeza colgando y las piernas estiradas por detrás, ligeramente separadas, como ella quería. Por supuesto, tenía que arquear la espalda y mantener las manos enlazadas por detrás de la cintura del mismo modo que os han enseñado a vos. Procuré que mi pene no tocara la tela de su vestido, aunque yo lo deseaba con todas mis fuerzas, y luego ella empezó a azotarme. Me enseñó cada una de las palas y me explicó sus defectos y virtudes. Había una que era ligera: me escocería y era rápida; una más pesada, igual de delgada: provocaba más dolor y había que utilizarla con cuidado. »Comenzó a azotarme con bastante fuerza. También como a vos, me friccionaba las nalgas y las pellizcaba a su antojo. Era constante en su labor. Me azotó con dureza durante largo tiempo; al cabo de un rato, yo padecía un dolor terrible y sentía una impotencia que jamás había experimentado antes en mi vida. »Me parecía sentir el impacto de cada golpe diseminado por todas mis extremidades. Por supuesto, mi trasero era el primero en absorberlo. Se convertía en el centro de mí mismo, con su escozor y sensibilidad. Pero el dolor pasaba por él y luego entraba en mí, y lo único que podía hacer era temblar a cada golpe, estremecerme con cada uno de los sonoros azotes y gemir cada vez más ruidosamente, aunque sin dar nunca la impresión de pedir clemencia. »La reina se sentía encantada con esta exhibición de sufrimiento. Como os he dicho antes, ella lo alentaba. Me levantaba a menudo la cara, me enjugaba las lágrimas y me recompensaba con besos. A veces me obligaba a arrodillarme bien erguido, en el suelo. Me inspeccionaba el pene y me preguntaba si no era suyo. Yo contestaba: "Sí, majestad, soy todo vuestro. Soy vuestro obediente esclavo." Ella elogiaba este comentario y decía que no debía dudar en darle respuestas largas y leales. »Pero seguía actuando con firmeza. Al cabo de poco rato cogió de nuevo la pala, me empujó otra vez contra su regazo y retomó la tanda de sonoros y fuertes azotes. De nuevo gemía a viva voz, a pesar de que mantenía mis dientes- apretados. Carecía de orgullo; ni un ápice de esa dignidad que vos aún exhibís, a menos que yo no me diera cuenta. Finalmente, dijo que mi trasero había conseguido un color perfecto, pero como la prueba consistía en conocer cuál era mi límite, decidió seguir castigándome, a pesar de que decía que odiaba tener que hacerlo. |
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| | #78 |
| Denunciante Novato | »"¿Sentís haber sido un principito tan desobediente?", me preguntó. "Lo siento mucho, majestad", contesté entre lágrimas. Pero la reina continuó con la zurra. Yo no podía evitar apretar las nalgas y moverme desesperadamente, como si de alguna manera pudiera atenuar el terrible dolor. Entretanto, oía su risa, como si todo aquello la deleitara en extremo. »Cuando por fin concluyó, yo sollozaba desesperadamente, como cualquier princesita. Me obligó a arrodillarme una vez más, a la vez que me ordenaba que me acercara hasta quedar de cara a ella. »Me enjugó la cara, me secó los ojos, y me dio un generoso beso con una buena dosis de dulce adulación. Me dijo que me convertiría en su criado, en el amo de su guardarropa. Me encargaría de vestirla, de cepillarle el pelo y de asistirla. Tendría que aprender mucho, pero ella personalmente se ocuparía de mi instrucción. Yo debía mantenerme muy puro. »Obviamente, aquella noche pensé que ya había soportado lo peor: el abuso de los soldados rasos de camino al castillo, la horrorosa tortura en las cocinas; había sido humillado del modo más absoluto por un grosero mozo de cuadra, y me acababa de convertir en el esclavo abyecto del placer de la retina. Mi alma le pertenecía totalmente junto con todas las partes de mi cuerpo. Pero fui muy ingenuo al pensar esto. Todavía quedaban cosas mucho peores por sufrir. El príncipe Alexi hizo una pausa y dirigió la vista a Bella, que apoyaba la cabeza en su pecho. Ella se esforzaba por esconder sus sentimientos, aunque no sabía verdaderamente qué sentía, excepto que el relato la había excitado. Podía imaginarse