Cuando ya no pude comer más, me sostuvie ron un cuenco de leche, apretándolo contra
mi cara, para que bebiera a lametazos hasta que conseguí vaciarlo. Para cuando lo dejé
limpio y bebí un poco de agua recién sacada de la fuente, la dolorosa fatiga de mis
piernas se había desvaneci do. Lo que sí sentía todavía era el escozor de las ronchas y
esa sensación de tener las nalgas horrorosamente enormes, de color grana a causa de los
latigazos y la impresión de que mi ano se abría anhelante, añorando el falo que lo había
ensan chado.
Sin embargo, yo no era más que uno de los seis esclavos, y tenía los brazos ligados
fuertemente a la espalda como los demás. Todos los cor celes éramos iguales, ¿cómo iba
a ser de otro modo?
Alguien me levantó la cabeza para meterme en la boca otra anilla de cuero blando, de la
que colgaba una larga traílla del mismo material. Apreté
los dientes y la soga me obligó a levantarme y a apartarme del abrevadero. De igual
modo forza ron a incorporarse a todos los corceles, que avanzaron apresuradamente,
afanándose por seguir a un esclavo de piel morena que tiraba de las traíllas en dirección
al huerto.
Trotábamos deprisa, arrastrados por fuertes y humillantes estirones. Gemíamos y
gruñíamos al tiempo que aplastábamos la hierba que se extendía bajo nuestros pies.
Poco después los mozos nos desataron los brazos.
Me cogieron del pelo, me quitaron la anilla de la boca y, a empujones, me pusieron a
cuatro pa tas. Las ramas de los árboles se desplegaban sobre nosotros formando una
pantalla verde que nos protegía del sol. En ese instante vi a mi lado el precioso
terciopelo borgoña del vestido de la señora.
Me cogió por el pelo, tal como había hecho el criado, y me levantó la cabeza de manera
que durante un segundo pude mirarla directamente a la cara. Su pequeño rostro era
sumamente pálido y sus ojos de un profundo gris, con el mismo centro oscuro que había
visto en los ojos de mi amo. Bajé la vista de inmediato mientras el corazón martillea ba
con fuerza, temeroso de haber dado motivos para merecer una reprimenda.
¿Tenéis una boquita delicada, príncipe? preguntó. Yo sabía que no debía hablar y,
confundido por su pregunta, sacudí un poco la cabeza negativamente. A mi alrededor,
los demás jacos estaban ocupados en alguna tarea aunque no podía ver con claridad qué
estaban haciendo. La ama aplastó mi cara contra la hierba, y ante mí, vi una manzana
verde bien madura. Lo que hace una boca delicada es coger esta fruta firmemente entre
los dientes y depositarla en el cesto, como los otros esclavos, sin dejar nunca el más
mínimo ras tro de su dentadura en ella finalizó.
En cuanto me soltó el pelo, cogí la manzana y, buscando frenéticamente el cesto, me fui
trotando para dejar la fruta en él. Los demás esclavos trabajaban con rapidez y yo me
apresuré a imitar su rit mo. No sólo pude ver la falda de mi señora sino que entonces
advertí también a mi dueño, que no estaba muy lejos de ella. Me afané desesperada
mente por cumplir con mi obligación. Encontré otra manzana y luego otra más, y otra;
si no en contraba ninguna me ponía nervioso, como loco.
Pero, de repente y totalmente por sorpresa, me introdujeron otro falo en el ano, sin
ayuda de cremas. Me forzaron a seguir hacia delante a tal velocidad que estaba
convencido de que guiaban el falo con una larga vara. Seguí apresuradamente a los
otros y me adentré en el huerto, avanzando entre la hierba que provocaba picores en mi
pene y testículos. Una vez más, me encontré con una manzana entre los dientes mientras
el falo me per foraba las entrañas y me dirigía hacia el cesto don de debía depositarla.
Al ver junto a mí unas botas gastadas sentí cierto alivio ya que, obviamente, esa persona
no podía ser mi amo ni mi señora. Intenté encontrar por mí mismo la siguiente manzana
con la esperanza de que me retiraran aquel instrumento, pero la presión del artilugio me
lanzó hacia delante y no pude alcanzar el cesto con suficiente rapidez. El falo me
llevaba de aquí para allá mientras yo amontonaba manzanas, has ta que el cesto estuvo
completamente lleno.