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Las aventuras de Bella

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Antiguo 21-09-2011 , 18:24:00   #121
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Los mejores licores
El ambiente del lugar era de feria, como en la otra plaza, con los mismos puestos de
comida y vendedores de vino. Desde lo alto, cientos de personas miraban, cruzadas de
brazos, apoyadas so bre alféizares de ventanas y barandas de balcones.
Pero los azotes en la plataforma giratoria no eran el único castigo. Un poco más lejos,
hacia la derecha, de una alta estaca de madera en cuyo ex tremo superior había una
anilla de hierro, colga ban una gran cantidad de largas cintas de cuero que bajaban casi
hasta el suelo. Al final de cada cinta había un esclavo amarrado a ella por un an cho
collar de cuero que le obligaba a mantener la cabeza muy erguida. Todos ellos
marchaban en círculo y, aunque avanzaban lentamente, brinca ban haciendo cabriolas
alrededor de la estaca, siguiendo los golpes constantes de cuatro asistentes encargados
de las palas, que estaban situados en cuatro puntos del círculo como si indicaran los
cuatro puntos cardinales. Los pies desnudos de los cautivos habían surcado el suelo
dejando un rastro circular. Algunos de ellos tenían las manos atadas a la espalda, otros
estaban sujetos a las cintas sin otra ligadura que el collar.
Un grupo disperso de lugareños observaba la marcha y hacía comentarios esporádicos.
Bella, perpleja y en silencio, observó cómo desataban a una joven princesa de largo y
rizado pelo castaño para devolverla a su amo, que la esperaba y la azo tó en los tobillos
con una escoba de paja, instándola a ponerse en movimiento.
Por allí dijo el capitán, y Bella marchó obedientemente a su lado en dirección al alto
mayo del que colgaban las cintas giratorias.
Atadla dijo al guardia, quien se llevó rápidamente a Bella y le abrochó el collar,
obligándola a levantar la mandíbula por encima de la an cha argolla de cuero.
A duras penas distinguió Bella al capitán, que la observaba. Cerca de él había dos
mujeres del pueblo que le estaban hablando y a las que les contestó algo con gesto
indiferente.
La larga tira de cuero que descendía desde lo alto de la estaca hasta su cuello era pesada
y se movía por el impulso de los otros esclavos, formando un círculo cuyo eje era la
anilla de hierro. Bella tuvo que acelerar un poco la marcha para evitar ser arrastrada
hacia delante por el collar, pero entonces éste tiró de ella hacia atrás, hasta que
finalmente la princesa encontró el paso adecuado. En ese instante sintió el primer y
sonoro azote de uno de los guardias que esperaba con bastante indife rencia el momento
de castigarla. Bella se percató de que eran tantos los esclavos que trotaban en el círculo
que los guardias blandían en todo momen to sus brillantes óvalos de cuero negro. Pero
ella sólo disfrutó de unos pocos segundos pausados entre golpe y golpe, mientras el
polvo y la luz del sol le irritaban los ojos al mirar el pelo enmaraña do del esclavo que
marchaba delante.
«Castigo público.» Recordó las palabras del subastador cuando explicaba a todos los
nuevos dueños y señoras que lo prescribieran cada vez que fuera necesario. Sabía que al
capitán nunca se le ocurriría explicarle la razón del castigo, a diferencia de los señores y
damas de buenos modales y pico de oro del castillo. Pero ¿qué importaba?
Bastaba con que estuviera aburrido o que sintiera curiosidad para que ordenara unos
azotes. Cada vez que daba una vuelta completa le veía con clari dad por unos breves
instantes, con los brazos en jarras, las piernas firmemente separadas y los ojos verdes
fijos en ella. Buscar motivos era una ridicu lez, reflexionó. Mientras se preparaba para
recibir otro golpe mortificante, que le hizo perder mo mentáneamente el equilibrio y
todo donaire sobre la tierra polvorienta mientras la pala impulsaba sus caderas hacia
delante, sintió una singular satisfacción que nunca había experimentado en el cas tillo.
No sentía tensión alguna. El consabido dolor de vagina, el anhelo por el pene del
capitán, el estallido de la pala, todo ello estaba presente en la marcha alrededor del
mayo. El collar de cuero re botaba cruelmente contra su barbilla erguida, las yemas de
sus pies producían un ruido sordo al pi sar la tierra apretada, pero aquella sensación no
te nía nada que ver con el terror espeluznante que había experimentado anteriormente.
Sin embargo, un fuerte grito de la multitud que estaba en las proximidades puso fin a su
arro bamiento. Por encima de las cabezas de los lugareños que la observaban a ella y a
los demás escla vos, vio que bajaban al príncipe de la plataforma giratoria, donde tanto
rato había permanecido para escarnio público. No tardaron en subir a una princesa de
pelo rubio como el de Bella, que ocu pó su puesto con la espalda arqueada, el trasero
bien levantado y la mandíbula apoyada en el pilar.
