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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| | #171 | |
| Denunciante Novato |
Deberíais haberlo visto, adelantando y apartando sus caderas con grandes esfuerzos. A Creo que ya llegan. Volved a dormir si po déis. Nos queda una hora más o menos.veces los parroquianos se compadecían de él y le despeinaban el pelo, aunque en la mayoría de ca sos no le prestaban la menor atención. Luego le obligaron a volver a casa en la misma dolorosa e ignominiosa postura, con la verga atada de tal ma nera que señalara directamente al suelo, pues para entonces ya volvía a estar lo suficientemente dura. Oh, sí, al anochecer, el lugar de castigos, iluminado con velas y lleno de clientes bebiendo vino, puede llegar a ser peor que la plataforma giratoria. Tengo que reconocer que en la plataforma nunca he llegado a perder toda la resistencia, ni quejarme y gemir pidiendo clemencia tanto como allí. Bella permanecía callada, totalmente cauti vada. Una noche, en el localprosiguió el príncipe, recuerdo que el público pagó para que me azotaran tres veces, además de la zurra que había ordenado mi señora. Pensaba que no tendría que soportar una cuarta paliza, que sería demasiado. Yo estaba sollozando y aún había una buena hile ra de esclavos esperando su turno. Pero aquella mano se acercó otra vez con el lubrificante para frotar mis erupciones y arañazos y palmotearme la verga. De pronto, me encontré de nuevo cabal gando sobre aquella rodilla, ofreciendo un espectáculo aún mejor que los anteriores. Y, a diferen cia de la plataforma pública, el saco de dinero para llevar a casa no os lo ponen en la boca sino que te lo introducen en el ano, perfectamente metido, con las cintas de cierre colgando por fuera. Aquella noche, tras las palizas, me obligaron a recorrer toda la taberna y pasar por cada una de las mesas para recaudar la propina, unas adicionales mone das de cobre que también me metieron a la fuerza en el ano hasta que estuve tan embutido como un pavo relleno listo para ser asado. La señora Loc kley estuvo encantada con el dinero que gané. Pero yo tenía las nalgas tan escocidas que cuando las tocó con los dedos me puse a gritar como un loco. Pensé que mostraría alguna compasión por mí, al menos por mi verga, pero no, la señora Lo ckley no es así. Aquella noche me entregó a los soldados, como siempre. Tuve que sentarme sobre innumerables regazos fastidiosos, con las posade ras irritadas. Me tocaron y atormentaron el miem bro y lo palmotearon no sé cuantas veces antes de permitirme finalmente hundirlo en una ardiente princesita, e incluso en ese momento continuaron azotándome con un cinto para incitarme. Cuando me corrí, tampoco cesaron los golpes sino que continuaron igual que antes. La señora dijo que tenía una piel muy elástica, que muchos esclavos no hubieran podido aguantarlo, y desde entonces siempre se ha encargado de que reciba el máximo de azotes, como prometió hacer. Bella estaba demasiado asombrada para decir palabra. ¿Y a mí también me enviarán allí? mur muró finalmente. Oh, desde luego. Al menos nos mandan para allá dos veces por semana, a todos nosotros. Está muy cerca, callejuela arriba. Nos envían solos. Por algún motivo, eso siempre parece una de las partes más terribles del castigo. Pero cuando llegue el momento, no tengáis miedo. Recordad simplemente que si regresáis con un saquito de monedas en el trasero, haréis muy feliz a nuestra ama. Bella apoyó la mejilla sobre la refrescante hier ba. «No quiero regresar jamás al castillo pen só. No me importa lo duro que sea esto, ni lo aterrador que llegue a ser.» Miró al príncipe Richard. ¿En alguna ocasión habéis pensado en escaparos? quiso saber. Me pregunto si los príncipes no piensan en eso. No.se rió. Fue una princesa quien se escapó anoche, por cierto. y os diré un secreto. Aún no la han encontrado, pero no quieren que nadie se entere. Ahora volved a dormir. Esta no che el capitán estará de un humor terrible si no la han capturado para entonces. No pensaréis vos en escaparos, ¿no? No Bella sacudió la cabeza. El príncipe se volvió hacia la puerta de la posada. | |
