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Las aventuras de Bella

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Antiguo 29-09-2011 , 17:26:10   #151
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Los mejores licores
En cualquier otro momento, en los meses pa sados, ser lavado en público, junto a la
multitud indiferente, hubiera sido horrendo para mí. En es tos instantes sólo era
voluptuoso. Yo apenas era consciente del agua caliente que vertía sobre mis latentes
erupciones, de cómo eliminaba la pegajo sa yema de huevo y el polvo adherido a ella, ni
tampoco de cómo empapaba mi verga y mis testí culos, a los que aplicó un ungüento
con tanta rapidez que apenas alivió su penosa ansia.
El hombre también me lubricó el ano a fondo aunque apenas noté los dedos que
entraban y salían; me parecía que aún sentía la forma del falo que me estiraba. Me frotó
el pelo para secarlo ya continuación me peinó. También cepilló mi vello púbico e
incluso peinó el vello entre mis hirvien tes y temblorosas nalgas. Todo lo cual fue
ejecuta do con tal destreza y rapidez que en cuestión de instantes me encontré otra vez
de rodillas ante mi amo, que me ordenó que le precediera hasta la ca rretera que
transcurría entre las murallas.
EL DORMITORIO DE NICOLÁS
Tristán:
Cuando llegamos a la calzada, mi amo me dijo que me incorporara y entonces me
mandó «cami nar». Sin vacilar, le besé ambas botas, a continua ción me levanté
mirando de frente a la carretera y obedecí. Coloqué las manos detrás del cuello, como
cuando me ordenaban marchar. Pero, súbi tamente, me estrechó en sus brazos, me dio
media vuelta, puso sus manos en mis costados y me besó.
Por un momento me quedé tan perplejo que no supe reaccionar pero luego le devolví el
beso, casi febrilmente. Abrí la boca para recibir su lengua y tuve que retirar las caderas
para que mi pene no le rozara.
Me pareció que mi cuerpo perdía hasta el últi mo resquicio de fuerza. El escaso vigor
que me quedaba lo acaparaba mi órgano. Mi amo se apartó un poco y chupó mi boca. Oí
mis fuertes suspi ros que reverberaban en las paredes. Levanté los brazos tentativamente
y cuando lo abracé no hizo nada para evitarlo. Sentí el delicado terciopelo de su túnica y
la suave seda de su cabello. Aquello casi era el éxtasis.
Mi miembro se agitó espasmódicamente, se alargó y todo el escozor de mi cuerpo
palpitó con renovado ardor. Pero él me soltó, me dio media vuelta y me colocó otra vez
las manos en el cuello.
Podéis caminar despacio me dijo, y rozó mi mejilla con sus labios. La mezcolanza de
consternación y anhelo que bullía en mi interior era tan enorme que casi rompí a llorar
una vez más. Por la avenida sólo circulaban unos pocos carruajes descubiertos, que al
parecer daban paseos de placer; al llegar a la plaza dibujaban un amplio círculo y nos
pasaban rápidamente en su trayecto de vuelta. Vi a los esclavos con brillantes arneses y
pesadas campanillas de plata que tintineaban col gando de sus penes, ya una rica dama
del pueblo con una capucha y esclavina de terciopelo rojo in tenso que chasqueaba una
larga correa plateada contra estos corceles. Se me ocurrió que mi amo debería hacerse
con un carruaje como aquél y luego sonreí para mis adentros al darme cuenta de las
ideas que me venían a la mente.
Aún seguía estremecido por el beso y conti nuaba absolutamente rendido por la sesión
que había padecido sobre la plataforma pública. Cuan do mi amo se ajustó a mi paso
junto a mí, pensé que estaba soñando. Sentí el terciopelo de su man ga rozándome la
espalda y su mano tocándome el hombro. Estaba tan debilitado que tuve que obli garme
a mí mismo a seguir adelante.
Su mano enroscada en torno ami nuca provo có un hormigueo en todo mi cuerpo. El
nudo que constreñía mi miembro se comprimió con un do lor persistente, pero estas
sensaciones me delei taron. Medio cerré los ojos, veía los farolillos y antorchas ante mí
como si fueran pequeñas explo siones de luz. Nos habíamos alejado ya del albo roto de
la plaza de castigos públicos y mi amo ca minaba tan próximo a mí que sentía su túnica
contra mi cadera y el cabello rozándome el hom bro. Nuestras sombras brincaron por un
instante ante nosotros al pasar junto a una puerta ilumina da por una antorcha.
Comprobé que casi tenía mos la misma altura: un hombre desnudo y el otro
elegantemente vestido y con una correa en la mano. Luego la oscuridad.
Habíamos llegado a su casa. Hizo girar la gran llave de hierro en la cerradura de la
pesada puerta de roble y dijo en voz baja:
De rodillas yo obedecí y entré en ese otro mundo del vestíbulo pulimentado y
débilmente iluminado. Me moví a su lado hasta que se detuvo ante una puerta y luego
entramos en una extraña y nueva alcoba.
Las velas estaban encendidas. Había un pe queño fuego en el hogar, quizá para secar la
hume dad de las paredes de piedra y, contra la pared, una cama descomunal de roble
tallado, con un techo artesonado y tres lados incrustados de satén verde. En este cuarto
también había libros, viejos pergaminos así como volúmenes encuadernados con cuero,
un escritorio con plumas y, de nuevo, más cuadros. Pero se trataba de una habitación
mayor que la que había visto anteriormente, más sombría pero más confortable.
