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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| Denunciante Novato |
En cualquier otro momento, en los meses pa sados, ser lavado en público, junto a la multitud indiferente, hubiera sido horrendo para mí. En es tos instantes sólo era voluptuoso. Yo apenas era consciente del agua caliente que vertía sobre mis latentes erupciones, de cómo eliminaba la pegajo sa yema de huevo y el polvo adherido a ella, ni tampoco de cómo empapaba mi verga y mis testí culos, a los que aplicó un ungüento con tanta rapidez que apenas alivió su penosa ansia. El hombre también me lubricó el ano a fondo aunque apenas noté los dedos que entraban y salían; me parecía que aún sentía la forma del falo que me estiraba. Me frotó el pelo para secarlo ya continuación me peinó. También cepilló mi vello púbico e incluso peinó el vello entre mis hirvien tes y temblorosas nalgas. Todo lo cual fue ejecuta do con tal destreza y rapidez que en cuestión de instantes me encontré otra vez de rodillas ante mi amo, que me ordenó que le precediera hasta la ca rretera que transcurría entre las murallas. EL DORMITORIO DE NICOLÁS Tristán: Cuando llegamos a la calzada, mi amo me dijo que me incorporara y entonces me que llevaba.mandó «cami nar». Sin vacilar, le besé ambas botas, a continua ción me levanté mirando de frente a la carretera y obedecí. Coloqué las manos detrás del cuello, como cuando me ordenaban marchar. Pero, súbi tamente, me estrechó en sus brazos, me dio media vuelta, puso sus manos en mis costados y me besó. Por un momento me quedé tan perplejo que no supe reaccionar pero luego le devolví el beso, casi febrilmente. Abrí la boca para recibir su lengua y tuve que retirar las caderas para que mi pene no le rozara. Me pareció que mi cuerpo perdía hasta el últi mo resquicio de fuerza. El escaso vigor que me quedaba lo acaparaba mi órgano. Mi amo se apartó un poco y chupó mi boca. Oí mis fuertes suspi ros que reverberaban en las paredes. Levanté los brazos tentativamente y cuando lo abracé no hizo nada para evitarlo. Sentí el delicado terciopelo de su túnica y la suave seda de su cabello. Aquello casi era el éxtasis. Mi miembro se agitó espasmódicamente, se alargó y todo el escozor de mi cuerpo palpitó con renovado ardor. Pero él me soltó, me dio media vuelta y me colocó otra vez las manos en el cuello. Podéis caminar despacio me dijo, y rozó mi mejilla con sus labios. La mezcolanza de consternación y anhelo que bullía en mi interior era tan enorme que casi rompí a llorar una vez más. Por la avenida sólo circulaban unos pocos carruajes descubiertos, que al parecer daban paseos de placer; al llegar a la plaza dibujaban un amplio círculo y nos pasaban rápidamente en su trayecto de vuelta. Vi a los esclavos con brillantes arneses y pesadas campanillas de plata que tintineaban col gando de sus penes, ya una rica dama del pueblo con una capucha y esclavina de terciopelo rojo in tenso que chasqueaba una larga correa plateada contra estos corceles. Se me ocurrió que mi amo debería hacerse con un carruaje como aquél y luego sonreí para mis adentros al darme cuenta de las ideas que me venían a la mente. Aún seguía estremecido por el beso y conti nuaba absolutamente rendido por la sesión que había padecido sobre la plataforma pública. Cuan do mi amo se ajustó a mi paso junto a mí, pensé que estaba soñando. Sentí el terciopelo de su man ga rozándome la espalda y su mano tocándome el hombro. Estaba tan debilitado que tuve que obli garme a mí mismo a seguir adelante. Su mano enroscada en torno ami nuca provo có un hormigueo en todo mi cuerpo. El nudo que constreñía mi miembro se comprimió con un do lor persistente, pero estas sensaciones me delei taron. Medio cerré los ojos, veía los farolillos y antorchas ante mí como si fueran pequeñas explo siones de luz. Nos habíamos alejado ya del albo roto de la plaza de castigos públicos y mi amo ca minaba tan próximo a mí que sentía su túnica contra mi cadera y el cabello rozándome el hom bro. Nuestras sombras brincaron por un instante ante nosotros al pasar junto a una puerta ilumina da por una antorcha. Comprobé que casi tenía mos la misma altura: un hombre desnudo y el otro elegantemente vestido y con una correa en la mano. Luego la oscuridad. Habíamos llegado a su casa. Hizo girar la gran llave de hierro en la cerradura de la pesada puerta de roble y dijo en voz baja: De rodillas yo obedecí y entré en ese otro mundo del vestíbulo pulimentado y débilmente iluminado. Me moví a su lado hasta que se detuvo ante una puerta y luego entramos en una extraña y nueva alcoba. Las velas estaban encendidas. Había un pe queño fuego en el hogar, quizá para secar la hume dad de las paredes de piedra y, contra la pared, una cama descomunal de roble tallado, con un techo artesonado y tres lados incrustados de satén verde. En este cuarto también había libros, viejos pergaminos así como volúmenes encuadernados con cuero, un escritorio con plumas y, de nuevo, más cuadros. Pero se trataba de una habitación mayor que la que había visto anteriormente, más sombría pero más confortable. No me atrevía a abrigar esperanzas ni temores sobre lo que podría suceder aquí. Mi amo se esta ba desnudando y, mientras yo observaba maravi llado, se desprendió de todo lo | |
