El ambiente del lugar era de feria, como en la otra plaza, con los mismos puestos de
comida y vendedores de vino. Desde lo alto, cientos de personas miraban, cruzadas de
brazos, apoyadas so bre alféizares de ventanas y barandas de balcones.
Pero los azotes en la plataforma giratoria no eran el único castigo. Un poco más lejos,
hacia la derecha, de una alta estaca de madera en cuyo ex tremo superior había una
anilla de hierro, colga ban una gran cantidad de largas cintas de cuero que bajaban casi
hasta el suelo. Al final de cada cinta había un esclavo amarrado a ella por un an cho
collar de cuero que le obligaba a mantener la cabeza muy erguida. Todos ellos
marchaban en círculo y, aunque avanzaban lentamente, brinca ban haciendo cabriolas
alrededor de la estaca, siguiendo los golpes constantes de cuatro asistentes encargados
de las palas, que estaban situados en cuatro puntos del círculo como si indicaran los
cuatro puntos cardinales. Los pies desnudos de los cautivos habían surcado el suelo
dejando un rastro circular. Algunos de ellos tenían las manos atadas a la espalda, otros
estaban sujetos a las cintas sin otra ligadura que el collar.
Un grupo disperso de lugareños observaba la marcha y hacía comentarios esporádicos.
Bella, perpleja y en silencio, observó cómo desataban a una joven princesa de largo y
rizado pelo castaño para devolverla a su amo, que la esperaba y la azo tó en los tobillos
con una escoba de paja, instándola a ponerse en movimiento.
Por allí dijo el capitán, y Bella marchó obedientemente a su lado en dirección al alto
mayo del que colgaban las cintas giratorias.
Atadla dijo al guardia, quien se llevó rápidamente a Bella y le abrochó el collar,
obligándola a levantar la mandíbula por encima de la an cha argolla de cuero.
A duras penas distinguió Bella al capitán, que la observaba. Cerca de él había dos
mujeres del pueblo que le estaban hablando y a las que les contestó algo con gesto
indiferente.
La larga tira de cuero que descendía desde lo alto de la estaca hasta su cuello era pesada
y se movía por el impulso de los otros esclavos, formando un círculo cuyo eje era la
anilla de hierro. Bella tuvo que acelerar un poco la marcha para evitar ser arrastrada
hacia delante por el collar, pero entonces éste tiró de ella hacia atrás, hasta que
finalmente la princesa encontró el paso adecuado. En ese instante sintió el primer y
sonoro azote de uno de los guardias que esperaba con bastante indife rencia el momento
de castigarla. Bella se percató de que eran tantos los esclavos que trotaban en el círculo
que los guardias blandían en todo momen to sus brillantes óvalos de cuero negro. Pero
ella sólo disfrutó de unos pocos segundos pausados entre golpe y golpe, mientras el
polvo y la luz del sol le irritaban los ojos al mirar el pelo enmaraña do del esclavo que
marchaba delante.
«Castigo público.» Recordó las palabras del subastador cuando explicaba a todos los
nuevos dueños y señoras que lo prescribieran cada vez que fuera necesario. Sabía que al
capitán nunca se le ocurriría explicarle la razón del castigo, a diferencia de los señores y
damas de buenos modales y pico de oro del castillo. Pero ¿qué importaba?
Bastaba con que estuviera aburrido o que sintiera curiosidad para que ordenara unos
azotes. Cada vez que daba una vuelta completa le veía con clari dad por unos breves
instantes, con los brazos en jarras, las piernas firmemente separadas y los ojos verdes
fijos en ella. Buscar motivos era una ridicu lez, reflexionó. Mientras se preparaba para
recibir otro golpe mortificante, que le hizo perder mo mentáneamente el equilibrio y
todo donaire sobre la tierra polvorienta mientras la pala impulsaba sus caderas hacia
delante, sintió una singular satisfacción que nunca había experimentado en el cas tillo.
No sentía tensión alguna. El consabido dolor de vagina, el anhelo por el pene del
capitán, el estallido de la pala, todo ello estaba presente en la marcha alrededor del
mayo. El collar de cuero re botaba cruelmente contra su barbilla erguida, las yemas de
sus pies producían un ruido sordo al pi sar la tierra apretada, pero aquella sensación no
te nía nada que ver con el terror espeluznante que había experimentado anteriormente.
Sin embargo, un fuerte grito de la multitud que estaba en las proximidades puso fin a su
arro bamiento. Por encima de las cabezas de los lugareños que la observaban a ella y a
los demás escla vos, vio que bajaban al príncipe de la plataforma giratoria, donde tanto
rato había permanecido para escarnio público. No tardaron en subir a una princesa de
pelo rubio como el de Bella, que ocu pó su puesto con la espalda arqueada, el trasero
bien levantado y la mandíbula apoyada en el pilar.
Al dar una nueva vuelta alrededor del peque ño círculo, Bella alcanzó a ver cómo la
princesa se retorcía mientras le ataban las manos a la espalda y le ajustaban la altura del
apoyo de la barbilla con una manivela, para que no pudiera volver la cabe za. Cuando le
ataron las rodillas a la plataforma giratoria ella pataleó furiosamente. La multitud, tan
entusiasmada con su actuación como lo estuvo anteriormente con la demostración de
Bella en la plataforma de subastas, expresó su regocijo con grandes vítores.