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| | #1.5 |
| SponSor ![]() | |
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| | #172 |
| Denunciante Novato | TIENDAS PÚBLICAS Tristán: Cuando empezó a anochecer, volví a conver tirme en un corcel. Me sentía seguro con rápidamente como si in tentara tirar de mí hacia delante.mis arreos y pensaba casi sardónicamente en la turba ción de la noche anterior cuando la cola y la em bocadura fueron testigos de humillaciones tan im pensables. Llegamos a la casa solariega antes de oscurecer y, una vez en el interior, me escogieron para que hiciera de escabel para mi amo durante horas, agachado debajo de la mesa del comedor. La conversación entre los comensales se pro longó largo rato. Allí había más gente, ricos gran jeros y comerciantes de la ciudad que hablaban de las cosechas, el clima, el precio de los esclavos, y del hecho innegable de que el pueblo necesitaba más, no sólo los excelentes, preciosos ya menudo temperamentales siervos del castillo. Hacían falta tributos inferiores, esclavos corpulentos, hijos e hijas de nobles poco poderosos de territorios insignificantes, vasallos de su majestad a los que ella no necesitara ver. De vez en cuando esclavos como éstos llegaban directamente a la subasta del mercado. Entonces, ¿por qué razón no podía ha ber más? Mi señor se mantuvo silencioso la mayor par te del tiempo. Comencé a vivir y respirar a la espe ra del sonido de su voz. y al oír esta última sugerencia de uno de los presentes, preguntó secamente: ¿Y quién estaría dispuesto a pedir eso a su majestad? Yo escuchaba cada palabra, entresacaba signi ficados, no tanto conocimientos que antes ignora ba sino una percepción acrecentada de mi humilde condición. Les oí contar historias sobre esclavos desobedientes, castigos, acontecimientos ordina rios que para ellos eran graciosos. Era como si ninguno de los esclavos que servían la mesa o ha cían de escabeles, como yo mismo, tuviera oídos o juicio, ni que hiciera falta dedicarles la menor con sideración. Finalmente, llegó la hora de retirarse. Con el pene apunto de reventar, ocupé mi lu gar en el tiro para llevar el carruaje de regreso a la casa del pueblo. Al reunirme con los otros corce les me pregunté si habrían sido satisfechos como era habitual en la cuadra. Cuando llegamos al pueblo despidieron a los demás caballos humanos y mi ama comenzó a fus tigarme durante el corto trayecto que nos separa ba del lugar de castigo público, que recorrí descalzo en la oscuridad. Empecé a llorar, agotado y desesperado, tanto por el esfuerzo del día como por la necesidad an helante que atormentaba mi pelvis. Mi señora ma nejaba la correa con más vigor que mi dueño. Me fastidiaba cruelmente darme cuenta de que era ella quien venía detrás de mí, con su precioso vestido, y que su manita era la que me guiaba. El día pare cía infinitamente más largo que el anterior y cualquier impresión previa que me hubiera hecho creer que era capaz de acoger con beneplácito la plataforma pública se evaporó. Sentí un temor irrefrenable, un miedo peor que el de la noche pa sada. Entonces sabía lo que era ser azotado allí arriba. El cariño demostrado por el amo después de la dura prueba parecía un absurdo arranque de fantasía. Pero aquella noche no me tocaba sufrir ni el concurrido mayo ni la tan brillantemente ilumi nada plataforma giratoria. Fui conducido a través de la multitud que cir culaba por doquier y me metieron en una de las pequeñas tiendas situada detrás de las picotas. Mi señora pagó diez peniques en la entrada ya continuación me arrastró tras ella hasta las sombras del interior. Allí, una princesa desnuda, con largas y relucientes trenzas de color cobre, estaba acuclillada sobre una banqueta, con las rodillas muy separa das, los tobillos atados y las manos amarradas al poste de la tienda por encima de ella. Al oírnos en trar, agitó las caderas desesperadamente, pero te nía los ojos tapados con una venda de seda roja. Cuando vi el suave, dulce y húmedo sexo que relucía con la luz de las antorchas de la plaza, pen sé que no sería capaz de controlarme más. Incliné la cabeza preguntándome qué tormen to conocería entonces, pero mi señora me dijo con suma dulzura que me levantara. He pagado diez peniques para que la poseas, Tristán dijo. Apenas podía creer lo que oía. Me volví para besarle los zapatos, pero ella se limitó a reírse ya repetirme que me pusiera en pie y gozara de la muchacha como prefiriera. Procedí a obedecer pero de repente me detuve con la cabeza aún inclinada frente al ávido sexo femenino que estaba delante de mí. Me percaté de que mi señora permanecía muy cerca observando, y que incluso me acariciaba el pelo. Comprendí que iba a ser observado, aún más, estudiado. