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Las aventuras de Bella

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Antiguo 21-09-2011 , 18:29:33   #131
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Los mejores licores
Quería gritar «no puedo», pero sentí cómo manipulaban hacia delante y atrás aquel
instru mento que me estiraba y, finalmente, se deslizaba hacia dentro, haciendo que mi
ano pareciera enor me y palpitante alrededor de este objeto desco munal que entonces se
me antojaba tres veces más grande que lo que había visto antes con mis pro pios ojos en
el estuche.
Pero no se trataba de un dolor agudo; era la intensidad de la sensibilidad lo que se
expandía y me dejaba indefenso. El grueso y hormigueante pelo que al parecer
levantaban y dejaban caer en contacto con mis nalgas me rozaba con una suavi dad casi
enloquecedora. No podía ni imaginárme lo. Al parecer, la mujer sostenía la anilla y
movía aquella verga gigante, empujándola hacia arriba para que yo me pusiera de
puntillas con dificultad, mientras ella decía: Sí, excelente.
Ésas eran las suaves palabras de aprobación.
Noté que el nudo que bloqueaba mi garganta ce día, y que el calor se expandía por mi
rostro y mi pecho. Tenía las nalgas hinchadas. Me sentí impe lido hacia delante por
aquella cosa, aunque yo seguía quieto, con el suave contacto hormigueante de la cola de
caballo que me mortificaba de forma absoluta.
Ambos tamaños dijo. Emplearemos los menores con más frecuencia como avíos habitua
les y los de mayor tamaño cuando lo considere mos necesano.
Muy bien dijo mi amo. Los encargaré esta misma tarde. Pero la mujer no retiraba el
instrumento ma yor y me examinaba el rostro con suma atención.
Observé la luz parpadeante reflejada en sus ojos y me tragué en silencio un sollozo
contenido en mi garganta.
Ahora ya es hora de que nos traslademos a la granja dijo mi amo, con palabras que
parecían dirigirse a mí. Ya he ordenado que traigan el co che con un arnés libre para
éste. Dejaremos meti do el falo grande por el momento, será bueno para nuestro joven
príncipe que se adapte conveniente mente a las guarniciones.
No me dieron más que un par de segundos para reflexionar sobre todo esto.
Inmediatamente, el amo había cogido la anilla del falo con su firme mano y me
empujaba hacia delante ordenándome:
Marchad.
El pelo de la cola de caballo me rozaba e importunaba la parte posterior de mis rodillas.
El falo parecía moverse en mí como si tuviera vida propia, perforándome y
empujándome hacia de
lante.

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Antiguo 21-09-2011 , 23:38:22   #132
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

exelente relato!!!
sigo pegaoo de bella!!!

CANTI* no está en línea   Responder Citando
Antiguo 23-09-2011 , 08:58:42   #133
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UN ESPLÉNDIDO CARRUAJE
Tristán:
«No pensé. No pueden sacarme a la calle disfrazado con estos adornos propios de una
bestia. Por favor...» Pero de cualquier modo me apre suraron a recorrer un pequeño
pasillo que daba a una puerta trasera por la que salí a una amplia cal zada pavimentada,
limitada al otro lado por las al tas murallas de piedra del pueblo.
Era una vía mucho más grande y transitada que la que habíamos seguido para llegar
hasta la casa, bordeada por altos árboles, por encima de los cuales vi a los guardias que
caminaban ociosamente sobre las almenas. Inmediatamente pude observar ante mí la
imagen escalofriante de los carruajes y carretas del mercado que circulaban
matraqueantes tirados por esclavos, no por caballos. Los carruajes grandes llevaban
hasta ocho o diez cautivos enjaezados, y de tanto en tanto pasaba una pequeña carroza
impelida únicamente por dos pa rejas de esclavos, e incluso pequeñas carretas del
mercado sin conductor que eran tiradas por un solitario cautivo, con el amo caminando
a su lado.
Pero antes de que pudiera sobreponerme a la impresión, e incluso antes de que
percibiera cómo maltrataban a los esclavos, vi el coche de cuero de mi señor ante mí, y
cinco esclavos, cuatro de ellos emparejados, con botas ajustadas, bien enjae zados, con
embocaduras que tiraban de sus cabezas hacia atrás y las nalgas desnudas adornadas con
colas de caballo. El carruaje era descubierto, con dos asientos tapizados en terciopelo.
Mi amo brindó su mano a la señora para que se apoyara al subir a ocupar su asiento,
mientras un joven ele gantemente vestido me empujaba hacia delante pa ra completar la
tercera y última pareja del tiro, la que quedaba más próxima al vehículo.