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| | #1.5 |
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| | #152 |
| Denunciante Novato | A continuación se volvió hacia mí y compro bé que su sexo estaba tan vivo y duro como brotó a chorros.el mío. Era un poco más grueso pero no más largo, y tenía el vello púbico del mismo blanco puro que el pelo de la cabeza, que casi parecía etéreo a la luz de las lámparas de aceite. Retiró la colcha verde que cubría la cama y me indicó que me metiera en ella. Yo estaba tan aturdido que por un momento ni me moví, mirando atónito la espléndida tejedu ría de las sábanas de lino. Antes de llegar al pue blo, había pasado tres noches y dos días en la burda empalizada del castillo. Una vez allí, había esperado dormir en algún rincón miserable, sobre maderas desnudas. Pero esto era lo menos impor tante. Aquí, la luz jugueteaba en el pecho de tensa musculatura, los brazos y el pene de mi amo, que parecía crecer mientras yo los contemplaba. Alcé la mirada directamente a sus ojos azul oscuro y me dirigí de rodillas a la cama para subirme a ella. Mi señor se arrodilló a su vez sobre la colcha de cara a mí. Mi espalda daba a los almohadones y él me rodeó suavemente con sus brazos para vol ver a besarme. Los fuertes y audaces lametazos de su boca provocaron una enorme reacción en mí; no pude evitar derramar lágrimas que surcaron mis mejillas, ni un sollozo que me atragantó al in tentar reprimirlo. Me instó con delicadeza a retroceder y, con su mano izquierda, me levantó los testículos y el miembro erecto. Inmediatamente, yo me dejé caer para besarle los testículos. Los recorrí con mi len gua como me habían enseñado a hacerlo con los corceles humanos del establo, abarcándolos con la boca y tironeándolos tiernamente con los dientes. Luego tomé la verga entre mis labios y la estiré con fuerza, un poco sorprendido por su grosor. No era más grande que el falo mayor que me ha bían introducido horas antes, pero el grosor debía de ser parecido. Entonces se me ocurrió la turba dora idea de que mi señor me había preparado para él; y sólo con pensar en él penetrándome de aquella forma me excité de un modo incontrola ble. Relamí y chupé su miembro, lo saboreé pen sando que se trataba de mi dueño y no de un escla vo; éste era el hombre que silenciosamente me había dado órdenes durante todo el día, me había subyugado y derrotado. Noté cómo poco a poco se separaban mis piernas, mi vientre se hundía ha cia abajo y mis posaderas se levantaban con movimientos espontáneos mientras yo seguía lamien do y gruñendo suavemente. Casi estaba llorando cuando él me levantó el rostro y señaló un pequeño tarro que había sobre un estante en la pared artesonada. Me acerqué y lo abrí de inmediato. La crema que había en su interior era espesa y absolutamente blanca. Luego señaló su pene e inmediatamente yo tomé un poco de crema entre mis dedos. Pero antes de aplicarla, besé la punta de su miembro y saboreé un vestigio de humedad. Mojé ligeramente la lengua en el pe queño agujero para recoger todo lo que quedaba del claro fluido. Luego apliqué a conciencia la crema, frotando incluso los testículos, alisando el espeso y rizado vello blanco hasta que quedó reluciente. El falo estaba entonces de color rojo oscuro y pulsaba cimbreante. Mi señor tendió sus manos hacia mí. Yo, vaci lante, le unté los dedos con más crema. Él me indi có con un gesto que quería más y yo se la apliqué. Daos la vuelta dijo, y así lo hice, con el corazón embalado. Noté la crema en mi ano. La aplicó profundamente y en buena cantidad, y lue go sus manos me rodearon. Con la izquierda re cogió mis testículos hacia arriba, unió la carne col gante a mi pene de tal manera que los testículos fueron impelidos hacia delante. Solté un breve y desesperado grito implorante cuando sentí que me penetraba lentamente. No encontró resistencia. Fui alanceado otra vez, con igual ahínco que con el falo y, con fuertes y sonoras embestidas, sentí que se clavaba cada vez más. La mano que rodeaba mi verga enderezó el miembro hacia delante y sentí que con la mano derecha envolvía la punta y la crema se escurría en torno a la carne torturada. Luego apretó la mano e impulsó la verga arriba y abajo siguiendo el ritmo de las embestidas que me penetraban por detrás. Mis sonoros gruñidos reverberaban por toda la habitación. Toda mi pasión contenida |
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| | #153 |