Al dar una nueva vuelta alrededor del peque ño círculo, Bella alcanzó a ver cómo la
princesa se retorcía mientras le ataban las manos a la espalda y le ajustaban la altura del
apoyo de la barbilla con una manivela, para que no pudiera volver la cabe za. Cuando le
ataron las rodillas a la plataforma giratoria ella pataleó furiosamente. La multitud, tan
entusiasmada con su actuación como lo estuvo anteriormente con la demostración de
Bella en la plataforma de subastas, expresó su regocijo con grandes vítores.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Bella atisbó entre el gentío al príncipe que acababan de retirar de la plataforma mientras
se lo llevaban a toda prisa a una picota cercana. De hecho, en un pequeño espacio aparte
había varias picotas que formaban una hilera. Una vez allí, do blaron al príncipe por la
cintura, separaron sus piernas de una patada, sujetaron su cara y manos con abrazaderas
y la madera bajó con un fuerte ruido sordo para sostenerlo mirando hacia delan te, lo
que eliminaba toda posibilidad de esconder la cara, ni de hacer nada.
La muchedumbre se apiñó alrededor de la fi gura desvalida. Bella, tras dar otra vuelta y
soltar un súbito quejido a causa de un palazo inusualmente fuerte, vio al resto de
esclavos, todos ellos princesas, que estaban siendo ridiculizadas del mismo modo en las
picotas, atormentadas por la gente que las manoseaba, toqueteaba y pellizcaba a placer,
aunque también había un lugareño que ofrecía agua a una de ellas.
La princesa tenía que lamerla, naturalmente.
Bella vio el rápido movimiento de su lengua rosa da que se introducía en la corta copa,
pero aun así parecía que realizaba un gesto de misericordia.
Entretanto, la princesa que estaba en la plata forma giratoria pataleaba, daba botes y
ofrecía un gran espectáculo, con los ojos cerrados y retorciendo la boca en una mueca,
mientras la gente ja leaba y contaba cada golpe que ella recibía con un ritmo que
resultaba extrañamente pavoroso.
El tiempo de mortificación de Bella en el mayo estaba llegando a su fin. Le soltaron el
collar con gran destreza y la sacaron jadeante del círculo. Las nalgas, que parecían
hincharse como si esperaran el siguiente azote, le escocían. Cuando le doblaron los
brazos detrás de la espalda sintió un fuerte dolor, pero permaneció firme de pie
esperando a su amo.
El capitán le dio media vuelta con su manaza. Parecía encumbrarse sobre ella, con el
pelo centelleante y dorado por la luz del sol que le iluminaba alrededor de la sombra
oscura de su rostro. Se in clinó para besarla. Meció la cabeza de Bella entre sus manos y
luego tomó sus labios, que abrió atra vesándolos con su lengua, para después dejarla
marchar.
Bella suspiró al sentir que los labios de él se apartaban pues el beso se había afianzado
en lo más profundo de sus caderas. Rozó sus pezones contra la gruesa lazada del coleto
y sintió que la fría hebilla del cinturón le abrasaba la piel. Vio que el rostro moreno se
contraía hasta formar una lenta sonrisa y notó la rodilla del capitán apretada contra su
doliente sexo, mortificando su hambre. De repente creyó sentir una debilidad absoluta,
aunque no tenía nada que ver con los temblores de sus piernas o el agotamiento.
En marcha ordenó el capitán, y dándole media vuelta la envió hacia el lado más alejado
de la plaza con un suave apretón en la escocida nalga.
Pasaron cerca de los esclavos humillados en las picotas, que culebreaban y se retorcían
mien tras soportaban las mofas y palmotadas de la mul titud ociosa que se arremolinaba
a su alrededor. y detrás de ellos, Bella distinguió por primera vez, un poco más allá de
una hilera de árboles, una lar ga serie de tiendas de brillantes colores, cada una de las
cuales mostraba la entrada endoselada y abierta. En cada carpa había un joven
vistosamen te ataviado y, pese a que Bella no llegó a vislum brar los sombríos
interiores, oyó las voces de los hombres que incitaban uno tras otro a la multitud:
«Un hermoso príncipe en el interior, señor, por sólo diez peniques.» O, «una princesita
encantadora, señor, para vuestro disfrute, por quince peniques.» y más invitaciones
como éstas.
«¿No puede permitirse su propio esclavo? Goce de lo mejor por tan sólo diez peniques.»
«Una princesita que necesita un buen castigo, señora.
Cumpla el mandato de la reina por quince peni ques.» Bella se percató del movimiento
de hom bres y mujeres que iban y venían de las tiendas, unos solos y otros en grupo.
«Así incluso los más humildes aldeanos pue den disfrutar del placer», se dijo Bella. Más
adelante, al final de la hilera de tiendas, vio a un grupo de esclavos polvorientos y
desnudos, con las cabezas bajas y las manos atadas a la rama del árbol que colgaba
sobre ellos, situados detrás de un hombre que gritaba: «Alquilad por horas o por días a
estas preciosidades para los servicios más humillantes.» Al lado del hombre, sobre una
mesa con caballetes, había una selección de tiras y palas.

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Antiguo 21-09-2011 , 18:25:17   #123
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Bella continuó marchando, absorbió estos es pectáculos como si las imágenes y sonidos
la aca riciaran, mientras la mano grande y firme del capitán la castigaba de vez en
cuando con suavidad.
