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Las aventuras de Bella

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Los mejores licores
exelente como siempre.....
que pasará con bella.....
intriga ... intriga...
esperando mas del relato.....
ojala y no me dejes iniciaooooo....
saludos y exitos !!!

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EXAMEN EN EL JARDÍN




No fue un hombre quien entró en el jardín sino que fueron tres. No obstante, dos de ellos permanecieron en segundo término por respeto al que se adelantó lentamente en solitario
Había un tenso silencio. Bella vio los pies y el bajo de la túnica del personaje que se movía alrededor del círculo. El tejido era suntuoso y las pantuflas de terciopelo tenían un rubí en la punta. Aquel hombre se movía con pasos lentos, como si lo inspeccionara todo minuciosamente.
Bella contuvo la respiración cuando él se aproximó a ella. La princesa miró de soslayo al sentir que la pantufla de color vino le rozaba la mejilla y se apoyaba luego en su nuca, para seguir a continuación toda la longitud de la columna vertebral.
Bella se estremeció, incapaz de contenerse. El gemido sonó fuerte e impertinente a sus propios oídos pero no hubo ninguna reprimenda.
Le pareció oír una risita. Luego, una frase pronunciada con suavidad hizo que le saltaran una vez más las lágrimas. Qué voz tan sedante e inusualmente musical. Quizás el idioma ininteligible la hacía más lírica. No obstante, lamentaba no comprender el significado de aquellas palabras.
Naturalmente, nadie le había hablado. Aquellas palabras estaban dirigidas a uno de los otros dos hombres, pero aun así la voz la estimuló, casi la sedujo.
De súbito, sintió que tiraban con fuerza de sus cadenas. Sus pezones se endurecieron y sintió un picor que al instante extendió sus tentáculos hasta la ingle.
La princesa, insegura y asustada, se puso de rodillas, y luego notó que tiraban de ella para que se levantara. Los pezones le ardían y su rostro estaba al rojo vivo.
Por un momento, la inmensidad del jardín la impresionó. Los esclavos atados, la abundante floración, el cielo azul, de una claridad pasmosa, en lo alto, la gran cantidad de criados que la observaban. Además, el hombre que se hallaba de pie ante ella.
¿Qué debía hacer con las manos? Se las puso detrás de la nuca y fijó la vista en el suelo embaldosado. En su mente sólo persistió una imagen sumamente vaga del amo que la escrutaba.
Era mucho más alto que los muchachos. De hecho, era un hombre muy alto y delgado, de proporciones elegantes, que parecía de mayor edad por su aire autoritario. Era él quien había tirado de las cadenas que aún asía.
De forma totalmente inesperada, se las pasó de la mano derecha a la izquierda y con la mano libre dio un manotazo en la parte inferior de los pechos de Bella, lo cual la sorprendió. La princesa se mordió el labio para contener las lágrimas. Pero el ardor que sintió en su cuerpo la desconcertó. Ansiaba que la tocaran, que volvieran a golpearla; suspiraba por sufrir una violencia aún más aniquiladora.
Cuando intentaba controlarse, vislumbró brevemente el oscuro cabello ondulado del hombre, que no le llegaba a los hombros. Aquellos ojos eran tan negros que parecían dibujados con tinta, y los iris grandes y relucientes, cuentas de azabache.
«Qué encantadora es esta gente del desierto» pensó Bella, y los sueños de la bodega del barco volvieron de repente a ella como una burla. ¿Amarlo? ¿Amar a este hombre que no es más que un sirviente como los demás?
De todos modos, aquel rostro le provocó miedo y turbación. De pronto le pareció una cara inverosímil, casi inocente.
De nuevo se oyeron unas sonoras palmotadas y Bella, incapaz de dominarse retrocedió unos pasos. Sus pechos se inundaron de calor. Su joven asistente le fustigó las piernas desobedientes con la correa. Bella se mantuvo quieta, lamentando aquel error.

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Antiguo 07-12-2011 , 10:42:44   #243
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La voz volvió a hablar, tan suave como antes, tan melodiosa, casi acariciadora. Pero sus palabras hicieron que los jóvenes criados empezaran a actuar con toda presteza.
Bella sintió unos dedos suaves, sedosos, que se enroscaban sobre sus tobillos y muñecas y, antes de que pudiera comprender lo que sucedía, la habían levantado con las piernas alzadas en ángulo recto respecto del cuerpo, separadas por los mozos que la sostenían. También le estiraron los brazos hacia arriba mientras la sujetaban firmemente por la espalda y la cabeza.