cada una de las humillaciones descritas por Alexi y, aunque había despertado su temor, también provocó su pasión. —Para mí ha sido mucho más sencillo —dijo ella dócilmente, aunque no era esto lo que quería decir. —No estoy seguro de que sea cierto —dijo Alexi—. Mirad, después del brutal trato recibido en la cocina, con el que me convertí para ellos en menos que un animal, fui liberado de inmediato y me convertí en el obediente esclavo de la reina. Vos no habéis disfrutado de una liberación tan inmediata —dijo él. —Esto es lo que significa rendirse —murmuró Bella—, y yo debo llegar a ello por una vía diferente. —A menos... a menos que hagáis algo que sea vilmente castigado —dijo Alexi—, Pero eso requiere demasiado valor, y puede ser innecesario, puesto que ya os han despojado en parte de vuestra dignidad. —Esta noche no he tenido dignidad —protestó Bella. —Oh, sí, la teníais, tuvisteis mucha —Alexi sonrió—. Pero hasta entonces yo sólo me había rendido a mi mozo de cuadra y a la reina. Una vez que estuve en sus manos, olvidé completamente al mozo de cuadra: era propiedad de la reina, y pensaba en mis extremidades, mis nalgas, mi pene, como suyos. Sin embargo, para rendirme completamente, todavía tenía que experimentar una vejación y una disciplina mucho mayores... |
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| | #79 |
| Denunciante Novato | CONTINÚA LA EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE ALEXI —No voy a relataros los detalles de mi formación junto a la reina, cómo aprendí a ser su criado, ni mis esfuerzos por evitar su enfado. Aprenderéis todo esto de la instrucción que recibáis del príncipe, pues en su amor por vos es evidente que pretende convertiros en su sirvienta. Pero estas cosas son insignificantes cuando uno vive dedicado a su amo o a su señora. »Tuve que aprender a mantenerme sereno al ser sometido a las humillaciones de otros, y eso no fue nada fácil. »Mis primeros días con la reina se centraron principalmente en mi formación en su alcoba. Me sorprendió verme precipitándome con la misma diligencia con la que el príncipe Gerald tenía que obedecer a sus más pequeños caprichos, y como resulté ser muy torpe a la hora de manejar sus ropajes, recibía frecuentes y severos castigos. »Pero la reina no me quería simplemente para estas tareas serviles que otros esclavos podían desempeñar a la perfección. Quería estudiarme, analizarme y hacer de mí un juguete para su completa diversión. —Un juguete —susurró Bella. En las manos de la reina, ella se había sentido exactamente así. —En las primeras semanas le divertía enormemente verme servir a otros príncipes y princesas para su propio deleite. Al primero que tuve que servir fue al príncipe Gerald. Su período de servidumbre estaba a punto de finalizar, aunque él no lo sabía, y sufría de celos por mi nueva formación. No obstante, a la reina siempre se le ocurrían ideas espléndidas para premiarlo y consolarlo, sin dejar de contribuir por ello a mi propio desarrollo, como era su deseo. »A diario, Gerald era llamado a la alcoba real, donde lo ataban con las manos por encima de la cabeza, apoyado en la pared para que observara mis esfuerzos al ejecutar las tareas. Esto era un verdadero tormento para él, hasta que comprendió que una de mis tareas también sería la de complacerlo. »Para entonces yo me estaba volviendo loco con la pala de la reina, la palma de su mano y todos los esfuerzos que tenía que hacer para mantener la gracia y la habilidad. Durante todo el día no paraba de recoger objetos, atar zapatos, abrochar fajas, cepillar cabellos, abrillantar joyas y desempeñar cualquier otra tarea doméstica que a la reina le viniera en gana. Las nalgas me escocían continuamente, tenía los muslos y las pantorrillas marcadas por la pala y la cara surcada de lágrimas como cualquier otro esclavo del castillo. »Cuando la reina comprobó que los celos del príncipe Gerald habían endurecido su pene hasta el extremo, cuando estuvo absolutamente a punto para descargar su pasión sin ayuda de ningún estímulo, entonces me encargó