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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| | #41 | |
| Denunciante Novato |
Otra muchacha de gran hermosura era azotada mientras un paje movía la mano izquierda entre sus piernas para estimularla. Para horror de Bella, varias de las esclavas estaban de cara a la pared, montadas sobre falos con los que se estimulaban contorsionándose salvajemente mientras los pajes que se ocupaban de ellas les propinaban palazos despiadados. —Podréis ver que cada esclavo recibe una enseñanza individualizada. Esta princesa tiene que estimularse a sí misma sobre el falo hasta que logre su completa satisfacción. Sólo entonces cesarán los azotes, no importa lo irritada que esté. Pronto aprenderá a asociar la pala y el placer como una misma cosa, y sólo así podrá alcanzar el placer a pesar de la pala. O cuando se le ordene, diría yo. Por supuesto que ocasionalmente sus señores o amas les permitirán obtener tal satisfacción. Bella miró fijamente la fila de cuerpos que forcejeaban. Las muchachas tenían las manos atadas por encima de sus cabezas y los pies por debajo. Disponían de poco espacio para moverse sobre los falos de cuero. Se retorcían, intentaban ondularse lo mejor que podían, mientras inevitables lágrimas corrían por sus rostros. Bella sintió lástima de ellas, aunque deseó vehementemente cabalgar sobre el falo. Sabía que a ella no le hubiera llevado mucho tiempo complacer al paje que la azotaba, aunque se avergonzaba de pensarlo. Mientras miraba a la princesa que estaba más cerca, una muchacha con bucles rojizos, vio cómo ésta lograba finalmente su propósito, con la cara teñida de rojo y todo su cuerpo abandonado en un temblor violento. El paje la azotó con toda su fuerza. Finalmente se relajó, aunque estaba demasiado fatigada para sentir vergüenza; el paje le dio una suave palmada de aprobación y la dejó. Allí donde Bella miraba, veía algún tipo de adiestramiento. Más cerca, una muchacha con las manos enlazadas por encima de la cabeza aprendía a permanecer inmóvil de rodillas mientras le acariciaban las partes íntimas, sin bajar las manos para taparse. A otra la obligaban a llevar sus pechos hasta la boca del paje que se los lamía, y a sostenérselos mientras otro paje la examinaba. Lecciones de control, de dolor y placer. Las voces de los pajes eran severas en algunos casos, otras eran tiernas, mientras los monótonos vapuleos de las palas resonaban por todas partes. También había muchachas con los miembros extendidos que, de tanto en tanto, eran atormentadas para despertarlas y enseñarles lo que podían sentir, si es que todavía no lo sabían. —Pero para nuestra pequeña Bella estas lecciones no son necesarias —dijo lord Gregory—. Es una alumna consumada que no necesita aprendizaje. Quizá debiera ver la sala de castigos y comprobar cómo se fustiga a los esclavos desobedientes utilizando ese mismo placer que aquí han aprendido a experimentar. | |
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| | #1.5 |
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| | #42 |
| Denunciante Novato | LA SALA DE CASTIGOS Frente a la puerta de la nueva sala, lord Gregory hizo una indicación a uno de los atareados pajes. —Traed aquí a la princesa Lizetta —dijo alzando ligeramente la voz—. Sentaos sobre los talones, Bella, con las manos en la nuca y observad, sacad algún provecho de todo esto. Al parecer, la desgraciada princesa Lizetta acababa de llegar. Bella advirtió al instante que estaba amordazada aunque de un modo bastante simple. Llevaba en la boca un pequeño cilindro forrado de cuero, con forma de hueso para perros, que le habían colocado a la fuerza entre los dientes en la parte interior, como si fuera una embocadura. Aunque hubiera querido hacerlo caer con la lengua, daba la impresión de que no hubiera podido. La princesa Lizetta lloraba y pataleaba furiosa, y el paje que le sujetaba las manos a la espalda hizo un gesto para que otro paje la cogiera por la cintura y la llevara hasta lord Gregory. La colocaron de rodillas justo delante de Bella, su pelo negro por delante de la cara y sus pechos morenos cimbreantes. —Tiene mal genio, milord —dijo el paje con aire bastante hastiado—, tenía que ser la presa de la caza en el laberinto y se negó a divertir a los nobles y damas; la terca necedad de siempre. La princesa Lizetta se echó el pelo negro a la espalda con un movimiento brusco de la cabeza y a pesar de la mordaza soltó un gruñido de desprecio que asombró a Bella. —Y descaro, también —dijo lord Gregory. Estiró la mano y le alzó la barbilla. Cuando levantó la mirada hacia el lord, sus ojos oscuros mostraron toda su furia. Volvió la cabeza tan repentinamente que en un instante se libró de él. El paje le propinó varios fuertes azotes pero ella no dio muestras de arrepentimiento. De hecho, sus pequeñas nalgas parecían duras. —Dobladla para el castigo —dijo lord Gregory—. Creo que es la hora de presenciar un verdadero tormento. La princesa Lizetta soltó varios gemidos agudos. Parecían expresiones de rabia y también de protesta. Daba la impresión de que no contaba con esto y, mientras la llevaban por delante de Bella y lord Gregory hasta el interior de la sala de castigos, los pajes le