La princesa temblaba espasmódicamente. Le dolían los muslos y el sexo estaba expuesto de un modo brutal. Luego sintió que otro par de manos le levantaba la cabeza y se quedó mirando fijamente a los ojos del misterioso gigante, su amo, que le dirigía una sonrisa radiante.
Oh, era demasiado apuesto. Bella apartó la vista al instante, con un pestañeo. Él tenía los ojos rasgados, lo cual le confería un aspecto levemente diabólico, y su gran boca provocaba en ella unas ganas tremendas de besarla. Pero, pese a lo inocente de su expresión, de aquel hombre parecía emanar un espíritu feroz. Bella percibía la amenaza en él. Lo sentía con su contacto. En aquella posición, con las piernas tan separadas, se sumió en un pánico silencioso.
Como si quisiera confirmar su poder, el amo le propinó unas rápidas bofetadas en el rostro que obligaron a Bella a gemir. La mano volvió a alzarse, esta vez para abofetearle la mejilla derecha luego la izquierda, hasta que de pronto Bella se puso a llorar de modo audible.
«Pero ¿qué he hecho?», se preguntaba mientras a través de la cortina de lágrimas descubrió que el rostro de él únicamente reflejaba curiosidad. La estaba estudiando. No era inocencia. Lo había juzgado erróneamente. Lo que en él fulguraba era sólo la fascinación que sentía por lo que estaba haciendo.
«De modo que se trata de una prueba -intentaba decirse la princesa a sí misma-. Pero ¿cómo puedo superarla o saber si fracaso?» Vio que las manos volvían a alzarse y se estremeció.
El hombre le echó la cabeza levemente hacia atrás y le abrió la boca para tocarle la lengua y los dientes. Bella, en un escalofrío, sintió que todo su cuerpo se convulsionaba asido por las manos de los criados. Los dedos exploradores le tocaron los párpados, las cejas y le enjugaron las lágrimas que surcaban su rostro mientras la princesa continuaba con la vista fija en el cielo.
Luego, Bella sintió las manos en su sexo expuesto. Los pulgares se introdujeron en su vagina y la abrieron de un modo insufrible mientras las caderas se balanceaban hacia delante provocándole una gran vergüenza.
Parecía que iba a explotar en un orgasmo, que no podría contenerse. ¿Estaría esto prohibido? ¿Y cómo la castigarían? Meneó la cabeza de un lado a otro intentando dominarse. Los dedos eran delicados, suaves, aunque firmes a la hora de abrirla. Si le tocaban el clítoris estaría perdida; sería incapaz de reprimirse.
Pero, a Dios gracias, el hombre tiró de su vello púbico, le pellizcó los labios, juntándolos con un movimiento rápido, y la dejó en paz.
Completamente aturdida, Bella giró la cabeza hacia abajo. La visión de su desnudez la acobardó aún más. Vio que su nuevo señor daba media vuelta y chasqueaba los dedos. A través de la maraña de su propio cabello comprobó que al instante los mozos alzaban a Elena como habían hecho antes con ella.

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Antiguo 07-12-2011 , 10:43:28   #244
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Elena se esforzaba por mantener la compostura, pero el rosado y húmedo sexo abría la boca a través de la corona de vello de color castaño y los músculos de los muslos empezaban a contorsionarse. Bella observaba aterrorizada mientras el amo procedía a examinar a Elena como antes hizo con ella.
Los pechos erguidos, elevados con un marcado ángulo, se agitaban mientras el amo jugaba con la boca y los dientes de la muchacha. Pero cuando llegó la hora de las palmotadas Elena guardó un silencio absoluto. La mirada en el rostro del amo confundió a Bella todavía más.
Qué interés tan apasionado mostraba, qué concentrado estaba en lo que hacía. Ni siquiera el jefe de los penados del castillo, con todo su encanto le pareció tan delicado como él. La suntuosa túnica de terciopelo se entallaba perfectamente a su recta espalda y hombros. Sus manos demostraban una gracia persuasiva de movimientos al abrir la roja boca púbica de Elena; la pobre princesa movía las caderas, arriba y abajo, con deshonrosas sacudidas.