No me atrevía a abrigar esperanzas ni temores sobre lo que podría suceder aquí. Mi amo
se esta ba desnudando y, mientras yo observaba maravi llado, se desprendió de todo lo
que llevaba.

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Antiguo 29-09-2011 , 17:26:50   #152
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

A continuación se volvió hacia mí y compro bé que su sexo estaba tan vivo y duro como
el mío.
Era un poco más grueso pero no más largo, y tenía el vello púbico del mismo blanco
puro que el pelo de la cabeza, que casi parecía etéreo a la luz de las lámparas de aceite.
Retiró la colcha verde que cubría la cama y me indicó que me metiera en ella.
Yo estaba tan aturdido que por un momento ni me moví, mirando atónito la espléndida
tejedu ría de las sábanas de lino. Antes de llegar al pue blo, había pasado tres noches y
dos días en la burda empalizada del castillo. Una vez allí, había esperado dormir en
algún rincón miserable, sobre maderas desnudas. Pero esto era lo menos impor tante.
Aquí, la luz jugueteaba en el pecho de tensa musculatura, los brazos y el pene de mi
amo, que parecía crecer mientras yo los contemplaba. Alcé la mirada directamente a sus
ojos azul oscuro y me dirigí de rodillas a la cama para subirme a ella.
Mi señor se arrodilló a su vez sobre la colcha de cara a mí. Mi espalda daba a los
almohadones y él me rodeó suavemente con sus brazos para vol ver a besarme. Los
fuertes y audaces lametazos de su boca provocaron una enorme reacción en mí; no pude
evitar derramar lágrimas que surcaron mis mejillas, ni un sollozo que me atragantó al in
tentar reprimirlo.
Me instó con delicadeza a retroceder y, con su mano izquierda, me levantó los testículos
y el miembro erecto. Inmediatamente, yo me dejé caer para besarle los testículos. Los
recorrí con mi len gua como me habían enseñado a hacerlo con los corceles humanos
del establo, abarcándolos con la boca y tironeándolos tiernamente con los dientes.
Luego tomé la verga entre mis labios y la estiré con fuerza, un poco sorprendido por su
grosor.
No era más grande que el falo mayor que me ha bían introducido horas antes, pero el
grosor debía de ser parecido. Entonces se me ocurrió la turba dora idea de que mi señor
me había preparado para él; y sólo con pensar en él penetrándome de aquella forma me
excité de un modo incontrola ble. Relamí y chupé su miembro, lo saboreé pen sando
que se trataba de mi dueño y no de un escla vo; éste era el hombre que silenciosamente
me había dado órdenes durante todo el día, me había subyugado y derrotado. Noté cómo
poco a poco se separaban mis piernas, mi vientre se hundía ha cia abajo y mis posaderas
se levantaban con movimientos espontáneos mientras yo seguía lamien do y gruñendo
suavemente.
Casi estaba llorando cuando él me levantó el rostro y señaló un pequeño tarro que había
sobre un estante en la pared artesonada. Me acerqué y lo abrí de inmediato. La crema
que había en su interior era espesa y absolutamente blanca. Luego señaló su pene e
inmediatamente yo tomé un poco de crema entre mis dedos. Pero antes de aplicarla,
besé la punta de su miembro y saboreé un vestigio de humedad. Mojé ligeramente la
lengua en el pe
queño agujero para recoger todo lo que quedaba del claro fluido.
Luego apliqué a conciencia la crema, frotando incluso los testículos, alisando el espeso
y rizado vello blanco hasta que quedó reluciente. El falo estaba entonces de color rojo
oscuro y pulsaba cimbreante.
Mi señor tendió sus manos hacia mí. Yo, vaci lante, le unté los dedos con más crema. Él
me indi có con un gesto que quería más y yo se la apliqué.
Daos la vuelta dijo, y así lo hice, con el corazón embalado. Noté la crema en mi ano. La
aplicó profundamente y en buena cantidad, y lue go sus manos me rodearon. Con la
izquierda re cogió mis testículos hacia arriba, unió la carne col gante a mi pene de tal
manera que los testículos fueron impelidos hacia delante. Solté un breve y desesperado
grito implorante cuando sentí que me penetraba lentamente.
No encontró resistencia. Fui alanceado otra vez, con igual ahínco que con el falo y, con
fuertes y sonoras embestidas, sentí que se clavaba cada vez más. La mano que rodeaba
mi verga enderezó el miembro hacia delante y sentí que con la mano derecha envolvía
la punta y la crema se escurría en torno a la carne torturada. Luego apretó la mano e
impulsó la verga arriba y abajo siguiendo el ritmo de las embestidas que me penetraban
por detrás.
Mis sonoros gruñidos reverberaban por toda la habitación. Toda mi pasión contenida
brotó a chorros.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 29-09-2011 , 17:33:46   #153
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Mis caderas se balanceaban violentamente adelante y atrás, y el miembro de mi amo me
partía en dos mientras mi propio órgano disparaba sus fluidos con impetuosos regueros.
