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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| | #131 | |
| Denunciante Novato |
Quería gritar «no puedo», pero sentí cómo manipulaban hacia delante y atrás aquel lante.instru mento que me estiraba y, finalmente, se deslizaba hacia dentro, haciendo que mi ano pareciera enor me y palpitante alrededor de este objeto desco munal que entonces se me antojaba tres veces más grande que lo que había visto antes con mis pro pios ojos en el estuche. Pero no se trataba de un dolor agudo; era la intensidad de la sensibilidad lo que se expandía y me dejaba indefenso. El grueso y hormigueante pelo que al parecer levantaban y dejaban caer en contacto con mis nalgas me rozaba con una suavi dad casi enloquecedora. No podía ni imaginárme lo. Al parecer, la mujer sostenía la anilla y movía aquella verga gigante, empujándola hacia arriba para que yo me pusiera de puntillas con dificultad, mientras ella decía: Sí, excelente. Ésas eran las suaves palabras de aprobación. Noté que el nudo que bloqueaba mi garganta ce día, y que el calor se expandía por mi rostro y mi pecho. Tenía las nalgas hinchadas. Me sentí impe lido hacia delante por aquella cosa, aunque yo seguía quieto, con el suave contacto hormigueante de la cola de caballo que me mortificaba de forma absoluta. Ambos tamaños dijo. Emplearemos los menores con más frecuencia como avíos habitua les y los de mayor tamaño cuando lo considere mos necesano. Muy bien dijo mi amo. Los encargaré esta misma tarde. Pero la mujer no retiraba el instrumento ma yor y me examinaba el rostro con suma atención. Observé la luz parpadeante reflejada en sus ojos y me tragué en silencio un sollozo contenido en mi garganta. Ahora ya es hora de que nos traslademos a la granja dijo mi amo, con palabras que parecían dirigirse a mí. Ya he ordenado que traigan el co che con un arnés libre para éste. Dejaremos meti do el falo grande por el momento, será bueno para nuestro joven príncipe que se adapte conveniente mente a las guarniciones. No me dieron más que un par de segundos para reflexionar sobre todo esto. Inmediatamente, el amo había cogido la anilla del falo con su firme mano y me empujaba hacia delante ordenándome: Marchad. El pelo de la cola de caballo me rozaba e importunaba la parte posterior de mis rodillas. El falo parecía moverse en mí como si tuviera vida propia, perforándome y empujándome hacia de | |
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| | #1.5 |
| SponSor ![]() | |
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| | #132 |
| Denunciante Mega |
exelente relato!!! sigo pegaoo de bella!!! |
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| | #133 |
| Denunciante Novato | UN ESPLÉNDIDO CARRUAJE Tristán: «No pensé. No pueden sacarme a la calle disfrazado con estos adornos propios de una más pesadas.bestia. Por favor...» Pero de cualquier modo me apre suraron a recorrer un pequeño pasillo que daba a una puerta trasera por la que salí a una amplia cal zada pavimentada, limitada al otro lado por las al tas murallas de piedra del pueblo. Era una vía mucho más grande y transitada que la que habíamos seguido para llegar hasta la casa, bordeada por altos árboles, por encima de los cuales vi a los guardias que caminaban ociosamente sobre las almenas. Inmediatamente pude observar ante mí la imagen escalofriante de los carruajes y carretas del mercado que circulaban matraqueantes tirados por esclavos, no por caballos. Los carruajes grandes llevaban hasta ocho o diez cautivos enjaezados, y de tanto en tanto pasaba una pequeña carroza impelida únicamente por dos pa rejas de esclavos, e incluso pequeñas carretas del mercado sin conductor que eran tiradas por un solitario cautivo, con el amo caminando a su lado. Pero antes de que pudiera sobreponerme a la impresión, e incluso antes de que percibiera cómo maltrataban a los esclavos, vi el coche de cuero de mi señor ante mí, y cinco esclavos, cuatro de ellos emparejados, con botas ajustadas, bien enjae zados, con embocaduras que tiraban de sus cabezas hacia atrás y las nalgas desnudas adornadas con colas de caballo. El carruaje era descubierto, con dos asientos tapizados en terciopelo. Mi amo brindó su mano a la señora para que se apoyara al subir a ocupar su asiento, mientras un joven ele gantemente vestido me empujaba hacia