colocaron unos grilletes de cuero en las muñecas y en los tobillos, cada uno de los cuales llevaba un pesado gancho de metal incrustado. Luego la alzaron, entre forcejeos, hasta colgarla de una gran viga no muy alta que cruzaba toda la sala. Las muñecas pendían de un gancho que colgaba por encima de la cabeza, e izaron sus piernas directamente por delante de ella, de modo que los tobillos se sujetaban también al mismo gancho. De hecho, se quedó doblada en dos, con las piernas y los brazos hacia arriba. A continuación colocaron a la fuerza su cabeza entre las pantorrillas, de manera que Bella podía ver claramente su cara, y ataron una correa de cuero a su alrededor, que apretaba firmemente sus piernas contra el torso. Pero, para Bella, el aspecto más cruel y terrorífico de aquella postura era que mostraba por completo las partes íntimas de la princesa, ya que estaba colgada de forma que su sexo era visible por entero para todo el mundo: los labios rosados y el vello oscuro, incluso el pequeño orificio marrón entre las nalgas. Todo esto sucedía justo encima del rostro escarlata de Bella, que no podía imaginarse una exhibición peor y tuvo que bajar la mirada tímidamente. De vez en cuando echaba un vistazo a la muchacha cuyo cuerpo suspendido se movía lentamente como si lo agitara una corriente de aire, haciendo crujir los eslabones de cuero de las muñecas y los tobillos. Pero la muchacha no estaba sola. Bella se percató de que a tan sólo unos pocos metros de distancia otros cuerpos, también doblados e indefensos, colgaban de la misma viga. La cara de la princesa Lizetta seguía colorada de rabia, pero en cierto modo se había tranquilizado; en aquel instante intentaba volverse para esconder su expresión contra la pierna, pero el paje más próximo a ella le ajustó la cara hacia delante. Bella echó un vistazo a las demás. No muy lejos, a la derecha, había un joven alzado exactamente en la misma posición. Parecía muy joven; no debía de tener más de dieciséis años, como mucho. Era rubio, con el pelo rizado, y tenía el vello púbico ligeramente rojizo. Su órgano estaba erecto, la punta brillante, y allí, expuestos a todo el mundo, mostraba su escroto y, cómo no, la pequeña abertura del ano. Había otros más, varias jóvenes princesas y otro príncipe, pero estos dos primeros ocuparon toda la atención de Bella. El príncipe rubio gemía dolorosamente. Tenía los ojos secos, pero parecía esforzarse por cambiar de posición allí colgado de los grilletes de cuero, aunque tan sólo conseguía que su cuerpo se volviera un poco a la izquierda. Mientras tanto, un joven de aspecto en cierto modo más impresionante que el de los pajes y vestido de forma diferente, con terciopelo azul muy oscuro, recorría la hilera de esclavos doblados y esposados; al parecer inspeccionaba su cara y la configuración de sus órganos despiadadamente exhibidos. El joven retiró hacia atrás el cabello de la frente del príncipe, que gimió. Parecía que intentaba darse impulso hacia delante, pero el hombre vestido de terciopelo azul le frotó suavemente el pene e hizo que aumentara el volumen de sus gemidos, que sonaron aún más suplicantes. Bella inclinó la cabeza pero continuó observando al hombre vestido de terciopelo que se acercaba a la princesa Lizetta. —Es una esclava testaruda, sumamente difícil —le dijo a lord Gregory. —Un día y una noche de castigo la subyugarán —respondió el noble. Bella se sintió horrorizada con sólo pensar en permanecer así expuesta durante tanto tiempo. Al instante decidió que haría cualquier cosa para ahorrarse semejante castigo, pero no pudo evitar sentir un temor terrible a que, pese a todos sus esfuerzos, pudiera sucederle a ella. De pronto se imaginó a sí misma colgada en aquella posición y soltó un minúsculo gemido, aunque apretó los labios para contenerlo. Para asombro de la princesa, el hombre vestido de terciopelo había empezado a acariciar el sexo de la princesa Lizetta con un pequeño instrumento que, como tantas otras cosas en este lugar, estaba cubierto de un fino cuero negro. Se trataba de un vara de tres puntas que tenía cierto parecido con una garra. En cuanto molestó a la indefensa princesa, ésta empezó a retorcerse en sus ataduras. Bella comprendió de inmediato lo que sucedía. El sexo rosa de la esclava, cuya visión aterraba a la princesa debido a la desprotección que mostraba, pareció hincharse y madurar. Bella podía distinguir incluso las gotitas de humedad que aparecían allí. Mientras continuaba observando, Bella sintió cómo su propio sexo también se humedecía. Advirtió el duro emplasto que le habían colocado allí, sobre la protuberancia de sensibilidad, y que aparentemente no hacía nada para evitar la creciente palpitación. En cuanto la indefensa princesa despertó de esta manera, el hombre vestido de terciopelo dejó de molestarla, esbozó una sonrisa de aprobación y continuó su recorrido por la hilera de esclavos, deteniéndose de nuevo para molestar y atormentar al príncipe de pelo rubio cuyas súplicas exentas de orgullo y dignidad se oían a pesar de su mordaza de cuero. |
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| | #43 |
