TRISTAN EN CASA DE NICOLÁS,
EL CRONISTA DE LA REINA
Tristán:
Casi aturdido, pensé en las palabras de Bella, al mismo tiempo que el subastador
animaba a pu jar y la multitud profería alaridos formando una corriente que se
arremolinaba a mi alrededor. Recordé con los ojos entrecerrados: «¿Por qué debemos
obedecer? Si somos malos, si nos han sentenciado a este lugar como castigo, ¿por qué
debemos acatar más órdenes? »
Las preguntas de Bella se repetían una y otra vez ahogando los gritos y las mofas, aquel
gran clamor inarticulado que era la auténtica voz de la muchedumbre, absolutamente
brutal, y que reno vaba incesantemente su propio vigor. Me aferré al recuerdo plateado
de la exquisita cara ovalada de la princesa, sus ojos centelleantes, con aquella
independencia irreprimible, mientras entretanto me atizaban, azotaban, abofeteaban,
volteaban y exa minaban.
Tal vez me refugié en aquel extraño diálogo interior porque la tremenda realidad de la
subasta era demasiado difícil de soportar. Me encontraba sobre la plataforma, como me
habían amenaza do que sucedería. y desde todas partes pujaban por mí.
Creía verlo todo y nada. En un confuso mo mento de compunción extrema, me apiadé
del ne cio esclavo que había sido en los jardines del castillo, cuando soñaba con actos de
insubordinación y con el pueblo.
Vendido a Nicolás, el cronista de la reina.
A continuación me vi bruscamente arrastrado escaleras abajo, donde se hallaba el
hombre que me había comprado. Parecía una llama silenciosa en medio del tumulto, de
las rudas manos q\le pal moteaban mi pene erecto, que me pellizcaban y me tiraban del
pelo. Con aquella serenidad per fecta que envolvía toda su persona, me alzó la bar billa.
Nuestras miradas se encontraron y, con in tenso sobresalto, pensé, ¡sí, éste es mi amo!
Exquisito.
Si no el hombre, bastante robusto pese a la alta y esbelta constitución, sí su porte.
La pregunta de Bella me aporreaba los oídos.
Creo que por un momento cerré los ojos.
Me empujaron y me arrojaron a través del gentío, un centenar de supervisores exigentes
que me daban indicaciones sobre cómo marchar, levantando las rodillas y la barbilla,
con el pene erec to, mientras el fuerte ladrido del subastador lla maba al siguiente
esclavo que tendría que subir a la plataforma. El clamor ensordecedor me envol vía por
completo.
Apenas había vislumbrado a mi amo pero aquella visión fugaz sirvió para que todos los
detalles de su ser se grabaran a la perfección en mi mente. Era más alto que yo, quizá
me sacara un par de centímetros, tenía el rostro cuadrado pero delgado y un abundante y
espeso cabello blanco que se rizaba sobre sus hombros. Era demasiado joven para tener
el pelo blanco; sus rasgos eran casi aniñados a pesar de su gran altura; su mirada, puro
hielo, y los ojos azules cargados de oscuridad en el centro. Su vestimenta resultaba
demasia do elegante para los habitantes del pueblo, aunque había otros ataviados como
él en los balcones que daban a la plaza, mirando sentados en sillas con al tos respaldos
colocadas ante los ventanales abiertos. Debían de ser prósperos comerciantes y sus
esposas, sin duda, pero a él le habían llamado Ni colás, el cronista de la reina. Sus
manos eran largas; unas manos hermosas que, con un ademán casi lánguido, me
indicaron que le precediera.
Por fin llegué al extremo de la plaza y sentí las últimas y rudas palmadas y pellizcos.
Me encon tré marchando con la respiración entrecortada por una calle vacía, entre
pequeñas tabernas, puestos y puertas empernadas. Comprobé con gran alivio que todo el
mundo estaba en la subasta.