| Denunciante Novato | Mis caderas se balanceaban violentamente adelante y atrás, y el miembro de mi amo me sostuve en la mano izquierda mientras hacía entrar mi miembro en él.partía en dos mientras mi propio órgano disparaba sus fluidos con impetuosos regueros. Por un instante no vi nada. Aguanté los espasmos sumido en la oscuridad. Estaba enganchado desvalidamente de la verga que me sesgaba. Gra dualmente, al final mismo de la oleada, sentí que mi miembro volvía a levantarse. Las manos lubri cadas de mi amo lo animaban con mimos a erguir se de nuevo. Había estado atormentado durante demasiado tiempo como para quedar satisfecho tan fácilmente. No obstante, la recuperación era atroz. Casi gemí para ser liberado, pero mis quejas se parecían demasiado a suspiros de placer. Su mano me manipulaba con habilidad, su polla me colmaba sin cesar, y yo oía mis quejidos, los mis mos gritos cortos, con la boca abierta, que había soltado bajo la pala del maestro de azotamientos en la plataforma giratoria. Sentí que mi miembro padecía los mismos espasmos que allí, y vi todas aquellas caras a mi alrededor. Pero sabía que estaba a solas en el dormitorio de mi señor y que yo era su esclavo; él no iba a dejarme marchar hasta que volviera a arrancar de mí otra tremenda ex plosión. Sin embargo, mi pene no recordaba nada. Se deslizaba adelante y atrás entre sus experimentados dedos. Las embestidas que recibía por detrás eran cada vez más prolongadas, rápidas y bruscas. Sentí que alcanzaba el clímax mientras sus caderas chocaban contra mi trasero escaldado. y cuando él soltó un grave gemido de estremecimiento y descargó en mi interior con sacudidas incontrola bles, sentí que mi pene estallaba de nuevo en la vaina apretada que formaba su mano, esta vez de un modo más lento, más profundo e incluso más devastador. Me desplomé hacia atrás contra él, con la cabeza caída sobre su hombro mientras las convulsiones de su verga seguían maltratando mi interior. No nos movimos durante un largo rato. Luego, él me levantó y me empujó hacia los coji nes. Yo me tendí y él se echó a mi lado. Él tenía la cara vuelta hacia el otro lado y yo observé amodo rrado su hombro desnudo y el cabello blanco. De bería haberme quedado dormido irresistiblemen te. Pero no lo hice. Seguía pensando en que estaba a solas con él en este dormitorio y él aún no me había ordenado marcharme. Los acontecimientos de la jornada no se retiraban. Todo lo que me había suce'dido con tinuaba omnipresente en mi mente. Mi lengua se trababa en mi boca como si quisiera empezar a ha blar, y mis ojos permanecían abiertos. Quizá pasó un cuarto de hora. Las velas creaban una agradable y débil luz dorada. Me inclinéhacia delante y besé el hombro del amo. Él no me lo impidió. Le besé por detrás de la cintura y lue go el trasero. Liso, sin erupciones ni marcas rojas, virginal, el trasero de un señor del pueblo, un lord o un soberano del castillo. Sentí cómo se agitaba debajo de mí pero no dijo nada. Besé la hendidura entre sus nalgas y lancé la lengua hasta el círculo rosado del ano. Noté cómo empezaba a moverse ligeramente. Se paró las piernas muy despacio y yo abrí las nalgas un poco más. Lamí la pequeña boca rosa, saborean do el extraño amargor, y la mordisqueé. Mi propia verga se hinchó bajo las sábanas. Descendí lentamente por la cama y avancé con suavidad por encima de sus piernas, acurrucándo me sobre él. Apreté el miembro contra sus piernas mientras lamía la pequeña boca rosa y clavaba mi lengua en ella. Entonces le oí decir en voz baja: Podéis poseerme si lo deseáis. Experimenté el mismo asombro paralizador que cuando me dijo que me metiera en la cama. Sobé y besé sus sedosas nalgas y luego me incor poré apresuradamente para cubrir toda su longi tud con mi cuerpo, apretando mi boca contra su nuca y deslizando mis manos por debajo de él. Encontré su falo ya erecto y lo |
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| Denunciante Novato | Su ano era angosto, escabroso e indeciblemente delicioso. convertían en una sensación exquisita.Dio un pequeño respingo pero yo aún estaba bien lubricado y mi verga se deslizaba con facili dad adelante y atrás. Atenacé con ambas manos su órgano y tiré hacia arriba de él para que se arrodillara un poco con la cara aún apretada contra las almohadas. Entonces galopé con fuerza sobre él, golpeando con mi vientre sus suaves y limpias nalgas mientras le oía gemir, estirando su polla, cada vez más erecta, hasta que le oí gritar a pleno pulmón y entonces descargué en su interior, al tiempo que su semen se derramaba sobre mis dedos. Esta vez, cuando me tumbé supe que iba a dormir. Mis nalgas hervían bajo mi cuerpo y las ronchas me escocían detrás de las rodillas, pero estaba satisfecho, Alcé la vista al cielo de satén verde de la cama y perdí lentamente todo conoci miento, Noté que él nos cubría a los dos con la colcha y apagaba las velas, Entonces supe que su brazo estaba sobre mi pecho, y después ya no fui consciente de nada más, excepto de que me su mergía profundamente mientras el escozor de mis músculos y toda mi carne se |