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo, y cuando me resigné a ello, un nuevo ingrediente potenció mi excitación. Mi verga se oscurecía como nunca y fluctuaba |
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| | #173 |
| Denunciante Novato | Lentamente, si lo deseáis dijo mi señora Es suficientemente bonita como para jugar con tenía ninguna intención de fallar tampoco en este momento.ella un rato. Asentí. La princesa tenía una boca exquisita de rojos labios temblorosos que soltaban grititos, sofocados por la aprensión y la expectación. Sólo Bella, arrodillada en su lugar allí en la tienda, la hubiera superado. Besé a la princesa casi con violencia y mis manos se aferraron a sus voluminosos pechos, masa jeándolos y haciéndolos botar. La muchacha se sumió en un paroxismo de anhelo. Chupó mi boca con sus labios, su cuerpo se tensó hacia delante y yo bajé la cabeza para lamer sus pechos, primero uno y luego otro, mientras ella gritaba y balanceaba las caderas desenfrenadamente. Parecía excesivo esperar más a penetrarla. Sin embargo, le di la vuelta, recorrí sus primo rosas nalgas con mis manos y al pellizcar sus ronchas, verdaderamente pequeñas, soltó un encantador gemido de invitación y arqueó la espalda para enseñarme desde detrás su tierno sexo enrojecido, forzando la cuerda que sostenía con sus manos por encima del cuerpo. Así era como quería poseerla, desde detrás, perforando su vagina hacia arriba, levantándola. Cuando la penetré, su apretado sexo pareció casi demasiado pequeño. Soltó fuertes gritos sofoca dos mientras yo me abría camino con fuerza a través de sus ardientes y húmedas profundidades. Sus gritos sonaban desesperados. La penetraba adecuadamente, aunque mi verga no tocaba su pequeño clítoris. Yo lo sabía, pero no tenía inten ción de decepcionarla. Estiré la mano por debajo de su cuerpo y encontré aquel pequeño nódulo bajo el capuchón de piel húmeda. Separé los rolli zos labios con cierta rudeza y cuando pellizqué el clítoris soltó un penetrante grito de agradecimien to, sin dejar de balancear hacia atrás sus delicadas nalguitas, apretándolas contra mí. Mi señora se acercó un poco más. Su amplia falda de vuelo rozó mi pierna y luego noté su mano debajo de mi barbilla. Sentí una intensa ago nía al percatarme de que me observaba e iba a ver mi rostro enrojecido en el momento del clímax. Pero era mi sino. Justo en medio del placer, se apoderó de mí un intenso alborozo. Al sentir la mano de mi ama en las nalgas, embestí contra la joven princesa aún con más fuerza, bajo su atenta mirada, y acaricié el húmedo clítoris con una pre sión y ritmo impetuosos. Mi miembro explotó y con los dientes apre tados y el rostro al rojo vivo mis caderas continuaron fluctuando irremediablemente. El éxtasis arrancó un gruñido largo y grave de mi pecho. La Señora sostenía mi cabeza en sus manos, y mi respiración surgía con fuertes jadeos de alivio, mien tras la princesa gritaba con el mismo delirio. Me incliné hacia delante para abrazar aquel cuerpo menudo y cálido y apoyé la cabeza contra la suya, volviéndome para mirar a mi señora. En tonces sentí sus dedos tranquilizadores sobre mi cabello, y su mirada fija en mí. Tenía una expre sión extraña, reflexiva, casi penetrante, con la cabeza un poco ladeada, con gesto meditativo, como si ponderara alguna conclusión. Posó su mano so bre mi hombro para hacerme saber que debía permanecer quieto, abrazando a la princesa, y me azotó las nalgas con el cinto mientras yo continuaba mirándola. Cerré los ojos pero el sufri miento que me provocó la correa hizo que volvie ra a