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Las aventuras de Bella

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Los mejores licores
Pero mi vida como fugitivo castigado había finalizado nada más empezar. No llegué a ver nunca la plataforma de subastas.
En cuestión de segundos, durante aquellos últimos latigazos a medianoche, el ataque sorpresa cayó sobre el pueblo. Los soldados del sultán invadieron con estruendo las callejuelas adoquinadas.
Me cortaron la mordaza de cuero y las ligaduras y mi cuerpo dolorido fue arrojado sobre un caballo que salió al galope antes de que pudiera vislumbrar a mi secuestrador.
Luego, la bodega del barco, este pequeño camarote con tapices enjoyados en el techo y faroles de latón.
Embadurnaron mi piel abrasada con aceite dorado, me untaron el cabello con perfumes, y encadenaron la rígida protección de malla sobre mi pene y mis testículos de tal manera que era imposible tocármelos. Luego fui confinado a la jaula. A continuación, las preguntas tímidas y respetuosas de los demás esclavos cautivos: ¿Por qué me había escapado y cómo había sobrellevado la cruz de castigos?
El eco de la advertencia del emisario de la reina antes de dejar el reino:
-En el palacio del sultán... dejarán de trataros como seres inteligentes... os adiestrarán como a valiosos animales, y jamás, Dios lo quiera, intentéis hablar ni mostréis evidencias de otra cosa que el más simple de los entendimientos.
En estos instantes me pregunté, mientras la corriente nos llevaba mar adentro, si en esa tierra extraña los diversos tormentos del castillo y del pueblo se conciliarían.
Habíamos sido abyectos por mandato real, y luego por condena real. A partir de entonces, en un mundo extranjero, lejos de quienes conocían nuestra historia o condición, seríamos abyectos por nuestra propia naturaleza.
Abrí los ojos y de nuevo vi los faroles que colgaban de las horquillas de latón bajo los tapices entoldados del techo. Habíamos echado anclas.
Arriba se percibía un gran movimiento. Parecía que toda la tripulación estaba en pie. Se oían unos pasos que se aproximaban...

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Antiguo 25-11-2011 , 09:10:54   #232
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A TRAVÉS DE LA CIUDAD
Y EN EL INTERIOR DE PALACIO




Bella abrió los oíos. No había dormido pero no le hacía falta mirar por una ventana para saber que era de día. El aire del interior del camarote era inusualmente cálido.
Una hora antes había oído que Tristán y Laurent susurraban en la oscuridad y se enteró por ellos de que el barco había echado anclas. Se había asustado un poco.
Después de aquello, había entrado y salido de sueños eróticos poco profundos, despertando todas las partes de su cuerpo como un paisaje al amanecer. Estaba impaciente por desembarcar, por conocer en todo su alcance lo que le iba a suceder, por sentirse amenazada por algo más tangible.
Cuando vio entrar en tropel a los delgados y bien parecidos asistentes, supo con certeza que habían llegado a la sultanía. En breve todos sus anhelos se convertirían en experiencias reales.
Los graciosos muchachos, que no debían de tener más de catorce o quince años pese a su altura, iban siempre suntuosamente vestidos, pero aquella mañana llevaban túnicas de seda con bordados y ceñidos fajines confeccionados en una exquisita tela rayada. Su negro cabello, acicalado con lociones, relucía y su inocente rostro estaba oscurecido por un aire inhabitual de inquietud.
Despertaron al instante a los demás esclavos reales, los sacaron de las jaulas y los condujeron a sus correspondientes mesas de cuidados.
Bella se estiró sobre la seda disfrutando de la repentina libertad, desembarazada de su confinamiento, y sintió un hormigueo en los músculos de las piernas. Echó una ojeada a Tristán y luego a Laurent. Tristán continuaba sufriendo mucho. Laurent, como siempre parecía ligeramente divertido. Pero entonces ya no había ni siquiera tiempo para despedirse. Rogó para que no les separaran, para que, ocurriera lo que ocurriese, lo descubrieran juntos y que, de alguna manera, su nueva cautividad les proporcionara momentos en los que pudieran hablar.
Los jóvenes asistentes aplicaron con rapidez el aceite dorado sobre la piel de Bella, con fuertes masajes que lo hacían penetrar en sus muslos y nalgas. Levantaron y cepillaron la larga melena con polvo dorado y luego volvieron a la princesa boca arriba con suma suavidad.
Unos diestros dedos le abrieron la boca, y con un suave paño, sacaron brillo a su dentadura. Le aplicaron una cera dorada sobre los labios y luego pintura, también dorada, sobre sus pestañas y cejas.