que le lavara y le diera satisfacción. »No puedo explicaros lo degradante que fue esto para mí. Su cuerpo representaba únicamente a mi enemigo y, sin embargo, tuve que buscar un cuenco de agua caliente, una esponja y, sujetando su miembro sólo con los dientes, le lavé los genitales. »Con este fin, colocaron a Gerald sobre una mesa baja, donde se arrodilló obedientemente mientras yo le limpiaba las nalgas, mojaba de nuevo la esponja, le lavaba el escroto y finalmente el pene. Pero la reina no se conformaba con esto, y tuve que utilizar la lengua para aclararle. Estaba horrorizado y me deshice en lágrimas como cualquier princesita. Sin embargo, ella se mostraba inexorable. Con la lengua, le lamí el pene, los testículos, y luego ahondé en la hendidura de sus nalgas, llegando a entrar en su ano, que tenía un sabor amargo, casi salado. »En todo momento, él dio muestras de evidente placer y un prolongado anhelo. »Tenía las nalgas irritadas, naturalmente. A mí me había producido una gran satisfacción que la reina hubiese dejado prácticamente de azotarlo personalmente, puesto que prefería que lo hiciera su criado antes de que lo llevaran a su presencia. De modo que él ya no sufría para ella, sino que padecía en la sala de esclavos, sin que nadie a su alrededor le hiciera caso. No obstante, a mí me mortificaba el hecho de que fuese mi propia lengua, al lamer sus ronchas y marcas rojas, la que le proporcionara placer. »Finalmente, la reina le ordenó que se incorporara sobre sus rodillas, con las manos a la espalda, y a mí me dijo que debía premiarlo hasta alcanzar el éxtasis. Aunque yo sabía lo que esto quería decir, fingí desconocerlo. Pero entonces ella me explicó que debía meter su pene en mi boca y aligerarlo. »Soy incapaz de explicar cómo me sentí entonces. Tuve la impresión de que no podría hacerlo, y sin embargo, en cuestión de segundos, allí estaba, obedeciendo, tal era el miedo que me provocaba contrariarla. Su grueso pene presionaba la parte posterior de mi garganta, los labios y las mandíbulas me dolían mientras intentaba chuparlo correctamente. La reina me dio instrucciones para que las fricciones fueran más largas, para que utilizara la lengua adecuadamente, y me ordenó que lo hiciera cada vez más deprisa. Mientras obedecía me azotaba sin piedad. Sus golpes ruidosos seguían perfectamente el ritmo de mis lametazos. Por fin su simiente me llenó la boca y se me ordenó tragarla. »Pero la reina no se había quedado muy complacida con mi reticencia. Me dijo que no debía mostrar aversión a nada. Bella hizo un gesto de asentimiento al recordar las palabras que el príncipe de la corona le dijo en la posada: debía servir a los humildes para complacerle. —Así que su majestad tuvo la idea de mandar buscar a todos los príncipes que habían sido torturados durante un día entero en la sala de castigos y a mí me condujo hasta una gran sala anexa. »Cuando los seis jóvenes entraron en la estancia de rodillas, imploré clemencia a la reina del único modo que podía: con gemidos y besos. No tengo palabras para explicar cómo me afectó su presencia. Había sido maltratado por campesinos en la cocina, había obedecido humildemente, con avidez, a un rudo mozo de cuadra, pero aquello parecía aún más bajo que las otras humillaciones, y más digno al mismo tiempo. Eran príncipes de mi mismo rango, altivos y orgullosos en sus propias tierras, en el mundo al que pertenecían y en aquel momento eran esclavos tan abyectos y humildes como yo mismo. »No era capaz de entender mi propia miseria. Entonces supe que conocería infinitas variaciones de la humillación. No me enfrentaba simplemente a una jerarquía de castigos, sino que más bien se trataba de una serie de cambios interminables. »De todos modos, estaba demasiado asustado ante la posibilidad de fallarle a la reina, así que no tuve oportunidad de pensar demasiado. Una vez más, el pasado y el futuro estaban fuera de mi perspectiva. »Mientras me arrodillaba a sus pies y lloraba en silencio, la reina ordenó a todos estos príncipes, que estaban rendidos después de la