abrirlos de inmediato. Entre nosotros se produjo un momento de extraña intensidad. Yo no podía hablar pero, si acaso decía algo en silencio, mis palabras eran: «Sois mi señora, mi propietaria. y no apartaré la vista hasta que me lo ordenéis. Contemplaré lo que sois y lo que ha céis.» Ella pareció oírlo y quedó fascinada. Dio unos pasos hacia atrás y me permitió per manecer echado el suficiente rato para recuperar las fuerzas. Besé el cuello de la joven princesa. Luego, vacilante, me arrodillé para besar los pies de mi señora y el extremo de la correa que colgaba de su mano. La princesa no había sido suficiente para mí. Mi pene volvía a ponerse erecto. Podría haber poseído a todos los esclavos que ofrecían su sexo en cada una de las tiendas. En un instante de desesperación tuve la tentación de besar otra vez los zapatos de mi señora y agitar las caderas para comunicárselo. Pero la completa vulgaridad del gesto me sobrepasaba, y ella tal vez se hubiera limitado a reírse ya fustigarme otra vez. No, tenía que espe rar a que mi ama manifestara su deseo. Me parecía que en aquellos dos días aún no había fallado, fa llado de verdad, en nada. y no |
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| | #174 |
| Denunciante Novato | Mi señora me mandó salir a la plaza con las habituales caricias de la correa. Su provocó en él un rubor tan profundo como el de Bella.encantadora y menuda mano me indicó que me dirigiera a los puestos de aseo. Mientras nos acercábamos, eché una ojeada en dirección a la plataforma pública, medio asusta do por si este gesto daba alguna idea a mi ama, pero incapaz de dejar de mirar. La víctima era una princesa de piel aceitunada a la que no conocía, cuyo pelo negro estaba amontonado en lo alto de la cabeza y su largo cuerpo, de volúmenes sensuales y libre de grilletes, no paraba de brincar bajo la crepitante pala. Tenía un aspecto espléndido: los oscuros ojos entrecerrados y humedecidos, y la boca abierta incapaz de contener los gritos. Pareda absolutamente entregada. La multitud bailaba y daba alaridos, alentándola a seguir. Antes de que llegáramos al puesto de aseo, vi cómo arrojaban una lluvia de monedas sobre la princesa, igual que a mí la noche anterior. Mientras me lavaban, le tocó el turno a uno de los esclavos más apuestos que jamás hubiera visto, el príncipe Dimitri, del castillo. Las mejillas me ardieron de vergüenza ajena al verlo atado por las rodillas y el cuello, con las manos ligadas a la es palda, mientras la multitud se mofaba de él. El príncipe sollozaba tras la mordaza de cuero, azu zado por la pala. Pero mi ama me había descubierto mirando a la plataforma giratoria y yo bajé la vista y sentí una punzada de pánico. Así la mantuve mientras emprendía la marcha de regreso a casa a lo largo de la calzada posterior que llevaba hasta la mansión. «Seguro que me tocará dormir en algún sombrío rincón de la casa pensé, atado y quizás incluso amordazado. Es tarde, tengo el pene tieso como una vara de hierro y lo más probable es que mi señor esté dormido.» Pero mi ama me instaba a continuar por el pasillo. Vi luz debajo de la puerta. Llamó y me miró sonnente: Adiós, Tristán susurró, y antes de dejarme allí jugueteó un instante con un pequeño me chón de mi cabello. LAS INCLINACIONES DE LA SEÑORA LOCKLEY Estaba casi oscuro cuando Bella se despertó. Todavía había luz en el cielo, aunque ya se veían un puñado de diminutas estrellas. La señora Lo ckley, sin duda vestida para la velada de aquella noche, de rojo y con bordados en las abombadas mangas, estaba sentada sobre la hierba con la falda extendida a su alrededor formando un vistoso cír culo. Tenía la pala de madera sujeta al cinto de su delantal, medio enterrada entre los volantes de lino blanco. Chasqueó los dedos para que los esclavos, que empezaban a despertarse, acudieran a ella. Una vez reunidos en corro a su alrededor, de rodillas y con las escocidas nalgas apoyadas en los talones, la señora Lockley sostuvo con sus dedos pedazos de fruta fresca, melocotones y manzanas, y los acercó amablemente a las bocas de sus esclavos. Buena chica dijo al tiempo que acariciaba la barbilla de una encantadora