Lentamente, si lo deseáis dijo mi señora Es suficientemente bonita como para jugar con
ella un rato.
Asentí. La princesa tenía una boca exquisita de rojos labios temblorosos que soltaban
grititos, sofocados por la aprensión y la expectación. Sólo Bella, arrodillada en su lugar
allí en la tienda, la hubiera superado.
Besé a la princesa casi con violencia y mis manos se aferraron a sus voluminosos
pechos, masa jeándolos y haciéndolos botar. La muchacha se sumió en un paroxismo de
anhelo. Chupó mi boca con sus labios, su cuerpo se tensó hacia delante y yo bajé la
cabeza para lamer sus pechos, primero uno y luego otro, mientras ella gritaba y
balanceaba las caderas desenfrenadamente. Parecía excesivo esperar más a penetrarla.
Sin embargo, le di la vuelta, recorrí sus primo rosas nalgas con mis manos y al pellizcar
sus ronchas, verdaderamente pequeñas, soltó un encantador gemido de invitación y
arqueó la espalda para enseñarme desde detrás su tierno sexo enrojecido, forzando la
cuerda que sostenía con sus manos por encima del cuerpo.
Así era como quería poseerla, desde detrás, perforando su vagina hacia arriba,
levantándola. Cuando la penetré, su apretado sexo pareció casi demasiado pequeño.
Soltó fuertes gritos sofoca dos mientras yo me abría camino con fuerza a través de sus
ardientes y húmedas profundidades.
Sus gritos sonaban desesperados. La penetraba adecuadamente, aunque mi verga no
tocaba su pequeño clítoris. Yo lo sabía, pero no tenía inten ción de decepcionarla. Estiré
la mano por debajo de su cuerpo y encontré aquel pequeño nódulo bajo el capuchón de
piel húmeda. Separé los rolli zos labios con cierta rudeza y cuando pellizqué el clítoris
soltó un penetrante grito de agradecimien to, sin dejar de balancear hacia atrás sus
delicadas nalguitas, apretándolas contra mí.
Mi señora se acercó un poco más. Su amplia falda de vuelo rozó mi pierna y luego noté
su mano debajo de mi barbilla. Sentí una intensa ago nía al percatarme de que me
observaba e iba a ver mi rostro enrojecido en el momento del clímax.
Pero era mi sino. Justo en medio del placer, se apoderó de mí un intenso alborozo. Al
sentir la mano de mi ama en las nalgas, embestí contra la joven princesa aún con más
fuerza, bajo su atenta mirada, y acaricié el húmedo clítoris con una pre sión y ritmo
impetuosos.
Mi miembro explotó y con los dientes apre tados y el rostro al rojo vivo mis caderas
continuaron fluctuando irremediablemente. El éxtasis arrancó un gruñido largo y grave
de mi pecho. La Señora sostenía mi cabeza en sus manos, y mi respiración surgía con
fuertes jadeos de alivio, mien tras la princesa gritaba con el mismo delirio.
Me incliné hacia delante para abrazar aquel cuerpo menudo y cálido y apoyé la cabeza
contra la suya, volviéndome para mirar a mi señora. En tonces sentí sus dedos
tranquilizadores sobre mi cabello, y su mirada fija en mí. Tenía una expre sión extraña,
reflexiva, casi penetrante, con la cabeza un poco ladeada, con gesto meditativo, como si
ponderara alguna conclusión. Posó su mano so bre mi hombro para hacerme saber que
debía permanecer quieto, abrazando a la princesa, y me azotó las nalgas con el cinto
mientras yo continuaba mirándola. Cerré los ojos pero el sufri miento que me provocó
la correa hizo que volvie ra a abrirlos de inmediato. Entre nosotros se produjo un
momento de extraña intensidad.
Yo no podía hablar pero, si acaso decía algo en silencio, mis palabras eran: «Sois mi
señora, mi propietaria. y no apartaré la vista hasta que me lo ordenéis. Contemplaré lo
que sois y lo que ha céis.» Ella pareció oírlo y quedó fascinada.
Dio unos pasos hacia atrás y me permitió per manecer echado el suficiente rato para
recuperar las fuerzas. Besé el cuello de la joven princesa.
Luego, vacilante, me arrodillé para besar los pies de mi señora y el extremo de la correa
que colgaba de su mano.
La princesa no había sido suficiente para mí.
Mi pene volvía a ponerse erecto. Podría haber poseído a todos los esclavos que ofrecían
su sexo en cada una de las tiendas. En un instante de desesperación tuve la tentación de
besar otra vez los zapatos de mi señora y agitar las caderas para comunicárselo. Pero la
completa vulgaridad del gesto me sobrepasaba, y ella tal vez se hubiera limitado a reírse
ya fustigarme otra vez. No, tenía que espe rar a que mi ama manifestara su deseo. Me
parecía que en aquellos dos días aún no había fallado, fa llado de verdad, en nada. y no
tenía ninguna intención de fallar tampoco en este momento.