delante pa ra completar la tercera y última pareja del tiro, la que quedaba más próxima al vehículo. «No, por favor me dije como mil veces antes lo había hecho en el castillo, no, os lo ruego...» Pero estaba convencido de que mi muda plegaria no sería oída. Estaba en poder de unos lugareños que volvían a colocarme la gruesa y larga embocadura, que tiraba firmemente hacia atrás de mi boca, con las riendas apoyadas sobre mis hom bros. El grueso falo se afianzó en mi interior em pujado una vez más hacia dentro, y sentí que me ponían un arnés de elaborada factura con finas correas que bajaban hasta una banda que me rodea ba las caderas y que al instante engancharon firmemente a la anilla del falo. Así era imposible expulsar aquella cosa. De hecho, estaba fuerte mente apretada hacia dentro y atada a mí. Sentí un violento tirón, que casi me hizo perder el equili brio, cuando sujetaron otro par de riendas a este mismo gancho, para dárselas a los que viajaban detrás, que ahora controlaban a la vez la emboca dura y el falo desde su puesto de guía. Al mirar hacia delante vi que todos los escla vos estaban amarrados como yo, y que también eran príncipes. Las largas riendas que los manio braban pasaban junto a mis muslos o sobre mis hombros. Ante mí, unas ajustadas anillas de cuero servían ingeniosamente para mantenerlos juntos, y probablemente se emplearían también a mi es palda. Pero entonces sentí que me doblaban los brazos hacia atrás y los ataban con fuertes y crueles tirones. Unas manos rudas, enguantadas, me engancharon diestramente unos pequeños pesos de cuero en los pezones, dándoles unos golpecitos para comprobar que colgaban firmemente. Eran como lágrimas de cuero, y por lo visto no tenían otro propósito que hacer que la degradación inexpresable del conjunto, tiro y carruaje, fuera aún más desgarradora. Con la misma eficacia silenciosa, me ajustaron unas fuertes botas con herraduras, como las utili zadas en el castillo para las devastadoras carreras del sendero para caballos. El cuero me pareció frío en contacto con mis pantorrillas, y las herraduras me resultaron |
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| | #134 |
| Denunciante Novato | Pero ninguna de las frenéticas carreras por el sendero, guiado por la pala de un jinete a alargaba y endurecía mi órgano que nunca langui decía.caballo, había sido tan degradante como verme atado jun to a estos otros corceles humanos. Cuando comprendí que habían concluido los preparativos y estaba arreglado como los otros esclavos de tiro y los que veía trotando por la concurrida calzada, un tirón elevó mi cabeza hacia arriba y sentí dos hirientes sacudidas de las riendas que hicieron que todo el tiro se pusiera en movimiento. Por el rabillo del ojo vi al esclavo situado a mi lado levantando las rodillas con el habitual paso marcado para marchar, así que lo imité, con el ar nés tirando del falo encajado en mi ano al tiempo que el amo gritaba: Más rápido, Tristán, hacedlo mejor. Recordad la forma de marchar que os he enseñado un grueso látigo alcanzó con un fuerte chasquido las ronchas de mis muslos y nalgas, mientras yo echa ba a correr ciegamente junto a los otros. No podíamos estar avanzando muy rápido pero a mí me parecía que íbamos a toda velocidad. Por delante divisaba el infinito cielo azul, los baluartes, los guías y ocupantes instalados en lo alto de los carruajes con los que nos cruzábamos. De nuevo tuve aquella horripilante percepción de la realidad, de que éramos auténticos esclavos desnudos, nada de juguetes reales. Nos habíamos convertido en la parte más vulnerable y gimiente de aquel lugar tan vasto, fatídico y sobrecogedor, que hacía que el castillo pareciera un preparado monstruoso. Ante mí, los príncipes hacían grandes esfuerzos bajo sus arneses, casi como si quisieran su perarse unos a otros en velocidad. Sus traseros enrojecidos sacudían las largas y lisas colas de caballo, los músculos se marcaban en sus fuertes pantorrillas por encima del cuero ajustado de las botas, las herraduras resonaban sobre los adoquines. Yo gemía mientras las riendas tiraban brusca mente de mi cabeza hacia arriba y el látigo me gol peaba con fuerza la parte posterior de las rodillas. Las lágrimas surcaban mi cara más copiosamente que nunca, así que casi era una bendición tener puesta la embocadura para llorar contra