princesa de cabello castaño a la que introducía un pedazo de manzana pelada en su ansiosa boca. Luego pellizcó su pezón con delicadeza. Bella se ruborizó, pero los otros esclavos no mostraron la más mínima sorpresa ante esta muestra de repentino afecto. Cuando la señora Lockley se quedó mirando directamente a Bella, la princesa, sin excesiva con fianza, inclinó la cabeza hacia delante para recibir su pedazo de jugosa fruta y se estremeció al sentir la caricia de los dedos de la mesonera sobre los irritados pezones. Un repentino aluvión de sensaciones confusas le recordó cada detalle de la severa experiencia que había padecido en la cocina. Volvió a ruborizarse, casi con vergüenza, y dirigió una tímida ojeada al príncipe Richard, que miraba impaciente a su dueña. El bello rostro de la señora Lockley estaba sereno, su melena negra formaba una profunda sombra detrás de sus hombros. Al besar al prínci pe Richard, las bocas abiertas de ambos se acoplaron, y ella procedió a acariciar su pene erecto ya mecer sus testículos. La breve historia del príncipe se había infiltrado en los sueños de Bella mien tras ésta dormía tumbada en la hierba. La princesa no pudo evitar sentir una puñalada de celos y excitación al contemplar la escena. La actitud del príncipe era casi alegre. Sus ojos verdes estaban llenos de buen humor y su boca alargada, casi sen sual, resplandecía con la humedad del trozo de melocotón que su dueña le introducía lentamente en la boca. Bella no sabía con exactitud por qué su corazón latía con tal violencia. La señora Lockley jugueteó del mismo modo con todos los esclavos. Hizo carantoñas entre las piernas a una rubia princesa hasta que ésta se retorció como el gato blanco de la cocina y luego la obligó a abrir la boca para atrapar las uvas que le arrojaba. Besó al príncipe Roger más dilatada mente incluso que a Richard, tirando mientras tanto de los oscuros rizos púbicos que rodeaban su miembro y examinando sus testículos, lo que |
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| | #175 |
| Denunciante Novato | Luego la mesonera se sentó como si tratara de pensar. Bella tuvo entonces la impresión súbitamente entre los labios púbicos para sabo rear los fluidos almizcleños, salados.de que los esclavos intentaban atraer la atención de su ama de distintas formas sutiles. La princesa de pelo castaño incluso llegó a encorvarse y besar la punta del zapato de la señora Lockley que asoma ba debajo de las enaguas de volantes blancos. Pero una de las muchachas de la cocina se acercaba en ese momento con una gran fuente pla na que depositó sobre la hierba. En cuanto la señora Lockley hizo chasquear sus dedos, todo el mundo empezó a sorber a lametazos el delicioso vino tinto de aquel recipiente. Bella nunca había saboreado algo tan dulce yexquisito. Al vino siguió un denso caldo con pedazos de carne tierna fuertemente condimentados. Luego, los esclavos volvieron a reunirse en corro. La señora Lockley señaló al príncipe Richard ya Bella y les indicó la puerta de la posada. Los otros les dirigieron miradas penetrantes, lle nas de hostilidad. «Pero ¿qué es lo que sucede? », se preguntó Bella. Richard avanzó a cuatro patas, todo lo rápido que pudo, aunque sin perder en ningún instante su ágil porte. Bella lo siguió pero se sintió torpe en comparación con él. La señora Lockley encabezó la ascensión por los estrechos escalones que subían por detrás de la chimenea y seguidamente recorrió el pasillo, pasó de largo ante la puerta del cuarto del capitán y siguió andando hasta otro dormitorio. En cuanto se cerró la puerta y la señora encendió las velas, Bella se percató de que se trataba de la alcoba de una mujer. La cama artesonada estaba guarnecida con coquetos bordados de lino y de los colgadores de la pared pendían vestidos de mujer. También había un gran espejo colocado en cima del hogar. Richard besó los pies de su señora y alzó la vista hacia ella. Sí, podéis quitármelas dijo, y mientras el príncipe empezaba a desatarle las botas, la señora Lockley se soltó el corpiño y se lo pasó a Bella ordenándole que lo doblara cuidadosamente y lo dejara sobre la mesa. Ante la visión de la blusa