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| Denunciante Novato | TRISTÁN DESCUBRE UN POCO MAS SU ALMA Tristán: Debía de ser media mañana cuando me des pertó uno de los sirvientes, que rápidamente las pantorrillas y los muslos, se trata ba de corceles consumados.me sacó de la cama. El muchacho, demasiado joven para ser amo de un esclavo, parecía gozar con la tarea de ponerme el desayuno en una cacerola en el suelo de la cocina. Luego me hizo salir apresuradamente a la calzada que daba a la parte posterior de la casa, donde se hallaban dos espléndidos corceles humanos colocados uno junto al otro, con las riendas enganchadas aun único arnés de unos dos metros de longitud aproximadamente. La guarnición se pro longaba tras ellos hasta llegar a otro muchacho que la sostenía y que ayudó rápidamente al prime ro a situarme en el tiro. Mi verga ya se había pues to firme pero, sin explicación aparente, me sentí paralizado, lo que obligó a los muchachos a mane jarme con rudeza. No había ningún carruaje en las proximidades de la casa, a excepción de los que pasaban con estruendo a todo galope y con el chasquido de los látigos. Las herraduras de las botas de los esclavos producían un sonido plateado, claro, mucho más ligero y rápido que el de los caballos de verdad, pensé, mientras mi pulso se aceleraba vertiginosa mente. Me habían colocado en solitario detrás del primer par del tiro. Con maestría y rapidez, liga ron las correas alrededor de mis testículos y mi pene, levantándolos hasta el miembro erecto para que quedaran guarecidos bajo él. No pude evitar retorcerme cada vez que las firmes manos apretaban las ligaduras. Me ataron las manos a la espalda y me colocaron un grueso cinturón alrededor de las caderas, con el pene erecto sujeto contra él. Luego, introdujeron con ímpetu un falo en mi tra sero, que a su vez quedó atado al cinturón con unas sogas que ascendían por detrás y pasaban entre las piernas por delante. Parecía estar mucho mejor ajustado que el día anterior pero no llevaba la cola de caballo; ni tampoco me pusieron botas, lo cual, cuando me di cuenta, me asustó más de lo concebible. Notaba mis nalgas apretadas por las ligaduras de cuero que sostenían el falo, con lo que me sentí más expuesto y desnudo en esa parte. Al fin y al cabo, la cola de caballo había representado una forma de protección. Pero experimenté verdadero pánico cuando me colocaron el arnés, que me metieron por la ca beza y los hombros. Los jaeces eran delgados, casi delicados, y estaban cuidadosamente bruñidos. Uno de ellos me rodeaba la parte superior de la ca beza y bajaba por los lados, ramificándose para no cubrir las orejas y enganchándose en el cuello me diante un collar ancho y suelto. Otro jaez delgado bajaba sobre mi nariz y biseccionaba un tercero que me rodeaba la cabeza a la altura de la boca, donde mantenía sujeto un falo corto de inmenso grosor que habían metido a la fuerza entre mis la bios sin darme tiempo a protestar. Este falo llena ba la boca, aunque no penetraba excesivamente, y yo mordía y chupaba su base casi sin poder con trolarme. Aun así respiraba bastante bien, a pesar de que mi boca estaba estirada de un modo tan do loroso como mi ano. La sensación de estar dilata do y penetrado por ambos extremos me provoca ba una desesperada turbación que me obligaba a gemir miserablemente. Cuando todo aquello que dó bien apretado y ajustado, me abrocharon el co llar por la nuca y amarraron las riendas de los cor celes anteriores a esa hebilla posterior del collar, pasándolas por encima de mis hombros. El resto de riendas que llegaban desde las caderas bien guarnecidas de los corceles delanteros iba enganchado a la hebilla del cinturón que me rodeaba el vientre. Se trataba de un arnés sumamente ingenioso. La marcha de los corceles delanteros tiraría de mí hacia delante, impediría que me cayera e incluso que perdiera el equilibrio. Eran dos para aguantar mi peso y, por lo que veía, a decir de los gruesos músculos de |
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| Denunciante Novato | Mientras esperaban, sacudían la cabeza como si les gustara el contacto con el cuero, en equipados con muestras de la mercancía.cambio a mí ya empezaban a saltarme las lágrimas. ¿Por qué no me enjaezaban también a mí al carro como a ellos? ¿Qué iban a hacerme? De pronto, ellos me parecieron resplandecientes y privilegiados, con sus brillantes colas de caballo y las cabezas erguidas. Yo, en cambio, me sentía amarrado como un prisionero de la peor calaña. Mis pies desnudos patearían pesadamente el suelo por detrás de la re sonancia metálica de sus pies calzados con botas herradas. Me retorcí y di tirones, pero las correas estaban bien apretadas y los mozos, atareados en untar con aceite mis nalgas, ni me hicieron caso. De repente la voz de mi amo me sobresaltó. Lo vi aparecer por el rabillo del ojo, con una larga correa de cuero colgando de su cintura. Preguntó con voz suave a los muchachos si yo ya estaba lis to, los mozos contestaron afirmativamente y uno me propinó un buen cachete con la palma abierta, mientras el otro apretaba aún más firmemente el falo en mi boca abierta. Solté un sollozo áspero y desesperado. Mi señor se puso frente a mí. Llevaba un her moso jubón de terciopelo color ciruela con unas caprichosas mangas abombadas. Cada centímetro de él estaba tan exquisitamente ataviado como los príncipes del castillo. El recuerdo de la efusión de las relaciones de la noche anterior se apoderó de mí y me obligó a ahogar en