Cuando llegaron por fin a la posada y Bella se encontró de nuevo en la alcoba del
capitán, con las piernas separadas y las manos tras la nuca, pensó sumida en un sopor:
«Sois mi amo y señor.»
Tenía la impresión de que, en alguna otra en carnación, había pasado toda su vida en el
pueblo sirviendo aun soldado. El bullicio que llega ba desde la plaza constituía una
música reconfortante.
Era la esclava del capitán, sí, enteramente suya, y estaba dispuesta a correr por las
calles, re cibir castigos y someterse por completo.
Él la tumbó sobre la cama, y le manoseó los pechos y, cuando la poseyó otra vez con
violencia, Bella meneó la cabeza a uno y otro lado, susu rrando:
Señor, siempre mi señor.
En algún lugar recóndito de su mente sabía que tenía prohibido hablar, pero sus palabras
no le parecieron más que un gemido o un grito. Tenía la boca abierta y sollozaba cuando
alcanzó el orgasmo. Levantó los brazos y rodeó el cuello del capi tán. Los ojos de él
parpadearon y luego llamearon a través de la penumbra. y entonces llegaron las
embestidas finales, que dejaron a Bella al borde del delirio.
Durante un largo rato, la princesa permaneció quieta con la cabeza acurrucada contra la
almohada. Sintió que la larga cinta de cuero del mayo la instaba a trotar como si aún
estuviera perdida en la plaza de castigo público.
Pensaba que sus pechos iban a reventar a causa de la palpitación de los golpes. Pero se
dio cuenta de que el oficial se estaba desnudando y se metía en la cama junto a ella.
El capitán posó su cálida mano en el sexo em papado y le separó los labios con suma
delicadeza.
Bella se arrimó aún más a su desnudo señor, a aquellos brazos y piernas poderosos
cubiertos por un dorado, suave y rizado vello, a su liso pecho que se apretaba contra el
brazo y la cadera de ella. El mentón a medio afeitar le raspaba la meji lla. Luego la
besó.
Cerró los ojos a la luz de la tarde que se filtraba a través de la pequeña ventana. Los
ruidos indistintos del pueblo, las débiles voces que llega ban de la calle, las risotadas
impersonales que se oían abajo en el mesón, todo ello se fundía en un suave zumbido
que la arrullaba. La luz se tornó más brillante antes de desvanecerse. El pequeño fuego
subió repentinamente en el hogar, el capitán cubrió a Bella con sus extremidades y
respiró profundamente dormido contra ella.

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Antiguo 21-09-2011 , 18:25:47   #124
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

TRISTAN EN CASA DE NICOLÁS,
EL CRONISTA DE LA REINA
Tristán:
Casi aturdido, pensé en las palabras de Bella, al mismo tiempo que el subastador
animaba a pu jar y la multitud profería alaridos formando una corriente que se
arremolinaba a mi alrededor. Recordé con los ojos entrecerrados: «¿Por qué debemos
obedecer? Si somos malos, si nos han sentenciado a este lugar como castigo, ¿por qué
debemos acatar más órdenes? »
Las preguntas de Bella se repetían una y otra vez ahogando los gritos y las mofas, aquel
gran clamor inarticulado que era la auténtica voz de la muchedumbre, absolutamente
brutal, y que reno vaba incesantemente su propio vigor. Me aferré al recuerdo plateado
de la exquisita cara ovalada de la princesa, sus ojos centelleantes, con aquella
independencia irreprimible, mientras entretanto me atizaban, azotaban, abofeteaban,
volteaban y exa minaban.
Tal vez me refugié en aquel extraño diálogo interior porque la tremenda realidad de la
subasta era demasiado difícil de soportar. Me encontraba sobre la plataforma, como me
habían amenaza do que sucedería. y desde todas partes pujaban por mí.
Creía verlo todo y nada. En un confuso mo mento de compunción extrema, me apiadé
del ne cio esclavo que había sido en los jardines del castillo, cuando soñaba con actos de
insubordinación y con el pueblo.
Vendido a Nicolás, el cronista de la reina.
A continuación me vi bruscamente arrastrado escaleras abajo, donde se hallaba el
hombre que me había comprado. Parecía una llama silenciosa en medio del tumulto, de
las rudas manos q\le pal moteaban mi pene erecto, que me pellizcaban y me tiraban del
pelo. Con aquella serenidad per fecta que envolvía toda su persona, me alzó la bar billa.
Nuestras miradas se encontraron y, con in tenso sobresalto, pensé, ¡sí, éste es mi amo!
Exquisito.
Si no el hombre, bastante robusto pese a la alta y esbelta constitución, sí su porte.
La pregunta de Bella me aporreaba los oídos.
Creo que por un momento cerré los ojos.
Me empujaron y me arrojaron a través del gentío, un centenar de supervisores exigentes
que me daban indicaciones sobre cómo marchar, levantando las rodillas y la barbilla,
con el pene erec to, mientras el fuerte ladrido del subastador lla maba al siguiente
esclavo que tendría que subir a la plataforma. El clamor ensordecedor me envol vía por
completo.
