| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Bella atisbó entre el gentío al príncipe que acababan de retirar de la plataforma mientras
se lo llevaban a toda prisa a una picota cercana. De hecho, en un pequeño espacio aparte
había varias picotas que formaban una hilera. Una vez allí, do blaron al príncipe por la
cintura, separaron sus piernas de una patada, sujetaron su cara y manos con abrazaderas
y la madera bajó con un fuerte ruido sordo para sostenerlo mirando hacia delan te, lo
que eliminaba toda posibilidad de esconder la cara, ni de hacer nada.
La muchedumbre se apiñó alrededor de la fi gura desvalida. Bella, tras dar otra vuelta y
soltar un súbito quejido a causa de un palazo inusualmente fuerte, vio al resto de
esclavos, todos ellos princesas, que estaban siendo ridiculizadas del mismo modo en las
picotas, atormentadas por la gente que las manoseaba, toqueteaba y pellizcaba a placer,
aunque también había un lugareño que ofrecía agua a una de ellas.
La princesa tenía que lamerla, naturalmente.
Bella vio el rápido movimiento de su lengua rosa da que se introducía en la corta copa,
pero aun así parecía que realizaba un gesto de misericordia.
Entretanto, la princesa que estaba en la plata forma giratoria pataleaba, daba botes y
ofrecía un gran espectáculo, con los ojos cerrados y retorciendo la boca en una mueca,
mientras la gente ja leaba y contaba cada golpe que ella recibía con un ritmo que
resultaba extrañamente pavoroso.
El tiempo de mortificación de Bella en el mayo estaba llegando a su fin. Le soltaron el
collar con gran destreza y la sacaron jadeante del círculo. Las nalgas, que parecían
hincharse como si esperaran el siguiente azote, le escocían. Cuando le doblaron los
brazos detrás de la espalda sintió un fuerte dolor, pero permaneció firme de pie
esperando a su amo.
El capitán le dio media vuelta con su manaza. Parecía encumbrarse sobre ella, con el
pelo centelleante y dorado por la luz del sol que le iluminaba alrededor de la sombra
oscura de su rostro. Se in clinó para besarla. Meció la cabeza de Bella entre sus manos y
luego tomó sus labios, que abrió atra vesándolos con su lengua, para después dejarla
marchar.
Bella suspiró al sentir que los labios de él se apartaban pues el beso se había afianzado
en lo más profundo de sus caderas. Rozó sus pezones contra la gruesa lazada del coleto
y sintió que la fría hebilla del cinturón le abrasaba la piel. Vio que el rostro moreno se
contraía hasta formar una lenta sonrisa y notó la rodilla del capitán apretada contra su
doliente sexo, mortificando su hambre. De repente creyó sentir una debilidad absoluta,
aunque no tenía nada que ver con los temblores de sus piernas o el agotamiento.
En marcha ordenó el capitán, y dándole media vuelta la envió hacia el lado más alejado
de la plaza con un suave apretón en la escocida nalga.
Pasaron cerca de los esclavos humillados en las picotas, que culebreaban y se retorcían
mien tras soportaban las mofas y palmotadas de la mul titud ociosa que se arremolinaba
a su alrededor. y detrás de ellos, Bella distinguió por primera vez, un poco más allá de
una hilera de árboles, una lar ga serie de tiendas de brillantes colores, cada una de las
cuales mostraba la entrada endoselada y abierta. En cada carpa había un joven
vistosamen te ataviado y, pese a que Bella no llegó a vislum brar los sombríos
interiores, oyó las voces de los hombres que incitaban uno tras otro a la multitud:
«Un hermoso príncipe en el interior, señor, por sólo diez peniques.» O, «una princesita
encantadora, señor, para vuestro disfrute, por quince peniques.» y más invitaciones
como éstas.
«¿No puede permitirse su propio esclavo? Goce de lo mejor por tan sólo diez peniques.»
«Una princesita que necesita un buen castigo, señora.
Cumpla el mandato de la reina por quince peni ques.» Bella se percató del movimiento
de hom bres y mujeres que iban y venían de las tiendas, unos solos y otros en grupo.
«Así incluso los más humildes aldeanos pue den disfrutar del placer», se dijo Bella. Más
adelante, al final de la hilera de tiendas, vio a un grupo de esclavos polvorientos y
desnudos, con las cabezas bajas y las manos atadas a la rama del árbol que colgaba
sobre ellos, situados detrás de un hombre que gritaba: «Alquilad por horas o por días a
estas preciosidades para los servicios más humillantes.» Al lado del hombre, sobre una mesa con caballetes, había una selección de tiras y palas. |