Desde el primer día de viaje, a Bella no le habían vuelto a decorar de un modo tan exhaustivo, ni tampoco a los demás esclavos. Su cuerpo reaccionó con familiares sensaciones.
Pensó vagamente en su capitán de la guardia y su divina rudeza, en los elegantes torturadores de la corte de la reina, tan distantes en su recuerdo, y sintió una necesidad desesperada de pertenecer otra vez a alguien, de ser castigada para alguien, poseída a la vez que castigada.
Ser poseída por otro merecía cualquier humillación.

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Antiguo 25-11-2011 , 09:11:36   #233
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Volviendo al pasado, tuvo la impresión de que únicamente había estado en pleno florecimiento cuando era violada plenamente para satisfacer la voluntad de otro. Al sufrir por voluntad ajena era cuando había descubierto su verdadero yo.
Pero, durante la travesía por alta mar, un nuevo sueño, cada vez más profundo, había empezado a fulgurar en su mente: el sueño de que en esta tierra extranjera encontraría de algún modo lo que no había encontrado antes, alguien a quien pudiera amar de verdad. Se lo había confiado únicamente a Laurent.
En el pueblo le había dicho a Tristán que no era eso lo que quería, sino que lo que anhelaba era recibir un trato duro y severo. Pero en realidad el amor de Tristán por su amo la había afectado profundamente. Las palabras del príncipe habían influido en su ánimo en el mismo momento en el que ella expresaba sus contradicciones.
Luego, en alta mar, habían llegado esas noches solitarias, de anhelos insatisfechos y excesivas consideraciones acerca de todos los designios del destino y la fortuna. Había sentido una extraña fragilidad al pensar en el amor. Al pensar en entregar su alma secreta a un amo o a una ama, Bella se sintió más desconcertada que nunca.
El asistente le peinaba el vello púbico, le aplicaba pintura dorada y tiraba de cada rizo para levantarlo.
Bella difícilmente conseguía mantener las caderas quietas. Luego vio un espléndido puñado de perlas que el muchacho le mostraba para que las inspeccionara. Se las colocó entre el vello púbico pegadas a la piel con un fuerte adhesivo. Qué adorno tan precioso. Bella sonrió.
La princesa cerró los ojos durante un segundo; el sexo le dolía de vacío. Luego echó un vistazo a Laurent y comprobó que el dorado rostro del príncipe había adquirido un aire oriental. Sus pezones estaban primorosamente erectos, así como la gruesa verga. Estaban decorando el cuerpo de él de acuerdo con su tamaño y fortaleza, con grandes esmeraldas en vez de perlas.
Laurent sonreía al muchacho que hacía el trabajo y, por su expresión, parecía que lo despojaba mentalmente de sus lujosas ropas. Luego, el príncipe se volvió a Bella, se llevó lánguidamente la mano a los labios y le lanzó un beso sin que nadie más se percatara.
A continuación le guiño un ojo y Bella sintió crecer el deseo y la pasión que ardían en ella. Era tan hermoso, Laurent.
«Oh, por favor, que no nos separen», imploró ella. No porque pensara que alguna vez poseería a Laurent, pues eso sería pedir demasiado, sino por que estaría perdida sin los demás, perdida...
Entonces una duda la asaltó con toda su fuerza: no tenía ni idea de lo que iba a sucederle en la sultanía, no tenía el menor control sobre ello. Sabía lo que era ir al pueblo, lo sabía. Se lo habían contado. Incluso el castillo, lo sabía. El príncipe de la Corona la había preparado. Pero esto, este lugar, iba más allá de lo imaginable. Su cada vez mayor palidez se disimulaba bajo la pintura dorada que le cubría el rostro.
Los criados hacían gestos a los esclavos que tenían a su cargo para que se levantaran. Eran los mismos gestos exagerados y apremiantes de siempre para que permanecieran en silencio, quietos y obedientes, formando un corro los unos frente a los otros.
Bella sintió que le cogían las manos y se las enlazaban a la espalda como si por sí misma fuera incapaz hasta de hacer eso. El mozo tocó su nuca y luego le besó suavemente la mejilla mientras ella inclinaba la cabeza sumisamente.
La princesa todavía veía a los otros con claridad. Los genitales de Tristán también habían sido decorados con perlas. El príncipe relucía de pies a cabeza, sus mechones rubios estaban aún más dorados que su brillante piel.