«No, por favor me dije como mil veces antes lo había hecho en el castillo, no, os lo
ruego...» Pero estaba convencido de que mi muda plegaria no sería oída. Estaba en
poder de unos lugareños que volvían a colocarme la gruesa y larga embocadura, que
tiraba firmemente hacia atrás de mi boca, con las riendas apoyadas sobre mis hom bros.
El grueso falo se afianzó en mi interior em pujado una vez más hacia dentro, y sentí que
me ponían un arnés de elaborada factura con finas correas que bajaban hasta una banda
que me rodea ba las caderas y que al instante engancharon firmemente a la anilla del
falo. Así era imposible expulsar aquella cosa. De hecho, estaba fuerte mente apretada
hacia dentro y atada a mí. Sentí un violento tirón, que casi me hizo perder el equili brio,
cuando sujetaron otro par de riendas a este mismo gancho, para dárselas a los que
viajaban detrás, que ahora controlaban a la vez la emboca dura y el falo desde su puesto
de guía. Al mirar hacia delante vi que todos los escla vos estaban amarrados como yo, y
que también eran príncipes. Las largas riendas que los manio braban pasaban junto a
mis muslos o sobre mis hombros. Ante mí, unas ajustadas anillas de cuero servían
ingeniosamente para mantenerlos juntos, y probablemente se emplearían también a mi
es palda. Pero entonces sentí que me doblaban los brazos hacia atrás y los ataban con
fuertes y crueles tirones. Unas manos rudas, enguantadas, me engancharon diestramente
unos pequeños pesos de cuero en los pezones, dándoles unos golpecitos para comprobar
que colgaban firmemente. Eran como lágrimas de cuero, y por lo visto no tenían otro
propósito que hacer que la degradación inexpresable del conjunto, tiro y carruaje, fuera
aún más desgarradora.
Con la misma eficacia silenciosa, me ajustaron unas fuertes botas con herraduras, como
las utili zadas en el castillo para las devastadoras carreras del sendero para caballos. El
cuero me pareció frío en contacto con mis pantorrillas, y las herraduras me resultaron
más pesadas.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 23-09-2011 , 08:59:16   #134
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Pero ninguna de las frenéticas carreras por el sendero, guiado por la pala de un jinete a
caballo, había sido tan degradante como verme atado jun to a estos otros corceles
humanos. Cuando comprendí que habían concluido los preparativos y estaba arreglado
como los otros esclavos de tiro y los que veía trotando por la concurrida calzada, un
tirón elevó mi cabeza hacia arriba y sentí dos hirientes sacudidas de las riendas que
hicieron que todo el tiro se pusiera en movimiento. Por el rabillo del ojo vi al esclavo
situado a mi lado levantando las rodillas con el habitual paso marcado para marchar, así
que lo imité, con el ar nés tirando del falo encajado en mi ano al tiempo que el amo
gritaba:
Más rápido, Tristán, hacedlo mejor. Recordad la forma de marchar que os he enseñado
un grueso látigo alcanzó con un fuerte chasquido las ronchas de mis muslos y nalgas,
mientras yo echa ba a correr ciegamente junto a los otros.
No podíamos estar avanzando muy rápido pero a mí me parecía que íbamos a toda
velocidad. Por delante divisaba el infinito cielo azul, los baluartes, los guías y ocupantes
instalados en lo alto de los carruajes con los que nos cruzábamos. De nuevo tuve aquella
horripilante percepción de la realidad, de que éramos auténticos esclavos desnudos,
nada de juguetes reales. Nos habíamos convertido en la parte más vulnerable y gimiente
de aquel lugar tan vasto, fatídico y sobrecogedor, que hacía que el castillo pareciera un
preparado monstruoso.
Ante mí, los príncipes hacían grandes esfuerzos bajo sus arneses, casi como si quisieran
su perarse unos a otros en velocidad. Sus traseros enrojecidos sacudían las largas y lisas
colas de caballo, los músculos se marcaban en sus fuertes pantorrillas por encima del
cuero ajustado de las botas, las herraduras resonaban sobre los adoquines. Yo gemía
mientras las riendas tiraban brusca mente de mi cabeza hacia arriba y el látigo me gol
peaba con fuerza la parte posterior de las rodillas.
Las lágrimas surcaban mi cara más copiosamente que nunca, así que casi era una
bendición tener puesta la embocadura para llorar contra ella. Los pesos de cuero tiraban
de mis pezones, chocaban contra mi pecho y provocaban escarceos de sensa ciones por
todo el cuerpo. Era consciente de mi desnudez, quizá como nunca antes la había perci
bido, como si los arneses, las riendas y la cola de caballo sirvieran únicamente para
potenciarla.
