Mis caderas se balanceaban violentamente adelante y atrás, y el miembro de mi amo me
partía en dos mientras mi propio órgano disparaba sus fluidos con impetuosos regueros.
Por un instante no vi nada. Aguanté los espasmos sumido en la oscuridad. Estaba
enganchado desvalidamente de la verga que me sesgaba. Gra dualmente, al final mismo
de la oleada, sentí que mi miembro volvía a levantarse. Las manos lubri cadas de mi
amo lo animaban con mimos a erguir se de nuevo. Había estado atormentado durante
demasiado tiempo como para quedar satisfecho tan fácilmente. No obstante, la
recuperación era atroz. Casi gemí para ser liberado, pero mis quejas se parecían
demasiado a suspiros de placer. Su mano me manipulaba con habilidad, su polla me
colmaba sin cesar, y yo oía mis quejidos, los mis mos gritos cortos, con la boca abierta,
que había soltado bajo la pala del maestro de azotamientos en la plataforma giratoria.
Sentí que mi miembro padecía los mismos espasmos que allí, y vi todas aquellas caras a
mi alrededor. Pero sabía que estaba a solas en el dormitorio de mi señor y que yo era su
esclavo; él no iba a dejarme marchar hasta que volviera a arrancar de mí otra tremenda
ex plosión.
Sin embargo, mi pene no recordaba nada. Se deslizaba adelante y atrás entre sus
experimentados dedos. Las embestidas que recibía por detrás eran cada vez más
prolongadas, rápidas y bruscas.
Sentí que alcanzaba el clímax mientras sus caderas chocaban contra mi trasero
escaldado. y cuando él soltó un grave gemido de estremecimiento y descargó en mi
interior con sacudidas incontrola bles, sentí que mi pene estallaba de nuevo en la vaina
apretada que formaba su mano, esta vez de un modo más lento, más profundo e incluso
más devastador. Me desplomé hacia atrás contra él, con la cabeza caída sobre su
hombro mientras las convulsiones de su verga seguían maltratando mi interior. No nos
movimos durante un largo rato.
Luego, él me levantó y me empujó hacia los coji nes. Yo me tendí y él se echó a mi
lado. Él tenía la cara vuelta hacia el otro lado y yo observé amodo rrado su hombro
desnudo y el cabello blanco. De bería haberme quedado dormido irresistiblemen te.
Pero no lo hice.
Seguía pensando en que estaba a solas con él en este dormitorio y él aún no me había
ordenado marcharme. Los acontecimientos de la jornada no se retiraban. Todo lo que
me había suce'dido con tinuaba omnipresente en mi mente. Mi lengua se trababa en mi
boca como si quisiera empezar a ha blar, y mis ojos permanecían abiertos.
Quizá pasó un cuarto de hora. Las velas creaban una agradable y débil luz dorada. Me
inclinéhacia delante y besé el hombro del amo. Él no me lo impidió. Le besé por detrás
de la cintura y lue go el trasero. Liso, sin erupciones ni marcas rojas, virginal, el trasero
de un señor del pueblo, un lord
o un soberano del castillo.
Sentí cómo se agitaba debajo de mí pero no dijo nada. Besé la hendidura entre sus
nalgas y lancé la lengua hasta el círculo rosado del ano.
Noté cómo empezaba a moverse ligeramente. Se paró las piernas muy despacio y yo
abrí las nalgas un poco más. Lamí la pequeña boca rosa, saborean do el extraño
amargor, y la mordisqueé.
Mi propia verga se hinchó bajo las sábanas.
Descendí lentamente por la cama y avancé con suavidad por encima de sus piernas,
acurrucándo me sobre él. Apreté el miembro contra sus piernas mientras lamía la
pequeña boca rosa y clavaba mi
lengua en ella.
Entonces le oí decir en voz baja:
Podéis poseerme si lo deseáis. Experimenté el mismo asombro paralizador que cuando
me dijo que me metiera en la cama. Sobé y besé sus sedosas nalgas y luego me incor
poré apresuradamente para cubrir toda su longi tud con mi cuerpo, apretando mi boca
contra su nuca y deslizando mis manos por debajo de él. Encontré su falo ya erecto y lo
sostuve en la mano izquierda mientras hacía entrar mi miembro en él.