Al mirar a Dimitri y a Rosalynd, descubrió que los habían decorado con rubíes rojos. Su pelo negro creaba un magnífico contraste con su piel satinada. Los enormes ojos azules de Rosalynd parecían adormilados bajo la orla de pestañas pintadas.
El amplio pecho de Dimitri estaba tieso como el de una estatua, aunque sus muslos de fuerte musculatura temblaban incontroladamente.
De repente, Bella dio un respingo cuando el mozo añadió un poco mas de pintura dorada a sus pezones. La princesa no podía apartar la vista de los pequeños dedos marrones, hechizada por el esmero con que trabajaban y por la forma en que sus propias tetillas se endurecían insoportablemente. Sentía que cada una de las perlas se adhería a su piel. Cada hora de hambre sexual pasada en la travesía por mar acentuó su silencioso anhelo.

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Antiguo 25-11-2011 , 09:12:18   #234
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Pero a los cautivos les tenían reservada otra sorpresa. Bella observó a hurtadillas, con la cabeza aún inclinada, cómo los mozos extraían de sus profundos bolsillos ocultos otros juguetes terroríficos: varios pares de abrazaderas de oro con largas cadenas de delicados eslabones firmemente sujetas.
Bella ya conocía y temía las abrazaderas, naturalmente. Pero las cadenas... la inquietaban de verdad. Parecían traíllas, ya que tenían pequeñas asas de cuero.
El criado le tocó los labios para indicarle que permaneciera en silencio y luego, con presteza, pellizcó con sus dedos el pezón derecho y agarró una buena porción de carne con la pequeña y dorada abrazadera aconchada que cerró con un chasquido. Estaba forrada con un trozo de piel blanca pero la presión era inflexible. Todo el cuerpo de Bella pareció sentir el repentino y persistente tormento. Cuando le sujetaron la otra abrazadera con idéntica presión, el asistente cogió las largas cadenas por las asas y les dio un tirón. Era lo que Bella más temía. Aquel gesto la obligó abruptamente a moverse hacia delante entre jadeos.
El mozo le lanzó de inmediato una mirada ceñuda, sumamente contrariado por el quejido que la muchacha había proferido con la boca abierta, y le dio firmemente en los labios con los dedos. Ella bajó aún más la cabeza, admirada de las dos frágiles cadenas y de la sujeción que ejercían sobre estas partes misteriosamente tiernas de su cuerpo. Parecían dominarla por completo.
La princesa observó con el corazón encogido mientras la mano del asistente tiraba y sacudía las cadenas otra vez arrastrando a Bella hacia delante una vez más. Esta vez gimió pero no se atrevió a abrir los labios, y por ello recibió un beso de beneplácito que hizo que el deseo renaciera dolorosamente en su interior.
«Oh, pero no pueden llevarme a tierra de este modo», pensó. Enfrente veía a Laurent, sujeto del mismo modo que ella, furioso y sonrojado mientras el mozo tiraba de las odiosas cadenas y le obligaba a avanzar. Laurent parecía aún más desamparado que cuando estaba atado a la cruz de castigos en el pueblo.
Por un momento, Bella recordó el cruel deleite de los castigos del pueblo. Sintió con más agudeza esta delicada condena, el nuevo cariz de su servidumbre.
Vio que el joven criado de Laurent besaba la mejilla del esclavo con aprobación. Laurent no jadeó ni gritó. Pero su verga se convulsionaba de un modo descontrolado. Tristán se encontraba en el mismo estado de desdicha, pero su aspecto, como siempre, era de una tranquila majestuosidad.
Los pezones de Bella palpitaban como si los estuvieran fustigando. El deseo brotaba a borbotones por sus extremidades, la hacía estremecerse levemente sin mover los pies, y su mente de pronto se animó otra vez con sueños de un nuevo y especial amor.
Las ocupaciones de los jóvenes asistentes la distrajeron. Estaban cogiendo de la pared largas tiras de cuero rígido. Como todos los demás objetos de este reino, éstas también estaban tachonadas profusamente con joyas, lo cual las convertía en pesados instrumentos de castigo aunque, como si se tratara de listas de madera joven, eran absolutamente flexibles.
Sintió el ligero picor en la parte posterior de sus pantorrillas y tiraron de nuevo de la traílla doble. Debía seguir a Tristán, a quien habían obligado a ponerse de cara a la puerta. Los demás se alineaban probablemente tras ella.