Sentí tres tirones de las riendas. El grupo redujo el paso aun trote rítmico, como si
conociera estas órdenes. Falto de aliento y con el rostro lle no de lágrimas, me adapté a
la marcha casi con gratitud. El látigo alcanzó al príncipe que corría junto a mí y vi el
modo en que arqueaba la espalda y levantaba aún más las rodillas, si esto era po sible.
Por encima de la mezcolanza de sonidos de las herraduras, gemidos y gritos aviva voz
de los otros corceles, podía oír las leves subidas y bajadas de la charla del amo y la
señora. No distinguía las palabras, sólo el sonido inconfundible de una conversación.
¡Arriba esa cabeza, Tristán! ordenó el amo con severidad, y al instante experimenté el
cruel tirón de la embocadura, acompañado de otra sacudida en la anilla que estaba
colocada en mi ano, lo que me hizo gritar sonoramente detrás de la mordaza y correr
más deprisa cuando la tensión se aflojó. El falo parecía haberse agrandado dentro de mí
como si mi cuerpo existiera únicamente con el propósito de asir aquel artilugio.
No podía dejar de sollozar contra la mordaza e intentaba recuperar el aliento para
dosificarlo mejor y aguantar la marcha del tiro. Pero de nue vo me llegaba la cadencia
de la conversación, que me hacía sentirme totalmente abandonado.
Ni siquiera los azotes recibidos en el campamento tras el intento de fuga cuando me
traslada ban al castillo me habían ultrajado ni rebajado tanto como este castigo. Cada
vez que vislumbra ba brevemente a los soldados apostados en las almenas superiores,
que se apoyaban ociosamente sobre la piedra y señalaban talo cual carruaje que pasaba,
aumentaba la sensación de fragilidad en mi alma. Algo dentro de mí estaba siendo
aniqui lado por completo.
Doblamos una curva y la calzada se ensanchó. Al mismo tiempo, la aceleración de las
herraduras y las ruedas girando a toda prisa se hacía cada vez más ruidosa. Tenía la
impresión de que el falo me impulsaba, levantaba y me lanzaba hacia delante, mientras
el largo y chasqueante látigo buscaba mis pantorrillas como si de un juego se tratara. Al
pa recer había recuperado el aliento; por suerte, mis fuerzas se habían renovado y las
lágrimas que sur caban mi rostro, antes abrasadoras, me parecían frías contra la brisa.
Estábamos atravesando las murallas y salía mos del pueblo por una puerta diferente a la
que habíamos utilizado por la mañana para entrar con la carreta de esclavos.
Ante mí divisé los terrenos de cultivo salpica dos de casitas con techumbre de paja y
pequeños huertos. La calzada por la que avanzábamos se volvió tierra revuelta, más
suave bajo nuestros pies. Pero una nueva percepción aterradora se había apoderado de
mí. Una cálida sensación se pro pagaba lentamente por mis testículos desnudos,
alargaba y endurecía mi órgano que nunca langui decía.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 23-09-2011 , 08:59:46   #135
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Vi esclavos desnudos amarrados a arados o trabajando a cuatro patas entre el trigo. La
sensación de completa desnudez se intensificó.
Otros corceles humanos que avanzaban precipitadamente, cruzándose con nosotros,
evocaron en mí una agitación cada vez mayor. Yo tenía exactamente el mismo aspecto
que ellos. Era uno más.
En aquel instante tomamos un pequeño cami no y trotamos con brío en dirección a una
gran casa solariega con muros de entramado y varias chimeneas que se elevaban desde
su encumbrado tejado de pizarra. El látigo me azuzaba entonces sólo con leves azotes
que me escocían y hacían vibrar mis músculos.
Una cruel sacudida de las riendas nos hizo detenernos. Mi cabeza retrocedió
bruscamente y solté un grito incontenible que sonó completa mente distorsionado a
causa de la gruesa emboca dura, y me encontré allí parado con los demás, ja deantes y
temblorosos, mientras se asentaba el polvo del camino.
LA GRANJA Y EL ESTABLO
Tristán:
En ese mismo instante se acercaron a nosotros varios esclavos y, por los crujidos del
carruaje, supe que ayudaban al amo y a la señora a bajar.
Estos mismos esclavos, todos ellos hombres muy morenos, con el enmarañado pelo
blanqueado y brillante por la acción del sol, comenzaron a retirarnos las guarniciones.