silencio los gritos que pugnaban por salir de mi garganta. En su lugar surgieron de mí unos desesperados sonidos nada naturales. Intenté contenerme pero a estas alturas estaba ya tan seriamente reprimido que parecía haber perdido toda capacidad de dominio. Traté de opo nerme a las ligaduras y comprendí lo absolutamente indefenso que estaba. Aunque quisiera, no podría ni echarme al suelo ya que los fuertes cor celes humanos me sostenían sin ningún esfuerzo. Mi amo se acercó y me volvió la cabeza con brusquedad para besarme los párpados. La ternu ra de sus labios, la limpia fragancia de su piel y ca bello, me recordaron toda la intimidad de la alco ba. Pero él era el amo. Siempre lo había sido, incluso cuando yo lo poseía y lo hacía gemir bajo mis embates. Mi pene se retorció y una nueva des carga de gemidos y sollozos se desató en mí. Distinguí en la mano de mi señor una larga y tiesa fusta que entonces puso a prueba sobre uno de los corceles. Más de medio metro de la misma era un mango rígido que se ahusaba formando una tira de igual longitud de cuero plano que sobresalía recta cuando no la chasqueaba contra las nalgas de los corceles. Ordenó con voz clara: La habitual vuelta matinal por el pueblo. Los caballos humanos arrancaron inmediatamente y yo les seguí la marcha a trompicones. Mi amo caminaba a mi lado. Era exactamente como la noche anterior, cuando los dos habíamos recorrido esta misma calzada, sólo que ahora yo estaba preso por las monstruosas correas y los dos falos tan firmemente ajustados. Aterrorizado por la posibilidad de que tuviera que reprenderme, in tenté marchar correctamente como me había enseñado. El ritmo no era excesivamente rápido, pero el látigo plano jugueteaba con las erupciones de mi piel. Me golpeaba y acariciaba la parte inferior de las posaderas. Aunque mi dueño avanzaba en si lencio, el par de jacas que me precedían doblaron una esquina como si conocieran el camino y en tramos en una amplia calleja que llevaba al centro del pueblo. Era la primera vez que podía ver la vi lla en un día normal, y me quedé asombrado. Mandiles blancos, zuecos de madera, pantalo nes de cuero sin curtir, mangas remangadas y vo ces ruidosas y alegres. Había esclavos atareados por doquier. Vi a princesas desnudas fregando umbrales de puertas y los balcones de arriba, lim piando escaparates. Avisté príncipes con cestos en la espalda, que daban saltitos por delante de los lá tigos de sus señoras, tan deprisa como eran capaces y, a través de una puerta abierta, distinguí un grupo de traseros desnudos, enrojecidos, en torno a un enorme barreño para lavar la ropa. Tras doblar un recodo, apareció una tienda de arneses con una princesa maniatada igual que yo, colgando de un letrero colocado encima de la puerta. Más adelante, pasamos junto a una taberna en la que vi una fila de esclavos situados sobre una rampa donde esperaban a ser castigados uno auno sobre un pequeño estrado, para distracción de docenas de parroquianos indiferentes. AlIado había una tienda de falos que exhibía en su portal tres príncipes agachados en cuclillas de cara a la pared con los traseros |
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| | #157 |
| Denunciante Novato | Yo podría estar como ellos, pensé, en cuclillas bajo el tórrido y polvoriento sol mientras atada, exactamente como yo la noche anterior en la pla taforma pública.la gente paseaba. ¿Era aquello peor que trotar con la respi ración entrecortada, la cabeza y las caderas estira das inexorablemente hacia delante, la carne escocida reanimada constantemente por los sonoros y profundos azotes que venían desde detrás ? Aunque no alcanzaba a ver bien a mi señor, con cada flagelación, lo recordaba como la noche anterior, y me quedaba atónito ante la facilidad con que me atormentaba. No es que hubiera soñado que fuera a detenerse por los abrazos del día anterior, pero que los intensificara de este modo... De repente, comprendí la profundidad pavorosa del concepto de sumisión que esperaba de mí. Los corceles se abrían paso con orgullo entre la numerosa multitud, provocando que más de una cabeza se volviera entre los lugareños que se arremolinaban por doquier con cestas para comprar o junto a esclavos amarrados. Una y otra vez, los observadores desplazaban la vista de los corceles tan espléndidamente adiestrados al esclavo que se movía tras ellos. Yo esperaba miradas de desdén y me desilusionó encontrar simplemente un di vertimento silencioso en sus rostros. Estas gentes estaban acostumbradas a encontrar allí donde mi raban, para su deleite, algún delicioso pedazo de carne desnuda, castigado, enjaezado o colocado en alguna grotesca postura. A medida que doblábamos una esquina tras otra, apresurándonos a través de estrechas callejuelas, me sentí mucho más perdido que en la pla taforma giratoria. Cada día me depararía sorpresas devastado ras, tendría un atroz derrotero. A pesar de que es tos pensamientos me hacían lloriquear con más desesperación, hinchaban mi pene entre las liga duras y me forzaban a marchar con más brío in tentando esquivar la chasqueante