Por primera vez en quince días, iban a salir de la bodega del barco. Se abrieron las puertas. El mozo de Tristán lo guió escaleras arriba jugueteando con la correa de cuero sobre sus pantorrillas para obligarle a andar. Por un momento, la luz del sol, que se derramaba desde la cubierta, les cegó. Llegó con un aluvión de ruido formado por el sonido de la muchedumbre, de gritos distantes, de un sinnúmero de gente.
Bella se apresuró a subir las escaleras de madera que sentía calientes bajo sus pies, pero los tirones de sus pezones la obligaron a gemir de nuevo. Era realmente ingenioso que la condujeran con tal facilidad mediante unos instrumentos tan refinados. Qué bien entendían estas criaturas a sus cautivos. La princesa apenas podía soportar ver las nalgas tersas y fuertes de Tristán ante ella. Le pareció oír gemir a Laurent por detrás. Sintió miedo por Elena, Dimitri y Rosalynd.
Bella había salido a cubierta y a ambos lados veía una multitud de hombres con sus largas túnicas y turbantes. Más allá, el cielo abierto y los altos edificios de ladrillos de barro cocido de la ciudad. De hecho, se encontraban en un puerto de gran actividad y, por todos lados, a derecha e izquierda, se veían los mástiles de otros barcos. El ruido, al igual que la mismísima luz, era aturdidor.

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Antiguo 25-11-2011 , 09:13:01   #235
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«Oh, que no nos lleven a tierra de este modo», se dijo la princesa una vez más. Pero la apresuraron a seguir a Tristán a través de cubierta y a descender por una escalerilla moderadamente inclinada. El aire salado del mar se enturbió de pronto, cargado de calor y polvo, de olor a animales, estiércol y cuerda de cáñamo, y de la arena del desierto.
De hecho, la arena cubría las piedras sobre las que de repente Bella se encontraba. No pudo evitar alzar un poco la cabeza para ver la enorme multitud, contenida por los miembros de la tripulación tocados con turbantes. Cientos y cientos de rostros oscuros la escudriñaban a ella y a los demás cautivos. Había camellos y asnos cargados con altas pilas de mercancías, hombres de todas las edades ataviados con túnicas de lino, la mayoría de ellos con turbantes o bien cubiertos por los ondeantes tocados del desierto.
Por un momento Bella perdió todo el coraje. Este no era el pueblo de la reina, desde luego. Era algo mucho más real, pese a ser extranjero.
No obstante, su alma se recuperó en cuanto sintió un nuevo tirón en los pezones. Entonces vio aparecer a unos hombres vestidos con llamativos ropajes quienes, en grupos de cuatro, sostenían sobre sus hombros unas largas varas doradas de unas literas descubiertas y acolchadas.
Bajaron de inmediato uno de estos cojines transportables para dejarlo ante ella. De nuevo sus pezones sufrieron el tirón de las crueles traíllas al tiempo que la correa de cuero alcanzaba sus rodillas. Bella comprendió. Se arrodilló sobre el cojín, un poco deslumbrada por el espléndido diseño rojo y oro. Sintió que la empujaban para sentarla sobre los talones obligándola a separar las piernas, y una cálida mano instalada firmemente sobre su nuca le indicó que reclinara una vez más la cabeza.
«Esto es insoportable -pensó gimiendo tan suavemente como pudo-, que nos lleven así por toda la ciudad. ¿Por qué no nos llevan secretamente hasta su alteza el sultán? ¿No somos esclavos reales?»
Pero la princesa conocía la respuesta. La veía en los rostros oscuros que se apretujaban por doquier.
«Aquí no somos más que esclavos. Ningún miembro de la realeza nos acompaña. Simplemente somos valiosos y exquisitos, como las demás mercaderías que sacan de la bodega de los barcos. ¿Cómo ha podido permitir la reina que nos suceda esto?»
Sin embargo aquella frágil sensación de indignación se disolvió instantáneamente, como por efecto del calor de su propia carne desnuda. El asistente empujó las piernas para que las abriera aún más y le separó las nalgas apoyadas sobre los talones mientras ella se esforzaba por mostrarse lo más dócil posible.
«Sí -pensó mientras su corazón latía con fuerza y su piel absorbía la admiración de la multitud-, una posición muy buena. Pueden ver mi sexo y todas mis partes secretas.» Forcejeó con otra leve muestra de alarma. Entonces ataron con destreza las traíllas doradas a un gancho de oro que estaba dispuesto en la parte delantera del cojín, lo que las dejaba totalmente tensas y sujetaban sus pezones creando un agridulce estado de tensión.