ella. Los pesos de cuero tiraban de mis pezones, chocaban contra mi pecho y provocaban escarceos de sensa ciones por todo el cuerpo. Era consciente de mi desnudez, quizá como nunca antes la había perci bido, como si los arneses, las riendas y la cola de caballo sirvieran únicamente para potenciarla. Sentí tres tirones de las riendas. El grupo redujo el paso aun trote rítmico, como si conociera estas órdenes. Falto de aliento y con el rostro lle no de lágrimas, me adapté a la marcha casi con gratitud. El látigo alcanzó al príncipe que corría junto a mí y vi el modo en que arqueaba la espalda y levantaba aún más las rodillas, si esto era po sible. Por encima de la mezcolanza de sonidos de las herraduras, gemidos y gritos aviva voz de los otros corceles, podía oír las leves subidas y bajadas de la charla del amo y la señora. No distinguía las palabras, sólo el sonido inconfundible de una conversación. ¡Arriba esa cabeza, Tristán! ordenó el amo con severidad, y al instante experimenté el cruel tirón de la embocadura, acompañado de otra sacudida en la anilla que estaba colocada en mi ano, lo que me hizo gritar sonoramente detrás de la mordaza y correr más deprisa cuando la tensión se aflojó. El falo parecía haberse agrandado dentro de mí como si mi cuerpo existiera únicamente con el propósito de asir aquel artilugio. No podía dejar de sollozar contra la mordaza e intentaba recuperar el aliento para dosificarlo mejor y aguantar la marcha del tiro. Pero de nue vo me llegaba la cadencia de la conversación, que me hacía sentirme totalmente abandonado. Ni siquiera los azotes recibidos en el campamento tras el intento de fuga cuando me traslada ban al castillo me habían ultrajado ni rebajado tanto como este castigo. Cada vez que vislumbra ba brevemente a los soldados apostados en las almenas superiores, que se apoyaban ociosamente sobre la piedra y señalaban talo cual carruaje que pasaba, aumentaba la sensación de fragilidad en mi alma. Algo dentro de mí estaba siendo aniqui lado por completo. Doblamos una curva y la calzada se ensanchó. Al mismo tiempo, la aceleración de las herraduras y las ruedas girando a toda prisa se hacía cada vez más ruidosa. Tenía la impresión de que el falo me impulsaba, levantaba y me lanzaba hacia delante, mientras el largo y chasqueante látigo buscaba mis pantorrillas como si de un juego se tratara. Al pa recer había recuperado el aliento; por suerte, mis fuerzas se habían renovado y las lágrimas que sur caban mi rostro, antes abrasadoras, me parecían frías contra la brisa. Estábamos atravesando las murallas y salía mos del pueblo por una puerta diferente a la que habíamos utilizado por la mañana para entrar con la carreta de esclavos. Ante mí divisé los terrenos de cultivo salpica dos de casitas con techumbre de paja y pequeños huertos. La calzada por la que avanzábamos se volvió tierra revuelta, más suave bajo nuestros pies. Pero una nueva percepción aterradora se había apoderado de mí. Una cálida sensación se pro pagaba lentamente por mis testículos desnudos, |
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| | #135 |
| Denunciante Novato | Vi esclavos desnudos amarrados a arados o trabajando a cuatro patas entre el trigo. La sensación de completa desnudez se intensificó. Otros corceles humanos que avanzaban precipitadamente, cruzándose con nosotros, evocaron en mí una agitación cada vez mayor. Yo tenía exactamente el mismo aspecto que ellos. Era uno más. En aquel instante tomamos un pequeño cami no y trotamos con brío en dirección a una gran casa solariega con muros de entramado y varias chimeneas que se elevaban desde su encumbrado tejado de pizarra. El látigo me azuzaba entonces sólo con leves azotes que me escocían y hacían vibrar mis músculos. Una cruel sacudida de las riendas nos hizo detenernos. Mi cabeza retrocedió bruscamente y solté un grito incontenible que sonó completa mente distorsionado a causa de la gruesa emboca dura, y me encontré allí parado con los demás, ja deantes y temblorosos, mientras se asentaba el polvo del camino. LA GRANJA Y EL ESTABLO Tristán: En ese mismo instante se acercaron a nosotros varios esclavos y, por los crujidos del parecían despiadadamente pesados.carruaje, supe que ayudaban al amo y a la señora a bajar. Estos mismos esclavos, todos ellos hombres muy morenos, con el enmarañado pelo blanqueado y