| Denunciante Novato | La siguiente víctima, otra princesa, estaba incluso más entregada a sus ruegos mudos por autosatisfacerse. Su sexo era pequeño, de gruesos labios, como una boca entre una mata de rizos marrones. Todo su cuerpo se retorcía esforzándose por conseguir mayor contacto con el lord vestido de terciopelo, que en aquel instante la dejó para ir a molestar y atormentar a otro. Lord Gregory chasqueó los dedos. Bella volvió a apoyarse a cuatro patas y lo siguió. —¿Es necesario que os diga que sois muy adecuada para este tipo de castigo, princesa? —preguntó. —No, milord —susurró Bella, que se preguntaba si lord Gregory tendría poder para castigarla de este modo sin ningún motivo. Añoró al príncipe y los días en que él era el único que tenía poder sobre ella. No podía pensar en nada más que en él. ¿Cómo había osado contrariarlo al mirar al príncipe Alexi? Pero sólo de pensar en el príncipe Alexi, Bella se sumía en el más desvalido padecimiento, aunque si pudiera estar en los brazos de su alteza, no pensaría en nadie sino en él; ansiaba su tierno castigo. —Sí, querida mía, ¿queríais hablar? —preguntó lord Gregory, pero en su tono había algo rudo. —Decidme únicamente cómo obedecer, milord, cómo agradar, cómo evitar esta disciplina. —Para empezar, preciosa mía —dijo con enfado—, dejad de admirar y de contemplar a los esclavos varones cada oportunidad que se os presenta. ¡No os recreéis tanto en todo lo que os muestro para asustaros! Bella se quedó boquiabierta. —Y nunca, nunca más, volváis a pensar en el príncipe Alexi. Bella sacudió la cabeza: —Haré lo que me digáis, milord —dijo con ansiedad. —Recordad que la reina no está en absoluto complacida con la pasión que su hijo siente por vos. Desde que era un muchacho ha estado rodeado por un millar de esclavos y en ninguno de ellos ha encontrado un objeto de devoción como vos. A la reina no le gusta. —Oh, pero ¿qué puedo hacer yo? —lloriqueó suavemente Bella. —Podéis exhibir una obediencia intachable a todos vuestros superiores, y no hacer nada que parezca rebelde o inusual. —Sí, milord —repitió Bella. —Sabéis que anoche os vi observando al príncipe Alexi —dijo en un susurro amenazador. Bella se encogió. Se mordió el labio e intentó no llorar. —Podría explicárselo a la reina en este mismo instante. —Sí, milord —susurró. —Pero sois muy joven y encantadora. Por una ofensa así, sufriríais el tormento más terrible; os expulsarían del castillo y os enviarían al pueblo, y eso sería más de lo que podríais soportar... Bella empezó a temblar. «El pueblo, ¿qué quería decir con esto?» Lord Gregory continuó: —No estaría bien que un esclavo particular de la reina o del príncipe de la corona fuera condenado a un castigo tan ignominioso, jamás un esclavo favorito sufrió tal condena —inspiró profundamente como para enfriar su furia—. Cuando estéis debidamente adiestrada, seréis una esclava espléndida, y no hay razón por la que finalmente el príncipe, y todo el mundo no deban disfrutar de vos. Estoy aquí, en definitiva, para hacer algo por vos, no para veros destruida. —Sois sumamente amable y misericordioso —susurró Bella, pero las palabras «el pueblo», habían causado una impresión indeleble. Si al menos pudiera preguntar... Una joven dama acababa de entrar en la estancia, y cruzó la puerta con mucho ímpetu. Su largo pelo rubio estaba recogido en gruesas trenzas y llevaba un vestido de color borgoña intenso ribeteado de armiño. Antes de que Bella volviera a bajar la vista, pudo ver a la dama por entero, sus mejillas rubicundas y los grandes ojos marrones que recorrían la sala de castigos como si buscaran a alguien. —Oh, lord Gregory, qué placer veros —dijo, y mientras él se inclinaba, ella hizo una graciosa reverencia. Bella se quedó anonadada ante su encanto y a continuación se sintió avergonzada y vulnerable. Contempló las preciosas pantuflas plateadas de la dama y los anillos que llevaba en los dedos de la mano derecha, que recogían los faldones graciosamente. —¿En qué podría serviros, lady Juliana? —preguntó lord Gregory. Bella se sentía desconsolada. Agradeció que la dama en ningún momento la mirara pero luego se sintió otra vez pésimamente. Ella no era nada para esta mujer que estaba vestida; ella, una dama, era libre de hacer todo lo que le apeteciera, mientras que a Bella, una abyecta esclava desnuda, sólo le permitían postrarse de rodillas ante ella. —Oh, pero si está ahí, esa traviesa Lizetta —dijo la dama, y la jovialidad desapareció de su rostro mientras sus labios temblaban levemente. Cuando se acercó a la princesa, había dos pequeños puntos de color en sus mejillas—. Hoy ha sido tan consentida y mala. —Bueno, está siendo castigada con toda severidad por ello, milady —dijo lord Gregory—. Treinta y seis horas aquí deberían mejorar su genio. La dama dio varios pasos al frente con suma delicadeza para escudriñar el sexo que exhibía la princesa Lizetta. Y ésta, ante la estupefacción de Bella, no intentó esconder su rostro sino que continuó mirando fija y suplicantemente a los ojos de la dama. Profirió varios gemidos tan implorantes como los que anteriormente había emitido el príncipe que tenía a su lado. Y mientras se retorcía en el gancho, su cuerpo se meció ligeramente hacia delante. —Sois una niña mala, eso es lo que sois —susurró la dama como si regañara a una criatura—. Me habéis