El corazón de Bella latía demasiado deprisa. Su joven mozo la asustó aún más con aquellos desesperados gestos para que permaneciera callada, para que fuera buena. Le tocó los brazos con gesto exigente. No, no debía moverlos. Ya lo sabía. ¿Acaso había intentado alguna vez permanecer quieta con tal empeño? Cuando su sexo se convulsionó como una boca luchando por respirar, ¿se daría también cuenta la multitud?
Levantaron cuidadosamente la litera hasta apoyarla sobre los hombros de los portadores del turbante. La constatación de su exposición casi le provocó náuseas. Pero ver a Tristán más adelante, arrodillado sobre su cojín, la consoló y le recordó que no estaba sola en esto.
La ruidosa muchedumbre les dejó paso. La pequeña procesión avanzaba a través de un gran espacio abierto que partía desde el puerto.
Bella, invadida por cierto sentido del decoro, no se atrevía a mover ni un músculo. No obstante, veía a su alrededor el gran bazar: mercaderes con sus brillantes piezas de cerámica esparcidas sobre alfombras multicolores, rollos de seda y lino apilados, artículos de cuero y de bronce y ornamentos de plata y oro, jaulas con aves agitadas, cloqueantes; y alimentos cocinándose en cazuelas humeantes bajo polvorientos entoldados.
Sin embargo, el mercado al completo dirigía su atención y comentarios a los cautivos que eran transportados sobre las literas. Algunos de los espectadores se quedaban mudos junto a sus camellos, limitándose a observar. Otros, que parecían ser los más jóvenes, con la cabeza al descubierto, corrían a la altura de Bella, levantando la mirada para contemplarla, señalándola con el dedo y hablando apresuradamente.

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Antiguo 25-11-2011 , 09:13:33   #236
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El criado se mantenía a la izquierda de la princesa y, con la larga correa de cuero, hacía algunos pequeños ajustes al largo pelo y de vez en cuando amonestaba ferozmente al gentío, al que obligaba a retroceder.
Bella intentaba no apartar la mirada de los altos edificios de ladrillos a los que cada vez se aproximaban más.
La transportaban por una pendiente ascendente, pero los portadores sostenían la litera en posición horizontal. La princesa se esforzó por mantener una postura perfecta pese a que su pecho se agitaba con los tirones de las crueles abrazaderas y las largas cadenas de oro que sostenían sus pezones temblaban bajo la luz del sol.
Se encontraban en una calle empinada. A ambos lados las ventanas se abrían, la gente señalaba y se quedaba mirando. La multitud se movía en tropel a lo largo de las paredes y el griterío se hacía de pronto más ruidoso al reverberar contra las piedras. Los mozos les obligaban a retroceder con órdenes cada vez más estrictas.
«Ah, ¿qué sentirán al mirarnos? -se preguntó Bella. Su sexo desnudo latía entre las piernas. Parecía sentirse tan deshonrosamente abierto-. Somos como bestias, ¿no? Toda esta gente miserable no se imagina ni por un instante que también a ellos podría sobrevenirles un destino así, por muy pobres que sean. Lo único que desean es la oportunidad de poseernos.»
La pintura dorada tiraba de su piel, sobre todo de sus pezones apretados.
Por más que lo intentaba, no podía mantener las caderas completamente quietas. Su sexo parecía derretirse de deseo y arrastraba todo su cuerpo con él. Las miradas de la multitud la alcanzaban y atosigaban, la afligían por su propio vacío.
Habían llegado al final de la calle. La multitud salió en torrentes a un espacio abierto en el que había varios miles más de personas espectantes. El ruido de las voces llegaba en oleadas. Bella no alcanzaba a ver el final de esta multitud ya que cientos de ellos se apiñaban para ver más de cerca la procesión. Sintió que su corazón latía aún con más violencia mientras atisbaba las grandes cúpulas doradas de un palacio que se alzaba ante ella.
El sol la cegó. Centelleaba sobre muros de mármol blanco, arcos morunos, gigantescas puertas que se cerraban con hojas doradas, torres encumbradas tan delicadas que hacían que los oscuros y toscos castillos de Europa parecieran en cierto modo chabacanos y vulgares.
La procesión torció bruscamente a la izquierda. Durante un instante, Bella vislumbró a Laurent a su lado, luego a Elena y su larga melena agitada por la brisa, y las figuras oscuras e inmóviles de Dimitri y Rosalynd. Todos obedientes, sobre sus literas acolchadas.
Los más jóvenes de la multitud parecían los más frenéticos. Vitoreaban y corrían arriba y abajo, como si la proximidad del palacio intensificara en cierto modo su excitación.