Por un instante no vi nada. Aguanté los espasmos sumido en la oscuridad. Estaba
enganchado desvalidamente de la verga que me sesgaba. Gra dualmente, al final mismo
de la oleada, sentí que mi miembro volvía a levantarse. Las manos lubri cadas de mi
amo lo animaban con mimos a erguir se de nuevo. Había estado atormentado durante
demasiado tiempo como para quedar satisfecho tan fácilmente. No obstante, la
recuperación era atroz. Casi gemí para ser liberado, pero mis quejas se parecían
demasiado a suspiros de placer. Su mano me manipulaba con habilidad, su polla me
colmaba sin cesar, y yo oía mis quejidos, los mis mos gritos cortos, con la boca abierta,
que había soltado bajo la pala del maestro de azotamientos en la plataforma giratoria.
Sentí que mi miembro padecía los mismos espasmos que allí, y vi todas aquellas caras a
mi alrededor. Pero sabía que estaba a solas en el dormitorio de mi señor y que yo era su
esclavo; él no iba a dejarme marchar hasta que volviera a arrancar de mí otra tremenda
ex plosión.
Sin embargo, mi pene no recordaba nada. Se deslizaba adelante y atrás entre sus
experimentados dedos. Las embestidas que recibía por detrás eran cada vez más
prolongadas, rápidas y bruscas.
Sentí que alcanzaba el clímax mientras sus caderas chocaban contra mi trasero
escaldado. y cuando él soltó un grave gemido de estremecimiento y descargó en mi
interior con sacudidas incontrola bles, sentí que mi pene estallaba de nuevo en la vaina
apretada que formaba su mano, esta vez de un modo más lento, más profundo e incluso
más devastador. Me desplomé hacia atrás contra él, con la cabeza caída sobre su
hombro mientras las convulsiones de su verga seguían maltratando mi interior. No nos
movimos durante un largo rato.
Luego, él me levantó y me empujó hacia los coji nes. Yo me tendí y él se echó a mi
lado. Él tenía la cara vuelta hacia el otro lado y yo observé amodo rrado su hombro
desnudo y el cabello blanco. De bería haberme quedado dormido irresistiblemen te.
Pero no lo hice.
Seguía pensando en que estaba a solas con él en este dormitorio y él aún no me había
ordenado marcharme. Los acontecimientos de la jornada no se retiraban. Todo lo que
me había suce'dido con tinuaba omnipresente en mi mente. Mi lengua se trababa en mi
boca como si quisiera empezar a ha blar, y mis ojos permanecían abiertos.
Quizá pasó un cuarto de hora. Las velas creaban una agradable y débil luz dorada. Me
inclinéhacia delante y besé el hombro del amo. Él no me lo impidió. Le besé por detrás
de la cintura y lue go el trasero. Liso, sin erupciones ni marcas rojas, virginal, el trasero
de un señor del pueblo, un lord
o un soberano del castillo.
Sentí cómo se agitaba debajo de mí pero no dijo nada. Besé la hendidura entre sus
nalgas y lancé la lengua hasta el círculo rosado del ano.
Noté cómo empezaba a moverse ligeramente. Se paró las piernas muy despacio y yo
abrí las nalgas un poco más. Lamí la pequeña boca rosa, saborean do el extraño
amargor, y la mordisqueé.
Mi propia verga se hinchó bajo las sábanas.
Descendí lentamente por la cama y avancé con suavidad por encima de sus piernas,
acurrucándo me sobre él. Apreté el miembro contra sus piernas mientras lamía la
pequeña boca rosa y clavaba mi
lengua en ella.
Entonces le oí decir en voz baja:
Podéis poseerme si lo deseáis. Experimenté el mismo asombro paralizador que cuando
me dijo que me metiera en la cama. Sobé y besé sus sedosas nalgas y luego me incor
poré apresuradamente para cubrir toda su longi tud con mi cuerpo, apretando mi boca
contra su nuca y deslizando mis manos por debajo de él. Encontré su falo ya erecto y lo
sostuve en la mano izquierda mientras hacía entrar mi miembro en él.

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Antiguo 29-09-2011 , 17:42:47   #154
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Su ano era angosto, escabroso e indeciblemente delicioso.
Dio un pequeño respingo pero yo aún estaba bien lubricado y mi verga se deslizaba con
facili dad adelante y atrás. Atenacé con ambas manos su órgano y tiré hacia arriba de él
para que se arrodillara un poco con la cara aún apretada contra las almohadas. Entonces
galopé con fuerza sobre él, golpeando con mi vientre sus suaves y limpias nalgas
mientras le oía gemir, estirando su polla, cada vez más erecta, hasta que le oí gritar a
pleno pulmón y entonces descargué en su interior, al tiempo que su semen se derramaba
sobre mis dedos.
Esta vez, cuando me tumbé supe que iba a dormir. Mis nalgas hervían bajo mi cuerpo y
las ronchas me escocían detrás de las rodillas, pero estaba satisfecho, Alcé la vista al
cielo de satén verde de la cama y perdí lentamente todo conoci miento, Noté que él nos
cubría a los dos con la colcha y apagaba las velas, Entonces supe que su brazo estaba
sobre mi pecho, y después ya no fui consciente de nada más, excepto de que me su
mergía profundamente mientras el escozor de mis músculos y toda mi carne se
convertían en una sensación exquisita.

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Antiguo 03-10-2011 , 12:12:45   #155
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TRISTÁN DESCUBRE UN POCO MAS SU ALMA
Tristán:
Debía de ser media mañana cuando me des pertó uno de los sirvientes, que rápidamente
me sacó de la cama. El muchacho, demasiado joven para ser amo de un esclavo, parecía
gozar con la tarea de ponerme el desayuno en una cacerola en el suelo de la cocina.