decepcionado. Había preparado la cacería para diversión de la reina y os había escogido a vos especialmente. Los gemidos de la princesa Lizetta se tornaron más insistentes. Parecía haber perdido la esperanza o el orgullo o la rabia. Mostraba el rostro contraído y rosado, la mordaza parecía sumamente dolorosa y sus enormes ojos destellantes suplicaban a la dama. —Lord Gregory —dijo la dama—, pensad en algo especial. Entonces, la dama alargó la mano con gran delicadeza y refinamiento y pellizcó con fuerza los labios púbicos, que exudaron humedad. Bella estaba horrorizada, pero la tortura continuaba puesto que ahora la dama pellizcaba consecutivamente el labio derecho y el izquierdo, lo que provocó que la muchacha mostrara una mueca de dolor y angustia. Mientras tanto, lord Gregory chasqueó los dedos diciéndole al caballero que sostenía el instrumento de hierro parecido a una garra unas palabras de las que Bella sólo pudo oír: «intensificará el castigo.» |
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| | #44 |
| Denunciante Novato | Al cabo de un instante apareció con un pequeño cántaro y un pincel y, mientras la dama retrocedía unos pasos, el lord cogió el pincel y empapó el sexo desnudo de la princesa Lizetta de un almíbar espeso. Unas pocas gotas cayeron al suelo. La princesa, a pesar de la mordaza, comunicó una vez más toda su miseria con sus sollozos apagados, pero la dama se limitó a sonreír inocentemente y a sacudir la cabeza. —Atraerá cualquier mosca que tengamos por aquí —dijo lord Gregory—, y si no hay ninguna provocará la inevitable comezón cuando se seque. Es de lo más molesto. La dama no parecía satisfecha. De todas formas su lindo e inocente rostro estaba sereno y suspiró: —Supongo que por el momento servirá, pero preferiría que estuviera atada a una estaca en el jardín, con las piernas separadas, y dejar que las moscas y los pequeños insectos voladores encontraran su boca melosa. Se lo merece. Volvió a expresar su agradecimiento a lord Gregory y Bella se asombró una vez más al ver su brillante cara rubicunda. Llevaba las trenzas peinadas con pequeñas perlas y finas cintas de banda azul. Bella, perdida casi en su contemplación de todo esto, de repente se asustó al darse cuenta de que la dama la miraba. —¡Oooooh, pero si es la preciosidad del príncipe! —Exclamó, y entonces avanzó hacia Bella que sintió que la mano de la dama le alzaba la cara—. Y qué dulce y hermosa es, ¿verdad? Bella cerró los ojos e intentó refrenar el temblor de sus pechos cimbreantes. Creyó que no podría soportar el trato autoritario de esta joven dama, pero aun así no había nada que pudiera hacer. —Oh, cuánto me gustaría que hubiera ocupado el lugar de Lizetta. Hubiera sido un reto para todo el mundo —dijo la dama. —Eso es imposible, milady —dijo lord Gregory—. El príncipe es sumamente posesivo con ella. No puedo permitir que participe en semejante espectáculo. —Pero, con toda seguridad, podremos volver a verla. ¿Le harán correr el sendero para caballos? —Estoy seguro, en su momento —dijo lord Gregory—. Hasta ahí no llegan los caprichos del príncipe. Pero, aquí, sí podéis examinarla si así lo deseáis. No hay normas que lo prohíban. Lord Gregory levantó a Bella por las muñecas y, con el mango de la pala, la obligó a adelantar las caderas. —Abrid los ojos y mantenedlos bajos —susurró. Bella no podía soportar ver las manos de esta delicada dama que se movían hacia ella. Lady Juliana le tocó los pechos y a continuación le pasó la mano por su liso estómago. —Pues sí, es deslumbrante y está tan llena de ternura. Lord Gregory se rió tranquilamente: —Cierto, y vos sois muy perspicaz al apreciarlo. —Luego, gracias a esa ternura, resultan las mejores —dijo lady Juliana ciertamente admirada. Pellizcó la mejilla de Bella como lo había hecho con los labios ocultos de la princesa Lizetta—. ¡Vaya!, lo que daría por pasar una hora tranquila a solas con ella en mis aposentos. —En su momento, en su momento —repitió lord Gregory. —Sí, y apuesto a que rechaza la pala, con su espíritu tan tierno. —Sólo con su espíritu —dijo lord Gregory—. Es obediente. —Ya veo. Bien, mi niña. Ahora tengo que irme. Podéis creer que sois exquisita. Me encantaría teneros sobre mis rodillas. Os azotaría con la pala hasta el amanecer. Participarías en un montón de juegos escapando de mí en el jardín, seguro. —Entonces besó afectuosamente a Bella en la boca y se fue tan deprisa como había llegado, entre un revuelo de terciopelo borgoña y trenzas voladoras. Justo antes de que Bella tomara la pócima para dormir que le tendía León, le rogó que le ayudara a entender el significado de lo que había oído. —¿Qué es el sendero para caballos? —preguntó en un susurro—. Y el pueblo, milord, ¿qué significa ser enviado allí? —No mencionéis nunca el pueblo —le advirtió León con calma—. Ese castigo es para los incorregibles, y vos sois la esclava del mismísimo príncipe de la corona. En cuanto al sendero para caballos, lo descubriréis muy pronto. La tendió sobre la cama y ató sus tobillos y muñecas con correas, apartándolos del resto del cuerpo para que ni siquiera durmiendo pudiera tocarse. —Soñad —le dijo—, porque esta noche el príncipe os requerirá. |
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| | #45 |