Bella vio que la procesión había llegado a un lado de la entrada y unos guardias con turbantes y grandes alfanjes que colgaban de sus fajines hacían retroceder a la multitud mientras se abría una pesada doble puerta.
«Oh, bendito silencio», se dijo Bella. Vio que llevaban a Tristán bajo el arco e inmediatamente ella lo siguió.
No habían entrado en un patio, como había esperado, sino que más bien se encontraban en un gran corredor con las paredes cubiertas de intrincados mosaicos. Incluso el techo formaba un tapiz de piedra con motivos florales y espirales. Los portadores se detuvieron. Las puertas de la entrada, que quedaban mucho más atrás, ya se habían cerrado. Todos se vieron envueltos en sombras.
Sólo entonces, Bella descubrió las antorchas de las paredes y las lámparas en los pequeños nichos. Un grupo numerosísimo de muchachos de rostro oscuro, vestidos exactamente igual que los mozos del barco, inspeccionaba a los nuevos esclavos en silencio.
Hicieron descender la litera de Bella. Al instante, el mozo agarró las traíllas y tiró de ella para que se pusiera de rodillas sobre el mármol. A toda prisa, portadores y literas desaparecieron por unas puertas que Bella apenas había tenido tiempo de descubrir. La obligaron a apoyarse también sobre sus manos, y el pie del mozo le pisaba firmemente la nuca para obligarla a bajar la frente hasta tocar el suelo de mármol.
Bella sintió un estremecimiento. Percibió unos modales diferentes en su asistente. Cuando el pie apretó con más fuerza, casi con rabia, sobre su cuello, ella besó apresuradamente el frío suelo, invadida por el temor de no saber lo que querían de ella.
Pero este gesto pareció aplacar al muchachito. La princesa sintió una palmadita de aprobación en la nalga.
A continuación le levantaron la cabeza y pudo ver a Tristán. Le obligaban a ponerse a cuatro patas delante de ella. Aquel trasero bien formado la incomodó aún más.
Pero mientras observaba sobrecogida de asombro, pasaron las pequeñas cadenas con eslabones de oro que apretaban sus pezones entre las piernas de Tristán y luego bajo el vientre del príncipe.

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« ¿Por qué?», se preguntó Bella sintiendo la presión reavivada con que las abrazaderas pellizcaban su carne.
De inmediato iba a conocer la respuesta. Notó que pasaban un par de cadenas entre sus propios muslos importunándole sus labios púbicos. Entonces una mano firme la agarró por la barbilla, le abrió la boca y le introdujo las asas de cuero como si se tratara de una embocadura que debía sujetar entre los dientes con la debida firmeza.
Se percató de que aquélla era la traílla de Laurent. Así que entonces debía tirar de él mediante las abominables cadenas igual que Tristán tiraba de ella. El menor gesto involuntario de su cabeza aumentaría el tormento de Laurent igual que Tristán haría con el suyo al tirar de las cadenas asignadas a él.
Pero lo que de verdad abrumaba a Bella era la globalidad del espectáculo.
«Estamos amarrados unos a otros como animalitos conducidos al mercado», pensó. Se sintió aun más confundida por las cadenas que tocaban levemente sus muslos y el exterior de sus labios púbicos. El roce contra su tenso vientre la perturbó todavía más.
« ¡Pequeño diablillo!», se dijo y echó un vistazo a las vestimentas de seda de su asistente. El criado le repasaba el pelo hasta la saciedad, forzaba la espalda de la muchacha para que se doblara aún más, de tal manera que elevara todavía más el trasero. Sintió las púas de un peine que acariciaban el delicado vello que rodeaba su ano mientras el ardiente rubor que la inundaba hacia enrojecer aún más su rostro.
¿Tenía que mover Tristán la cabeza de ese modo, haciendo que sus pezones palpitaran así?
Oyó que uno de los mozos daba una palmada. La correa de cuero descendió sobre las pantorrillas de Tristán y contra las plantas de sus pies desnudos. El príncipe comenzó a avanzar y ella se apresuró tras él.
Cuando Bella alzó la cabeza, lo justo para ver las paredes y el techo, la correa le dio en la nuca. Luego fustigó la parte inferior de sus pies igual que habían hecho con Tristán. Las cadenas tiraban de sus pezones como si tuvieran vida propia.
No obstante, las tiras de cuero les golpeaban con mayor rapidez y fuerza, apremiándolos a darse prisa. Una pantufla le propinó un empujón en el trasero. Sí, debían correr. A medida que Tristán cogía velocidad, ella hacía lo mismo, mientras recordaba con turbación cómo había corrido en una ocasión por el sendero para caballos de la reina.