fusta, todo ello dotaba a mi entorno de un extraño lustre. Sentí el impulso irreprimible de arrojarme a los pies de mi amo, decirle silenciosamente que entendía mi suerte, que lo comprendía con más claridad con cada una de las penosas pruebas, y que se lo agra decía desde lo más profundo de mi ser por estimar conveniente vencer mi resistencia de manera tan absoluta. ¿No había hablado él de aquello el día anterior, de que el nuevo esclavo cediera? ¿No había dicho que el falo era bueno para ello? El falo me hendía ampliamente otra vez, y el que me esti raba la boca hacía que mis gritos sonaran roncos e ingobernables. Quizás él comprendiera mis sentimientos a través de los gritos. Si al menos se dignara a con solarme tan sólo con el roce de sus labios... Me di cuenta casi con un sobresalto de que ninguno de los rigores del castillo me había vuelto tan manso y servil. Habíamos llegado a una gran plaza. Por todas partes se veían signos distintivos de posadas, calles de doble calzada y altas ventanas. Los meso nes de esta parte del pueblo eran suntuosos y elegantes, con las ventanas tan ornamentadas como Ilas de una casa solariega. Mientras rodeábamos ampliamente el pozo situado en medio de la plaza, abriéndonos paso entre la multitud que se aparta ba afablemente, descubrí con gran sorpresa al ca pitán de la guardia de la reina ganduleando tran quilamente ante la entrada de una de las posadas. Se trataba, sin lugar a dudas, del capitán. Recordaba su cabello rubio, la barba de dos días y aquellos melancólicos ojos verdes. No era fácil de olvidar. Fue él quien me trajo de mi tierra natal, me capturó cuando intentaba escaparme del campamento y me llevó de regreso al castillo, ata do de manos y tobillos a un palo transportado en tre dos de sus jinetes. Aún podía recordar aquel grueso falo que me empalaba y la sonrisa silencio sa con la que él ordenaba noche tras noche que me azotaran por el campamento, hasta que llegába mos al castillo. Tampoco había olvidado aquel ex traño e inexplicable momento en el que nos sepa ramos y nos miramos el uno al otro. Adiós, Tristán había dicho con voz sumamente cordial. Yo le había besado la bota es pontáneamente, en silencio y con la mirada aún fija en la suya. Mi pene también lo reconoció. A medida que me llevaban cada vez más cerca de él, sentí un repentino terror de que me viera. Me pareció una deshonra que sería incapaz de soportar. Por un instante, todas las extrañas normas del reino parecían justas e inmutables, y yo mientras tanto seguía atado, penitente, condena do al pueblo. El capitán se enteraría de que me ha bían expulsado del castillo para sufrir un trato más severo incluso que el que él me había conce dido. Pero él estaba mirando algo a través de la puerta abierta del Signo del León. Eché una ojeada al pequeño espectáculo. Una encantadora mujer con una vistosa falda roja y una blusa blanca con volantes azotaba diligentemente a su esclava, colocada sobre un mostrador de madera. y el pre cioso rostro que se asomaba surcado de lágrimas no era otro que el de Bella. Forcejeaba y se retorcía bajo la pala pero descubrí que no estaba |
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| Denunciante Novato | Pasamos de largo, pero el capitán alzó la vista y, como si se tratara de una pesadilla, oí hacía comer de mi mano sino el ritual diario.que mi amo hacía detener los corceles. Yo me quedé quieto, con el pene constreñido contra el cuero. Aquello era ineludible. Mi amo y el capitán se estaban saludando e intercambiaban comentarios jocosos. El capitán admiró los corceles. Tiró con rudeza de la cola de caballo del que estaba a la derecha, levantó y acarició el lustroso pelo negro y luego pellizcó el muslo enrojecido del esclavo que sacudió la cabeza y transmitió un tiritón por los arneses. El capitán se rió. ¡Ah, ya veo que tiene buen humor! dijo y se volvió al corcel con ambas manos, provocado al parecer por aquel gesto. Levantó la barbilla del es clavo y luego empujó el falo hacia arriba con va rias sacudidas violentas hasta que el caballo pataleó moviendo las piernas fogosamente. Luego recibió una suave palmada en el trasero y el corcel se apaciguó. Sabéis, Nicolás dijo con aquella voz fa miliar y grave, capaz de provocar miedo con una sola sílaba, le he dicho en varias ocasiones a su majestad que debería prescindir de sus caballos en los trayectos cortos y confiar en los corceles escla vos. Podríamos equipar un gran establo para ella con bastante rapidez y creo que disfrutaría enormemente. Pero lo considera un pasatiempo del pueblo y no lo toma verdaderamente en cuenta. Tiene un gusto muy particular, capitán di jo mi amo. Pero decidme, ¿habéis visto antes a este esclavo? Para horror mío tiró de mi cabeza hacia atrás con las correas del arnés. Sentí los ojos del capitán sobre mí pese a que yo no miraba. Podía imaginar mi boca cruelmente estirada, con las correas del arnés segándome la piel. El capitán se acercó un poco más. Se quedó a poco más de un palmo de mí y entonces oí su gra ve voz que sonó aún más profunda. ¡Tristán! Su gran mano se cerró