Asimismo, me sacaron del trasero el inmenso falo, que dejaron atado al carruaje. Solté
la cruel mordaza con un resoplido y sentí que me quedaba como un saco vacío, sin
carga y sin voluntad.
Dos jóvenes vestidos con ropas sencillas llega ron hasta .nosotros y con largas varas
planas de madera me obligaron a mí y a los demás corceles humanos a dirigirnos por un
estrecho sendero que conducía aun edificio bajo que obviamente era una cuadra.
Nos forzaron de inmediato a doblarnos por la cintura, sobre un enorme travesaño de
madera, de tal manera que comprimía nuestros penes, y nos apremiaron a morder unas
anillas de cuero que colgaban de otra barra tan basta como la que te níamos ante
nosotros. Tuve que estirarme para atraparla entre mis dientes, con el travesaño
presionándome el vientre e hincándose en la carne.
Mis pies casi no tocaban el suelo cuando lo conseguí. Continuaba con los brazos
enlazados a la espalda, así que no podía agarrarme. Pero no me caí. Mordí firmemente
el blando cuero de la anilla, como los demás, y cuando el agua tibia salpicó mis
doloridas piernas y espalda, me sentí tremen damente agradecido por ello.
Nunca había experimentado algo tan delicio so, pensé. Aunque cuando me secaron todo
el cuerpo y aplicaron aceite sobre mis músculos sen tí el éxtasis, pese a tener el cuello
estirado de un modo tan tortuoso. Poco importaba que los bron ceados esclavos de pelo
enmarañado trabajaran con rudeza y rapidez, apretando los dedos con fuerza sobre las
erupciones y heridas. Por todas partes se oían gruñidos y quejidos, de dolor y de placer,
y al mismo tiempo del esfuerzo que supo nía morder la anilla. Luego nos quitaron el
calza do y también untaron de aceite mis ardientes pies, provocándome un hormigueo
exquisito.
A continuación nos obligaron a levantarnos y nos guiaron hasta otro travesaño donde
nos forzaron a encorvarnos de la misma forma sobre un abrevadero, para poder devorar
con la lengua la comida allí dispuesta, como si fuéramos caballos.
Los esclavos comían con avidez. Yo me esforcé por sobreponerme a la intensa
mortificación que me provocaba aquella visión. Pero enseguida me metieron la cara en
el estofado. Era suculento y sabroso. Otra vez mis ojos se llenaron de lágri mas, pero
lamí con el mismo descuido que los de más mientras uno de los criados me apartaba el
ca bello de la cara y lo acariciaba casi amorosamente.
Me di cuenta de que lo hacía del mismo modo que uno acaricia un hermoso caballo. De
hecho, me daba palmaditas como si mi trasero fuera una gru pa. Aquella mortificación
volvía a propagarse vertiginosamente por todo mi ser. Mi verga estaba de nuevo
comprimida contra el travesaño que la mantenía doblada hacia el suelo, y los testículos
parecían despiadadamente pesados.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 23-09-2011 , 09:00:26   #136
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Cuando ya no pude comer más, me sostuvie ron un cuenco de leche, apretándolo contra
mi cara, para que bebiera a lametazos hasta que conseguí vaciarlo. Para cuando lo dejé
limpio y bebí un poco de agua recién sacada de la fuente, la dolorosa fatiga de mis
piernas se había desvaneci do. Lo que sí sentía todavía era el escozor de las ronchas y
esa sensación de tener las nalgas horrorosamente enormes, de color grana a causa de los
latigazos y la impresión de que mi ano se abría anhelante, añorando el falo que lo había
ensan chado.
Sin embargo, yo no era más que uno de los seis esclavos, y tenía los brazos ligados
fuertemente a la espalda como los demás. Todos los cor celes éramos iguales, ¿cómo iba
a ser de otro modo?
Alguien me levantó la cabeza para meterme en la boca otra anilla de cuero blando, de la
que colgaba una larga traílla del mismo material. Apreté
los dientes y la soga me obligó a levantarme y a apartarme del abrevadero. De igual
modo forza ron a incorporarse a todos los corceles, que avanzaron apresuradamente,
afanándose por seguir a un esclavo de piel morena que tiraba de las traíllas en dirección
al huerto.
Trotábamos deprisa, arrastrados por fuertes y humillantes estirones. Gemíamos y
gruñíamos al tiempo que aplastábamos la hierba que se extendía bajo nuestros pies.
Poco después los mozos nos desataron los brazos.
Me cogieron del pelo, me quitaron la anilla de la boca y, a empujones, me pusieron a
cuatro pa tas. Las ramas de los árboles se desplegaban sobre nosotros formando una
pantalla verde que nos protegía del sol. En ese instante vi a mi lado el precioso
terciopelo borgoña del vestido de la señora.