Apenas había vislumbrado a mi amo pero aquella visión fugaz sirvió para que todos los
detalles de su ser se grabaran a la perfección en mi mente. Era más alto que yo, quizá
me sacara un par de centímetros, tenía el rostro cuadrado pero delgado y un abundante y
espeso cabello blanco que se rizaba sobre sus hombros. Era demasiado joven para tener
el pelo blanco; sus rasgos eran casi aniñados a pesar de su gran altura; su mirada, puro
hielo, y los ojos azules cargados de oscuridad en el centro. Su vestimenta resultaba
demasia do elegante para los habitantes del pueblo, aunque había otros ataviados como
él en los balcones que daban a la plaza, mirando sentados en sillas con al tos respaldos
colocadas ante los ventanales abiertos. Debían de ser prósperos comerciantes y sus
esposas, sin duda, pero a él le habían llamado Ni colás, el cronista de la reina. Sus
manos eran largas; unas manos hermosas que, con un ademán casi lánguido, me
indicaron que le precediera.
Por fin llegué al extremo de la plaza y sentí las últimas y rudas palmadas y pellizcos.
Me encon tré marchando con la respiración entrecortada por una calle vacía, entre
pequeñas tabernas, puestos y puertas empernadas. Comprobé con gran alivio que todo el
mundo estaba en la subasta.

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Antiguo 21-09-2011 , 18:26:17   #125
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Aquí se estaba tranquilo. No oía otra cosa que el sonido de mis pies so bre los
adoquines y el ligero chasquido de las botas de mi amo a mi espalda. Caminaba muy
cerca de mí, tanto que casi notaba su roce contra las nal gas. y luego, con un sobresalto,
noté el fuerte im pacto de una gruesa correa y su voz baja cerca de mi oído: Levantad
esas rodillas y mantened la cabeza bien alta y echada hacia atrás. Me estiré
inmediatamente, alarmado ante la posibilidad de haber perdido parte de mi digni dad.
Mi miembro se irguió, pese a la fatiga que sentía en las pantorrillas.
Incomprensiblemente, volví a representarlo en mi mente, aquel joven rostro lampiño,
con el reluciente cabello blanco y la túnica de terciopelo de exquisita hechura.
La calle torcía, se estrechaba, se hacía un poco más oscura a medida que los
encumbrados tejados se proyectaban sobre nuestras cabezas. Me sonrojé al ver aun
joven con una mujer que venían hacia nosotros, resplandecientes, con sus ropas limpias
y almidonadas, y que me miraron de arriba abajo. Oí el eco de mi respiración fatigada
reverberando en los muros. Un hombre sentado en una banque ta a la puerta de una casa
levantó la vista. El cinto me golpeó de nuevo justo cuando la pareja pasaba a nuestra
altura y oí reírse al hombre para sus adentros y murmurar: Un esclavo hermoso y fuerte,
señor. Pero, ¿por qué intentaba marchar deprisa y mantener la cabeza alta? ¿Por qué me
encontraba otra vez atrapado en la misma angustia de siem pre? Bella parecía tan
rebelde cuando me hacía aquellas preguntas. Pensé en su sexo ardiente aferrándose a mi
verga con audacia. Aquellas imáge nes y la voz de mi amo instándome de nuevo a se
guir adelante me estaban haciendo enloquecer. Alto dijo de pronto y me agarró brusca
mente del brazo para que me volviera y le viera de cara. Contemplé de nuevo aquellos
grandes y ló bregos ojos azules con las pupilas negras, la larga y delicada boca sin señal
alguna de burla o severidad. Calle arriba aparecieron varias formas indefi nidas y sentí
una pavorosa sensación punzante al darme cuenta de que se detenían para observarnos
detenidamente.
No os habían enseñado a marchar anterior mente, ¿verdad? me preguntó levantándome
tanto la barbilla que gemí y tuve que aplicar toda mi voluntad para no forcejear. No me
atrevía a responder. Pues vais a aprender a marchar ante mí dijo y me obligó a ponerme
de rodillas de lante de él en medio de la calle. Tomó mi cara entre ambas manos, aunque
continuaba sosteniendo el cinto con la derecha, y luego la empujó hacia arriba.
Me sentí impotente y lleno de vergüenza al verme obligado a levantar la vista. Muy
cerca, oí los cuchicheos y risas de unos jóvenes. Mi amo me obligó a adelantarme hasta
tocar el bulto de su pene encerrado dentro de los pantalones. Enton ces mi boca se abrió
y ofrecí mis besos con fervor.
El miembro cobró vida bajo mis labios. Me daba cuenta de que mis propias caderas se
movían, aunque intentaba mantenerlas quietas. Todo mi cuer po temblaba y su verga
palpitaba como un cora zónn latente contra la prenda de seda. Entretanto, los tres
observadores se acercaban cada vez más. ¿Por qué obedecemos? ¿No es más fácil
obedecer? Estas preguntas me atormentaban. Y ahora, arriba, y avanzad deprisa cuando
os lo ordene. Levantad esas rodillas exigió. Yo me levanté y me di la vuelta, al tiempo
que el cin turón estallaba contra mis muslos. Los tres jóve nes se apartaron a un lado en
cuanto me puse en marcha pero su atención era evidente y me percaté de que eran
ordinarios porque llevaban burdas vestimentas. El cinto me alcanzó con golpes sor dos.