Luego me hizo salir apresuradamente a la calzada que daba a la parte posterior de la
casa, donde se hallaban dos espléndidos corceles humanos colocados uno junto al otro,
con las riendas enganchadas aun único arnés de unos dos metros de longitud
aproximadamente. La guarnición se pro longaba tras ellos hasta llegar a otro muchacho
que la sostenía y que ayudó rápidamente al prime ro a situarme en el tiro. Mi verga ya
se había pues to firme pero, sin explicación aparente, me sentí paralizado, lo que obligó
a los muchachos a mane jarme con rudeza.
No había ningún carruaje en las proximidades de la casa, a excepción de los que
pasaban con estruendo a todo galope y con el chasquido de los látigos. Las herraduras
de las botas de los esclavos producían un sonido plateado, claro, mucho más ligero y
rápido que el de los caballos de verdad, pensé, mientras mi pulso se aceleraba
vertiginosa mente.
Me habían colocado en solitario detrás del primer par del tiro. Con maestría y rapidez,
liga ron las correas alrededor de mis testículos y mi pene, levantándolos hasta el
miembro erecto para que quedaran guarecidos bajo él. No pude evitar retorcerme cada
vez que las firmes manos apretaban las ligaduras. Me ataron las manos a la espalda y
me colocaron un grueso cinturón alrededor de las caderas, con el pene erecto sujeto
contra él.
Luego, introdujeron con ímpetu un falo en mi tra sero, que a su vez quedó atado al
cinturón con unas sogas que ascendían por detrás y pasaban entre las piernas por
delante. Parecía estar mucho mejor ajustado que el día anterior pero no llevaba la cola
de caballo; ni tampoco me pusieron botas, lo cual, cuando me di cuenta, me asustó más
de lo concebible.
Notaba mis nalgas apretadas por las ligaduras de cuero que sostenían el falo, con lo que
me sentí más expuesto y desnudo en esa parte. Al fin y al cabo, la cola de caballo había
representado una forma de protección.
Pero experimenté verdadero pánico cuando me colocaron el arnés, que me metieron por
la ca beza y los hombros. Los jaeces eran delgados, casi delicados, y estaban
cuidadosamente bruñidos.
Uno de ellos me rodeaba la parte superior de la ca beza y bajaba por los lados,
ramificándose para no cubrir las orejas y enganchándose en el cuello me diante un collar
ancho y suelto. Otro jaez delgado bajaba sobre mi nariz y biseccionaba un tercero que
me rodeaba la cabeza a la altura de la boca, donde mantenía sujeto un falo corto de
inmenso grosor que habían metido a la fuerza entre mis la bios sin darme tiempo a
protestar. Este falo llena ba la boca, aunque no penetraba excesivamente, y yo mordía y
chupaba su base casi sin poder con trolarme. Aun así respiraba bastante bien, a pesar de
que mi boca estaba estirada de un modo tan do loroso como mi ano. La sensación de
estar dilata do y penetrado por ambos extremos me provoca ba una desesperada
turbación que me obligaba a gemir miserablemente. Cuando todo aquello que dó bien
apretado y ajustado, me abrocharon el co llar por la nuca y amarraron las riendas de los
cor celes anteriores a esa hebilla posterior del collar, pasándolas por encima de mis
hombros. El resto de riendas que llegaban desde las caderas bien guarnecidas de los
corceles delanteros iba enganchado a la hebilla del cinturón que me rodeaba el vientre.
Se trataba de un arnés sumamente ingenioso. La marcha de los corceles delanteros
tiraría de mí hacia delante, impediría que me cayera e incluso que perdiera el equilibrio.
Eran dos para aguantar mi peso y, por lo que veía, a decir de los gruesos músculos de
las pantorrillas y los muslos, se trata ba de corceles consumados.

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Antiguo 03-10-2011 , 12:13:30   #156
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Mientras esperaban, sacudían la cabeza como si les gustara el contacto con el cuero, en
cambio a mí ya empezaban a saltarme las lágrimas. ¿Por qué no me enjaezaban también
a mí al carro como a ellos? ¿Qué iban a hacerme? De pronto, ellos me parecieron
resplandecientes y privilegiados, con sus brillantes colas de caballo y las cabezas
erguidas. Yo, en cambio, me sentía amarrado como un prisionero de la peor calaña. Mis
pies desnudos patearían pesadamente el suelo por detrás de la re sonancia metálica de
sus pies calzados con botas herradas. Me retorcí y di tirones, pero las correas estaban
bien apretadas y los mozos, atareados en untar con aceite mis nalgas, ni me hicieron
caso.
De repente la voz de mi amo me sobresaltó.
Lo vi aparecer por el rabillo del ojo, con una larga correa de cuero colgando de su
cintura. Preguntó con voz suave a los muchachos si yo ya estaba lis to, los mozos
contestaron afirmativamente y uno me propinó un buen cachete con la palma abierta,
mientras el otro apretaba aún más firmemente el falo en mi boca abierta. Solté un
sollozo áspero y desesperado.
Mi señor se puso frente a mí. Llevaba un her moso jubón de terciopelo color ciruela con
unas caprichosas mangas abombadas. Cada centímetro de él estaba tan exquisitamente
ataviado como los príncipes del castillo. El recuerdo de la efusión de las relaciones de la
noche anterior se apoderó de mí y me obligó a ahogar en silencio los gritos que
pugnaban por salir de mi garganta. En su lugar surgieron de mí unos desesperados
sonidos nada naturales.