| Denunciante Mega |
muy buen relato!!!! esperando mas partes!!!! vomo te habras dado cuenta, el topic ha tenido mas visitas..... y en cuanto a los comentarios...mmm.... pues no todo el mundo comenta.... esperadno mas capitulos!!!!! |
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| | #46 |
| Denunciante Novato |
Si me he dado cuenta... esperemos que los visitantes sean más... considerados.... jejejeje OBLIGACIONES EN LA ALCOBA DEL PRÍNCIPE El príncipe estaba acabando de cenar cuando llevaron a Bella a su presencia. El castillo bullía de vida. Las antorchas llameaban en los largos y altos pasillos abovedados. El príncipe estaba en una especie de biblioteca y comía solo, sentado en una mesa estrecha. A su alrededor se movían varios ministros con documentos para firmar, y sólo se oían sus pasos y el sonido de los rollos de pergamino. Bella se arrodilló junto a la silla del príncipe, atenta al ruido del roce de su pluma, y cuando se cercioró de que no se daría cuenta, alzó la vista para mirarlo. Le pareció que estaba resplandeciente. Llevaba un sobretodo de terciopelo azul ribeteado de plata, con su escudo de armas blasonado en una gruesa faja de seda. Los lazos laterales del sobretodo estaban aflojados y a través de ellos Bella podía ver su camisa blanca. También pudo admirar los músculos firmes de sus piernas enfundadas en unos largos y ajustados pantalones de franela. El príncipe dio unos cuantos bocados más de aquella carne mientras a Bella le servían un plato sobre el suelo empedrado. La princesa bebió rápidamente con los labios el vino que el príncipe vertió en un cuenco para ella y comió la carne con toda la delicadeza que le permitía no hacer uso de los dedos. Tenía la impresión de que él la estaba observando. El príncipe le pasó unos pedazos de queso y fruta, y emitió un leve sonido de satisfacción. Al final, Bella limpió el plato con la lengua. La princesa hubiera hecho cualquier cosa para demostrar lo contenta que se sentía de estar de nuevo con él, y súbitamente recordó que todavía no le había besado las botas por lo que se apresuró a hacerlo inmediatamente. El olor a cuero limpio, lustrado, le pareció delicioso. Sintió su mano en la parte posterior del cuello y, cuando levantó la vista, él le dio, una a una, un racimo de uvas, llevándoselas a la boca subiendo cada una de ellas un poco más para que al cogerla Bella tuviera que levantarse sobre sus talones. El príncipe meneó la última uva en el aire. Bella se lanzó hacia arriba para cogerla en la boca y la alcanzó. Luego, vencida por la vergüenza, inclinó la cabeza. ¿Estaría él satisfecho? Después de todo lo que había presenciado a lo largo del día, él parecía su salvador. Ahora que estaba con él, la princesa hubiera llorado de felicidad. Lord Gregory hubiese deseado que ella comiera con los esclavos, e incluso le mostró el comedor, donde había dos largas filas de príncipes y princesas, todos ellos arrodillados y con las manos atadas a la espalda, que comían con sus ávidas boquitas de los platos colocados en una mesa baja que tenían delante. Estaban reclinados de tal forma que, cuando ella pasó, se sintió aturdida al ver tal cantidad de traseros irritados. Eran todos parecidos pero cada cuerpo era diferente. Los príncipes mostraban menos su cuerpo si mantenían las piernas juntas, ya que de esta manera su escroto quedaba oculto, pero las muchachas no podían hacer nada para esconder sus labios púbicos, y aquello la alarmó. El príncipe la reclamó de inmediato en su habitación, y al instante Bella estaba con él. León le retiró el pequeño sello de su centro secreto de placer y ella sintió el primer estremecimiento de deseo. No le importaba que los sirvientes se movieran a su alrededor o que el último ministro esperara, solícito, en las proximidades. La princesa besó de nuevo las botas de su alteza. —Es muy tarde —dijo él—. Habéis descansado largo rato y veo que os ha sentado muy bien. Bella esperó. —Miradme —le dijo. Cuando ella lo hizo, se sintió aturdida por la belleza y ferocidad de sus ojos negros. Tuvo la impresión de que se le cortaba la respiración. —Venid —dijo él, levantándose y despidiendo al ministro—. Es la hora de la lección. El príncipe se dirigió veloz a su alcoba y ella lo siguió andando a cuatro patas, apresurándose a adelantarse cuando él esperó a que ella abriera la puerta, para dejarlo pasar y entrar luego tras él. «Si al menos pudiera dormir aquí y vivir aquí», pensó Bella. No obstante, sintió miedo cuando vio que él se volvía hacia ella con las manos en la cintura. Recordó los azotes que recibió con la correa la noche anterior y se estremeció. Junto a él había un alto velador. El príncipe alargó la mano, la metió en un pequeño cofrecito cubierto por un paño y sacó lo que parecía un manojo de campanillas de cobre. —Venid aquí, mi querida niña consentida —dijo amablemente—. Decidme, ¿habéis atendido alguna vez a un príncipe en su alcoba, lo habéis vestido y servido? —preguntó. —No, mi príncipe —contestó Bella, y se apresuró a situarse a sus pies. —Incorporaos sobre vuestras rodillas —ordenó él. Ella obedeció colocándose las manos detrás del cuello, y entonces vio las campanillas de cobre que el príncipe sostenía en la mano. Cada una de ellas estaba sujeta a una abrazadera de resorte. Antes de que Bella pudiera protestar, él le aplicó una al pezón derecho, con sumo cuidado. No apretaba lo suficiente como para hacerle daño pero se agarró al pezón y lo estrujó, endureciéndolo. Ella contemplaba cómo le aplicaba otra al pezón izquierdo y, sin querer, tomó aliento al sentir la presión de la campanilla, lo que provocó que ambas campanas sonaran muy débilmente. Eran pesadas, y tiraban de ella. Entonces se sonrojó, deseó desesperadamente sacudírselas. Hacían que sus pechos pesaran más y notaba que le dolían. |