«Sí, apresuraos –pensó y mantened la cabeza correctamente baja. ¿Cómo pudisteis pensar que entraríais en el palacio del sultán de otro modo?»
Las multitudes del exterior podían mirar boquiabiertos a los esclavos, probablemente igual que hacían ante la mayoría de prisioneros degradados, pero los esclavos del sexo de aquel palacio tan magnífico tenían que mantener las bocas abiertas por obligación.
A cada centímetro de suelo que recorría, Bella se sentía más abyecta. Notaba cómo aumentaba el calor en su pecho al quedarse sin aliento, y su corazón, como siempre, latía muy deprisa, demasiado ruidoso.
El pasillo parecía agrandarse, cada vez más ancho y más alto. El numeroso grupo de mozos franqueaba a los esclavos. No obstante, Bella aún atisbaba varias puertas arqueadas a izquierda y derecha, y salas cavernosas decoradas con los mismos mármoles de hermoso colorido.
La grandiosidad y solidez del lugar la sobrecogieron. Las lágrimas escocían sus ojos. Se sentía pequeña, totalmente insignificante.
Aun así, había algo absolutamente maravilloso en esta sensación. No era más que una cosita pequeña en este vasto mundo pero sí parecía tener su propio lugar, de un modo más inequívoco que en el castillo o incluso en el pueblo.
Sus pezones palpitaban ininterrumpidamente bajo la presión de las forradas abrazaderas. Algunos destellos ocasionales de luz solar la distraían. Sintió un nudo en la garganta, una debilidad general. El olor a incienso, madera de cedro y perfumes orientales la envolvió de súbito. Cayó en la cuenta de que en este mundo de opulencia y esplendor todo estaba en calma; el único sonido lo provocaban los esclavos que correteaban de un lado a otro y el chasquido de las correas. Ni siquiera los mozos hacían ruido, excepto el leve roce de sus túnicas de seda. El silencio parecía formar parte del palacio, como una extensión del dramatismo que les devoraba.

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Antiguo 25-11-2011 , 09:15:00   #238
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Pero a medida que se adentraban más y más en el laberinto, mientras la escolta de mozos se demoraba un poco para dejar solo al pequeño torturador con su activa correa y la procesión doblaba esquinas y entraba en pasillos aún más anchos, Bella empezó a descubrir por el rabillo del ojo una especie de extrañas estatuas ubicadas en nichos que hacían las veces de adorno del corredor.
De pronto, cayó en la cuenta de que no eran verdaderas estatuas, sino esclavos vivientes instalados en nichos.
Finalmente tuvo que echar una amplia ojeada y, esforzándose por no perder el paso, miró a derecha e izquierda para observar a estas pobres criaturas.
Sí, hombres y mujeres se alternaban a ambos lados del pasillo, donde permanecían mudos de pie en los nichos. Cada una de las figuras había sido envuelta de arriba abajo con el lino teñido de oro, a excepción de la cabeza, sostenida muy erguida por un puntal sumamente ornamentado, y los órganos sexuales que quedaban expuestos en su gloria dorada.
Bella bajó la vista e intentó recuperar el aliento aunque no pudo evitar volver a levantar la mirada. Entonces lo vio más claro. A los hombres los habían atado con las piernas juntas y los genitales apuntando hacia delante, y las mujeres estaban amarradas con las piernas separadas completamente envueltas y el sexo al descubierto.
Todos permanecían inmóviles, con los largos puntales para el cuello, de exquisitas formas doradas, fijados a la pared posterior mediante una vara que parecía sujetarlos firmemente. Algunos de los esclavos parecían dormir con los ojos cerrados, otros tenían la vista fija en el suelo, pese a que sus rostros estaban ligeramente levantados.
Muchos de ellos tenían la piel oscura como la de los criados y sus abundantes pestañas negras eran características de la gente del desierto. No había casi ninguno tan rubio como Tristán y Bella. A todos les habían embadurnado de oro.
Bella, invadida por un pánico silencioso, recordó las palabras del emisario de la reina que les había hablado en el barco antes de partir hacia la sultanía: «Aunque el sultán cuenta con muchos esclavos de su propia tierra, vosotros, los príncipes y princesas cautivos, sois una especie de exquisitez especial y una gran curiosidad.»
«Entonces seguro que no nos atan y nos colocan en nichos como a estos pobres -pensó Bella-, perdidos entre docenas y docenas de esclavos, sólo para servir de adorno en un pasillo.»
