Respuesta: Las aventuras de Bella Le respondieron a coro: «Sí, amo.» Bella oyó incluso la voz de Laurent, el fugitivo, que respondía con la misma prontitud. -Ahora os explicaré otra verdad, pequeños -continuó él-. Tal vez pertenezcáis al señor supremo, o tal vez a la sultana, o a las hermosas y virtuosas esposas reales del harén... -Hizo una pausa como para dejar caer sus palabras-. ¡Pero también es cierto que me pertenecéis a mí! -exclamó-. ¡Así como a cualquiera! Yo me recreo con cada castigo que impongo. Así es. Es mi naturaleza, como la vuestra es servir. Vuestra naturaleza consiste en comer del mismo plato que el amo. Decidme que lo comprendéis. -¡Sí, amo! Las palabras brotaron de Bella como una explosión de aliento. Estaba deslumbrada por todo lo que les había dicho. Lo observó fijamente mientras él se volvía entonces a Elena. Su alma se encogió pero no volvió la cabeza ni un milímetro, ni apartó la mirada que tenía fija en él. No obstante, advirtió que el amo también friccionaba los estupendos pechos de Elena. ¡Cómo envidiaba Bella aquellos pechos erguidos, prominentes! Los pezones eran de color albaricoque. Todavía la hirió más que Elena gimiera con tal fascinación. -Sí, sí, exactamente -continuó el amo, con un tono de voz tan íntimo como cuando se dirigía a Bella-. Os retorceréis nada más sentir mi contacto. Os estremeceréis con el contacto de todos vuestros amos y señoras. Entregaréis vuestra alma a todos los que simplemente se detengan a miraros. ¡Arderéis como antorchas en la oscuridad! De nuevo sonó el coro: «Sí, amo.» -¿Habéis visto la multitud de esclavos que sirven de adornos en esta casa? -Sí, amo -respondieron todos ellos. -¿Os distinguiréis de la multitud de esclavos dorados por vuestra pasión, obediencia, por aplicar a vuestra sumisión silenciosa una tormenta ensordecedora de sentimiento? -Sí, amo. -Pues, ahora, hemos de empezar. Os purificarán como es debido. Luego, a trabajar de inmediato. La corte sabe que han llegado los nuevos esclavos. Os esperan. Una vez más, vuestros labios quedan sellados. Ni siquiera bajo el más severo de los castigos emitiréis un sonido con la boca abierta. A no ser que se os indique lo contrario, os arrastraréis a cuatro patas, con los traseros bien altos y la frente cerca del suelo, casi tocándolo. Recorrió la silenciosa hilera de esclavos reales. Acarició y examinó otra vez a cada uno de ellos, demorándose algo más de tiempo ante Laurent. Luego, con gesto abrupto, ordenó a éste que fuera hasta la puerta. Laurent se arrastró como le habían indicado, rozando el mármol con la frente. El mayordomo real tocó el cerrojo con la correa de cuero y Laurent lo accionó al instante. El amo tiró del cercano cordón de la campana. |