Me cogió por el pelo, tal como había hecho el criado, y me levantó la cabeza de manera
que durante un segundo pude mirarla directamente a la cara. Su pequeño rostro era
sumamente pálido y sus ojos de un profundo gris, con el mismo centro oscuro que había
visto en los ojos de mi amo. Bajé la vista de inmediato mientras el corazón martillea ba
con fuerza, temeroso de haber dado motivos para merecer una reprimenda.
¿Tenéis una boquita delicada, príncipe? preguntó. Yo sabía que no debía hablar y,
confundido por su pregunta, sacudí un poco la cabeza negativamente. A mi alrededor,
los demás jacos estaban ocupados en alguna tarea aunque no podía ver con claridad qué
estaban haciendo. La ama aplastó mi cara contra la hierba, y ante mí, vi una manzana
verde bien madura. Lo que hace una boca delicada es coger esta fruta firmemente entre
los dientes y depositarla en el cesto, como los otros esclavos, sin dejar nunca el más
mínimo ras tro de su dentadura en ella finalizó.
En cuanto me soltó el pelo, cogí la manzana y, buscando frenéticamente el cesto, me fui
trotando para dejar la fruta en él. Los demás esclavos trabajaban con rapidez y yo me
apresuré a imitar su rit mo. No sólo pude ver la falda de mi señora sino que entonces
advertí también a mi dueño, que no estaba muy lejos de ella. Me afané desesperada
mente por cumplir con mi obligación. Encontré otra manzana y luego otra más, y otra;
si no en contraba ninguna me ponía nervioso, como loco.
Pero, de repente y totalmente por sorpresa, me introdujeron otro falo en el ano, sin
ayuda de cremas. Me forzaron a seguir hacia delante a tal velocidad que estaba
convencido de que guiaban el falo con una larga vara. Seguí apresuradamente a los
otros y me adentré en el huerto, avanzando entre la hierba que provocaba picores en mi
pene y testículos. Una vez más, me encontré con una manzana entre los dientes mientras
el falo me per foraba las entrañas y me dirigía hacia el cesto don de debía depositarla.
Al ver junto a mí unas botas gastadas sentí cierto alivio ya que, obviamente, esa persona
no podía ser mi amo ni mi señora. Intenté encontrar por mí mismo la siguiente manzana
con la esperanza de que me retiraran aquel instrumento, pero la presión del artilugio me
lanzó hacia delante y no pude alcanzar el cesto con suficiente rapidez. El falo me
llevaba de aquí para allá mientras yo amontonaba manzanas, has ta que el cesto estuvo
completamente lleno.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 23-09-2011 , 09:01:04   #137
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Todos los esclavos en tropel fueron enviados correteando hasta
otro grupo de árboles; yo era el único al que guiaban con un falo. Al instante, la cara se
me puso al rojo vivo pero, por mucho que me afanara, el instrumento me empujaba sin
clemencia hacia delante. La hierba me torturaba el pene, las más tiernas partes interiores
de los muslos e incluso mi garganta cada vez que recogía atropelladamente las
manzanas. Pero nada podía detenerme en mi
intento de seguir la marcha. Cuando atisbé las figuras del amo y la señora que se
alejaban en dirección a la casa, sentí un rubor de gratitud: no iban a presenciar mi
torpeza; luego, continué trabajando con ahínco.
Finalmente, todos los cestos estuvieron lle nos. Buscamos en vano más manzanas. Me
empujaron para que siguiera al pequeño grupo que se ponía de pie y empezaba a trotar
de vuelta hacia las cuadras, con los brazos doblados a la espalda como si estuvieran
maniatados. Pensé que el falo me dejaría entonces tranquilo, pero continuaba allí,
punzándome y dirigiéndome, mientras yo me esforzaba por seguir el ritmo de los otros.
La visión de las cuadras me llenó de terror, aunque todavía no sabía bien por qué.
Entre azotes, nos hicieron entrar a una larga sala cuyo suelo cubierto de heno resultó
agradable bajo mis pies. Luego cogieron a los otros esclavos, uno a uno, y los colocaron
bajo una larga y gruesa viga situada a poco más de un metro por encima del suelo y más
o menos a esa distancia de la pared que había detrás. A cada esclavo le ataban los brazos
alrededor de la viga, con los codos pronuncia damente hacia fuera. Les echaban las
piernas hacia atrás, muy separadas, lo que les mantenía por de bajo de la viga, con la
verga y los testículos ex puestos de un modo doloroso. Todas las cabezas estaban
inclinadas hacia el suelo bajo la viga, con el pelo caído y los rostros enrojecidos.