brillante por la acción del sol, comenzaron a retirarnos las guarniciones. Asimismo, me sacaron del trasero el inmenso falo, que dejaron atado al carruaje. Solté la cruel mordaza con un resoplido y sentí que me quedaba como un saco vacío, sin carga y sin voluntad. Dos jóvenes vestidos con ropas sencillas llega ron hasta .nosotros y con largas varas planas de madera me obligaron a mí y a los demás corceles humanos a dirigirnos por un estrecho sendero que conducía aun edificio bajo que obviamente era una cuadra. Nos forzaron de inmediato a doblarnos por la cintura, sobre un enorme travesaño de madera, de tal manera que comprimía nuestros penes, y nos apremiaron a morder unas anillas de cuero que colgaban de otra barra tan basta como la que te níamos ante nosotros. Tuve que estirarme para atraparla entre mis dientes, con el travesaño presionándome el vientre e hincándose en la carne. Mis pies casi no tocaban el suelo cuando lo conseguí. Continuaba con los brazos enlazados a la espalda, así que no podía agarrarme. Pero no me caí. Mordí firmemente el blando cuero de la anilla, como los demás, y cuando el agua tibia salpicó mis doloridas piernas y espalda, me sentí tremen damente agradecido por ello. Nunca había experimentado algo tan delicio so, pensé. Aunque cuando me secaron todo el cuerpo y aplicaron aceite sobre mis músculos sen tí el éxtasis, pese a tener el cuello estirado de un modo tan tortuoso. Poco importaba que los bron ceados esclavos de pelo enmarañado trabajaran con rudeza y rapidez, apretando los dedos con fuerza sobre las erupciones y heridas. Por todas partes se oían gruñidos y quejidos, de dolor y de placer, y al mismo tiempo del esfuerzo que supo nía morder la anilla. Luego nos quitaron el calza do y también untaron de aceite mis ardientes pies, provocándome un hormigueo exquisito. A continuación nos obligaron a levantarnos y nos guiaron hasta otro travesaño donde nos forzaron a encorvarnos de la misma forma sobre un abrevadero, para poder devorar con la lengua la comida allí dispuesta, como si fuéramos caballos. Los esclavos comían con avidez. Yo me esforcé por sobreponerme a la intensa mortificación que me provocaba aquella visión. Pero enseguida me metieron la cara en el estofado. Era suculento y sabroso. Otra vez mis ojos se llenaron de lágri mas, pero lamí con el mismo descuido que los de más mientras uno de los criados me apartaba el ca bello de la cara y lo acariciaba casi amorosamente. Me di cuenta de que lo hacía del mismo modo que uno acaricia un hermoso caballo. De hecho, me daba palmaditas como si mi trasero fuera una gru pa. Aquella mortificación volvía a propagarse vertiginosamente por todo mi ser. Mi verga estaba de nuevo comprimida contra el travesaño que la mantenía doblada hacia el suelo, y los testículos |
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| | #136 |
| Denunciante Novato | Cuando ya no pude comer más, me sostuvie ron un cuenco de leche, apretándolo contra completamente lleno.mi cara, para que bebiera a lametazos hasta que conseguí vaciarlo. Para cuando lo dejé limpio y bebí un poco de agua recién sacada de la fuente, la dolorosa fatiga de mis piernas se había desvaneci do. Lo que sí sentía todavía era el escozor de las ronchas y esa sensación de tener las nalgas horrorosamente enormes, de color grana a causa de los latigazos y la impresión de que mi ano se abría anhelante, añorando el falo que lo había ensan chado. Sin embargo, yo no era más que uno de los seis esclavos, y tenía los brazos ligados fuertemente a la espalda como los demás. Todos los cor celes éramos iguales, ¿cómo iba a ser de otro modo? Alguien me levantó la cabeza para meterme en la boca otra anilla de cuero blando, de la que colgaba una larga traílla del mismo material. Apreté los dientes y la soga me obligó a levantarme y a apartarme del abrevadero. De igual modo forza ron a incorporarse a todos los corceles, que avanzaron apresuradamente, afanándose por seguir a un esclavo de piel morena que tiraba de las traíllas en dirección al huerto. Trotábamos deprisa, arrastrados por fuertes y humillantes estirones. Gemíamos y gruñíamos al tiempo que aplastábamos la hierba que se extendía bajo nuestros pies. Poco después los mozos nos desataron los brazos. Me cogieron del pelo, me quitaron la anilla de la boca y, a empujones, me pusieron a cuatro pa tas. Las