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| | #47 |
| Denunciante Novato | Él le dijo que se levantara y abriera las piernas. El príncipe sacó del cofrecillo otro par de campanillas, éstas del tamaño de nueces. Bella, gimoteando levemente, sintió que las manos del príncipe se movían entre sus piernas al tiempo que sujetaba rápidamente estas campanas a sus labios púbicos. La princesa tenía la impresión de que ahora sentía partes de sí misma de las que hasta ese momento no había sido consciente. Las campanas le tocaban los muslos, tiraban de los labios y se insertaban en la carne, apretándola. —Vamos, no es tan horroroso, mi pequeña doncella —susurró él y la premió con un beso. —Si os complace, mi príncipe... —balbuceó Bella. —Ah, eso está muy bien —dijo—. Y ahora a trabajar, hermosa mía. Quiero veros trabajar deprisa, pero con gracia. Quiero que todo se haga correctamente, pero con cierta destreza. En mi alacena, en un colgador, veréis mi escapulario de terciopelo rojo y mi cinto de oro. Traédmelos, deprisa, y dejadlos sobre la mesa. Luego me vestiréis. Bella se apresuró a obedecer. Avanzando de rodillas, descolgó las prendas y se apresuró a llevarlas a la alcoba. Dejó la ropa al pie de la cama, se dio la vuelta y esperó. —Ahora desvestidme —dijo el príncipe—. Debéis aprender a utilizar las manos únicamente cuando no consigáis hacer algo de otro modo. Bella cogió obedientemente entre los dientes los cordones de cuero del sobretodo, aflojó el nudo y vio cómo se soltaban. El príncipe se sacó la prenda por la cabeza y se la dio a Bella. A continuación, mientras él se sentaba en un taburete junto al fuego, ella empezó a desatar los numerosos botones. Parecía que topaba con un obstáculo tras otro. Bella era consciente del cuerpo del príncipe, de su perfume y calidez, y de su extraño ensimismamiento. Al poco rato, con su ayuda, consiguió sacarle la camisa. Había llegado el turno de los largos pantalones. Él la ayudaba de vez en cuando, pero la mayoría de tareas las ejecutaba por sí sola. La princesa mordió cuidadosamente la lengüeta superior de las botas forradas de terciopelo y tiró con las manos de los talones hasta que salieron sin dificultad. Le pareció que trabajaba duro un largo rato y prestó atención a todos los detalles de su vestimenta. A continuación debía vestirlo. Con ambas manos, le puso la camiseta de seda blanca mientras él introducía los brazos. Pero aunque ajustó correctamente la abertura de los ojales con sus manos, hizo pasar cada botón con la boca, lo que complació al príncipe, que la alabó por ello. Bella estaba cada vez más cansada; sentía los pechos doloridos debido a las pesadas campanas de cobre y también notaba el peso de las que colgaban entre sus piernas así como aquel roce en los muslos que la sacaba de sus casillas. Además, el cascabeleo no dejaba de sonar. Cuando finalizó y él acabó de ponerse un nuevo par de botas para ayudarla, el príncipe la cogió entre sus brazos y la besó. —A medida que pase el tiempo, aprenderéis a trabajar más deprisa. No os costará nada vestirme o desvestirme, ni ejecutar cualquier tarea que os pida. Dormiréis en mis aposentos y estaréis a cargo de todo. —Mi príncipe —susurró ella apretando sus pechos contra él, deseándolo con ansia. Le besó las botas a toda prisa y le vinieron a la mente, para acosarla y mortificarla, las imágenes de todo lo que había visto aquel día: el cruel castigo de la princesa Lizetta, el adiestramiento de los príncipes, y también recordó a quien no había visto pero que nunca había olvidado, al príncipe Alexi. Todo ello reapareció revuelto en su mente, avivando su pasión y aumentando su miedo. «Oh, si tan siquiera pudiera dormir en los aposentos del príncipe a partir de ahora.» No obstante, cuando pensó en aquellos esclavos varones que había visto en la sala... El príncipe, como si intuyera que su mente no le prestaba la debida atención, empezó a besarla con rudeza. Luego le ordenó que volviera de nuevo a ponerse a cuatro patas y que pegara la frente al suelo para que pudiera ver sus nalgas. Bella obedeció mientras las campanillas le recordaban todas sus partes desnudas. —Mi príncipe —susurró en voz muy baja. Notaba algún cambio en su corazón que no acababa de entender. De todos modos estaba asustada, como siempre. Él le ordenó que se levantara y de nuevo la cogió en sus brazos, y esta vez le dijo: —Besadme como deseáis hacerlo. Bella, llena de alegría, besó la suavidad fría de su frente, los oscuros mechones de su cabello, los párpados y las largas pestañas. Le besó las mejillas y luego la boca abierta. La lengua de él pasó al interior de su propia boca, todo su cuerpo se estremeció