El sexo de Elena, abierto en toda su plenitud, húmedo y evidentemente hambriento, avivó desesperadamente el prolongado apetito de Bella en alta mar. Cuando el amo sonrió al tiempo que alisaba el largo pelo de Elena para apartárselo de la frente y examinaba los ojos de la muchacha, Bella experimentó unos celos incontenibles.
«No, sería espantoso amar a alguno de ellos», se dijo la princesa. No podía entregar su corazón. Intentó apartar la vista. Sus propias piernas palpitaban, aunque los mozos las sostenían hacia atrás con la misma firmeza de antes. También su propio sexo se hinchaba de manera inaguantable.
Sin embargo, aun quedaban más espectáculos por presenciar. El amo regresó hasta Tristán. Entonces lo alzaron en el aire con las piernas separadas del mismo modo. Bella vio por el rabillo del ojo cómo se esforzaban los jóvenes asistentes bajo el peso del príncipe esclavo, cuyo rostro estaba como la grana por la humillación que padecía mientras el amo examinaba a conciencia el órgano duro y enhiesto.
Los dedos del amo juguetearon con el prepucio, luego con la reluciente punta y extrajeron una única gota de humedad resplandeciente. Bella percibía la tensión en los miembros de Tristán pero no se atrevió a alzar la vista para observar el rostro de su compañero de cautiverio cuando el amo se dispuso a examinarlo.
La princesa pudo entrever el rostro del amo, los enormes ojos negros azabache y el cabello peinado hacia atrás, sujeto por detrás de las orejas, de cuyo lóbulo perforado colgaba un diminuto aro de oro.
Bella oyó cómo abofeteaba a Tristán, y cerró con fuerza los ojos cuando finalmente el príncipe gimió, entre los cachetes que parecían resonar por todo el jardín.
La princesa abrió de nuevo los ojos cuando oyó que el señor se reía entre dientes al pasar delante de ella. Entonces le vio levantar la mano casi distraídamente para pellizcar ligeramente su pecho izquierdo. Le saltaron las lágrimas; su mente se esforzaba por entender el resultado de las exploraciones que practicaba su señor; intentaba alejar el hecho de que él la atraía más que cualquier otro ser que la hubiera reclamado como propia hasta la fecha.
Entonces fue Laurent, a su derecha y ligeramente delante de ella, quien fue alzado para ser sometido a la inspección minuciosa del amo.
Mientras levantaban al enorme príncipe, Bella oyó que el señor soltaba un rápido torrente de palabras que inmediatamente provocó la risa de los demás asistentes. No hacía falta que lo tradujeran. Laurent tenía una constitución muy poderosa, su órgano era demasiado imponente.
La princesa alcanzó a ver en ese instante que el miembro de Laurent estaba completamente erecto; lo tenía bien adiestrado. La visión de los muslos fuertemente musculados y tan separados le devolvió los delirantes recuerdos de la cruz de castigo. Intentó no mirar el enorme escroto pero no pudo evitarlo.

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Antiguo 07-12-2011 , 10:46:15   #245
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Al parecer, estos atributos superiores habían provocado una nueva excitación en el amo, que abofeteó con fuerza a Laurent en una sucesión asombrosamente rápida de golpes con el revés de la mano. El enorme torso se retorció mientras los mozos forcejeaban para mantenerlo quieto.
Luego el amo retiró las abrazaderas, las dejó caer al suelo y apretó los pezones del esclavo mientras éste gemía a voz en grito.
Pero había algo más. Bella lo vio. Laurent había mirado fijamente al amo; más de una vez. Sus miradas se encontraron. En ese instante, mientras el amo apretaba una vez más sus pezones, al parecer con fuerza, el príncipe se quedó mirando a los ojos de su señor.
«No, Laurent -pensó Bella con desesperación-. No lo provoquéis. No será como la gloria de la cruz de castigo, sino esos pasillos y el olvido más miserable.» De todos modos, el coraje de Laurent la fascinó por completo.
El amo rodeó al príncipe y a los mozos que lo sostenían. Entonces cogió la correa de cuero de uno de los criados y fustigó los pezones de Laurent repetidas veces. El príncipe no podía permanecer quieto pese a que ya había apartado la cabeza. Su cuello exhibía las nervaduras provocadas por la tensión y las extremidades le temblaban.
El amo parecía tan interesado y absorto en el examen como siempre. Hizo un gesto a uno de los otros dos hombres. Mientras Bella continuaba observando, trajeron al señor un guante de fino cuero dorado.