Yo era un príncipe desobediente humillado ante los patanes del pueblo, alguien a quien
podían castigar y divertirse.
Estaba empapado por el calor y la confusión, pero aun así dediqué todas mis fuerzas a
hacer lo que se me ordenaba, mientras la correa alcanzaba mis pantorrillas y la parte
posterior de mis rodi llas antes de pasar a zurrar con fuerza la curva inferior de mi
trasero.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

¿Qué le había dicho a Bella? ¿Que no había venido al pueblo a oponer resistencia? Pero
¿qué pretendía decirle? Era más fácil obedecer. En esos instantes ya sentía la angustia
de no haber complacido, y era consciente de que podían recrimi narme una vez más
delante de estos muchachos vulgares; puede que oyera otra vez aquella voz fé rrea, en
esta ocasión llena de furia.
¿Qué podía calmarme, una palabra amable de aprobación ? Había oído tantas de lord
Stefan, mi señor en el castillo, y no obstante le había provocado intencionadamente y le
había desobedecido.
A primera hora de la mañana, me había levantado y había salido temerariamente de la
alcoba de lord Stefan, echando a correr hasta el extremo más ale jado del jardín, donde
los pajes acabaron por descubrirme. Les había proporcionado una divertida persecución
a través de la espesura de árboles y maleza. y cuando me atraparon, peleé y pataleé
hasta que, amordazado y maniatado, me llevaron ante la reina y frente aun Stefan
afligido y decepcionado.
Me había condenado a propósito. Sin embar go, en medio de aquel lugar aterrador, con
sus co rrehuelas brutales y juguetonas, me estaba esfor zando por permanecer en mi
lugar delante de la correa de un nuevo amo. El pelo me cubría la vis ta. Tenía los ojos
desbordados de lágrimas que aún no habían empezado a derramarse, y la ser penteante
callejuela con incontables letreros y escaparates resplandecientes se empañaba ante mí.
Alto dijo mi amo. Obedecí con gratitud y noté que me rodeaba el brazo con extraña
ternura.
Detrás de mí distinguí el sonido de varios pares de pies y un leve estallido de risa
masculina. ¡Así que aquellos miserables jovencitos nos habían se guido!
Oí a mi señor que preguntaba:
¿Por qué observáis con tal interés? se dirigía a ellos. ¿No queréis ver la subasta?
Aún queda mucho por ver, señor dijo uno de los jóvenes. Simplemente estábamos ad
mirando a éste, señor, las piernas y la verga de éste.
¿Pensáis comprar hoy? les preguntó mi amo.
No tenemos dinero para comprar, señor.
Tendremos que contentarnos con las tien das añadió una segunda voz.
Bien, venid aquí les dijo mi amo. Para ho rror mío, continuó: Podéis echar un vistazo a
éste antes de que lo haga entrar en casa; es una verdadera belleza. Me quedé petrificado
cuando me obligó a darme media vuelta y mirar de cara al trío. Estaba contento de
poder mantener la vista baja, pues así sólo veía sus vulgares botas de cuero amarillento
sin curtir y los gastados pantalones grises. Los jóvenes se acercaron aún más.
Podéis tocarlo si queréis dijo mi amo, y levantando de nuevo mi rostro me dijo: Esti
raos y agarraos bien al puntal de hierro que hay encima, en el muro.
Sentí el contacto del puntal que sobresalía antes incluso de verlo. Era lo bastante alto
como para obligarme a ponerme de puntillas.
Mi amo retrocedió unos pasos y se cruzó de brazos, con el cinto reluciente colgando aun
lado.
Vi las manos de los jóvenes que se acercaban rodeándome, noté el inevitable apretón en
mis nalgas inflamadas antes de que levantaran mis testículos y los apretaran
ligeramente. La carne colgante cobró vida, con sensaciones, hormigueos y estreme
cimientos. Me retorcí casi incapaz de permanecer quieto, ofendido por las inmediatas
risas que re sonaron en la calle. Uno de los jóvenes golpeó mi órgano para que se agitara
bruscamente.
¡Mirad eso, duro como la piedra! dijo dándome un nuevo golpe mientras su compañero
sopesaba mis testículos, manipulándolos ligera mente.

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Antiguo 21-09-2011 , 18:27:31   #127
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Hice un esfuerzo para tragarme el enorme nudo que tenía en la garganta y dejar de
temblar. Sentí que me vaciaba de toda razón. Recordaba aquellas salas espléndidas del
castillo dedicadas exclusivamente al placer, con los esclavos acicala dos tan
primorosamente como esculturas. Natu ralmente, allí también me habían manoseado.
Me ses atrás también lo hicieron los soldados del campamento cuando me llevaban al
castillo. Pero ésta era una ordinaria calle empedrada, como las de cientos de ciudades
que conocía, y yo había de jado de ser un príncipe que la recorría sobre una preciosa
montura; ahora era un esclavo desnudo e indefenso al que examinaban tres jóvenes justo
delante de las tiendas y las casas de huéspedes.
El pequeño grupo se adelantaba y retrocedía, uno de los jóvenes me apretaba las nalgas
mientras preguntaba si podía ver mi ano.