y él tuvo que sostenerla. —Mi príncipe, mi príncipe —murmuró Bella, pese a que sabía que desobedecía—. Me da tanto miedo todo esto. —Pero ¿por qué, hermosa? ¿Todavía no lo veis claro? ¿No os parece simple? —Oh, pero ¿cuánto tiempo os serviré? ¿Va a ser así toda mi vida a partir de ahora? —Escuchadme —estaba serio, pero no enfadado. La cogió por los hombros y luego le miró los pechos hinchados. Las campanillas de cobre temblaban cuando respiraba. Bella sintió sus manos entre las piernas, y luego los dedos dentro de ella, tocándola suavemente con un movimiento ascendente que hizo que su cuerpo se estremeciera de placer. —Esto es todo lo que podéis pensar, todo lo que vais a ser —dijo—. En alguna vida anterior erais muchas cosas: un rostro bonito, un voz bonita, una hija obediente... Habéis mudado esa piel como si se tratara de un manto de sueños, y ahora sólo debéis pensar en estas partes de vos —le frotó los labios púbicos, le ensanchó la vagina, y luego le apretó los pechos casi con crueldad—. Ahora esto es lo que sois, lo único que sois, además de vuestro encantador rostro, pero sólo porque es el rostro encantador de una esclava desnuda e indefensa. Entonces, como si no pudiera contenerse, el príncipe la abrazó y la llevó hasta la cama. —Dentro de un rato debo tomar vino con la corte, y vos me serviréis allí, demostraréis vuestra obediencia a todo el mundo. Pero eso puede esperar... —Oh, sí, mi príncipe, si eso os complace —Bella pronunció estas palabras en voz tan baja que posiblemente el príncipe no las oyó. Estaba tumbada sobre la colcha enjoyada y, pese a que su trasero y las piernas no tenían la carne tan viva como la noche anterior, sintió las dolorosas punzadas de las piedras preciosas. El príncipe se arrodilló sobre ella, se colocó a horcajadas, le abrió la boca con los dedos y, mostrándole su duro pene, lo introdujo en la boca con un rápido movimiento descendente. Ella lo chupó, se embebió de él. Pero lo único que tenía que hacer era permanecer tumbada sin hacer nada ya que él mismo daba fuertes embestidas en su interior; así que cerró los ojos y olió la deliciosa fragancia del vello púbico, saboreó la salinidad de su piel al tiempo que el miembro erecto tocaba ligeramente el paladar una y otra vez mientras todo él casi no rozaba más que sus labios. Bella gemía siguiendo el ritmo de sus movimientos y cuando él se retiró repentinamente, continuó jadeando y levantó las manos para abrazarlo. Entonces el príncipe se tumbó encima del cuerpo de Bella y le separó las piernas. Cuando él le quitó las campanas de cobre ella sintió el dolor en los labios púbicos. La penetró. Bella notó que explotaba de placer. Su espalda se arqueó tan rígidamente que levantó el peso del príncipe con ella, empapando todo su cuerpo de placer. Sus caderas empujaban con un movimiento vigoroso y cuando él, finalmente, eyaculó, le asestó varias embestidas crueles hasta quedarse tumbado, exhausto. Parecía que Bella dormía; soñaba. Luego oyó al príncipe que le decía a alguien que se encontraba allí de pie: —Llevaosla, lavadla y engalanadla. Luego enviádmela a la sala de recepciones del piso superior. |
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| | #48 |
| Denunciante Novato | DONCELLA DE SERVICIO Bella no podía creer en su mala suerte cuando, al entrar en la sala de recepciones, vio que la encantadora lady Juliana estaba jugando al ajedrez con el príncipe, así como otras hermosas damas, sentadas ante diversos tableros. También había varios nobles, incluido un anciano cuyo pelo blanco le caía profusamente sobre los hombros. ¿Por qué tenía que estar lady Juliana, con sus gestos graciosos y su encanto, sus espesas trenzas peinadas esa noche con cinta carmesí, los pechos hermosamente moldeados por su vestido de terciopelo y su risa, que ya llenaba el aire mientras el príncipe le susurraba alguna agudeza? Bella no sabía exactamente cuáles eran sus sentimientos. ¿Sentía celos? ¿O sencillamente la humillación habitual? León la había engalanado de un modo tan cruel que hubiera preferido estar desnuda. En primer lugar, León había eliminado a base de restregones todos los fluidos del príncipe. Luego trenzó un solo mechón tupido de cabello a cada lado, que sujetó hacia atrás con orquillas de tal manera que la mayor parte de la cabellera siguiera suelta. A continuación había colocado unas pequeñas abrazaderas adornadas con piedras preciosas en sus pezones; conectadas entre sí por dos cadenas de oro fino que parecían un collar. Las abrazaderas le hacían daño y las cadenas se movían, como antes las campanas, cada vez que Bella respiraba. Pero, cuando verdaderamente se horrorizó fue al descubrir que aquello no era todo. Los dedos rápidos, de movimientos elegantes, de León exploraron su ombligo, donde le aplicó un engrudo en el que incrustó un broche reluciente: una piedra preciosa rodeada de perlas. Bella se quedó sin respiración. Tenía la sensación de que alguien le apretaba allí, de que intentaban entrar en ella, como si el ombligo se hubiera convertido en una vagina. Esta sensación no cesaba, todavía la experimentaba en aquel mismo instante. Luego, León colgó de sus orejas unos pesados pendientes que colgaban de apretadas abrazaderas de oro que le rozaban