Respuesta: Las aventuras de Bella « ¿Por qué?», se preguntó Bella sintiendo la presión reavivada con que las abrazaderas pellizcaban su carne.
De inmediato iba a conocer la respuesta. Notó que pasaban un par de cadenas entre sus propios muslos importunándole sus labios púbicos. Entonces una mano firme la agarró por la barbilla, le abrió la boca y le introdujo las asas de cuero como si se tratara de una embocadura que debía sujetar entre los dientes con la debida firmeza. Se percató de que aquélla era la traílla de Laurent. Así que entonces debía tirar de él mediante las abominables cadenas igual que Tristán tiraba de ella. El menor gesto involuntario de su cabeza aumentaría el tormento de Laurent igual que Tristán haría con el suyo al tirar de las cadenas asignadas a él. Pero lo que de verdad abrumaba a Bella era la globalidad del espectáculo. «Estamos amarrados unos a otros como animalitos conducidos al mercado», pensó. Se sintió aun más confundida por las cadenas que tocaban levemente sus muslos y el exterior de sus labios púbicos. El roce contra su tenso vientre la perturbó todavía más. « ¡Pequeño diablillo!», se dijo y echó un vistazo a las vestimentas de seda de su asistente. El criado le repasaba el pelo hasta la saciedad, forzaba la espalda de la muchacha para que se doblara aún más, de tal manera que elevara todavía más el trasero. Sintió las púas de un peine que acariciaban el delicado vello que rodeaba su ano mientras el ardiente rubor que la inundaba hacia enrojecer aún más su rostro. ¿Tenía que mover Tristán la cabeza de ese modo, haciendo que sus pezones palpitaran así? Oyó que uno de los mozos daba una palmada. La correa de cuero descendió sobre las pantorrillas de Tristán y contra las plantas de sus pies desnudos. El príncipe comenzó a avanzar y ella se apresuró tras él. Cuando Bella alzó la cabeza, lo justo para ver las paredes y el techo, la correa le dio en la nuca. Luego fustigó la parte inferior de sus pies igual que habían hecho con Tristán. Las cadenas tiraban de sus pezones como si tuvieran vida propia. No obstante, las tiras de cuero les golpeaban con mayor rapidez y fuerza, apremiándolos a darse prisa. Una pantufla le propinó un empujón en el trasero. Sí, debían correr. A medida que Tristán cogía velocidad, ella hacía lo mismo, mientras recordaba con turbación cómo había corrido en una ocasión por el sendero para caballos de la reina. «Sí, apresuraos –pensó y mantened la cabeza correctamente baja. ¿Cómo pudisteis pensar que entraríais en el palacio del sultán de otro modo?» Las multitudes del exterior podían mirar boquiabiertos a los esclavos, probablemente igual que hacían ante la mayoría de prisioneros degradados, pero los esclavos del sexo de aquel palacio tan magnífico tenían que mantener las bocas abiertas por obligación. A cada centímetro de suelo que recorría, Bella se sentía más abyecta. Notaba cómo aumentaba el calor en su pecho al quedarse sin aliento, y su corazón, como siempre, latía muy deprisa, demasiado ruidoso. El pasillo parecía agrandarse, cada vez más ancho y más alto. El numeroso grupo de mozos franqueaba a los esclavos. No obstante, Bella aún atisbaba varias puertas arqueadas a izquierda y derecha, y salas cavernosas decoradas con los mismos mármoles de hermoso colorido. La grandiosidad y solidez del lugar la sobrecogieron. Las lágrimas escocían sus ojos. Se sentía pequeña, totalmente insignificante. Aun así, había algo absolutamente maravilloso en esta sensación. No era más que una cosita pequeña en este vasto mundo pero sí parecía tener su propio lugar, de un modo más inequívoco que en el castillo o incluso en el pueblo. Sus pezones palpitaban ininterrumpidamente bajo la presión de las forradas abrazaderas. Algunos destellos ocasionales de luz solar la distraían. Sintió un nudo en la garganta, una debilidad general. El olor a incienso, madera de cedro y perfumes orientales la envolvió de súbito. Cayó en la cuenta de que en este mundo de opulencia y esplendor todo estaba en calma; el único sonido lo provocaban los esclavos que correteaban de un lado a otro y el chasquido de las correas. Ni siquiera los mozos hacían ruido, excepto el leve roce de sus túnicas de seda. El silencio parecía formar parte del palacio, como una extensión del dramatismo que les devoraba. |