La piel estaba exquisitamente trabajada con diseños intrincados que decoraban toda la longitud del brazo hasta el gran puño. Todo el guante relucía como si estuviera embadurnado con algún bálsamo o ungüento.
Mientras el amo lo estiraba para adaptarlo a la mano y al antebrazo, Bella sintió su propia excitación y acaloramiento. Los ojos de su dueño casi parecían aniñados en su aplicación, su boca resultaba irresistible cuando sonreía, la gracia de su cuerpo en el momento de aproximarse a Laurent le pareció cautivadora.
El hombre llevó la mano izquierda hasta la nuca de Laurent para mecérsela y con los dedos le enredó el pelo mientras el príncipe miraba fijamente al cielo. Con la mano derecha enguantada, empujó lentamente hacia arriba entre las piernas abiertas de Laurent e hizo penetrar primero dos de sus dedos en el cuerpo del esclavo, mientras Bella observaba descaradamente.
La respiración de Laurent se hizo más ronca y rápida. Su rostro se oscureció. Los dedos habían desaparecido dentro del ano y parecía que toda la mano se abría camino en su interior.
Los mozos se acercaron un poco desde todos los lados. Bella advirtió que Tristán y Elena observaban con la misma atención.
Entretanto, el amo parecía tener ojos únicamente para Laurent. Lo miraba fijamente mientras su rostro se contraía de placer y dolor y la mano continuaba adentrándose más y más en su cuerpo. La muñeca también estaba dentro y las extremidades de Laurent habían dejado de estremecerse. Estaban paralizadas. Dejó escapar un suspiro prolongado y sibilante entre los dientes apretados.
El amo alzó la barbilla de Laurent con el pulgar de la mano izquierda. Se encorvó hasta que su rostro estuvo muy cerca del esclavo. En medio de un largo y tenso silencio, el brazo subió aún más por el interior de Laurent mientras el príncipe daba la impresión de estar a punto de desvanecerse, con la verga erecta y quieta rezumando una humedad diáfana en forma de diminutas gotitas.
Todo el cuerpo de Bella se tensó, se relajó y, de nuevo, se sintió al borde del orgasmo. Mientras intentaba contenerlo, sintió una creciente debilidad, un agotamiento extremo. De hecho, todas las manos que la sostenían le hacían el amor, la acariciaban.
El amo llevó su brazo derecho hacia delante, sin retirarlo del interior de Laurent. Este movimiento alzó aún más la pelvis del príncipe, dejando todavía más al descubierto los enormes testículos y el reluciente cuero dorado que ensanchaba el anillo rosa del ano hasta lo imposible.

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Antiguo 07-12-2011 , 10:48:10   #246
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Laurent soltó un grito repentino, un ronco jadeo que parecía clamar piedad. El amo lo mantuvo inmóvil, tan cerca de él que sus labios casi se tocaban. La mano izquierda del señor liberó la cabeza del esclavo, recorrió su rostro y le separó los labios con un dedo. Luego las lágrimas brotaron de los ojos de Laurent.
El amo retiró el brazo con gran rapidez, se desprendió del guante y lo arrojó a un lado mientras el esclavo colgaba asido por los mozos, con la cabeza caída y el rostro enrojecido.
El amo hizo un breve comentario y los asistentes se rieron otra vez con beneplácito. Uno de los mozos volvió a colocar las abrazaderas en los pezones del príncipe forzando una mueca en él. Al instante, el amo indicó con un gesto que dejaran a Laurent en el suelo y, de repente, las cadenas de las correíllas quedaron sujetas a una anilla de oro ubicada en la parte posterior de la pantufla del amo.
« ¡Oh, no, esta bestia no puede separarlo de nosotros!», pensó Bella. Pero esto no era lo que Bella temía. De hecho, lo que la aterrorizaba era que fuera Laurent y sólo él el escogido por el amo.
Los estaban bajando a todos al suelo. Bella se encontró de pronto a cuatro patas con la suela de suave terciopelo de una pantufla apretándole el cuello. Se percató de que Tristán y Elena se encontraban a su lado. Los empujaron hacia delante mediante las cadenas que les pinzaban los pezones, al tiempo que los azotaban con las correas de cuero para que salieran del jardín.
