Mi señora me mandó salir a la plaza con las habituales caricias de la correa. Su
encantadora y menuda mano me indicó que me dirigiera a los puestos de aseo.
Mientras nos acercábamos, eché una ojeada en dirección a la plataforma pública, medio
asusta do por si este gesto daba alguna idea a mi ama, pero incapaz de dejar de mirar. La
víctima era una princesa de piel aceitunada a la que no conocía, cuyo pelo negro estaba
amontonado en lo alto de la cabeza y su largo cuerpo, de volúmenes sensuales y libre de
grilletes, no paraba de brincar bajo la crepitante pala. Tenía un aspecto espléndido: los
oscuros ojos entrecerrados y humedecidos, y la boca abierta incapaz de contener los
gritos. Pareda absolutamente entregada. La multitud bailaba y daba alaridos, alentándola
a seguir. Antes de que llegáramos al puesto de aseo, vi cómo arrojaban una lluvia de
monedas sobre la princesa, igual que a mí la noche anterior.
Mientras me lavaban, le tocó el turno a uno de los esclavos más apuestos que jamás
hubiera visto, el príncipe Dimitri, del castillo. Las mejillas me ardieron de vergüenza
ajena al verlo atado por las rodillas y el cuello, con las manos ligadas a la es palda,
mientras la multitud se mofaba de él. El príncipe sollozaba tras la mordaza de cuero, azu
zado por la pala.
Pero mi ama me había descubierto mirando a la plataforma giratoria y yo bajé la vista y
sentí una punzada de pánico.
Así la mantuve mientras emprendía la marcha de regreso a casa a lo largo de la calzada
posterior que llevaba hasta la mansión.
«Seguro que me tocará dormir en algún sombrío rincón de la casa pensé, atado y quizás
incluso amordazado. Es tarde, tengo el pene tieso como una vara de hierro y lo más
probable es que mi señor esté dormido.»
Pero mi ama me instaba a continuar por el pasillo. Vi luz debajo de la puerta. Llamó y
me miró sonnente:
Adiós, Tristán susurró, y antes de dejarme allí jugueteó un instante con un pequeño me
chón de mi cabello.
LAS INCLINACIONES DE LA SEÑORA LOCKLEY
Estaba casi oscuro cuando Bella se despertó.
Todavía había luz en el cielo, aunque ya se veían un puñado de diminutas estrellas. La
señora Lo ckley, sin duda vestida para la velada de aquella noche, de rojo y con
bordados en las abombadas mangas, estaba sentada sobre la hierba con la falda
extendida a su alrededor formando un vistoso cír culo. Tenía la pala de madera sujeta al
cinto de su delantal, medio enterrada entre los volantes de lino blanco. Chasqueó los
dedos para que los esclavos, que empezaban a despertarse, acudieran a ella. Una vez
reunidos en corro a su alrededor, de rodillas y con las escocidas nalgas apoyadas en los
talones, la señora Lockley sostuvo con sus dedos pedazos de fruta fresca, melocotones y
manzanas, y los acercó amablemente a las bocas de sus esclavos.
Buena chica dijo al tiempo que acariciaba la barbilla de una encantadora princesa de
cabello castaño a la que introducía un pedazo de manzana pelada en su ansiosa boca.
Luego pellizcó su pezón con delicadeza.
Bella se ruborizó, pero los otros esclavos no mostraron la más mínima sorpresa ante esta
muestra de repentino afecto.
Cuando la señora Lockley se quedó mirando directamente a Bella, la princesa, sin
excesiva con fianza, inclinó la cabeza hacia delante para recibir su pedazo de jugosa
fruta y se estremeció al sentir la caricia de los dedos de la mesonera sobre los irritados
pezones. Un repentino aluvión de sensaciones confusas le recordó cada detalle de la
severa experiencia que había padecido en la cocina.
Volvió a ruborizarse, casi con vergüenza, y dirigió una tímida ojeada al príncipe
Richard, que miraba impaciente a su dueña.
El bello rostro de la señora Lockley estaba sereno, su melena negra formaba una
profunda sombra detrás de sus hombros. Al besar al prínci pe Richard, las bocas
abiertas de ambos se acoplaron, y ella procedió a acariciar su pene erecto ya mecer sus
testículos. La breve historia del príncipe se había infiltrado en los sueños de Bella mien
tras ésta dormía tumbada en la hierba. La princesa no pudo evitar sentir una puñalada de
celos y excitación al contemplar la escena. La actitud del príncipe era casi alegre. Sus
ojos verdes estaban llenos de buen humor y su boca alargada, casi sen sual, resplandecía
con la humedad del trozo de melocotón que su dueña le introducía lentamente en la
boca.
Bella no sabía con exactitud por qué su corazón latía con tal violencia.
La señora Lockley jugueteó del mismo modo con todos los esclavos. Hizo carantoñas
entre las piernas a una rubia princesa hasta que ésta se retorció como el gato blanco de
la cocina y luego la obligó a abrir la boca para atrapar las uvas que le arrojaba. Besó al
príncipe Roger más dilatada mente incluso que a Richard, tirando mientras tanto de los
oscuros rizos púbicos que rodeaban su miembro y examinando sus testículos, lo que
provocó en él un rubor tan profundo como el de Bella.