Esperé, tembloroso, a que me sometieran a la misma tortura. No me pasó por alto la
rapidez con que habían dispuesto todo esto, con los cinco esclavos ligados en un visto y
no visto, pero a mí me reservaban aparte. El temor me consumía cada vez con más
intensidad.
A continuación, me forzaron a ponerme otra vez a cuatro patas y me condujeron ante el
prime ro de los esclavos, el que había encabezado el grupo, un fornido rubio que se
retorció y sacó las caderas al acercarme yo, esforzándose al parecer por lograr cierto
alivio en aquella patética posición.
De inmediato comprendí lo que tendría que hacer, pero la perplejidad más absoluta me
dejó paralizado. El grueso y reluciente miembro que tenía ante mi rostro intensificó mi
propia apeten cia. ¡Vaya tortura para mi propio órgano sería la merlo! Sólo me quedaba
esperar clemencia des pués de ver aquello. Pero en cuanto abrí la boca, el criado
introdujo su falo.
Primero los testículos advirtió, un buen repaso con la lengua. El príncipe gemía y
meneaba las caderas hacia mí. Yo me apresuré a obedecer, con las nalgas oprimidas por
el falo y con mi propio pene a pun to de reventar. Mi lengua lamió la piel suave y sa
lada levantando los testículos. Luego dejé que se escurrieran de mi boca para después
lamerlos de prisa, intentando cubrirlos con mis labios mien tras me intoxicaba del sabor
a sal y a carne cálida.
El príncipe culebreaba, se retorcía y flexionaba cuanto podía las musculadas piernas en
el reduci do espacio mientras yo chupaba. Abarqué con mi boca todo el escroto,
lamiéndolo y mordisqueán dolo. Incapaz de esperar más a llegar al pene, dejé los
testículos y rodeé el miembro con mis labios, lanzándome hasta el nido de vello púbico
en un furor de lametazos. Continué moviéndome ade lante y atrás hasta que caí en la
cuenta de que el príncipe impelía su propio ritmo. Así que lo único que hice fue
mantener la cabeza quieta, con el falo ardiendo en mi ano, mientras la verga entraba y
salía, escurriéndose entre mis labios, rozando mis dientes. Su grosor, humedad y la lisa
punta que chocaba contra mi paladar aumentaban el delirio mientras mis caderas se
sumaban impúdicamente a la danza, subiendo y bajando mecánicamente al mismo
ritmo. Pero cuando el esclavo se vació en mi garganta, no hubo ningún alivio para mi
pene, que se agitaba en el aire vacío. Lo único que pude hacer fue tragar el fluido
amargo y salado.

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Antiguo 23-09-2011 , 09:01:44   #138
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Inmediatamente me apartaron y me acercaron un plato con vino para
que lo lamiera. A conti nuación me obligaron a pasar al siguiente príncipe situado en la
fila de espera, quien ya se debatía pe nosamente con un ritmo ineludible.
Cuando llegué al final de la hilera la mandíbu la me dolía, y también la garganta. Mi
verga no podía estar más erecta y ansiosa. En este instante me encontraba a merced del
criado, y como míni mo esperaba de él un indicio de que experimenta ría algún alivio a
la tortura. Sin embargo, el mozo me ató de inmediato a la viga, me puso los brazos en
torno a ésta y las pier nas en la misma incómoda y degradante postura agachada bajo la
madera. Ningún esclavo me sa tisfizo. Cuando el criado nos dejó a solas en la cuadra
vacía, rompí a lloriquear con gemidos con tenidos, mientras mis caderas se estiraban
inútil mente hacia delante.
El establo se había quedado en silencio. Los otros debían de haberse quedado
profundamente dormidos. El sol del atardecer se filtraba como la neblina a través de la
puerta abierta. Soñé con el ansiado alivio en todas sus formas glorio sas; lord Stefan
tendido en la hierba debajo de mí tiempo atrás cuando éramos amigos y amantes, antes
de que ninguno de los dos hubiera llegado a este extraño reino; el delicioso sexo de
Bella mon tado sobre mi pene; la delicada mano de mi señor tocando mi cuerpo.
Pero todo esto sólo sirvió para empeorar el tormento.
Luego, el esclavo que tenía junto a mí, empezó a hablarme en voz baja:
Siempre es así dijo somnoliento. El prín cipe estiró el cuello y meneó la cabeza para que
su cabello negro cayera suelto con más libertad. Yo podía ver tan sólo una parte de su
rostro que, como el del resto de esclavos, destacaba por su belleza. Obligan a uno a
satisfacer a los demás continuó. y cuando hay un esclavo nuevo, siempre le toca a él. A
veces hay otros motivos para la elección, pero el escogido siempre debe sufrir.
