TIENDAS PÚBLICAS
Tristán:
Cuando empezó a anochecer, volví a conver tirme en un corcel. Me sentía seguro con
mis arreos y pensaba casi sardónicamente en la turba ción de la noche anterior cuando la
cola y la em bocadura fueron testigos de humillaciones tan im pensables. Llegamos a la
casa solariega antes de oscurecer y, una vez en el interior, me escogieron para que
hiciera de escabel para mi amo durante horas, agachado debajo de la mesa del comedor.
La conversación entre los comensales se pro longó largo rato. Allí había más gente,
ricos gran jeros y comerciantes de la ciudad que hablaban de las cosechas, el clima, el
precio de los esclavos, y del hecho innegable de que el pueblo necesitaba más, no sólo
los excelentes, preciosos ya menudo temperamentales siervos del castillo. Hacían falta
tributos inferiores, esclavos corpulentos, hijos e hijas de nobles poco poderosos de
territorios insignificantes, vasallos de su majestad a los que ella no necesitara ver. De
vez en cuando esclavos como éstos llegaban directamente a la subasta del mercado.
Entonces, ¿por qué razón no podía ha ber más?
Mi señor se mantuvo silencioso la mayor par te del tiempo. Comencé a vivir y respirar a
la espe ra del sonido de su voz. y al oír esta última sugerencia de uno de los presentes,
preguntó secamente:
¿Y quién estaría dispuesto a pedir eso a su majestad?
Yo escuchaba cada palabra, entresacaba signi ficados, no tanto conocimientos que antes
ignora ba sino una percepción acrecentada de mi humilde condición. Les oí contar
historias sobre esclavos desobedientes, castigos, acontecimientos ordina rios que para
ellos eran graciosos. Era como si ninguno de los esclavos que servían la mesa o ha cían
de escabeles, como yo mismo, tuviera oídos o juicio, ni que hiciera falta dedicarles la
menor con sideración.
Finalmente, llegó la hora de retirarse.
Con el pene apunto de reventar, ocupé mi lu gar en el tiro para llevar el carruaje de
regreso a la casa del pueblo. Al reunirme con los otros corce les me pregunté si habrían
sido satisfechos como era habitual en la cuadra.
Cuando llegamos al pueblo despidieron a los demás caballos humanos y mi ama
comenzó a fus tigarme durante el corto trayecto que nos separa ba del lugar de castigo
público, que recorrí descalzo en la oscuridad.
Empecé a llorar, agotado y desesperado, tanto por el esfuerzo del día como por la
necesidad an helante que atormentaba mi pelvis. Mi señora ma nejaba la correa con más
vigor que mi dueño. Me fastidiaba cruelmente darme cuenta de que era ella quien venía
detrás de mí, con su precioso vestido, y que su manita era la que me guiaba. El día pare
cía infinitamente más largo que el anterior y cualquier impresión previa que me hubiera
hecho creer que era capaz de acoger con beneplácito la plataforma pública se evaporó.
Sentí un temor irrefrenable, un miedo peor que el de la noche pa sada. Entonces sabía lo
que era ser azotado allí arriba. El cariño demostrado por el amo después de la dura
prueba parecía un absurdo arranque de fantasía.
Pero aquella noche no me tocaba sufrir ni el concurrido mayo ni la tan brillantemente
ilumi nada plataforma giratoria.
Fui conducido a través de la multitud que cir culaba por doquier y me metieron en una
de las pequeñas tiendas situada detrás de las picotas. Mi señora pagó diez peniques en la
entrada ya continuación me arrastró tras ella hasta las sombras del interior.
Allí, una princesa desnuda, con largas y relucientes trenzas de color cobre, estaba
acuclillada sobre una banqueta, con las rodillas muy separa das, los tobillos atados y las
manos amarradas al poste de la tienda por encima de ella. Al oírnos en trar, agitó las
caderas desesperadamente, pero te nía los ojos tapados con una venda de seda roja.
Cuando vi el suave, dulce y húmedo sexo que relucía con la luz de las antorchas de la
plaza, pen sé que no sería capaz de controlarme más. Incliné la cabeza preguntándome
qué tormen to conocería entonces, pero mi señora me dijo con suma dulzura que me
levantara.
He pagado diez peniques para que la poseas, Tristán dijo.
Apenas podía creer lo que oía. Me volví para besarle los zapatos, pero ella se limitó a
reírse ya repetirme que me pusiera en pie y gozara de la muchacha como prefiriera.
Procedí a obedecer pero de repente me detuve con la cabeza aún inclinada frente al
ávido sexo femenino que estaba delante de mí. Me percaté de que mi señora permanecía
muy cerca observando, y que incluso me acariciaba el pelo. Comprendí que iba a ser
observado, aún más, estudiado.
Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo, y cuando me resigné a ello, un nuevo
ingrediente potenció mi excitación. Mi verga se oscurecía como nunca y fluctuaba
rápidamente como si in tentara tirar de mí hacia delante.