Por supuesto dijo el amo.
Sentí que se me iban las fuerzas. Inmediatamente me separaron las nalgas de una
patada, como en la plataforma de subastas, y noté un duro pulgar que se metía dentro de
mí. Intenté ahogar un quejido y casi solté el puntal.
Zurradle con la correa si os apetece dijo el señor. Vi cómo se la tendía justo antes de
sentir que me torcían aun lado para golpearme fiera mente. Dos de los jóvenes todavía
jugueteaban con mi pene y mis testículos, tiraban del vello y de la piel del escroto y lo
meneaban con rudeza. Pero yo me estremecía con cada azote doloroso que marcaba mi
espalda. No pude evitar volver a ge mir en voz alta, ya que la punzante correa en manos
de aquel joven me azuzaba más fuerte que cuando la manejaba mi amo. Cuando los
entro metidos dedos tocaron la punta de mi miembro erecto, me estiré
desesperadamente hacia atrás in tentando contenerme. ¿Qué sucedería si eyacula ba en
las manos de estos jóvenes zoquetes? No so portaba la idea. Aun así, mi verga
continuaba púrpura y durísima como el hierro a causa del tor mento.
¿Qué os han parecido estos azotes? preguntó el que estaba a mi espalda, que me cogió la
cara desde atrás y tiró de mi barbilla hacia él con violencia. ¿Son tan buenos como los
propina dos por vuestro amo?
Ya habéis tenido bastante entretenimiento dijo el señor. Se adelantó para coger la correa
de cuero y aceptó los agradecimientos con un ademán, mientras yo seguía temblando.
Aquello no había hecho más que empezar. ¿Qué vendría a continuación? ¿y qué le había
sucedido a Bella?
Por la calle pasaba más gente. Me pareció oír el clamor distante de una muchedumbre,
con un débil toque inconfundible de trompeta. Mi amo me observaba atentamente y yo
bajé la mirada al sentir los espasmos de pasión de mi pene, mien tras mis nalgas se
apretaban y se aflojaban invo luntariamente.
Mi señor alzó la mano hasta mi cara. Me pasó los dedos por la mejilla y apartó varios
mechones de cabello. Vi cómo caía la luz polvorienta del sol sobre la gran hebilla de
bronce del cinturón y el anillo de la mano izquierda con la que sostenía la gruesa correa.
Al sentir el tacto sedoso de sus dedos, mi miembro se irguió con sacudidas incon
trolables e ignominiosas.
Entrad en la casa, a cuatro patas dijo con suavidad. Abrió la puerta que quedaba a mi iz
quierda. Siempre entraréis de este modo, sin ne cesidad de que nadie os lo ordene.
Me encontré sobre un suelo cuidadosamente pulido, moviéndome en silencio entre
pequeñas habitaciones comprimidas; por lo visto se trataba de una mansión a pequeña
escala, una espléndida casa particular del pueblo, para ser exactos, con una inmaculada
escalera de pequeñas dimensiones y espadas cruzadas encima de la pequeña chi menea.

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Antiguo 21-09-2011 , 18:28:01   #128
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Aunque el lugar estaba sombrío, no tardé en distinguir los soberbios cuadros que
decoraban las paredes, que reflejaban a nobles y damas en sus pasatiempos cortesanos,
con cientos de esclavos desnudos forzados a realizar miles de tareas y adoptar distintas
posiciones. Pasamos junto aun pequeño guardarropa profusamente tallado y si llas de
alto respaldo. Luego el pasillo se estrechó y las paredes se cerraron en torno a mí.
En este lugar me sentía enorme y vulgar, más animal que humano, andando a rastras por
este pequeño mundo de rico ciudadano; desde luego no me sentía príncipe, más bien
una primitiva bes tia domesticada. Mi figura reflejada en un delicado espejo del
corredor me provocó una repentina inquietud que tuve que soportar en silencio.
Al fondo, por esa puerta me ordenó mi amo, y entré a una alcoba posterior en la que
había una pulcra mujercita del pueblo con una escoba en la mano, obviamente una
doncella, que se hizo a un lado cuando pasé junto a ella.
Era consciente de que mi rostro estaba desfi gurado por el esfuerzo y, de repente,
comprendí cuál era en realidad el terror del pueblo.
Consistía en que aquí éramos auténticos es clavos. Nada de juguetes en un palacio del
placer, como los cautivos de los cuadros de las paredes, sino verdaderos esclavos
desnudos en un mundo real, que íbamos a sufrir a cada paso, víctimas de gente ordinaria
en sus momentos de ocio o en sus faenas. Sentí que la agitación crecía en mi interior a
la par que el sonido de mi respiración fatigada.
Pero estábamos en otra habitación. Avanzaba sobre la suave alfombra de esta nue va
sala iluminada por lámparas de aceite cuando recibí la orden de detenerme, lo cual hice
sin tan siquiera cambiar de postura por miedo a ser cen surado.
Al principio, lo único que vi fueron libros relucientes bajo el brillo de las lámparas.