tortura de la sala de castigos, con el cuerpo dolorido e irritado, que cogieran palas del cofre que ella tenía para este propósito. «Formaron una hilera de seis a mi derecha, cada uno de ellos de rodillas, con el pene endurecido, tanto por la visión de mi sufrimiento como por la posibilidad de que les proporcionara al cabo de un rato algún tipo de placer. »Se me ordenó incorporarme sobre las rodillas, con las manos a la espalda. Mientras me maltrataran no se me permitiría adoptar la posición a cuatro patas, más fácil y protectora, sino que debería hacer el esfuerzo con la espalda tiesa, las rodillas separadas, y mi propio órgano expuesto, avanzando lentamente mientras intentaba escapar a sus palas. Además, podrían verme el rostro. Me sentía más al descubierto que cuando me tuvieron atado en la cocina. |
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| | #80 |
| Denunciante Novato | »El juego de la reina era sencillo: me harían correr baquetas, y el príncipe cuya pala le complaciera más a la reina, es decir, el que me golpeara con más fuerza e ímpetu, sería recompensado, tras lo cual yo debía volver a comenzar y repetir la operación. »Su majestad me instó a moverme a toda prisa; si yo desfallecía o si mis castigadores conseguían darme demasiados golpes, me prometió que me entregaría a ellos durante una hora o más. Me aterrorizó la idea de que pudieran dedicarse a sus juegos brutales durante tanto tiempo. Ella ni siquiera estaría presente. No sería para su placer. »Comencé de inmediato. Para mí todos sus golpes eran igual de sonoros y violentos. Sólo su risa llenaba mis oídos mientras me esforzaba torpemente en una posición que hacía tiempo que había aprendido a mantener. »Se me permitía descansar únicamente durante la breve sesión en la que yo debía satisfacer al príncipe que me había producido las marcas más severas. Luego tenía que regresar hasta donde él se encontraba de rodillas. Al principio, a los otros sólo se les permitía observar, y así lo hacían, pero después les dio autorización para que también pudieran darme instrucciones. »Tenía media docena de maestros ansiosos por enseñarme con desdén cómo satisfacer al que sostenían en sus brazos mientras él cerraba los ojos y disfrutaba de los cálidos y ansiosos lametones que yo le proporcionaba. »Por supuesto, todos ellos prolongaban aquel momento cuanto podían, para lograr una mayor satisfacción, y la reina, que estaba sentada allí cerca, acodada en el brazo de la silla, lo observaba todo con gesto de aprobación. »Sentí una serie de extrañas transformaciones mientras desempeñaba mis deberes. Experimenté el frenesí del esfuerzo al pasar bajo sus palas con las nalgas escocidas, las rodillas irritadas y, sobre todo, la vergüenza de que pudieran verme el rostro tan fácilmente, así como los genitales. »Pero mientras me concentraba en los lametazos, estaba absorto en la contemplación del órgano en mi boca, en su tamaño y forma, e incluso en su sabor; aquel sabor salado y amargo de los fluidos que vaciaba en mí. Era el ritmo de las chupadas más que ninguna otra cosa lo que me ensimismaba. Las voces a mi alrededor eran como un coro que en algún momento se convirtió en ruido, mientras me invadía una curiosa sensación de debilidad y abyección. Fue muy similar a los momentos que había experimentado con mi señor mozo de cuadra, cuando estuvimos solos en el jardín y él me obligó a ponerme en cuclillas encima de la mesa. Entonces sentí la excitación a flor de piel, como en el instante en que relamía los diversos órganos y me llenaba de su simiente. Soy incapaz de explicar cómo de repente aquel deber se tornó placentero. Se repetía y yo no podía hacer otra cosa. Siempre se reiteraba como un descanso de la pala, del frenesí de la pala. Mis nalgas palpitaban, aunque las sentía calientes; yo notaba ese hormigueo y saboreaba la deliciosa verga que bombeaba su fuerza dentro de mí. «Aunque no lo admití de inmediato, descubrí que me gustaba que hubiera tantos ojos observándome. Pero todavía me gustaba más la debilidad que me invadía de nuevo, esa