Sí, ya veo respondí desdichadamente. pa recía que volvía a quedarse dormido. ¿Cómo
se llama nuestra señora? inquirí, pensando que tal vez lo supiera, ya que con toda
seguridad éste no era su primer día en el establo.
Se llama señora Julia, pero ella no es mi ama susurró. Ahora descansad. Lo necesitáis,
pese a la incomodidad, creedme.
Me llamo Tristán dije. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
Dos años contestó. Yo me llamo Je rard. Intenté escaparme del castillo y estuve a punto
de llegar a la frontera del reino vecino. Allí me hubiera encontrado a salvo, pero cuando
esta ba atan sólo una hora, o menos, una pandilla de campesinos me persiguió y me
atrapó. Jamás ayu dan a fugarse aun esclavo. y además yo les había robado ropas de su
vivienda. Así que me desnuda ron a toda prisa, me ataron de pies y manos y me trajeron
de regreso. Entonces me sentenciaron a tres años en el pueblo. La reina ni siquiera
volvió a mirarme.
Di un respingo. ¡Tres años! ¡Y ya llevaba dos de vasallaje!
Pero ¿de verdad hubierais estado a salvo si...?
Sí, pero la gran dificultad está en llegar a la frontera.
¿Y no teníais miedo de que vuestros pa
dres...? ¿No os ordenaron que obedecierais cuando os enviaron con la reina?
La reina me daba demasiado miedo con testó. Y, de todos modos, no hubiera vuelto a
casa.
¿Lo habéis intentado de nuevo desde entonces?
No se rió en voz baja. Soy uno de los mejores corceles del pueblo. Me vendieron direc
tamente a los establos públicos. Los acaudalados señores y señoras me alquilan a diario,
aunque el amo Nicolás y la señora Julia son los que requie ren mis servicios con más
frecuencia. Aún espero la clemencia de su majestad, que me autoricen pronto a regresar
al castillo pero, si no sucede así, no voy a llorar. Si no me obligaran cada día a co rrer
sin descanso, probablemente estaría terrible mente angustiado. De vez en cuando me
siento displicente y pataleo o forcejeo, pero una buena zurra hace maravillas. Mi amo
sabe perfectamente cuándo me hace falta; aunque me porte muy bien, él lo sabe. Me
complace formar parte del tiro de un hermoso carruaje como el de vuestro dueño. Me
gustan los arneses y riendas nuevos y relu cientes. y además, vuestro señor, el cronista
de la reina, sabe blandir la correa con fuerza. Ya os habréis percatado de que lo hace en
serio. De vez en cuando se detiene y me frota el pelo, o me da un pellizco, y yo casi me
corro allí mismo. Demues tra su autoridad sobre mi verga, la azota y luego se ríe de ello.
Lo adoro. En una ocasión me hizo tirar a mí solo de un pequeño carro de dos ruedas con
un cesto mientras él caminaba a mi lado. Detesto los carros pequeños, pero con vuestro
amo, os lo digo en serio, casi pierdo la cabeza de orgullo. Fue fantástico.
¿Por qué fue fantástico? pregunté, atónito. Intentaba imaginarme al príncipe cautivo,
con su larga cabellera negra, el pelo de la cola de caballo y la delgada y elegante figura
de mi dueño ca minando a su lado. Todo aquel precioso pelo blanco al sol, el rostro
enjuto y meditativo, aque llos ojos azules oscuros.

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Antiguo 23-09-2011 , 09:02:15   #139
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

No sé respondió. No me expreso bien con palabras. Siempre me enorgullece ir al trote.
Pero en aquella ocasión estaba a solas con él. Salimos del pueblo para dar un paseo por
el campo al anochecer. Todas las mujeres estaban fuera de las casas y le daban las
buenas noches. También nos cruzamos con caballeros que regresaban tras la jornada de
inspección de sus granjas para volver a sus viviendas en el pueblo.
»De vez en cuando, vuestro señor me cogía el pelo de la nuca y lo alisaba. Me había
amarrado bien la rienda, muy arriba, para que mi cabeza quedara muy atrasada, y me
propinaba frecuentes azotes en las pantorrillas sin que vinieran a cuento, sólo por gusto.