La Princesa alcanzó a ver el dobladillo de la túnica del amo a su derecha y tras él la figura de Laurent, que se esforzaba por seguir el paso de su señor. Estaba anclado a los pies del amo por las cadenas que tenía sujetas a los pezones y su pelo castaño le ocultaba el rostro misericordiosamente.
¿Dónde estaban Dimitri y Rosalynd? ¿Por qué los habían descartado? ¿Se quedaría con ellos alguno de los otros hombres que habían venido con el amo?
No había forma de saberlo. Aquel largo corredor parecía interminable.
Sin embargo, Dimitri y Rosalynd no le importaban realmente. Lo único que le interesaba de verdad era que ella, Tristán, Laurent y Elena estaban juntos. También, por supuesto, el hecho de que él, este amo misterioso, esta criatura alta, de elegancia increíble, se movía justo a su altura.
La túnica bordada le rozaba el hombro al avanzar, mientras Laurent se esforzaba por mantener el paso del amo.
La correa daba en el trasero y el pubis de Bella mientras se apresuraba a seguir a los otros dos.
Por fin llegaron a otra doble puerta y las correas de cuero les apremiaron a atravesarla y entrar en una estancia iluminada por lámparas. Una vez más, la firme presión de una pantufla sobre su cuello ordenó a Bella que se detuviera y luego se percató de que todos los criados se habían retirado y la puerta se había cerrado tras ellos.
El único sonido audible era la respiración ansiosa de los príncipes y princesas. El señor pasó junto a Bella para acercarse a la puerta. Se había corrido un cerrojo y una llave había girado. De nuevo, silencio.
Luego, Bella volvió a oír la melodiosa, suave y grave voz. Esta vez hablaba, vocalizando con un encantador acento, en su propio idioma.
-Bien, queridos míos, podéis adelantaros y quedaros de rodillas ante mí. Tengo muchas cosas que contaros.

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MISTERIOSO AMO




Qué desconcertante conmoción sintieron cuando les hablaron.
El grupo de esclavos obedeció de inmediato y todos dieron media vuelta para arrodillarse ante el amo, con las traíllas doradas sobre el suelo. Incluso Laurent pudo soltarse entonces de la pantufla del amo para ocupar su puesto junto a los demás.
En cuanto estuvieron todos quietos, arrodillados y con las manos enlazadas detrás del cuello, el amo dijo:
-Miradme.
Bella no vaciló. Alzó la vista hacia el rostro del hombre y lo encontró tan atractivo y desconcertante como momentos antes en el jardín. Era un rostro más proporcionado de lo que le había parecido: la boca amplia y afable tenía una forma perfecta, la nariz larga y delicada, los ojos, bien separados, irradiaban autoridad. Pero, por supuesto, era el espíritu lo que la atraía.
Mientras él pasaba la mirada por el grupo de los cautivos, Bella detectó la excitación que se apoderaba de todos y sentir su propio júbilo repentino.
«Oh, sí, es una criatura espléndida», pensó la princesa. De pronto, el recuerdo del príncipe de la Corona, que condujo a Bella al reino de su señora, y el del rudo capitán de la guardia, que fue su amo en el pueblo, estuvieron a punto de desaparecer por completo de su mente.
-Preciosos esclavos -dijo el amo, y sus ojos se fijaron en ella durante un breve y eléctrico momento-. Sabéis dónde estáis y por qué. Los soldados os han traído a la fuerza para servir a vuestro nuevo amo y señor. -Qué voz tan meliflua, qué calidez tan inmediata en el rostro-. También sabéis que siempre habréis de servir en silencio. Para los criados que se ocupan de vosotros sólo seréis como delicados animalillos. Sin embargo, yo, el mayordomo del sultán, no comparto la falsa idea de que la sensualidad destruye la inteligencia.
«Por supuesto que no», pensó Bella, pero no se atrevió a expresar en voz alta sus pensamientos. Su interés por el hombre se intensificaba rápida y peligrosamente.
-Los pocos esclavos que escojo -dijo mientras sus ojos volvían a desplazarse-, los que elijo para perfeccionar y ofrecerlos posteriormente a la corte del sultán, están siempre enterados de mis propósitos, de mis exigencias y de los peligros de mi carácter. Pero sólo en la intimidad de estos aposentos, dentro de esta alcoba, quiero que mis métodos se entiendan, que mis expectativas queden completamente claras.