Intenté contenerme pero a estas alturas estaba
ya tan seriamente reprimido que parecía haber perdido toda capacidad de dominio. Traté
de opo nerme a las ligaduras y comprendí lo absolutamente indefenso que estaba.
Aunque quisiera, no podría ni echarme al suelo ya que los fuertes cor celes humanos me
sostenían sin ningún esfuerzo.
Mi amo se acercó y me volvió la cabeza con brusquedad para besarme los párpados. La
ternu ra de sus labios, la limpia fragancia de su piel y ca bello, me recordaron toda la
intimidad de la alco ba. Pero él era el amo. Siempre lo había sido, incluso cuando yo lo
poseía y lo hacía gemir bajo mis embates. Mi pene se retorció y una nueva des carga de
gemidos y sollozos se desató en mí. Distinguí en la mano de mi señor una larga y tiesa
fusta que entonces puso a prueba sobre uno de los corceles. Más de medio metro de la
misma era un mango rígido que se ahusaba formando una tira de igual longitud de cuero
plano que sobresalía recta cuando no la chasqueaba contra las nalgas de los corceles.
Ordenó con voz clara:
La habitual vuelta matinal por el pueblo.
Los caballos humanos arrancaron inmediatamente y yo les seguí la marcha a
trompicones.
Mi amo caminaba a mi lado. Era exactamente como la noche anterior, cuando los dos
habíamos recorrido esta misma calzada, sólo que ahora yo estaba preso por las
monstruosas correas y los dos falos tan firmemente ajustados. Aterrorizado por la
posibilidad de que tuviera que reprenderme, in tenté marchar correctamente como me
había enseñado.
El ritmo no era excesivamente rápido, pero el látigo plano jugueteaba con las erupciones
de mi piel. Me golpeaba y acariciaba la parte inferior de las posaderas. Aunque mi
dueño avanzaba en si lencio, el par de jacas que me precedían doblaron una esquina
como si conocieran el camino y en tramos en una amplia calleja que llevaba al centro
del pueblo. Era la primera vez que podía ver la vi lla en un día normal, y me quedé
asombrado.
Mandiles blancos, zuecos de madera, pantalo nes de cuero sin curtir, mangas
remangadas y vo ces ruidosas y alegres. Había esclavos atareados por doquier. Vi a
princesas desnudas fregando umbrales de puertas y los balcones de arriba, lim piando
escaparates. Avisté príncipes con cestos en la espalda, que daban saltitos por delante de
los lá tigos de sus señoras, tan deprisa como eran capaces y, a través de una puerta
abierta, distinguí un grupo de traseros desnudos, enrojecidos, en torno a un enorme
barreño para lavar la ropa.
Tras doblar un recodo, apareció una tienda de arneses con una princesa maniatada igual
que yo, colgando de un letrero colocado encima de la puerta. Más adelante, pasamos
junto a una taberna en la que vi una fila de esclavos situados sobre una rampa donde
esperaban a ser castigados uno auno sobre un pequeño estrado, para distracción de
docenas de parroquianos indiferentes. AlIado había una tienda de falos que exhibía en
su portal tres príncipes agachados en cuclillas de cara a la pared con los traseros
equipados con muestras de la mercancía.

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Antiguo 03-10-2011 , 12:14:20   #157
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Yo podría estar como ellos, pensé, en cuclillas bajo el tórrido y polvoriento sol mientras
la gente paseaba. ¿Era aquello peor que trotar con la respi ración entrecortada, la cabeza
y las caderas estira das inexorablemente hacia delante, la carne escocida reanimada
constantemente por los sonoros y profundos azotes que venían desde detrás ? Aunque
no alcanzaba a ver bien a mi señor, con cada flagelación, lo recordaba como la noche
anterior, y me quedaba atónito ante la facilidad con que me atormentaba. No es que
hubiera soñado que fuera a detenerse por los abrazos del día anterior, pero que los
intensificara de este modo... De repente, comprendí la profundidad pavorosa del
concepto de sumisión que esperaba de mí.
Los corceles se abrían paso con orgullo entre la numerosa multitud, provocando que
más de una cabeza se volviera entre los lugareños que se arremolinaban por doquier con
cestas para comprar o junto a esclavos amarrados. Una y otra vez, los observadores
desplazaban la vista de los corceles tan espléndidamente adiestrados al esclavo que se
movía tras ellos. Yo esperaba miradas de desdén y me desilusionó encontrar
simplemente un di vertimento silencioso en sus rostros. Estas gentes estaban
acostumbradas a encontrar allí donde mi raban, para su deleite, algún delicioso pedazo
de carne desnuda, castigado, enjaezado o colocado en alguna grotesca postura.
A medida que doblábamos una esquina tras otra, apresurándonos a través de estrechas
callejuelas, me sentí mucho más perdido que en la pla taforma giratoria.