en torno a mi pene. Lo apretó con fuerza, cerró la punta de un pellizco y luego lo soltó, dejando un nudo de sensaciones en mí. Me acarició los testículos y pellizcó con la punta de los dedos la protección de piel que las ligaduras estiraban tan extremadamente. Yo estaba como la grana, era incapaz de en contrar su mirada. y mis dientes parecían querer acabar con el enorme falo, como si pudiera devo rarlo. Sentía moverse mis mandíbulas y la lengua que lamía el cuero como si me viera forzado a hacerlo. El capitán pasó la mano por mi pecho y hombros. Me vino a la mente una imagen relampaguean te del campamento, en la que yo estaba atado a una gran cruz de madera en un círculo formado por más cruces, mientras los soldados se paseaban ociosos a mi alrededor, importunando y educan do mi pene, y yo esperaba hora tras hora los lati gazos de la noche; la sonrisa sigilosa del capitán cuando pasaba a grandes zancadas, su capa dorada echada sobre un hombro. De modo que es así como se llama dijo mi amo con una voz que sonaba más joven y refinada que el profundo murmullo del capitán, Tristán. Oírle pronunciar mi nombre aumentó mi tor mento. Por supuesto que lo conozco dijo el capitán. Su grande y misteriosa figura se desplazó un poco para dejar pasar a un grupo de mujeres jóve nes que reían y hablaban en voz alta. Lo traje al castillo hace tan sólo seis meses. Era uno de los es clavos más desmandados, se escapó y huyó por el bosque cuando le ordenaron desnudarse. Pero cuando lo puse de nuevo a los pies de su majestad estaba perfectamente domesticado. Se había con vertido en el capricho de dos de mis soldados, que se encargaban de fustigarlo a diario por todo el campamento. Cuando lo devolvimos al castillo, lo habían echado de menos más que a ningún otro esclavo que hubieran disciplinado antes. Me estremecí en silencio, reprimiendo todo sonido, aunque la mordaza, inexplicablemente, lo hacía aún más difícil. Una pasión dijo la suave y retumbante voz. No era la severidad de los latigazos lo que le |
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| Denunciante Novato | Oh, qué ciertas eran sus palabras, pensé. El rostro me escocía. Aquella temible e robusta al sol cuando cogió la fusta de la mano de mi amo.inevitable sensación de desnudez descendió de nuevo sobre mí. Aún podía ver la tierra revuelta ante las tien das del campamento, sentir las correas y oír los pasos y la conversación de los soldados que avanzaban conmigo. «Sólo una tienda más, Tristán.» O aquel saludo de todos los atardeceres, «Vamos, Tristán, es hora de nuestra pequeña excursión por el campamento; así, así, mirad esto Gareth, qué pronto aprende este jovencito. ¿Qué os dije yo, Geoffrey? Que en tres días podría prescindir de las manillas.» y la forma en que a continuación me daban de comer de sus manos, me limpiaban la boca casi con cariño, me daban palmaditas y me daban a beber cantidades excesivas de vino, antes de llevarme al bosque a la hora en que oscurecía. Recordaba sus penes, las discusiones sobre quién empezaba, y si era mejor por la boca o por el ano. A veces uno de ellos se ponía delante y el otro detrás, y por lo visto el capitán nunca estaba muy le jos, siempre observando sonriente. Así que me habían tomado cariño. No había sido cosa de mi imaginación, como tampoco lo era el afecto que yo sentía por ellos. Caí en la cuenta con una lenta e innegable comprensión. Era uno de los príncipes más espléndidos, de modales más exquisitos de todos murmuró el capitán con aquella voz que parecía surgir de su pecho, no de su boca. De repente quise volver la cabeza y mirarlo, comprobar si seguía tan apuesto como entonces. La breve ojeada que le eché mo mentos antes había sido demasiado rápida. Se lo entregaron a lord Stefan como esclavo personal, con la bendición de la reina. Me sorprende verlo aquí. En ese momento su voz insinuaba cierto enfado. Le dije a la reina que yo personalmente había vencido toda su resistencia, hasta domarlo. Me levantó la cabeza y la empujó a uno y otro lado. Comprendí, cada vez con más tensión, que durante todo este rato yo había guardado un si lencio casi absoluto, esforzándome por no emitir ningún sonido en su presencia; pero entonces estaba a punto de rendirme, hasta que finalmente no pude controlarme. Solté un gemido grave, que al menos era mejor que llorar. ¿Qué hicisteis? ¡Miradme! inquirió ¿Dis gustasteis a la reina? Yo respondí negativamente con la cabeza pero sin mirarle a los ojos, todo mi cuerpo parecía hin charse bajo las guarniciones. ¿Fue Stefan quien se ó?Hice un gesto de asentimiento. Eché una rápi da mirada a sus ojos y aparté al instante la vista, incapaz de soportarlo. Entre este hombre y yo existía un extraño vínculo. En cambio esto era lo horrible de todo aquello, no existía ningún vínculo entre Stefan y yo. Y había sido vuestro amante anteriormente, ¿no es cierto? insistió el capitán, que se había acercado a hablarme al oído, aunque sabía que mi amo podía oírle a la perfección. Años antes de que él viniera a vivir al reino. Yo volví a asentir. ¿Y esa humillación era más de lo que