Ver Mensaje Individual
Antiguo 03-10-2011 , 12:16:42   #160
esquimala
Denunciante Novato
 
Avatar de esquimala
Me Gusta
Estadisticas
Mensajes: 249
Me Gusta Recibidos: 1
Me Gustas Dados: 0
Ingreso: 03 ago 2011

Temas Nominados a TDM
Temas Nominados Temas Nominados 0
Nominated Temas Ganadores: 0
Reputacion Poder de Credibilidad: 15
Puntos: 674
esquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacular
  
Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Mientras ambos nos mirábamos a los ojos, empe zó a fustigarme.
Sí, la comprensión fue completa en ese instan te. Yo había deseado la degradación total
que brindaba el pueblo. No podía soportar el amor de
Stefan, su inseguridad, su incapacidad para dominarme. Lo despreciaba por toda su
debilidad en nuestro vínculo predestinado.
Bella había comprendido mi verdadero pro pósito. Conocía mi alma mejor que yo
mismo.
Esto era lo que me merecía. Además, era algo an helado por mí; aquello era tan violento
como el campamento de los soldados en el que mi digni dad, mi orgullo y mi persona
habían sido vulnera dos por completo.
Castigo, aquí, en esta plaza abarrotada de gente, bañada por la luz del sol, rodeado
incluso por las muchachitas del pueblo y una mujer que esta ba de pie ante la puerta de
la posada con los brazos cruzados, y los sonoros chasquidos de la fusta; castigo era lo
que me merecía, lo que ansiaba, pese a estar aterrorizado. En un momento de absoluta
entrega, separé mis piernas, eché la cabeza hacia atrás y balanceé las caderas en un
gesto que mostraba mi total aceptación de los azotes.
El capitán blandió la fusta plana con movi mientos largos y oscilantes.
Mi cuerpo revivió con las punzadas y heridas que me provocó. Sin duda, mi amo
entendía mi secreto. Después de este diálogo, no habría clemencia para mí cuando
reanudara el recorrido, por mucho que yo suplicara más tarde con queji dos y gimoteos.
La zurra había concluido pero yo no me retiré de mi posición suplicante. El capitán
devolvió la fusta a su dueño y de repente me acarició el rostro, al parecer
impulsivamente, y me besó los párpados como había hecho mi amo. Este gesto desató el
úl timo nudo que quedaba aún en mí. Era la agonía de no poder besar sus pies, sus
manos, sus labios.
De no poder inclinar mi cuerpo torturado hacia él. El capitán retrocedió unos pasos
tendiendo su mano a mi señor. Vi cómo se abrazaban con bas tante naturalidad, al
parecer mi amo, con su eleancia y su constitución un poco más menuda, un espléndido
cuchillo de plata tallado al lado de la corpulencia del capitán.
Siempre sucede igual comentó el capitán con una sonrisa, mirando a los ojos fríos e
inteli gentes de mi señor. Entre un grupo de cien es clavos tímidos y ansiosos recién
llegados para su purificación, están los que piden el castigo, los que necesitan los
rigores, no para purgar sus faltas sino para refrenar sus apetitos ilimitados.
Sus palabras eran tan ciertas que yo lloriqueaba, del todo sobrecogido sólo de pensar en
los incentivos que esto ofrecería a mis atormentadores.
«Pero, por favor quería suplicar, no sabemos lo que hacemos con nosotros mismos. Por
favor, tened piedad.»
La muchachita que tengo yo en el Signo del León, Bella, es igualdijo el capitán. Un
alma hambrienta que fomenta en mí la pasión de forma peligrosa.
Bella. Por eso la observaba antes a través de la puerta de la posada. Así que él era su
amo. Sentí un divino escarceo de celos y consuelo.
Los ojos de mi señor me perforaron. Los so llozos me sacudían con espasmos que se
propaga ban por mi pene y por las irritadas pantorrillas. Pero el capitán seguía a mi lado.
Volveré a verte, joven amigo me dijo en voz baja, pegado a mi mejilla. Saboreó con sus
la bios mi rostro y luego chupó con crueldad mis la bios abiertos. Claro está, con el
permiso de vuestro gentil amo.
Cuando reanudamos el recorrido, yo camina ba inconsolable. Mi suave lloriqueo hacía
volver la cabeza a los viandantes mientras continuábamos la marcha para salir de la
plaza y posteriormente nos introducíamos por otras callejuelas, pasando junto a cientos
de otros desgraciados.
¿Les habrían puesto en evidencia como a mí, tanto ante sí mismos como ante sus
dueños y señoras?
Los azotes del capitán me habían dejado tan irritado que el menor golpecito de la fusta
me ha cía brincar de dolor, por lo que intenté no detener la marcha lo más mínimo, entre
quejidos, corrien do detrás de los corceles que me arrastraban vigo rosamente.

esquimala no está en línea   Responder Citando
 
Page generated in 0,04821 seconds with 11 queries