Cada día me depararía sorpresas devastado ras, tendría un atroz derrotero. A pesar de
que es tos pensamientos me hacían lloriquear con más desesperación, hinchaban mi
pene entre las liga duras y me forzaban a marchar con más brío in tentando esquivar la
chasqueante fusta, todo ello dotaba a mi entorno de un extraño lustre. Sentí el impulso
irreprimible de arrojarme a los pies de mi amo, decirle silenciosamente que entendía mi
suerte, que lo comprendía con más claridad con cada una de las penosas pruebas, y que
se lo agra decía desde lo más profundo de mi ser por estimar conveniente vencer mi
resistencia de manera tan absoluta. ¿No había hablado él de aquello el día anterior, de
que el nuevo esclavo cediera? ¿No había dicho que el falo era bueno para ello? El falo
me hendía ampliamente otra vez, y el que me esti raba la boca hacía que mis gritos
sonaran roncos e ingobernables.
Quizás él comprendiera mis sentimientos a través de los gritos. Si al menos se dignara a
con solarme tan sólo con el roce de sus labios... Me di cuenta casi con un sobresalto de
que ninguno de los rigores del castillo me había vuelto tan manso y servil.
Habíamos llegado a una gran plaza. Por todas partes se veían signos distintivos de
posadas, calles de doble calzada y altas ventanas. Los meso nes de esta parte del pueblo
eran suntuosos y elegantes, con las ventanas tan ornamentadas como Ilas de una casa
solariega. Mientras rodeábamos ampliamente el pozo situado en medio de la plaza,
abriéndonos paso entre la multitud que se aparta ba afablemente, descubrí con gran
sorpresa al ca pitán de la guardia de la reina ganduleando tran quilamente ante la
entrada de una de las posadas.
Se trataba, sin lugar a dudas, del capitán.
Recordaba su cabello rubio, la barba de dos días y aquellos melancólicos ojos verdes.
No era fácil de olvidar. Fue él quien me trajo de mi tierra natal, me capturó cuando
intentaba escaparme del campamento y me llevó de regreso al castillo, ata do de manos
y tobillos a un palo transportado en tre dos de sus jinetes. Aún podía recordar aquel
grueso falo que me empalaba y la sonrisa silencio sa con la que él ordenaba noche tras
noche que me azotaran por el campamento, hasta que llegába mos al castillo. Tampoco
había olvidado aquel ex traño e inexplicable momento en el que nos sepa ramos y nos
miramos el uno al otro.
Adiós, Tristán había dicho con voz sumamente cordial. Yo le había besado la bota es
pontáneamente, en silencio y con la mirada aún fija en la suya.
Mi pene también lo reconoció. A medida que me llevaban cada vez más cerca de él,
sentí un repentino terror de que me viera.
Me pareció una deshonra que sería incapaz de soportar. Por un instante, todas las
extrañas normas del reino parecían justas e inmutables, y yo mientras tanto seguía
atado, penitente, condena do al pueblo. El capitán se enteraría de que me ha bían
expulsado del castillo para sufrir un trato más severo incluso que el que él me había
conce dido.
Pero él estaba mirando algo a través de la puerta abierta del Signo del León. Eché una
ojeada al pequeño espectáculo. Una encantadora mujer con una vistosa falda roja y una
blusa blanca con volantes azotaba diligentemente a su esclava, colocada sobre un
mostrador de madera. y el pre cioso rostro que se asomaba surcado de lágrimas no era
otro que el de Bella. Forcejeaba y se retorcía bajo la pala pero descubrí que no estaba
atada, exactamente como yo la noche anterior en la pla taforma pública.

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Antiguo 03-10-2011 , 12:15:16   #158
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Pasamos de largo, pero el capitán alzó la vista y, como si se tratara de una pesadilla, oí
que mi amo hacía detener los corceles. Yo me quedé quieto, con el pene constreñido
contra el cuero. Aquello era ineludible. Mi amo y el capitán se estaban saludando e
intercambiaban comentarios jocosos.
El capitán admiró los corceles. Tiró con rudeza de la cola de caballo del que estaba a la
derecha, levantó y acarició el lustroso pelo negro y luego pellizcó el muslo enrojecido
del esclavo que sacudió la cabeza y transmitió un tiritón por los arneses.
El capitán se rió.
¡Ah, ya veo que tiene buen humor! dijo y se volvió al corcel con ambas manos,
provocado al parecer por aquel gesto. Levantó la barbilla del es clavo y luego empujó el
falo hacia arriba con va rias sacudidas violentas hasta que el caballo pataleó moviendo
las piernas fogosamente. Luego recibió una suave palmada en el trasero y el corcel se
apaciguó.
Sabéis, Nicolás dijo con aquella voz fa miliar y grave, capaz de provocar miedo con una
sola sílaba, le he dicho en varias ocasiones a su majestad que debería prescindir de sus
caballos en los trayectos cortos y confiar en los corceles escla vos. Podríamos equipar
un gran establo para ella con bastante rapidez y creo que disfrutaría enormemente. Pero
lo considera un pasatiempo del pueblo y no lo toma verdaderamente en cuenta.
Tiene un gusto muy particular, capitán di jo mi amo. Pero decidme, ¿habéis visto antes
a este esclavo?
Para horror mío tiró de mi cabeza hacia atrás con las correas del arnés.
Sentí los ojos del capitán sobre mí pese a que yo no miraba. Podía imaginar mi boca
cruelmente estirada, con las correas del arnés segándome la piel.
El capitán se acercó un poco más. Se quedó a poco más de un palmo de mí y entonces
oí su gra ve voz que sonó aún más profunda.
¡Tristán! Su gran mano se cerró en torno a mi pene. Lo apretó con fuerza, cerró la punta
de un pellizco y luego lo soltó, dejando un nudo de sensaciones en mí. Me acarició los
testículos y pellizcó con la punta de los dedos la protección de piel que las ligaduras
estiraban tan extremadamente.
