Bella continuó marchando, absorbió estos es pectáculos como si las imágenes y sonidos
la aca riciaran, mientras la mano grande y firme del capitán la castigaba de vez en
cuando con suavidad.
Cuando llegaron por fin a la posada y Bella se encontró de nuevo en la alcoba del
capitán, con las piernas separadas y las manos tras la nuca, pensó sumida en un sopor:
«Sois mi amo y señor.»
Tenía la impresión de que, en alguna otra en carnación, había pasado toda su vida en el
pueblo sirviendo aun soldado. El bullicio que llega ba desde la plaza constituía una
música reconfortante.
Era la esclava del capitán, sí, enteramente suya, y estaba dispuesta a correr por las
calles, re cibir castigos y someterse por completo.
Él la tumbó sobre la cama, y le manoseó los pechos y, cuando la poseyó otra vez con
violencia, Bella meneó la cabeza a uno y otro lado, susu rrando:
Señor, siempre mi señor.
En algún lugar recóndito de su mente sabía que tenía prohibido hablar, pero sus palabras
no le parecieron más que un gemido o un grito. Tenía la boca abierta y sollozaba cuando
alcanzó el orgasmo. Levantó los brazos y rodeó el cuello del capi tán. Los ojos de él
parpadearon y luego llamearon a través de la penumbra. y entonces llegaron las
embestidas finales, que dejaron a Bella al borde del delirio.
Durante un largo rato, la princesa permaneció quieta con la cabeza acurrucada contra la
almohada. Sintió que la larga cinta de cuero del mayo la instaba a trotar como si aún
estuviera perdida en la plaza de castigo público.
Pensaba que sus pechos iban a reventar a causa de la palpitación de los golpes. Pero se
dio cuenta de que el oficial se estaba desnudando y se metía en la cama junto a ella.
El capitán posó su cálida mano en el sexo em papado y le separó los labios con suma
delicadeza.
Bella se arrimó aún más a su desnudo señor, a aquellos brazos y piernas poderosos
cubiertos por un dorado, suave y rizado vello, a su liso pecho que se apretaba contra el
brazo y la cadera de ella. El mentón a medio afeitar le raspaba la meji lla. Luego la
besó.
Cerró los ojos a la luz de la tarde que se filtraba a través de la pequeña ventana. Los
ruidos indistintos del pueblo, las débiles voces que llega ban de la calle, las risotadas
impersonales que se oían abajo en el mesón, todo ello se fundía en un suave zumbido
que la arrullaba. La luz se tornó más brillante antes de desvanecerse. El pequeño fuego
subió repentinamente en el hogar, el capitán cubrió a Bella con sus extremidades y
respiró profundamente dormido contra ella.