Paredes enteras de libros; al parecer, todos encuadernados en delicado cuero y
decorados en oro; el tesoro de un rey en libros, sin duda. Había lámparas de acei te
distribuidas por toda la habitación, dispuestas sobre elevados pies y también en un gran
escrito rio de roble en el que estaban esparcidas varias hojas de pergamino. Las plumas
de escribir descansaban en un mismo soporte de bronce. También había tin teros. y por
encima de las estanterías, distinguí el destello de más cuadros colgados en lo alto.
Luego, por el rabillo del ojo divisé una cama instalada en un extremo de la habitación.
Pero lo más sorprendente, aparte de la incal culable riqueza bibliográfica, era la figura
impre cisa de una mujer que lentamente se materializó en mi visión. Estaba escribiendo
sentada a la mesa.
No conocía muchas mujeres que leyeran y es cribieran, sólo unas pocas grandes damas
de la corte. En el castillo, eran muchos los príncipes y priucesas que ni tan siquiera eran
capaces de leer los rótulos de castigo que les colgaban al cuello cuando eran
desobedientes. Pero esta dama estaba escribiendo bastante deprisa. Alzó la vista y me
atrapó mirándola, sin darme tiempo a bajar los ojos servilmente. Entonces se levantó y
vi que sus faldones en movimiento se plantaban ante mí. Pa recía una mujer menuda,
con muñecas delicadas y largas manos graciosas parecidas a las del amo. Aunque no me
aventuré a levantar la vista, me ha bía percatado de que tenía el pelo castaño oscuro,
peinado con raya en medio y suelto sobre la espal da formando ondas. Llevaba un
vestido color borgoña oscuro, tan suntuoso como el del hom bre, pero se había puesto
un mandil azul oscuro para protegerse y además tenía los dedos mancha dos de tinta, lo
que le daba un aspecto interesante. Me inspiró temor. Tenía miedo de ella y del hombre
que continuaba callado a mi espalda, de la pequeña y silenciosa habitación y de mi
propia desnudez.
Permitid que le eche una ojeada dijo la mujer. Su agradable voz, modulada como la de
mi amo, resultaba débilmente resonante. Puso sus manos bajo mi barbilla y me instó a
incorporarme sobre las rodillas. Rozó mi mejilla humedecida con su pulgar, lo que
provocó un intenso sonrojo por mi parte. Bajé la vista, naturalmente, pero me había
dado tiempo a ver sus altos y prominentes pechos, la fina garganta y un rostro que
recordaba en cierta forma al de un hombre, no en los rasgos físicos sino en su serenidad
e impenetrabilidad.

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Antiguo 21-09-2011 , 18:28:32   #129
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Me llevé las manos a la nuca con la esperanza inútil de que no me atormentara el pene,
pero me ordenó ponerme en pie, sin apartar los ojos de mi miembro.
Separad las piernas; ahora ya debéis de co nocer posturas más convincentes dijo con
seve ridad, aunque hablaba lentamente. No, más se paradas añadió hasta que lo sientan
vuestros exquisitos y apretados músculos. Eso está mejor.
Ésta es la postura que adoptaréis siempre que os encontréis en mi presencia, con las
piernas completamente separadas, casi agachado, aunque no tanto. No lo volveré a
repetir. No se consiente repetir órdenes a los esclavos del pueblo. Al primer error, seréis
azotado en la plataforma pública.
Estas palabras me provocaron un estremeci miento que recorrió todo mi cuerpo, con
una ex traña sensación de fatalidad. Sus pálidas manos casi parecían brillar a la luz de
las lámparas cuan do se acercaron a mi pene. Seguidamente apretó la punta, lo que
provocó la aparición de una gota de fluido. Jadeé, sentí el orgasmo apunto de explotar
desde mi interior, dispuesto a avanzar por mi ór gano hasta salir afuera. Pero, por suerte,
soltó el pene para sopesar mis testículos como habían he cho anteriormente los jóvenes.
Sus pequeñas manos los palparon, los masa jearon cuidadosamente, moviéndolos
adelante y atrás déntro de su bolsa. El parpadeo de las lámparas de aceite parecía
dilatarse y empañar mi vi sion.
Impecable dijo a mi señor. Hermoso.
Sí, fue lo que pensé yo también confir mó el amo. Probablemente lo más escogido del
grupo. y el coste no fue tan exageradamente ele vado, pues era el primero de la subasta.
Creo que si hubiera sido el último el precio se habría dobla do. Observad las piernas, su
fuerza, y esos hom bros.
La mujer levantó ambas manos y me alisó el pelo hacia atrás:
Oía a la multitud desde aquí comentó ella. Estaban como locos. ¿Lo habéis examinado
completamente?
Yo intentaba aquietar el pánico que se apoderaba de mí. Al fin y al cabo, había pasado
seis me ses en el castillo. ¿Por qué me causaban tanto te rror esta pequeña habitación y
estos dos fríos ciudadanos?
No, y habría que hacerlo ahora. Habría que medir su ano dijo el señor.
Me pregunté si percibirían el efecto que estas palabras tenían sobre mí. En aquellos
instantes deseé haber poseído otras tantas veces a Bella en el carretón de esclavos, de
este modo mi pene sería más controlable, pero la simple idea hizo que mi miembro se
congestionara aún más. Paralizado en esta postura vergonzante, con las piernas tan
estiradas, observé impotente que mi amo se dirigía a una de las estanterías y alcan zaba
un estuche forrado de piel, que luego dispuso sobre la mesa.