Se acercó un poco más, se elevó sobre Bella y estiró la mano para buscar su pecho. Se lo apretó como había hecho antes pero con un poco más de fuerza, y un ardiente estremecimiento se propagó de inmediato hasta el sexo de la muchacha. Con la otra mano acarició la mejilla del príncipe Laurent y le rozó el labio con el pulgar justo cuando Bella se volvía para mirar, completamente inconsciente de lo que hacía.
-Eso es algo que nunca haréis, princesa -dijo el servidor del sultán, y la abofeteó súbitamente, con fuerza, obligándola a inclinar la cabeza con el rostro escocido-. Continuaréis mirándome hasta que os diga lo contrario.
Las lágrimas brotaron al instante de los ojos de Bella. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
Pero la voz del señor no denotaba irritación, sólo una leve indulgencia. Levantó la barbilla de la muchacha con ternura y ella se quedó mirándolo, a pesar de las lágrimas.
-¿Sabéis lo que quiero de vos, Bella? Respondedme.
-No, amo -contestó rápidamente. Su voz le resultó ajena.
-¡Que seáis perfecta, para mí! -respondió con dulzura, con una voz que parecía completamente repleta de razón, de lógica-.

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Esto es lo que quiero de todos vosotros. Que en esta vasta multitud de esclavos, en la que podríais perderos como un puñado de diamantes en el océano, no haya ninguno comparable con vosotros. Que brilléis no sólo por la virtud de vuestra sumisión sino por vuestra intensa y particular pasión. Os elevaréis de entre las masas de esclavos que os rodean. ¡Seduciréis a vuestros amos y a vuestras señoras con un fulgor que eclipsará a los demás! ¿Me entendéis?
Bella se esforzó por contener los sollozos en medio de su inquietud. Mantuvo la mirada fija en los ojos de él como si no pudiera apartarla aunque quisiera. Nunca había sentido un deseo tan abrumador de obedecer. La urgencia de aquella voz era completamente diferente al tono utilizado por los que la habían educado en el castillo o la habían castigado en el pueblo. Se sintió como si estuviera perdiendo incluso su personalidad. Se estaba derritiendo lentamente.
-Esto es lo que haréis por mí -prosiguió con una voz que cada vez se hacía más suave, persuasiva y resonante-. Lo haréis tanto por mí como por vuestros reales amos. Porque es lo que deseo de vosotros. -Cerró la mano en torno a la garganta de Bella-. Permitidme oíros hablar de nuevo, pequeña. En mis habitaciones, me hablaréis para decirme que queréis complacerme.
-Sí, amo -respondió Bella. De nuevo su voz le resultó extraña, llena de sentimientos que no había conocido en toda su dimensión en el pasado. Los cálidos dedos le acariciaron la garganta, parecían rozar las palabras que ella pronunciaba, las extraía de ella con mimos y daba forma a su tono.
-Sabed que hay cientos de criados -continuó el amo, quien entornó los ojos para desplazar la vista a los otros, aunque continuaba agarrándole la garganta-, cientos de sirvientes encargados de preparar suculentas tortolitas para nuestro señor el sultán, o excelentes machos y potros musculosos con quienes juguetear. Pero yo, Lexius, soy el único mayordomo jefe de los criados. Yo debo escoger y presentar a la corte los mejores entre todos los juguetes.
Ni siquiera esto lo expresó con enojo o premura.
Pero cuando volvió a mirar a Bella, sus ojos se agrandaron llenos de intensidad. La apariencia exterior de enfado aterrorizó a la muchacha, pero los delicados dedos fraccionaron la nuca mientras el pulgar acariciaba la piel de la garganta.
-Sí, amo -susurró ella de pronto.
-sí, absolutamente, querida -dijo él, en un tono casi musical. Pero su voz era más grave e imponente, como si demandara mayor respeto del que se desprendía de las propias palabras-. Sí, es absolutamente imposible que no os distingáis, que después de una sola ojeada a vosotros, los grandes señores de esta casa no estiren el brazo para arrancaros como una fruta madura, que no me feliciten por vuestro encanto, ardor, y silenciosa y voraz pasión.
Las lágrimas surcaron de nuevo las mejillas de Bella.
El amo retiró silenciosamente la mano. De repente, la princesa se sintió fría, abandonada. Se le atraganto un pequeño sollozo en la garganta pero él lo había oído.
Le sonrió amorosamente, casi con tristeza. Su rostro se había ensombrecido, mostraba una extraña vulnerabilidad.