ramas de los árboles se desplegaban sobre nosotros formando una pantalla verde que nos protegía del sol. En ese instante vi a mi lado el precioso terciopelo borgoña del vestido de la señora. Me cogió por el pelo, tal como había hecho el criado, y me levantó la cabeza de manera que durante un segundo pude mirarla directamente a la cara. Su pequeño rostro era sumamente pálido y sus ojos de un profundo gris, con el mismo centro oscuro que había visto en los ojos de mi amo. Bajé la vista de inmediato mientras el corazón martillea ba con fuerza, temeroso de haber dado motivos para merecer una reprimenda. ¿Tenéis una boquita delicada, príncipe? preguntó. Yo sabía que no debía hablar y, confundido por su pregunta, sacudí un poco la cabeza negativamente. A mi alrededor, los demás jacos estaban ocupados en alguna tarea aunque no podía ver con claridad qué estaban haciendo. La ama aplastó mi cara contra la hierba, y ante mí, vi una manzana verde bien madura. Lo que hace una boca delicada es coger esta fruta firmemente entre los dientes y depositarla en el cesto, como los otros esclavos, sin dejar nunca el más mínimo ras tro de su dentadura en ella finalizó. En cuanto me soltó el pelo, cogí la manzana y, buscando frenéticamente el cesto, me fui trotando para dejar la fruta en él. Los demás esclavos trabajaban con rapidez y yo me apresuré a imitar su rit mo. No sólo pude ver la falda de mi señora sino que entonces advertí también a mi dueño, que no estaba muy lejos de ella. Me afané desesperada mente por cumplir con mi obligación. Encontré otra manzana y luego otra más, y otra; si no en contraba ninguna me ponía nervioso, como loco. Pero, de repente y totalmente por sorpresa, me introdujeron otro falo en el ano, sin ayuda de cremas. Me forzaron a seguir hacia delante a tal velocidad que estaba convencido de que guiaban el falo con una larga vara. Seguí apresuradamente a los otros y me adentré en el huerto, avanzando entre la hierba que provocaba picores en mi pene y testículos. Una vez más, me encontré con una manzana entre los dientes mientras el falo me per foraba las entrañas y me dirigía hacia el cesto don de debía depositarla. Al ver junto a mí unas botas gastadas sentí cierto alivio ya que, obviamente, esa persona no podía ser mi amo ni mi señora. Intenté encontrar por mí mismo la siguiente manzana con la esperanza de que me retiraran aquel instrumento, pero la presión del artilugio me lanzó hacia delante y no pude alcanzar el cesto con suficiente rapidez. El falo me llevaba de aquí para allá mientras yo amontonaba manzanas, has ta que el cesto estuvo |
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| | #137 |
| Denunciante Novato | Todos los esclavos en tropel fueron enviados correteando hasta amargo y salado.otro grupo de árboles; yo era el único al que guiaban con un falo. Al instante, la cara se me puso al rojo vivo pero, por mucho que me afanara, el instrumento me empujaba sin clemencia hacia delante. La hierba me torturaba el pene, las más tiernas partes interiores de los muslos e incluso mi garganta cada vez que recogía atropelladamente las manzanas. Pero nada podía detenerme en mi intento de seguir la marcha. Cuando atisbé las figuras del amo y la señora que se alejaban en dirección a la casa, sentí un rubor de gratitud: no iban a presenciar mi torpeza; luego, continué trabajando con ahínco. Finalmente, todos los cestos estuvieron lle nos. Buscamos en vano más manzanas. Me empujaron para que siguiera al pequeño grupo que se ponía de pie y empezaba a trotar de vuelta hacia las cuadras, con los brazos doblados a la espalda como si estuvieran maniatados. Pensé que el falo me dejaría entonces tranquilo, pero continuaba allí, punzándome y dirigiéndome, mientras yo me esforzaba por seguir el ritmo de los otros. La visión de las cuadras me llenó de terror, aunque todavía no sabía bien por qué. Entre azotes, nos hicieron entrar a una larga sala cuyo suelo cubierto de heno resultó agradable bajo mis pies. Luego cogieron a los otros esclavos, uno a uno, y los colocaron bajo una larga y gruesa viga situada a poco más de un metro por encima del suelo y más o menos a esa distancia de la pared que había detrás. A cada esclavo le ataban los brazos alrededor de la viga, con los codos pronuncia damente hacia fuera. Les echaban las piernas hacia atrás, muy separadas, lo