Ver Mensaje Individual
Antiguo 03-10-2011 , 12:13:30   #156
esquimala
Denunciante Novato
 
Avatar de esquimala
Me Gusta
Estadisticas
Mensajes: 249
Me Gusta Recibidos: 1
Me Gustas Dados: 0
Ingreso: 03 ago 2011

Temas Nominados a TDM
Temas Nominados Temas Nominados 0
Nominated Temas Ganadores: 0
Reputacion Poder de Credibilidad: 15
Puntos: 674
esquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacular
  
Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Mientras esperaban, sacudían la cabeza como si les gustara el contacto con el cuero, en
cambio a mí ya empezaban a saltarme las lágrimas. ¿Por qué no me enjaezaban también
a mí al carro como a ellos? ¿Qué iban a hacerme? De pronto, ellos me parecieron
resplandecientes y privilegiados, con sus brillantes colas de caballo y las cabezas
erguidas. Yo, en cambio, me sentía amarrado como un prisionero de la peor calaña. Mis
pies desnudos patearían pesadamente el suelo por detrás de la re sonancia metálica de
sus pies calzados con botas herradas. Me retorcí y di tirones, pero las correas estaban
bien apretadas y los mozos, atareados en untar con aceite mis nalgas, ni me hicieron
caso.
De repente la voz de mi amo me sobresaltó.
Lo vi aparecer por el rabillo del ojo, con una larga correa de cuero colgando de su
cintura. Preguntó con voz suave a los muchachos si yo ya estaba lis to, los mozos
contestaron afirmativamente y uno me propinó un buen cachete con la palma abierta,
mientras el otro apretaba aún más firmemente el falo en mi boca abierta. Solté un
sollozo áspero y desesperado.
Mi señor se puso frente a mí. Llevaba un her moso jubón de terciopelo color ciruela con
unas caprichosas mangas abombadas. Cada centímetro de él estaba tan exquisitamente
ataviado como los príncipes del castillo. El recuerdo de la efusión de las relaciones de la
noche anterior se apoderó de mí y me obligó a ahogar en silencio los gritos que
pugnaban por salir de mi garganta. En su lugar surgieron de mí unos desesperados
sonidos nada naturales.
Intenté contenerme pero a estas alturas estaba
ya tan seriamente reprimido que parecía haber perdido toda capacidad de dominio. Traté
de opo nerme a las ligaduras y comprendí lo absolutamente indefenso que estaba.
Aunque quisiera, no podría ni echarme al suelo ya que los fuertes cor celes humanos me
sostenían sin ningún esfuerzo.
Mi amo se acercó y me volvió la cabeza con brusquedad para besarme los párpados. La
ternu ra de sus labios, la limpia fragancia de su piel y ca bello, me recordaron toda la
intimidad de la alco ba. Pero él era el amo. Siempre lo había sido, incluso cuando yo lo
poseía y lo hacía gemir bajo mis embates. Mi pene se retorció y una nueva des carga de
gemidos y sollozos se desató en mí. Distinguí en la mano de mi señor una larga y tiesa
fusta que entonces puso a prueba sobre uno de los corceles. Más de medio metro de la
misma era un mango rígido que se ahusaba formando una tira de igual longitud de cuero
plano que sobresalía recta cuando no la chasqueaba contra las nalgas de los corceles.
Ordenó con voz clara:
La habitual vuelta matinal por el pueblo.
Los caballos humanos arrancaron inmediatamente y yo les seguí la marcha a
trompicones.
Mi amo caminaba a mi lado. Era exactamente como la noche anterior, cuando los dos
habíamos recorrido esta misma calzada, sólo que ahora yo estaba preso por las
monstruosas correas y los dos falos tan firmemente ajustados. Aterrorizado por la
posibilidad de que tuviera que reprenderme, in tenté marchar correctamente como me
había enseñado.
El ritmo no era excesivamente rápido, pero el látigo plano jugueteaba con las erupciones
de mi piel. Me golpeaba y acariciaba la parte inferior de las posaderas. Aunque mi
dueño avanzaba en si lencio, el par de jacas que me precedían doblaron una esquina
como si conocieran el camino y en tramos en una amplia calleja que llevaba al centro
del pueblo. Era la primera vez que podía ver la vi lla en un día normal, y me quedé
asombrado.
Mandiles blancos, zuecos de madera, pantalo nes de cuero sin curtir, mangas
remangadas y vo ces ruidosas y alegres. Había esclavos atareados por doquier. Vi a
princesas desnudas fregando umbrales de puertas y los balcones de arriba, lim piando
escaparates. Avisté príncipes con cestos en la espalda, que daban saltitos por delante de
los lá tigos de sus señoras, tan deprisa como eran capaces y, a través de una puerta
abierta, distinguí un grupo de traseros desnudos, enrojecidos, en torno a un enorme
barreño para lavar la ropa.
Tras doblar un recodo, apareció una tienda de arneses con una princesa maniatada igual
que yo, colgando de un letrero colocado encima de la puerta. Más adelante, pasamos
junto a una taberna en la que vi una fila de esclavos situados sobre una rampa donde
esperaban a ser castigados uno auno sobre un pequeño estrado, para distracción de
docenas de parroquianos indiferentes. AlIado había una tienda de falos que exhibía en
su portal tres príncipes agachados en cuclillas de cara a la pared con los traseros
equipados con muestras de la mercancía.

esquimala no está en línea   Responder Citando
 
Page generated in 0,05341 seconds with 11 queries