languidez del espíritu. Estaba perdido en mi sufrimiento, en mi esfuerzo, mi ansiedad por complacer. »Así sucedía con cada nueva tarea que me presentaban. Al principio me resistía con terror, luego, en algún momento, en medio de aquella indecible humillación, experimentaba tal sensación de tranquilidad que mi castigo se tornaba tan dulce como mi propia liberación. »Me veía a mí mismo como uno de esos príncipes, de esos esclavos. Cada vez que me ordenaban que chupara el pene con mayor esmero, les prestaba toda mi atención. Cada instante que me azotaban con la pala, recibía el golpe, doblaba mi cuerpo, me entregaba a ello. »Quizá sea imposible entenderlo, pero yo avanzaba hacia la rendición absoluta. »Cuando finalmente mandaron salir de la sala a los seis príncipes, todos ellos debidamente recompensados, la reina me tomó en brazos y me premió con sus besos. Mientras yo permanecía echado en el catre junto a su cama, sentí el más delicioso de los agotamientos. Incluso el aire que se agitaba a mi alrededor parecía placentero. Lo sentía contra mi piel, como si mi desnudez fuera acariciada, y me dormí satisfecho de haber servido a mi reina como se merecía. »Sin embargo, la siguiente gran prueba de capacidad llegó una tarde en que ella estaba muy enojada conmigo por mi ineptitud para cepillarle el pelo y me envió de mascota para las princesas. »Casi no daba crédito a mis oídos. Ni siquiera se dignaría a presenciarlo. Mandó llamar a lord Gregory y le dijo que me condujera a la sala de castigos especiales, donde sería entregado a las princesas. Durante una hora, podrían hacer conmigo todo lo que quisieran, y luego me atarían en el jardín donde me fustigarían los muslos con una correa de cuero y permanecería atado hasta la mañana siguiente. »Suponía mi primera gran separación de la reina, y yo era incapaz de imaginarme a mí mismo, desnudo y desamparado, sirviendo únicamente para recibir el castigo, entregado a las princesas. La causa de todo ello es que había dejado caer dos veces el cepillo del pelo de la reina, y también había derramado un poco de vino. Todo parecía superar mis mejores esfuerzos e incluso mi capacidad de autocontrol. »Cuando lord Gregory me propinó varios fuertes azotes, sentí una gran vergüenza y temor. Incluso tuve la impresión de que era incapaz de moverme por mi propio impulso a medida que nos aproximábamos a la sala de castigos especiales. »Lord Gregory me había colocado un collar de cuero alrededor del cuello. Tiraba de mí, y me zurraba sin demasiado ímpetu mientras me explicaba que las princesas debían disfrutar plenamente de mí. »Antes de entrar en la sala, me sujetó un letrero alrededor del cuello con una pequeña cinta. Previamente me lo enseñó, y yo me estremecí al ver que me anunciaba como un esclavo torpe, testarudo y malo, que necesitaba enmendarse. »Luego sustituyó el collar de cuero por otro con numerosas anillas, cada una de las cuales era lo suficientemente grande para permitir pasar un dedo por ella. De ese modo las princesas podrían tirar de mí en cualquier dirección, y corregirme si oponía la menor resistencia, me dijo. »En los tobillos y en las muñecas me pusieron otros tantos e idénticos grilletes. Tenía la impresión de que apenas podía moverme mientras él tiraba de mí hacia la puerta. »No sabría expresar cómo me sentí cuando se abrió la puerta y las vi a todas. Eran unas diez princesas, un harén desnudo repantigado por la sala bajo la mirada vigilante de un criado. Todas ellas recibirían como premio por su buena conducta una hora de placer. Más tarde me enteré de que cuando castigan severamente a alguien, éste es entregado a las princesas. Sin embargo, ese día no esperaban a nadie, y en cuanto me vieron chillaron de contentas, dando palmas y cuchicheando unas con otras. A mi alrededor sólo veía melenas largas, cabellos rojos, dorados, negro azabache, formando ondas marcadas y espesos rizos, senos desnudos y vientres, y esas manos que me señalaban y escondían sus propios susurros tímidos y vergonzosos. |
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