que les mantenía por de bajo de la viga, con la verga y los testículos ex puestos de un modo doloroso. Todas las cabezas estaban inclinadas hacia el suelo bajo la viga, con el pelo caído y los rostros enrojecidos. Esperé, tembloroso, a que me sometieran a la misma tortura. No me pasó por alto la rapidez con que habían dispuesto todo esto, con los cinco esclavos ligados en un visto y no visto, pero a mí me reservaban aparte. El temor me consumía cada vez con más intensidad. A continuación, me forzaron a ponerme otra vez a cuatro patas y me condujeron ante el prime ro de los esclavos, el que había encabezado el grupo, un fornido rubio que se retorció y sacó las caderas al acercarme yo, esforzándose al parecer por lograr cierto alivio en aquella patética posición. De inmediato comprendí lo que tendría que hacer, pero la perplejidad más absoluta me dejó paralizado. El grueso y reluciente miembro que tenía ante mi rostro intensificó mi propia apeten cia. ¡Vaya tortura para mi propio órgano sería la merlo! Sólo me quedaba esperar clemencia des pués de ver aquello. Pero en cuanto abrí la boca, el criado introdujo su falo. Primero los testículos advirtió, un buen repaso con la lengua. El príncipe gemía y meneaba las caderas hacia mí. Yo me apresuré a obedecer, con las nalgas oprimidas por el falo y con mi propio pene a pun to de reventar. Mi lengua lamió la piel suave y sa lada levantando los testículos. Luego dejé que se escurrieran de mi boca para después lamerlos de prisa, intentando cubrirlos con mis labios mien tras me intoxicaba del sabor a sal y a carne cálida. El príncipe culebreaba, se retorcía y flexionaba cuanto podía las musculadas piernas en el reduci do espacio mientras yo chupaba. Abarqué con mi boca todo el escroto, lamiéndolo y mordisqueán dolo. Incapaz de esperar más a llegar al pene, dejé los testículos y rodeé el miembro con mis labios, lanzándome hasta el nido de vello púbico en un furor de lametazos. Continué moviéndome ade lante y atrás hasta que caí en la cuenta de que el príncipe impelía su propio ritmo. Así que lo único que hice fue mantener la cabeza quieta, con el falo ardiendo en mi ano, mientras la verga entraba y salía, escurriéndose entre mis labios, rozando mis dientes. Su grosor, humedad y la lisa punta que chocaba contra mi paladar aumentaban el delirio mientras mis caderas se sumaban impúdicamente a la danza, subiendo y bajando mecánicamente al mismo ritmo. Pero cuando el esclavo se vació en mi garganta, no hubo ningún alivio para mi pene, que se agitaba en el aire vacío. Lo único que pude hacer fue tragar el fluido |
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| | #138 |
| Denunciante Novato | Inmediatamente me apartaron y me acercaron un plato con vino para enjuto y meditativo, aque llos ojos azules oscuros.que lo lamiera. A conti nuación me obligaron a pasar al siguiente príncipe situado en la fila de espera, quien ya se debatía pe nosamente con un ritmo ineludible. Cuando llegué al final de la hilera la mandíbu la me dolía, y también la garganta. Mi verga no podía estar más erecta y ansiosa. En este instante me encontraba a merced del criado, y como míni mo esperaba de él un indicio de que experimenta ría algún alivio a la tortura. Sin embargo, el mozo me ató de inmediato a la viga, me puso los brazos en torno a ésta y las pier nas en la misma incómoda y degradante postura agachada bajo la madera. Ningún esclavo me sa tisfizo. Cuando el criado nos dejó a solas en la cuadra vacía, rompí a lloriquear con gemidos con tenidos, mientras mis caderas se estiraban inútil mente hacia delante. El establo se había quedado en silencio. Los otros debían de haberse quedado profundamente dormidos. El sol del atardecer se filtraba como la neblina a través de la puerta abierta. Soñé con el ansiado alivio en todas sus formas glorio sas; lord Stefan tendido en la hierba debajo de mí tiempo atrás cuando éramos amigos y amantes, antes de que ninguno de los dos hubiera llegado a este extraño reino; el delicioso sexo de Bella mon tado sobre mi pene; la delicada mano de mi señor tocando mi cuerpo. Pero todo esto sólo sirvió para empeorar el tormento. Luego, el esclavo que tenía junto a mí, empezó a hablarme en voz baja: Siempre es así dijo somnoliento. El prín cipe estiró el cuello y meneó la cabeza para que su cabello negro cayera suelto con más