po díais soportar? inquirió ¿Vos, que habíais aprendido a abrir el culo a los soldados rasos? ¡No! grité desde detrás de la mordaza sacudiendo la cabeza con violencia. Sentía martilla zos en las sienes. La lenta e ineludible comprensión que se había iniciado momentos antes se tornaba cada vez más evidente. La total frustración que sentía me hizo llorar. Si al menos pudiera explicarme... Pero el capitán agarró la pequeña anilla de plata del falo que me habían metido en la boca y em pujó mi cabeza hacia atrás. ¿O tal vez preguntó el problema era que vuestro antiguo amante no tenía suficiente ca rácter para dominaros? Yo volví la vista y entonces lo miré directa mente a los ojos. Si se puede decir que alguien era capaz de sonreír con aquella mordaza en la boca, yo sonreí. Me oí lanzar lentamente un suspiro. y luego, a pesar de que él empujaba el falo con la mano, asentí con la cabeza. Su rostro era claro y hermoso, tal y como lo recordaba. Vi su figura corpulenta y |
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| Denunciante Novato | Mientras ambos nos mirábamos a los ojos, empe zó a fustigarme. quejidos, corrien do detrás de los corceles que me arrastraban vigo rosamente.Sí, la comprensión fue completa en ese instan te. Yo había deseado la degradación total que brindaba el pueblo. No podía soportar el amor de Stefan, su inseguridad, su incapacidad para dominarme. Lo despreciaba por toda su debilidad en nuestro vínculo predestinado. Bella había comprendido mi verdadero pro pósito. Conocía mi alma mejor que yo mismo. Esto era lo que me merecía. Además, era algo an helado por mí; aquello era tan violento como el campamento de los soldados en el que mi digni dad, mi orgullo y mi persona habían sido vulnera dos por completo. Castigo, aquí, en esta plaza abarrotada de gente, bañada por la luz del sol, rodeado incluso por las muchachitas del pueblo y una mujer que esta ba de pie ante la puerta de la posada con los brazos cruzados, y los sonoros chasquidos de la fusta; castigo era lo que me merecía, lo que ansiaba, pese a estar aterrorizado. En un momento de absoluta entrega, separé mis piernas, eché la cabeza hacia atrás y balanceé las caderas en un gesto que mostraba mi total aceptación de los azotes. El capitán blandió la fusta plana con movi mientos largos y oscilantes. Mi cuerpo revivió con las punzadas y heridas que me provocó. Sin duda, mi amo entendía mi secreto. Después de este diálogo, no habría clemencia para mí cuando reanudara el recorrido, por mucho que yo suplicara más tarde con queji dos y gimoteos. La zurra había concluido pero yo no me retiré de mi posición suplicante. El capitán devolvió la fusta a su dueño y de repente me acarició el rostro, al parecer impulsivamente, y me besó los párpados como había hecho mi amo. Este gesto desató el úl timo nudo que quedaba aún en mí. Era la agonía de no poder besar sus pies, sus manos, sus labios. De no poder inclinar mi cuerpo torturado hacia él. El capitán retrocedió unos pasos tendiendo su mano a mi señor. Vi cómo se abrazaban con bas tante naturalidad, al parecer mi amo, con su eleancia y su constitución un poco más menuda, un espléndido cuchillo de plata tallado al lado de la corpulencia del capitán. Siempre sucede igual comentó el capitán con una sonrisa, mirando a los ojos fríos e inteli gentes de mi señor. Entre un grupo de cien es clavos tímidos y ansiosos recién llegados para su purificación, están los que piden el castigo, los que necesitan los rigores, no para purgar sus faltas sino para refrenar sus apetitos ilimitados. Sus palabras eran tan ciertas que yo lloriqueaba, del todo sobrecogido sólo de pensar en los incentivos que esto ofrecería a mis atormentadores. «Pero, por favor quería suplicar, no sabemos lo que hacemos con nosotros mismos. Por favor, tened piedad.» La muchachita que tengo yo en el Signo del León, Bella, es igualdijo el capitán. Un alma hambrienta que fomenta en mí la pasión de forma peligrosa. Bella. Por eso la observaba antes a través de la puerta de la posada. Así que él era su amo. Sentí un divino escarceo de celos y consuelo. Los ojos de mi señor me perforaron. Los so llozos me sacudían con espasmos que se propaga ban por mi pene y por las irritadas pantorrillas. Pero el capitán seguía a mi lado. Volveré a verte, joven amigo me dijo en voz baja, pegado a mi mejilla. Saboreó con sus la bios mi rostro y luego chupó con crueldad mis la bios abiertos. Claro está, con el permiso de vuestro gentil amo. Cuando reanudamos el recorrido, yo camina ba inconsolable. Mi suave lloriqueo hacía volver la cabeza a los viandantes mientras continuábamos la marcha para salir de la plaza y posteriormente nos introducíamos por otras callejuelas, pasando junto a cientos de otros desgraciados. ¿Les habrían puesto en evidencia como a mí, tanto ante sí mismos como ante sus dueños y señoras? Los azotes del capitán me habían dejado tan irritado que el menor golpecito de la fusta me ha cía brincar de dolor, por lo que intenté no detener la marcha lo más mínimo, entre |
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