La mujer me dio media vuelta para que me quedara mirando a la mesa de roble. Me bajó
las manos y las colocó sobre el borde del escritorio; yo permanecía doblado por la
cintura, haciendo un esfuerzo enorme por separar las piernas cuanto podía para que no
tuvieran que reprenderme. y sus nalgas apenas están enrojecidas, eso es bueno dijo la
mujer. Noté que sus dedos jugue teaban con mis erupciones y escoceduras. Un do lor
desmesurado se desató en mi carne, y un alu vión de luces en mi mente; entonces vi que
abrían ante mis ojos el estuche de cuero y sacaban de él dos falos forrados de cuero.
Uno era del tamaño del pene de un hombre, diría yo, y el otro algo más grande. El más
grande estaba decorado en su base con una larga masa tupida de pelo negro, una cola de
caballo, y los dos llevaban incorporada una anilla, una especie de manilla. Intenté
prepararme. Pero mi mente se rebelaba al contemplar aquel espeso y reluciente pelo.
No podían obligarme a llevar una cosa así, que en vez de un esclavo ¡me haría parecer
un animal!

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Antiguo 21-09-2011 , 18:29:03   #130
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

La mano de la mujer abrió un frasco de vidrio rojo que había sobre el escritorio, el cual
pareció iluminarse por primera vez en el mismo momento en que yo advertí el objeto.
Los largos dedos de la dama recogieron una buena cantidad de crema del frasco y
seguidamente la mujer desapareció detrás de mí.
Sentí la frialdad de la masa de crema en con tacto con mi ano y experimenté la
sobrecogedora indefension que siempre me invadia cuando me tocaban y abrían aquella
parte. Con suavidad, no exenta de rapidez y destreza, me aplicó la húmeda sustancia que
extendió concienzudamente en el interior de la hendidura, y luego por el interior del ano
mientras yo hacía un gran esfuerzo por permanecer en silencio. Sentía la fría mirada
observadora de mi señor sobre mí; notaba las faldas de la señora contra mi piel.
La mujer cogió el más pequeño de los dos fa los del escritorio y lo deslizó con
brusquedad y firmeza dentro de mi cavidad. Yo me estremecí lleno de inquietud.
Chist... no os pongáis tan tenso me di jo. Haced fuerza hacia fuera con las caderas y
abríos a mí cuanto podáis. Sí, mucho mejor. No me digáis que nunca os midieron ni os
montaron sobre un falo en el castillo
Me saltaron las lágrimas. Unos violentos temblores se apoderaron de mis piernas al
sentir cómo se deslizaba el falo hacia dentro, con un tamaño y fuerza insoportables, y
mi ano se contraía con espasmos. Era como si para mí no hubiera existido otro tiempo,
no obstante cada época an terior había sido tan extenuante y mortificadora como ésta.
Es casi virginaldijo, casi un niño. A ver qué os parece esto y con la mano izquierda me
levantó el pecho hasta que me quedé otra vez de pie con las manos en la nuca, las
piernas temblo rosas y el falo impelido hacia arriba dentro de mi ano, con su mano
sujetándolo.
Mi señor fue a colocarse detrás de mí y percibí cómo meneaba el falo hacia delante y
atrás. Sentí cómo se agitaba en mí aun cuando él ya lo había dejado. Me sentía
atiborrado, empalado. y mi ano parecía una temblorosa boca excitada alrededor de aquel
artilugio.
¿A qué vienen todas estas dulces lágrimas? la señora se acercó más a mi cara y la
levantó con su mano izquierda. ¿Nunca antes os habían tomado las medidas? preguntó.
Hoy mismo encargaremos toda una colección para vos, con gran variedad de adornos y
arneses. Serán raras las ocasiones en las que dejemos vuestro ano desta ponado. y ahora,
mantened las piernas separadas.
Ya mi amo le dijo: Nicolás, pasadme el otro.
Con un repentino grito sofocado protesté lo mejor que podía en aquella situación. No
sopor taba la visión de aquella espesa masa negra de la cola de caballo. No obstante, la
miré fijamente mientras la levantaban. La mujer se limitó a reírse suavemente y
acariciarme otra vez la cara.
Calma, calma dijo con sinceridad. El falo más pequeño salió suavemente y con una
rapidez asombrosa, dejando mi ano sin nada a lo que afe rrarse, con una peculiar
sensación que me provo có nuevos escalofríos.
La señora me estaba aplicando más cantidad de aquella crema estremecedora, la
extendía fro tándola. esta vez más profundamente, obligándo me con sus dedos a
abrirme, mientras con la mano izquierda seguía manteniendo mi cara levantada.
En mi visión, la habitación se reducía a una combinación de luz y color. No distinguía a
mi amo, que estaba a mi espalda. y entonces sentí el falo de mayor tamaño que me abría
a la fuerza provocan do un quejido. Pero, una vez más, ella me dijo:
Empujad hacia atrás las caderas, abríos más. Abríos...

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