Era una sensación sumamente estimulante, trotar por la calzada y oír el crujido de sus
botas a mi lado. No me importaba si volvía a ver otra vez el castillo o no. O si alguna
vez abandonaría el reino. Siempre solicita mis servi cios, vuestro amo. A los otros
corceles les aterroriza. Vuelven a las cuadras con las nalgas en carne viva y dicen que
los azota el doble que cualquier otro señor, pero yo lo venero. Lo que hace lo hace bien.
y yo también. E igual pasará con vos ahora que es vuestro amo.
No sabía qué responder.
No añadió nada más después de aquello. Se quedó dormido enseguida y yo continué en
la misma postura, muy quieto, con los muslos dolo ridos y el pene sometido al mismo
padecimiento de antes, mientras pensaba en el breve relato de Jerard. Sus palabras me
habían provocado escalo fríos en todo el cuerpo, pero lo más grave era que entendía lo
que decía.
Me atemorizaba, pero lo entendía.
Cuando nos liberaron y nos llevaron hasta el carruaje casi era de noche. Percibí la
fascinación que me causaban el arnés, las abrazaderas para los pezones, las riendas, las
ataduras y el falo mientras volvían a ajustármelos. Naturalmente, me hacían daño y me
inspiraban miedo. Pero estaba pensan do en las palabras de Jerard. Lo veía enjaezado
delante de mí. Observé atentamente la manera en que sacudía la cabeza y golpeaba el
suelo con los pies embutidos en sus botas, como si quisiera ajustarlas mejor. Luego miré
fijamente hacia delante con los ojos abiertos, desconcertado, mien tras me introducían el
falo y apretaban las correas a conciencia, levantándome del suelo. Con una fuerte
sacudida iniciamos un trote ligero por el ca mino que se alejaba de la casa solariega.
Cuando tomamos la calzada principal y ante nosotros aparecieron las oscuras almenas
del pue blo, las lágrimas ya surcaban mi rostro. En los to rreones norte y sur ardían
antorchas. Debía de ser la hora del anochecer descrita por Jerard, ya que transitaban
pocos carruajes por la calzada y, en las entradas a las granjas, las mujeres se inclinaban
y saludaban con la mano a nuestro paso. De vez en cuando nos cruzaba algún hombre
caminando so litario. Yo marchaba con todo el brío que podía, con la mandíbula
dolorosamente erguida y el grueso y pesado falo latiendo ardientemente en mi interior.
La correa me azuzaba una y otra vez, pero no recibí ni una sola reprimenda. Justo antes
de llegar a la casa de mi señor, recordé con un sobresalto lo que había mencionado
Jerard acerca de que estuvo a punto de alcanzar el reino vecino. Quizá se equivocaba en
lo referente a estar a salvo una vez allí. ¿y qué sucedería con su padre? El mío me ha bía
ordenado que obedeciera, me había dicho que la reina era todopoderosa y que mi
vasallaje me compensaría en sumo grado, que mejoraría enormemente en sabiduría.
Intenté apartar aquellos pensamientos de mi mente. Yo nunca había pensa do realmente
en escapar. Era una idea demasiado complicada, demasiado espinosa en una situación a
la que ya era duro adaptarse.
Estaba oscuro cuando nos detuvimos ante la puerta de la casa de mi amo. Me quitaron
las botas y los arneses, todo menos el falo. A los demás cor celes se los llevaron a
latigazos hasta las cuadras públicas, tirando del carruaje vacío. Permanecí quieto
pensando en las demás pala bras de Jerard. Me intrigó también el extraño y ar diente
escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando la señora salió, me alzó el rostro y me
pasó la mano por el cabello para retirármelo de la cara.
Tranquilo, tranquilo repitió con aquella tierna voz. Me secó la frente y las mejillas
sudoro sas con un suave pañuelo de lino blanco. La miré fijamente a los ojos y entonces
ella me besó los la bios; mi verga casi se puso a brincar con aquel beso que me dejó sin
aliento.
La señora me extrajo el falo con tal rapidez que perdí el equilibrio. Volví a mirarla lleno
de es panto. Entonces ella desapareció por el interior de la preciosa casita y yo me
quedé temblando. Le vanté la vista al encumbrado tejado y luego a la bella salpicadura
de estrellas que cubría el firma mento, y me percaté de que me había quedado a solas
con mi amo que, como siempre, tenía la grue sa correa en la mano.
Me dio media vuelta y me hizo marchar otra vez por la amplia calzada pavimentada en
direc ción al mercado.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 25-09-2011 , 01:06:14   #140
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

buen relato!!!
sigo pendiente de lo que pasa con este libro!!!
gracias por el aporte!!!

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erotismo, las aventuras de bella, relato, relato porno




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