libertad. Yo podía ver tan sólo una parte de su rostro que, como el del resto de esclavos, destacaba por su belleza. Obligan a uno a satisfacer a los demás continuó. y cuando hay un esclavo nuevo, siempre le toca a él. A veces hay otros motivos para la elección, pero el escogido siempre debe sufrir. Sí, ya veo respondí desdichadamente. pa recía que volvía a quedarse dormido. ¿Cómo se llama nuestra señora? inquirí, pensando que tal vez lo supiera, ya que con toda seguridad éste no era su primer día en el establo. Se llama señora Julia, pero ella no es mi ama susurró. Ahora descansad. Lo necesitáis, pese a la incomodidad, creedme. Me llamo Tristán dije. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? Dos años contestó. Yo me llamo Je rard. Intenté escaparme del castillo y estuve a punto de llegar a la frontera del reino vecino. Allí me hubiera encontrado a salvo, pero cuando esta ba atan sólo una hora, o menos, una pandilla de campesinos me persiguió y me atrapó. Jamás ayu dan a fugarse aun esclavo. y además yo les había robado ropas de su vivienda. Así que me desnuda ron a toda prisa, me ataron de pies y manos y me trajeron de regreso. Entonces me sentenciaron a tres años en el pueblo. La reina ni siquiera volvió a mirarme. Di un respingo. ¡Tres años! ¡Y ya llevaba dos de vasallaje! Pero ¿de verdad hubierais estado a salvo si...? Sí, pero la gran dificultad está en llegar a la frontera. ¿Y no teníais miedo de que vuestros pa dres...? ¿No os ordenaron que obedecierais cuando os enviaron con la reina? La reina me daba demasiado miedo con testó. Y, de todos modos, no hubiera vuelto a casa. ¿Lo habéis intentado de nuevo desde entonces? No se rió en voz baja. Soy uno de los mejores corceles del pueblo. Me vendieron direc tamente a los establos públicos. Los acaudalados señores y señoras me alquilan a diario, aunque el amo Nicolás y la señora Julia son los que requie ren mis servicios con más frecuencia. Aún espero la clemencia de su majestad, que me autoricen pronto a regresar al castillo pero, si no sucede así, no voy a llorar. Si no me obligaran cada día a co rrer sin descanso, probablemente estaría terrible mente angustiado. De vez en cuando me siento displicente y pataleo o forcejeo, pero una buena zurra hace maravillas. Mi amo sabe perfectamente cuándo me hace falta; aunque me porte muy bien, él lo sabe. Me complace formar parte del tiro de un hermoso carruaje como el de vuestro dueño. Me gustan los arneses y riendas nuevos y relu cientes. y además, vuestro señor, el cronista de la reina, sabe blandir la correa con fuerza. Ya os habréis percatado de que lo hace en serio. De vez en cuando se detiene y me frota el pelo, o me da un pellizco, y yo casi me corro allí mismo. Demues tra su autoridad sobre mi verga, la azota y luego se ríe de ello. Lo adoro. En una ocasión me hizo tirar a mí solo de un pequeño carro de dos ruedas con un cesto mientras él caminaba a mi lado. Detesto los carros pequeños, pero con vuestro amo, os lo digo en serio, casi pierdo la cabeza de orgullo. Fue fantástico. ¿Por qué fue fantástico? pregunté, atónito. Intentaba imaginarme al príncipe cautivo, con su larga cabellera negra, el pelo de la cola de caballo y la delgada y elegante figura de mi dueño ca minando a su lado. Todo aquel precioso pelo blanco al sol, el rostro |
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| Denunciante Novato | No sé respondió. No me expreso bien con palabras. Siempre me enorgullece ir al trote. direc ción al mercado.Pero en aquella ocasión estaba a solas con él. Salimos del pueblo para dar un paseo por el campo al anochecer. Todas las mujeres estaban fuera de las casas y le daban las buenas noches. También nos cruzamos con caballeros que regresaban tras la jornada de inspección de sus granjas para volver a sus viviendas en el pueblo. »De vez en cuando, vuestro señor me cogía el pelo de la nuca y lo alisaba. Me había amarrado bien la rienda, muy arriba, para que mi cabeza quedara muy atrasada, y me propinaba frecuentes azotes en las pantorrillas sin que vinieran a cuento, sólo por gusto. Era una sensación sumamente estimulante, trotar por la calzada y oír el crujido de sus botas a mi lado. No me importaba si volvía a ver otra vez el castillo o no. O si alguna vez abandonaría el reino. Siempre solicita mis servi cios, vuestro amo. A los otros corceles