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Antiguo 03-10-2011 , 12:12:45   #155
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

TRISTÁN DESCUBRE UN POCO MAS SU ALMA
Tristán:
Debía de ser media mañana cuando me des pertó uno de los sirvientes, que rápidamente
me sacó de la cama. El muchacho, demasiado joven para ser amo de un esclavo, parecía
gozar con la tarea de ponerme el desayuno en una cacerola en el suelo de la cocina.
Luego me hizo salir apresuradamente a la calzada que daba a la parte posterior de la
casa, donde se hallaban dos espléndidos corceles humanos colocados uno junto al otro,
con las riendas enganchadas aun único arnés de unos dos metros de longitud
aproximadamente. La guarnición se pro longaba tras ellos hasta llegar a otro muchacho
que la sostenía y que ayudó rápidamente al prime ro a situarme en el tiro. Mi verga ya
se había pues to firme pero, sin explicación aparente, me sentí paralizado, lo que obligó
a los muchachos a mane jarme con rudeza.
No había ningún carruaje en las proximidades de la casa, a excepción de los que
pasaban con estruendo a todo galope y con el chasquido de los látigos. Las herraduras
de las botas de los esclavos producían un sonido plateado, claro, mucho más ligero y
rápido que el de los caballos de verdad, pensé, mientras mi pulso se aceleraba
vertiginosa mente.
Me habían colocado en solitario detrás del primer par del tiro. Con maestría y rapidez,
liga ron las correas alrededor de mis testículos y mi pene, levantándolos hasta el
miembro erecto para que quedaran guarecidos bajo él. No pude evitar retorcerme cada
vez que las firmes manos apretaban las ligaduras. Me ataron las manos a la espalda y
me colocaron un grueso cinturón alrededor de las caderas, con el pene erecto sujeto
contra él.
Luego, introdujeron con ímpetu un falo en mi tra sero, que a su vez quedó atado al
cinturón con unas sogas que ascendían por detrás y pasaban entre las piernas por
delante. Parecía estar mucho mejor ajustado que el día anterior pero no llevaba la cola
de caballo; ni tampoco me pusieron botas, lo cual, cuando me di cuenta, me asustó más
de lo concebible.
Notaba mis nalgas apretadas por las ligaduras de cuero que sostenían el falo, con lo que
me sentí más expuesto y desnudo en esa parte. Al fin y al cabo, la cola de caballo había
representado una forma de protección.
Pero experimenté verdadero pánico cuando me colocaron el arnés, que me metieron por
la ca beza y los hombros. Los jaeces eran delgados, casi delicados, y estaban
cuidadosamente bruñidos.
Uno de ellos me rodeaba la parte superior de la ca beza y bajaba por los lados,
ramificándose para no cubrir las orejas y enganchándose en el cuello me diante un collar
ancho y suelto. Otro jaez delgado bajaba sobre mi nariz y biseccionaba un tercero que
me rodeaba la cabeza a la altura de la boca, donde mantenía sujeto un falo corto de
inmenso grosor que habían metido a la fuerza entre mis la bios sin darme tiempo a
protestar. Este falo llena ba la boca, aunque no penetraba excesivamente, y yo mordía y
chupaba su base casi sin poder con trolarme. Aun así respiraba bastante bien, a pesar de
que mi boca estaba estirada de un modo tan do loroso como mi ano. La sensación de
estar dilata do y penetrado por ambos extremos me provoca ba una desesperada
turbación que me obligaba a gemir miserablemente. Cuando todo aquello que dó bien
apretado y ajustado, me abrocharon el co llar por la nuca y amarraron las riendas de los
cor celes anteriores a esa hebilla posterior del collar, pasándolas por encima de mis
hombros. El resto de riendas que llegaban desde las caderas bien guarnecidas de los
corceles delanteros iba enganchado a la hebilla del cinturón que me rodeaba el vientre.
Se trataba de un arnés sumamente ingenioso. La marcha de los corceles delanteros
tiraría de mí hacia delante, impediría que me cayera e incluso que perdiera el equilibrio.
Eran dos para aguantar mi peso y, por lo que veía, a decir de los gruesos músculos de
las pantorrillas y los muslos, se trata ba de corceles consumados.

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