suelta de su ama, sin la contención del pequeño jubón y la marca de los lazos que aún estrujaban el lino arrugado, dentro de Bella se desató una tempestad. Los pechos le dolían como si aún la estu vieran azotando sobre el tajo de la cocina. Bella ejecutó la orden de rodillas, doblando el tejido con manos temblorosas. Cuando se dio media vuelta, la señora Lo ckley se había quitado también la blanca blusa de volantes. La visión de sus pechos era asombrosa. Desató la pala de madera de su falda y luego se la desabrochó, sacándosela por los pies. A continuación cayeron las enaguas, que Bella recogió, con el rostro encendido por un nuevo sonrojo al vislum brar el suave y rizado vello negro del pubis y los grandes pechos con oscuros y duros pezones apuntando hacia arriba. Bella dobló las enaguas, las dejó sobre la mesa y se volvió tímidamente. La señora Lockley, des nuda y probablemente tan hermosa como una es clava, con el pelo suelto como un velo negro que le cubría la espalda, indicó con un gesto a sus dos esclavos que se acercaran a ella. La mesonera estiró la mano para alcanzar la cabeza de Bella y la atrajo lentamente hacia sí. La respiración de la muchacha surgía ronca y ansiosa. Su vista estaba fija en el triángulo de pelo que tenía ante ella, bajo el cual apenas eran visibles los la bios de color rosado oscuro. Había visto cientos de princesas desnudas, en todas las posiciones, pero aun así, la contemplación de esta señora des provista de ropas la deslumbraba. El rostro de Bella estaba empapado. Apretó espontáneamente la boca contra el brillante vello y los labios púbicos que despuntaban en el centro, pero no pudo evitar retraerse, como si se acercara a unas brasas ardiendo, y se llevó las manos a su enrojecido rostro, con gesto de incertidumbre. Luego se aproximó al sexo de su señora con la boca abierta, sintió los espesos rizos pegados a su cara y los labios púbicos tan suaves y flexibles como nunca había sentido antes otros. La señora Lockley adelantó las caderas y cogió las manos de Bella para llevarlas a su cintura, de modo que, de pronto, la muchacha tuvo a la mesonera entre sus brazos. Los pechos de Bella palpitaban violentamente, como si fueran a reven tar por los pezones, y su propio sexo sufría convulsiones incontenibles. La princesa abrió am pliamente la boca, pasó la lengua bajo el grueso abombamiento de pliegues rojos y la introdujo |
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| Denunciante Novato | Con un pro fundo suspiro, abrazó a la señora Lockley, con fuerza. Bella era vagamente impactante ritmo.consciente de que Richard se había puesto de pie detrás de la mujer y deslizaba los brazos bajo la mesonera para soste nerla. Las manos de Richard, posadas sobre los pechos de su ama, apretaban sus pezones. Pero Bella estaba perdida en lo que tenía delante. La cálida seda del vello, los rollizos labios mojados, la humedad que rezumaba hasta su len gua, provocaron el frenesí en la muchacha. Los suaves suspiros que llegaban de la mujer, aquellos jadeos de indefensión, encendieron una nueva chispa en Bella. Empezó a lamer como una loca, lanzando puñaladas con la lengua, como si la deliciosa carne salada fuera su único alimento. Atrapó el duro y redondo clítoris con la punta de la lengua y lo chupó con toda la presión que podía ejercer, bajo el húmedo vello que tapaba su boca y nariz, empapándolas de la dulce fragancia almiz cleña, mientras jadeaba aún con más fuerza que su ama. El diminuto tamaño del nódulo le impedía parar; era tan diferente a una verga y no obstante tan parecido al pene, aquella pequeña almendra que Bella sabía que era la fuente del arrebato de la mesonera. La princesa, entregada únicamente a aquel rapto, chupó, lamió y mordisqueó hasta que la señora se quedó con las piernas separadas, gi miendo intensamente y moviendo las caderas con rápidas fluctuaciones. Todas las imágenes de la tortura en la cocina pasaron como un rayo por la mente de Bella aquélla era la mujer que le había golpeado los pechos y devoró la vulva cada vez con más vigor, casi mordiéndola, sorbiendo y ahondando en el sexo con la lengua y balanceando sus propias caderas al compás