Pero la princesa también era consciente de la auténtica verdad. Este sultán poseía una cantidad tan vasta de esclavos que podía sucederle cualquier cosa, tanto a ella como a sus compañeros cautivos.
A medida que avanzaba a paso apresurado, y sus rodillas y manos empezaban a irritarse debido al roce con el mármol, continuó estudiando estas figuras.
Pudo distinguir que a cada una de ellas le habían doblado los brazos a la espalda y que sus pezones dorados estaban expuestos y algunas veces sujetos con abrazaderas; todos llevaban el cabello peinado hacia atrás para dejar al descubierto los adornos enjoyados de las orejas.
Qué tiernas parecían aquellas orejas, ¡como penes!
Una nueva oleada de terror invadió todo su cuerpo. Se estremeció al pensar en lo que Tristán sentiría allí, sin el amor de un amo. ¿Y qué sucedía con Laurent? ¿Qué le parecería todo esto después del singular espectáculo que había ofrecido atado en la cruz de castigo en el pueblo?
Otro tirón de las cadenas sacudió a la princesa. Le dolían los pezones. La correa jugueteaba entre sus piernas, acariciaba su ano y los labios de su vagina.
«Pequeño diablillo», se dijo otra vez. No obstante, con aquellas cálidas sensaciones hormigueantes que recorrían todo su cuerpo, arqueó aún más la espalda para que sus nalgas se elevaran y se arrastró con movimientos todavía más animosos.
Estaban llegando ante una puerta doble. Con gran conmoción, vio que había un esclavo colocado a un lado de la puerta y una esclava al otro. Estos dos cautivos no estaban envueltos, sino completamente desnudos, aunque pegados a las puertas mediante unas bandas doradas que rodeaban su frente, cuello, cintura, piernas, tobillos y muñecas, con las rodillas muy separadas y las plantas de los pies pegadas una contra otra. Tenían los brazos estirados y levantados por encima de la cabeza, con las palmas hacia fuera. Los rostros de ambos parecían serenos. Sostenían en sus bocas racimos de uvas diestramente dispuestos y hojas doradas como la piel de ambos, de tal manera que las criaturas parecían esculturas.

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Antiguo 25-11-2011 , 09:15:21   #239
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Jajjaja muy bueno el relato, me gusto

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Pero la puerta se había abierto. Los esclavos pasaron junto a estos dos centinelas silenciosos en un visto y no visto.
Cuando la marcha aminoró, Bella se encontró en un patio inmenso, lleno de palmeras plantadas en macetas y parterres de flores bordeados de mármol veteado.
La luz del sol salpicaba las baldosas que Bella tenía enfrente. De repente, el perfume de las flores la reanimó. Vislumbró capullos de todas las tonalidades y descubrió, en un instante, que el vasto jardín estaba lleno de esclavos pintados de oro, enjaulados igual que otras hermosas criaturas, todos ellos colocados en posturas espectaculares sobre pedestales de mármol. Se sintió paralizada.
La obligaron a detenerse y le retiraron la traílla de la boca. Su mozo la recogió y se colocó a su lado. La correa jugueteaba entre sus muslos, le hacía cosquillas y la obligaba a separar las piernas. Luego, una mano alisó su pelo con ternura. Vio a Tristán a su izquierda y a Laurent a su derecha. Entonces comprendió que habían situado a los eslavos formando un amplio círculo.
De repente, el numeroso grupo de asistentes empezó a reírse y a hablar como si les hubieran liberado de algún silencio impuesto. Rodearon a los esclavos señalándolos con los dedos y gesticulando.
Una vez más, la pantufla pisaba el cuello de Bella, obligándola a bajar la cabeza hasta que los labios tocaron el mármol. Por el rabillo del ojo podía distinguir que forzaban a Laurent y a los otros a doblarse en la misma sumisa postura.
Un arco iris multicolor formado por las túnicas de seda de los criados los rodeó. El alboroto de la conversación era peor que el ruido de la multitud en las calles. Bella permanecía de rodillas, temblando, y sintió unas manos en su espalda y en el pelo, mientras la correa de cuero separaba aún más sus piernas. Varios mozos con túnicas de seda se situaron delante y detrás de ella.
De repente se hizo un silencio que acabó por destrozar la frágil compostura de la princesa.
Los criados se retiraron como si algo los apartara a un lado con un barrido. No se oía ningún ruido aparte del cotorreo de las aves y el tintineo de los carillones.
Luego Bella oyó el suave sonido de unos pies envueltos en pantuflas que se aproximaban.

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