Yo estaba como la grana, era incapaz de en contrar su mirada. y mis dientes parecían
querer acabar con el enorme falo, como si pudiera devo rarlo. Sentía moverse mis
mandíbulas y la lengua que lamía el cuero como si me viera forzado a hacerlo. El
capitán pasó la mano por mi pecho y hombros.
Me vino a la mente una imagen relampaguean te del campamento, en la que yo estaba
atado a
una gran cruz de madera en un círculo formado por más cruces, mientras los soldados se
paseaban ociosos a mi alrededor, importunando y educan do mi pene, y yo esperaba
hora tras hora los lati gazos de la noche; la sonrisa sigilosa del capitán cuando pasaba a
grandes zancadas, su capa dorada echada sobre un hombro.
De modo que es así como se llama dijo mi amo con una voz que sonaba más joven y
refinada que el profundo murmullo del capitán, Tristán.
Oírle pronunciar mi nombre aumentó mi tor mento.
Por supuesto que lo conozco dijo el capitán. Su grande y misteriosa figura se desplazó
un poco para dejar pasar a un grupo de mujeres jóve nes que reían y hablaban en voz
alta. Lo traje al castillo hace tan sólo seis meses. Era uno de los es clavos más
desmandados, se escapó y huyó por el bosque cuando le ordenaron desnudarse. Pero
cuando lo puse de nuevo a los pies de su majestad estaba perfectamente domesticado.
Se había con vertido en el capricho de dos de mis soldados, que se encargaban de
fustigarlo a diario por todo el campamento. Cuando lo devolvimos al castillo, lo habían
echado de menos más que a ningún otro esclavo que hubieran disciplinado antes. Me
estremecí en silencio, reprimiendo todo sonido, aunque la mordaza, inexplicablemente,
lo hacía aún más difícil.
Una pasión dijo la suave y retumbante voz. No era la severidad de los latigazos lo que le
hacía comer de mi mano sino el ritual diario.

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Antiguo 03-10-2011 , 12:15:48   #159
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Oh, qué ciertas eran sus palabras, pensé. El rostro me escocía. Aquella temible e
inevitable sensación de desnudez descendió de nuevo sobre mí. Aún podía ver la tierra
revuelta ante las tien das del campamento, sentir las correas y oír los pasos y la
conversación de los soldados que avanzaban conmigo. «Sólo una tienda más, Tristán.»
O aquel saludo de todos los atardeceres, «Vamos, Tristán, es hora de nuestra pequeña
excursión por el campamento; así, así, mirad esto Gareth, qué pronto aprende este
jovencito. ¿Qué os dije yo, Geoffrey? Que en tres días podría prescindir de las
manillas.» y la forma en que a continuación me daban de comer de sus manos, me
limpiaban la boca casi con cariño, me daban palmaditas y me daban a beber cantidades
excesivas de vino, antes de llevarme al bosque a la hora en que oscurecía. Recordaba
sus penes, las discusiones sobre quién empezaba, y si era mejor por la boca o por el ano.
A veces uno de ellos se ponía delante y el otro detrás, y por lo visto el capitán nunca
estaba muy le jos, siempre observando sonriente. Así que me habían tomado cariño. No
había sido cosa de mi imaginación, como tampoco lo era el afecto que yo sentía por
ellos. Caí en la cuenta con una lenta e innegable comprensión.
Era uno de los príncipes más espléndidos, de modales más exquisitos de todos murmuró
el capitán con aquella voz que parecía surgir de su pecho, no de su boca. De repente
quise volver la cabeza y mirarlo, comprobar si seguía tan apuesto como entonces. La
breve ojeada que le eché mo mentos antes había sido demasiado rápida. Se lo
entregaron a lord Stefan como esclavo personal, con la bendición de la reina. Me
sorprende verlo aquí. En ese momento su voz insinuaba cierto enfado. Le dije a la reina
que yo personalmente había vencido toda su resistencia, hasta domarlo. Me levantó la
cabeza y la empujó a uno y otro lado. Comprendí, cada vez con más tensión, que
durante todo este rato yo había guardado un si lencio casi absoluto, esforzándome por
no emitir ningún sonido en su presencia; pero entonces estaba a punto de rendirme,
hasta que finalmente no pude controlarme. Solté un gemido grave, que al menos era
mejor que llorar.
¿Qué hicisteis? ¡Miradme! inquirió ¿Dis gustasteis a la reina? Yo respondí
negativamente con la cabeza pero sin mirarle a los ojos, todo mi cuerpo parecía hin
charse bajo las guarniciones.
¿Fue Stefan quien se ó?
Hice un gesto de asentimiento. Eché una rápi da mirada a sus ojos y aparté al instante la
vista, incapaz de soportarlo. Entre este hombre y yo existía un extraño vínculo. En
cambio esto era lo horrible de todo aquello, no existía ningún vínculo entre Stefan y yo.
Y había sido vuestro amante anteriormente, ¿no es cierto? insistió el capitán, que se
había acercado a hablarme al oído, aunque sabía que mi amo podía oírle a la perfección.
Años antes de que él viniera a vivir al reino.
Yo volví a asentir.
¿Y esa humillación era más de lo que po díais soportar? inquirió ¿Vos, que habíais
aprendido a abrir el culo a los soldados rasos?