del movimiento. Fi nalmente, la señora Lockley gritó a pleno pulmón y sus caderas se congelaron en el aire a la vez que todo su cuerpo se paralizó. ¡No! ¡Más, no! casi chilló la señora. Agarró la cabeza de Bella, luego la soltó poco a poco y volvió a hundirse en los brazos del príncipe con la respiración entrecortada. Bella se echó hacia atrás para sentarse de nuevo sobre sus talones. Cerró los ojos e intentó no esperar ninguna satisfacción, no imaginarse otra vez el pubis oscuro y reluciente, ni pensar en su suculento sabor. Pero no podía evitar tocarse el paladar con la lengua, una y otra vez, como si aún estuviera lamiendo a la señora Lockley. Finalmente, la mesonera se puso en pie y se dio la vuelta para rodear a Richard con los brazos. Lo besó y se restregó contra él agitando las caderas. A Bella le resultaba doloroso observar pero no podía apartar la vista de las dos figuras que se elevaban sobre ella. Richard tenía el rojo pelo caí do sobre la frente y con su musculoso brazo acer caba hacia él la estrecha espalda de la mesonera. Pero entonces la mujer se volvió y, cogiendo a Bella por la mano, la acercó a la cama. Poneos de rodillas sobre la cama y quedaos de cara a la pared ordenó, con las mejillas en cendidas de un exquisito color. y separad bien esa preciosidad de piernas añadió. A estas alturas no tendría que hacer falta que os dijeran esto. Bella obedeció al instante y se desplazó a rastras hasta quedarse de cara a la pared en el otro extremo de la cama, como le habían ordenado. Sen tía una pasión tan feroz que le resultaba imposible detener sus caderas. Una vez más, las imágenes de las torturas que había sufrido en la cocina aparecieron como un rayo en su mente: aquel rostro sonriente y la pequeña lengua blanca de la correa que descargaba sus golpes sobre su pezón. «Oh, perverso amor pensó, cuántos com ponentes inexpresables encierra.» Pero la señora Lockley se estaba tumbando sobre la cama, colocada entre las piernas estiradas de Bella, con el rostro vuelto hacia arriba. Entrelazó los muslos de su esclava con los brazos e hizo que Bella descendiera hasta quedarse ahorcajadas encima de ella. Bella fijó la vista en los ojos de la mesonera mientras estiraba las piernas para separarlas aún más, hasta que su sexo quedó justo sobre el rostro de la señora Lockley. De pronto, la boca roja que veía debajo le inspiró tanto miedo como la del gato blanco de la cocina. Los ojos, grandes y vidriosos, eran como los del gato. «Va a devorarme pensó. ¡Me va a comer viva! » Entretanto, su sexo se abría con silenciosas y voraces convulsiones. Richard, desde detrás, sostuvo a Bella con sus manos y tomó sus irritados pechos igual que ha bía cogido los de la señora Lockley. Al mismo tiempo, la princesa notó un fuerte impacto en la estructura de la cama y vio que la señora Lockley se ponía rígida y cerraba los ojos. Richard había penetrado a su ama. El príncipe estaba de pie junto a la cama, entre las piernas separadas de la mesonera, y Bella sentía las convul siones del rápido e |
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| | #177 |
| Denunciante Novato | Pero la ardiente y delicada lengua de la señora obra ejerciendo rudos restregones con el cepillo y frotándolos después con la toalla.Lockley había arremetido inmediatamente contra Bella. Chupaba con lametazos largos y pronun ciados sus labios púbicos, obligándola a jadear ante la increíble dulzura de la penetrante sensación. Bella dio un brinco. Temía a aquella lengua mojada, a pesar del vehemente deseo que sentía. Los dientes de la señora Lockley habían atrapado su clítoris y lo mordisqueaban, chupándolo y la miéndolo con un ardor que la asombró. La lengua la perforaba y la llenaba, y los dientes la corroían. Richard aguantaba todo el peso de Bella en sus brazos, alargados y poderosos, mientras con sus embestidas sacudía la cama con un ritmo continuo y acompasado. «¡Oh, sabe cómo hacerlo!», se dijo la muchacha, aunque pronto perdió el hilo de sus pensamientos. Respiraba con exhalaciones pro longadas y graves, mientras las manos de Richard masajeaban sus doloridos pechos y, por debajo, el rostro de la mujer continuaba metido