les aterroriza. Vuelven a las cuadras con las nalgas en carne viva y dicen que los azota el doble que cualquier otro señor, pero yo lo venero. Lo que hace lo hace bien. y yo también. E igual pasará con vos ahora que es vuestro amo. No sabía qué responder. No añadió nada más después de aquello. Se quedó dormido enseguida y yo continué en la misma postura, muy quieto, con los muslos dolo ridos y el pene sometido al mismo padecimiento de antes, mientras pensaba en el breve relato de Jerard. Sus palabras me habían provocado escalo fríos en todo el cuerpo, pero lo más grave era que entendía lo que decía. Me atemorizaba, pero lo entendía. Cuando nos liberaron y nos llevaron hasta el carruaje casi era de noche. Percibí la fascinación que me causaban el arnés, las abrazaderas para los pezones, las riendas, las ataduras y el falo mientras volvían a ajustármelos. Naturalmente, me hacían daño y me inspiraban miedo. Pero estaba pensan do en las palabras de Jerard. Lo veía enjaezado delante de mí. Observé atentamente la manera en que sacudía la cabeza y golpeaba el suelo con los pies embutidos en sus botas, como si quisiera ajustarlas mejor. Luego miré fijamente hacia delante con los ojos abiertos, desconcertado, mien tras me introducían el falo y apretaban las correas a conciencia, levantándome del suelo. Con una fuerte sacudida iniciamos un trote ligero por el ca mino que se alejaba de la casa solariega. Cuando tomamos la calzada principal y ante nosotros aparecieron las oscuras almenas del pue blo, las lágrimas ya surcaban mi rostro. En los to rreones norte y sur ardían antorchas. Debía de ser la hora del anochecer descrita por Jerard, ya que transitaban pocos carruajes por la calzada y, en las entradas a las granjas, las mujeres se inclinaban y saludaban con la mano a nuestro paso. De vez en cuando nos cruzaba algún hombre caminando so litario. Yo marchaba con todo el brío que podía, con la mandíbula dolorosamente erguida y el grueso y pesado falo latiendo ardientemente en mi interior. La correa me azuzaba una y otra vez, pero no recibí ni una sola reprimenda. Justo antes de llegar a la casa de mi señor, recordé con un sobresalto lo que había mencionado Jerard acerca de que estuvo a punto de alcanzar el reino vecino. Quizá se equivocaba en lo referente a estar a salvo una vez allí. ¿y qué sucedería con su padre? El mío me ha bía ordenado que obedeciera, me había dicho que la reina era todopoderosa y que mi vasallaje me compensaría en sumo grado, que mejoraría enormemente en sabiduría. Intenté apartar aquellos pensamientos de mi mente. Yo nunca había pensa do realmente en escapar. Era una idea demasiado complicada, demasiado espinosa en una situación a la que ya era duro adaptarse. Estaba oscuro cuando nos detuvimos ante la puerta de la casa de mi amo. Me quitaron las botas y los arneses, todo menos el falo. A los demás cor celes se los llevaron a latigazos hasta las cuadras públicas, tirando del carruaje vacío. Permanecí quieto pensando en las demás pala bras de Jerard. Me intrigó también el extraño y ar diente escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando la señora salió, me alzó el rostro y me pasó la mano por el cabello para retirármelo de la cara. Tranquilo, tranquilo repitió con aquella tierna voz. Me secó la frente y las mejillas sudoro sas con un suave pañuelo de lino blanco. La miré fijamente a los ojos y entonces ella me besó los la bios; mi verga casi se puso a brincar con aquel beso que me dejó sin aliento. La señora me extrajo el falo con tal rapidez que perdí el equilibrio. Volví a mirarla lleno de es panto. Entonces ella desapareció por el interior de la preciosa casita y yo me quedé temblando. Le vanté la vista al encumbrado tejado y luego a la bella salpicadura de estrellas que cubría el firma mento, y me percaté de que me había quedado a solas con mi amo que, como siempre, tenía la grue sa correa en la mano. Me dio media vuelta y me hizo marchar otra vez por la amplia calzada pavimentada en |
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| | #140 |
| Denunciante Mega |
buen relato!!! sigo pendiente de lo que pasa con este libro!!! gracias por el aporte!!! |
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| Etiquetas |
| erotismo, las aventuras de bella, relato, relato porno |
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