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Antiguo 25-11-2011 , 09:11:36   #233
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Volviendo al pasado, tuvo la impresión de que únicamente había estado en pleno florecimiento cuando era violada plenamente para satisfacer la voluntad de otro. Al sufrir por voluntad ajena era cuando había descubierto su verdadero yo.
Pero, durante la travesía por alta mar, un nuevo sueño, cada vez más profundo, había empezado a fulgurar en su mente: el sueño de que en esta tierra extranjera encontraría de algún modo lo que no había encontrado antes, alguien a quien pudiera amar de verdad. Se lo había confiado únicamente a Laurent.
En el pueblo le había dicho a Tristán que no era eso lo que quería, sino que lo que anhelaba era recibir un trato duro y severo. Pero en realidad el amor de Tristán por su amo la había afectado profundamente. Las palabras del príncipe habían influido en su ánimo en el mismo momento en el que ella expresaba sus contradicciones.
Luego, en alta mar, habían llegado esas noches solitarias, de anhelos insatisfechos y excesivas consideraciones acerca de todos los designios del destino y la fortuna. Había sentido una extraña fragilidad al pensar en el amor. Al pensar en entregar su alma secreta a un amo o a una ama, Bella se sintió más desconcertada que nunca.
El asistente le peinaba el vello púbico, le aplicaba pintura dorada y tiraba de cada rizo para levantarlo.
Bella difícilmente conseguía mantener las caderas quietas. Luego vio un espléndido puñado de perlas que el muchacho le mostraba para que las inspeccionara. Se las colocó entre el vello púbico pegadas a la piel con un fuerte adhesivo. Qué adorno tan precioso. Bella sonrió.
La princesa cerró los ojos durante un segundo; el sexo le dolía de vacío. Luego echó un vistazo a Laurent y comprobó que el dorado rostro del príncipe había adquirido un aire oriental. Sus pezones estaban primorosamente erectos, así como la gruesa verga. Estaban decorando el cuerpo de él de acuerdo con su tamaño y fortaleza, con grandes esmeraldas en vez de perlas.
Laurent sonreía al muchacho que hacía el trabajo y, por su expresión, parecía que lo despojaba mentalmente de sus lujosas ropas. Luego, el príncipe se volvió a Bella, se llevó lánguidamente la mano a los labios y le lanzó un beso sin que nadie más se percatara.
A continuación le guiño un ojo y Bella sintió crecer el deseo y la pasión que ardían en ella. Era tan hermoso, Laurent.
«Oh, por favor, que no nos separen», imploró ella. No porque pensara que alguna vez poseería a Laurent, pues eso sería pedir demasiado, sino por que estaría perdida sin los demás, perdida...
Entonces una duda la asaltó con toda su fuerza: no tenía ni idea de lo que iba a sucederle en la sultanía, no tenía el menor control sobre ello. Sabía lo que era ir al pueblo, lo sabía. Se lo habían contado. Incluso el castillo, lo sabía. El príncipe de la Corona la había preparado. Pero esto, este lugar, iba más allá de lo imaginable. Su cada vez mayor palidez se disimulaba bajo la pintura dorada que le cubría el rostro.
Los criados hacían gestos a los esclavos que tenían a su cargo para que se levantaran. Eran los mismos gestos exagerados y apremiantes de siempre para que permanecieran en silencio, quietos y obedientes, formando un corro los unos frente a los otros.
Bella sintió que le cogían las manos y se las enlazaban a la espalda como si por sí misma fuera incapaz hasta de hacer eso. El mozo tocó su nuca y luego le besó suavemente la mejilla mientras ella inclinaba la cabeza sumisamente.
La princesa todavía veía a los otros con claridad. Los genitales de Tristán también habían sido decorados con perlas. El príncipe relucía de pies a cabeza, sus mechones rubios estaban aún más dorados que su brillante piel.
Al mirar a Dimitri y a Rosalynd, descubrió que los habían decorado con rubíes rojos. Su pelo negro creaba un magnífico contraste con su piel satinada. Los enormes ojos azules de Rosalynd parecían adormilados bajo la orla de pestañas pintadas.
El amplio pecho de Dimitri estaba tieso como el de una estatua, aunque sus muslos de fuerte musculatura temblaban incontroladamente.
De repente, Bella dio un respingo cuando el mozo añadió un poco mas de pintura dorada a sus pezones. La princesa no podía apartar la vista de los pequeños dedos marrones, hechizada por el esmero con que trabajaban y por la forma en que sus propias tetillas se endurecían insoportablemente. Sentía que cada una de las perlas se adhería a su piel. Cada hora de hambre sexual pasada en la travesía por mar acentuó su silencioso anhelo.

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