en su vagi na, invadiéndola con la lengua y adhiriendo los la bios a su boca inferior para chuparla en una orgía de lametazos que hizo que un orgasmo abrasador se propagara por todo su cuerpo. El clímax se dispersó en oleadas radiantes que casi la obligaron a postrarse, mientras las contundentes embestidas del príncipe continuaban cada vez más rápidas. La señora Lockley gemía contra el pubis de Bella y Richard, desde detrás, soltaba los mismos gritos profundos y guturales. Bella se quedó colgando entre los fuertes brazos, totalmente extenuada. Cuando quedó liberada, cayó lánguidamente A un lado y permaneció echada durante largo rato acurrucada al lado de su señora. Richard también se había desplomado formando un bulto sobre la cama. Bella estaba tumbada, medio dormida. Oía los sonidos indistintos del piso inferior, las voces que llegaban del bar, los gritos ocasionales de la plaza, los sonidos de la noche que descendía sobre el pueblo. Cuando la princesa abrió los ojos, Richard estaba de rodillas, atando los lazos del delantal de su ama, mientras la señora Lockley acariciaba ellargo pelo oscuro de su esclavo. En cuanto el ama chasqueó los dedos para indicar a Bella que se levantara, la muchacha bajó apresuradamente de la cama y alisó rápidamente la colcha. Se volvió y alzó la vista hacia su señora. Richard también se había arrodillado ante el delantal blanco como la nieve de su dueña, Bella ocupó su lugar junto a él y la mesonera les sonrió. Durante unos instantes observó a sus dos esclavos, luego estiró la mano y estrechó el sexo de Bella. Dejó allí su cálida mano hasta que poco a poco, los labios púbicos aumentaron de tamaño, y la penetrante palpitación volvió a comenzar. Con la otra mano, la mesonera despertó la verga del príncipe, le pellizcó la punta y apretó juguetonamente, con suavidad, los testículos, al tiempo que le susurraba: Venid aquí, joven, nada de descansar. El príncipe soltó un débil gemido, pero su miembro era obediente. Los cálidos dedos de la mujer también comprobaron la humedad de los labios congestionados de Bella. Veis, esta buena muchachita ya está preparada para el servicio. Entonces alzó las barbillas de ambos y les son rió. Bella sintió náuseas y debilidad. Había perdido toda resistencia. Se quedó mirando fija y sumisamente los en cantadores ojos oscuros de su señora. «y por la mañana me azotará con la pala, so bre la barra del bar pensó Bella, como hace con los demás.» Pero la debilidad aumentaba to davía más. La breve historia de Richard se disolvía en ella con una claridad sensacional: el local de castigos, la plataforma giratoria. El pueblo llameaba en su mente. Se sentía afligida y ofuscada, incapaz de discernir si era buena o mala, o quizás ambas cosas. Levantaos dijo la señora en voz baja con tono suave y marchad a toda prisa. Ya está os curo y aún no os habéis lavado. Bella se levantó, al igual que el príncipe, y soltó un gritito al notar que la pala de madera alcan zaba sus nalgas con un chasquido. Las rodillas altas dijo en un amable susu rroJovencito otro chasquido, ¿me oís? Les azotó con fiereza mientras se apresuraban escalones abajo. Bella estaba temblando, con el rostro enrojecido, estremecida por la pasión que la inflamaba de nuevo. Ambos fueron conducidos hasta el patio donde ya estaba listo el barreño de madera en el que iban a lavarles las muchachas de la cocina, quienes rápidamente se pusieron manos a la |
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| | #178 |
| Recien Registrado |
ufffffffffffffffffffffffffffff como larguito noooo
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| | #179 |
| Denunciante Novato |
y lo que falta!!!!
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| | #180 |
| Denunciante Mega |
vea pues... no quedo el mensaje que puese la vez pasada.... pero bueno.... yo dije... casi que no me adelanto.... esperando a ver que le pasa a bella.... sera que se escapa???? y pobre tristan!!! bueno pobre cualquier pricipe.... |
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| Etiquetas |
| erotismo, las aventuras de bella, relato, relato porno |
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