-Divina princesita -le susurró-. Estamos perdidos, sabéis, a menos que se fijen en nosotros.
-Sí, amo -murmuró ella. Hubiera hecho cualquier cosa para que él volviera a tocarla, a sostenerla.
El modulado matiz de tristeza en la voz de él la sorprendió, la rindió por completo. Oh, si al menos pudiera besarle los pies.
Lo hizo, en un repentino impulso. Descendió hasta el mármol y sus labios entraron en contacto con la pantufla del amo. Lo hizo una y otra vez. Se preguntaba por qué la palabra «perdidos» la había deleitado tanto.
Cuando volvió a incorporarse, con las manos enlazadas en la nuca, bajó la vista con resignación. La castigarían por lo que había hecho. La habitación, el mármol blanco, las puertas doradas, eran como una luz con muchas facetas. ¿Por qué este hombre producía este efecto en ella? Por qué...
«Perdidos.» El eco musical de la palabra le llegó al alma.
Los dedos largos y oscuros de Lexius aparecieron para tocarle los labios. Le vio sonreír.
-Me encontraréis severo. Resultaré de una dureza insoportable -advirtió con amabilidad-. Pero ahora sabréis por qué. Ahora lo vais a entender. Pertenecéis a Lexius, el mayordomo real. No debéis fallarle. Hablad. Todos vosotros.

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Antiguo 07-12-2011 , 10:55:27   #249
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Le respondieron a coro: «Sí, amo.» Bella oyó incluso la voz de Laurent, el fugitivo, que respondía con la misma prontitud.
-Ahora os explicaré otra verdad, pequeños -continuó él-. Tal vez pertenezcáis al señor supremo, o tal vez a la sultana, o a las hermosas y virtuosas esposas reales del harén... -Hizo una pausa como para dejar caer sus palabras-. ¡Pero también es cierto que me pertenecéis a mí! -exclamó-. ¡Así como a cualquiera! Yo me recreo con cada castigo que impongo. Así es. Es mi naturaleza, como la vuestra es servir. Vuestra naturaleza consiste en comer del mismo plato que el amo. Decidme que lo comprendéis.
-¡Sí, amo!
Las palabras brotaron de Bella como una explosión de aliento. Estaba deslumbrada por todo lo que les había dicho.
Lo observó fijamente mientras él se volvía entonces a Elena. Su alma se encogió pero no volvió la cabeza ni un milímetro, ni apartó la mirada que tenía fija en él. No obstante, advirtió que el amo también friccionaba los estupendos pechos de Elena. ¡Cómo envidiaba Bella aquellos pechos erguidos, prominentes! Los pezones eran de color albaricoque. Todavía la hirió más que Elena gimiera con tal fascinación.
-Sí, sí, exactamente -continuó el amo, con un tono de voz tan íntimo como cuando se dirigía a Bella-. Os retorceréis nada más sentir mi contacto. Os estremeceréis con el contacto de todos vuestros amos y señoras. Entregaréis vuestra alma a todos los que simplemente se detengan a miraros. ¡Arderéis como antorchas en la oscuridad!
De nuevo sonó el coro: «Sí, amo.»
-¿Habéis visto la multitud de esclavos que sirven de adornos en esta casa?
-Sí, amo -respondieron todos ellos.
-¿Os distinguiréis de la multitud de esclavos dorados por vuestra pasión, obediencia, por aplicar a vuestra sumisión silenciosa una tormenta ensordecedora de sentimiento?
-Sí, amo.
-Pues, ahora, hemos de empezar. Os purificarán como es debido. Luego, a trabajar de inmediato. La corte sabe que han llegado los nuevos esclavos. Os esperan. Una vez más, vuestros labios quedan sellados. Ni siquiera bajo el más severo de los castigos emitiréis un sonido con la boca abierta. A no ser que se os indique lo contrario, os arrastraréis a cuatro patas, con los traseros bien altos y la frente cerca del suelo, casi tocándolo.
Recorrió la silenciosa hilera de esclavos reales. Acarició y examinó otra vez a cada uno de ellos, demorándose algo más de tiempo ante Laurent. Luego, con gesto abrupto, ordenó a éste que fuera hasta la puerta. Laurent se arrastró como le habían indicado, rozando el mármol con la frente. El mayordomo real tocó el cerrojo con la correa de cuero y Laurent lo accionó al instante.
El amo tiró del cercano cordón de la campana.

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