¡No! grité desde detrás de la mordaza sacudiendo la cabeza con violencia. Sentía
martilla zos en las sienes. La lenta e ineludible comprensión que se había iniciado
momentos antes se tornaba cada vez más evidente.
La total frustración que sentía me hizo llorar.
Si al menos pudiera explicarme...
Pero el capitán agarró la pequeña anilla de plata del falo que me habían metido en la
boca y em pujó mi cabeza hacia atrás.
¿O tal vez preguntó el problema era que vuestro antiguo amante no tenía suficiente ca
rácter para dominaros?
Yo volví la vista y entonces lo miré directa mente a los ojos. Si se puede decir que
alguien era capaz de sonreír con aquella mordaza en la boca, yo sonreí. Me oí lanzar
lentamente un suspiro. y luego, a pesar de que él empujaba el falo con la mano, asentí
con la cabeza.
Su rostro era claro y hermoso, tal y como lo recordaba. Vi su figura corpulenta y
robusta al sol cuando cogió la fusta de la mano de mi amo.

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Antiguo 03-10-2011 , 12:16:42   #160
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Mientras ambos nos mirábamos a los ojos, empe zó a fustigarme.
Sí, la comprensión fue completa en ese instan te. Yo había deseado la degradación total
que brindaba el pueblo. No podía soportar el amor de
Stefan, su inseguridad, su incapacidad para dominarme. Lo despreciaba por toda su
debilidad en nuestro vínculo predestinado.
Bella había comprendido mi verdadero pro pósito. Conocía mi alma mejor que yo
mismo.
Esto era lo que me merecía. Además, era algo an helado por mí; aquello era tan violento
como el campamento de los soldados en el que mi digni dad, mi orgullo y mi persona
habían sido vulnera dos por completo.
Castigo, aquí, en esta plaza abarrotada de gente, bañada por la luz del sol, rodeado
incluso por las muchachitas del pueblo y una mujer que esta ba de pie ante la puerta de
la posada con los brazos cruzados, y los sonoros chasquidos de la fusta; castigo era lo
que me merecía, lo que ansiaba, pese a estar aterrorizado. En un momento de absoluta
entrega, separé mis piernas, eché la cabeza hacia atrás y balanceé las caderas en un
gesto que mostraba mi total aceptación de los azotes.
El capitán blandió la fusta plana con movi mientos largos y oscilantes.
Mi cuerpo revivió con las punzadas y heridas que me provocó. Sin duda, mi amo
entendía mi secreto. Después de este diálogo, no habría clemencia para mí cuando
reanudara el recorrido, por mucho que yo suplicara más tarde con queji dos y gimoteos.
La zurra había concluido pero yo no me retiré de mi posición suplicante. El capitán
devolvió la fusta a su dueño y de repente me acarició el rostro, al parecer
impulsivamente, y me besó los párpados como había hecho mi amo. Este gesto desató el
úl timo nudo que quedaba aún en mí. Era la agonía de no poder besar sus pies, sus
manos, sus labios.
De no poder inclinar mi cuerpo torturado hacia él. El capitán retrocedió unos pasos
tendiendo su mano a mi señor. Vi cómo se abrazaban con bas tante naturalidad, al
parecer mi amo, con su eleancia y su constitución un poco más menuda, un espléndido
cuchillo de plata tallado al lado de la corpulencia del capitán.
Siempre sucede igual comentó el capitán con una sonrisa, mirando a los ojos fríos e
inteli gentes de mi señor. Entre un grupo de cien es clavos tímidos y ansiosos recién
llegados para su purificación, están los que piden el castigo, los que necesitan los
rigores, no para purgar sus faltas sino para refrenar sus apetitos ilimitados.
Sus palabras eran tan ciertas que yo lloriqueaba, del todo sobrecogido sólo de pensar en
los incentivos que esto ofrecería a mis atormentadores.
«Pero, por favor quería suplicar, no sabemos lo que hacemos con nosotros mismos. Por
favor, tened piedad.»
La muchachita que tengo yo en el Signo del León, Bella, es igualdijo el capitán. Un
alma hambrienta que fomenta en mí la pasión de forma peligrosa.
Bella. Por eso la observaba antes a través de la puerta de la posada. Así que él era su
amo. Sentí un divino escarceo de celos y consuelo.
Los ojos de mi señor me perforaron. Los so llozos me sacudían con espasmos que se
propaga ban por mi pene y por las irritadas pantorrillas. Pero el capitán seguía a mi lado.
Volveré a verte, joven amigo me dijo en voz baja, pegado a mi mejilla. Saboreó con sus
la bios mi rostro y luego chupó con crueldad mis la bios abiertos. Claro está, con el
permiso de vuestro gentil amo.
Cuando reanudamos el recorrido, yo camina ba inconsolable. Mi suave lloriqueo hacía
volver la cabeza a los viandantes mientras continuábamos la marcha para salir de la
plaza y posteriormente nos introducíamos por otras callejuelas, pasando junto a cientos
de otros desgraciados.
¿Les habrían puesto en evidencia como a mí, tanto ante sí mismos como ante sus
dueños y señoras?
Los azotes del capitán me habían dejado tan irritado que el menor golpecito de la fusta
me ha cía brincar de dolor, por lo que intenté no detener la marcha lo más mínimo, entre
quejidos, corrien do detrás de los corceles que me arrastraban vigo rosamente.

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