el cuello cuando se movía; y, por supuesto, sus labios púbicos no podían aparecer desnudos sino que debían llevar el mismo adorno. Para la parte superior de los brazos, León escogió unos brazaletes en forma de serpiente, y manillas enjoyadas para las muñecas, cuyo efecto hacía que se sintiera aún más desnuda. Engalanada pero, no obstante, desnuda. Era desconcertante. Finalmente, le rodeó el cuello con una gargantilla enjoyada y en la mejilla izquierda le colocó una pequeña gema, como marca de belleza, adherida con engrudo. Le molestaba enormemente. Quería restregársela, y se imaginaba cómo relucía. Le parecía que incluso podía verla por el rabillo del ojo. Pero cuando se sintió realmente asustada fue en el instante en que León le echó la cabeza hacia atrás con un ligero movimiento y le ensartó un pequeño y delicado anillo de oro en la ventana de la nariz. Las puntas perforaban la piel, no en profundidad pero lo suficiente para mantenerse en su sitio. Sin embargo, Bella casi se puso a llorar, de tantas ganas como tenía de arrancarlo, igual que la joya; de hecho, quería desprenderse de todos aquellos adornos, aunque León la piropeaba: —Ah, cuando me dan algo verdaderamente hermoso con que trabajar puedo lucir toda mi destreza —suspiró. Le cepilló enérgicamente el pelo y a continuación le dijo que estaba lista. En aquel instante Bella entraba a cuatro patas en el enorme salón umbrío y se apresuró a acercarse al príncipe, a quien besó de inmediato las botas. Él no levantó la vista del tablero de ajedrez y, para humillación de Bella, que bullía de vergüenza, fue lady Juliana quien la saludó. —Ah, pero si es nuestra preciosidad; qué encantadora está. Incorporaos sobre vuestras rodillas, preciosa mía —dijo con su voz jovial, despreocupada, y se echó una de las trenzas por encima del hombro. Apoyó la mano en la garganta de Bella para examinar el collar enjoyado, y un hormigueo provocado por sus dedos pareció recorrer la carne de la princesa, que ni siquiera se atrevió a mirar furtivamente el rostro de la joven mujer. «¿Por qué no estoy sentada ahí donde está ella, exquisitamente vestida, libre y orgullosa? —se preguntó Bella—. ¿Qué ha sido de mí, que debo estar aquí, arrodillada ante ella, para ser tratada como algo inferior a un ser humano? ¡Soy una princesa! —Luego pensó en todos los demás príncipes y princesas y se sintió ridícula—. ¿Tendrán estos mismos pensamientos?» Esta mujer la atormentaba más que cualquier otra persona. Pero lady Juliana aún no estaba contenta. —Levantaos, querida, para que pueda echaros un vistazo, y no me obliguéis a deciros que os pongáis las manos detrás del cuello ni que estiréis las piernas. Bella oyó risas a su espalda y el comentario de alguien que decía que el nombre de la esclava del príncipe era, en efecto, muy apropiado. Bella se sintió aún más desprotegida al percatarse de que en esta sala no había más esclavos. Cerró de nuevo los ojos, como cuando lady Juliana la inspeccionó por primera vez, y notó las manos de la dama en sus muslos y luego varios pellizcos en su nalgas. «Oh, ¿por qué no podrá dejarme en paz, no sabe cómo sufro?», pensó Bella, y mirando a través de los párpados pudo ver la sonrisa alegre de la dama. —¿Qué piensa su majestad de ella? —preguntó lady Juliana con curiosidad genuina, mientras dirigía una rápida mirada al príncipe que continuaba sumido en sus reflexiones. —No lo aprueba —murmuró el príncipe—. Me acusa de sentir pasión por ella. Bella intentó mantener la calma, allí arrodillada como si estuviera de servicio. Oyó risas y retazos de conversaciones a su alrededor, así como el sonido sordo de la voz del anciano. Una mujer comentaba que la muchacha del príncipe debería servir el vino, ¿o no?, para que todo el mundo pudiera verla. «¿No me han visto ya?», se preguntó Bella. ¿Es posible que fuera peor que en el Gran Salón? ¿Y qué sucedería si derramaba el vino? —Bella, id hasta el aparador y coged la jarra. Servid el vino con cuidado, sin cometer errores, y regresad luego a mi lado —dijo el príncipe, sin mirarla. |
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| | #49 |
| Denunciante Novato | La princesa avanzó entre las sombras para buscar la jarra de oro que estaba encima del aparador. Le llegó el aroma afrutado del vino y se volvió, sintiéndose torpe y desgarbada, para acercarse a la primera mesa. «Una simple doncella, una esclava», pensó de forma más vehemente que cualquier otro pensamiento que hubiera pasado por su mente mientras la exhibían en público. Con manos temblorosas, sirvió el vino lentamente, una copa tras otra, y a través de sus ojos llorosos distinguió las sonrisas y oyó los cumplidos que le susurraban. De vez en cuanto alguna mujer o algún hombre altivo se mostraban indiferentes a ella. En una ocasión la sorprendió un pellizco en el trasero y soltó un grito que provocó una risotada general. Cuando se inclinaba sobre las mesas percibía la desnudez de su vientre, veía cómo temblaban las cadenas que conectaban sus pezones estrujados. Cada uno de sus gestos la hacía sentirse más desamparada. Se apartó de la última mesa y del hombre que le sonreía, recostado, con el codo apoyado en el brazo de la silla. Luego llenó la copa de lady Juliana y vio aquellos ojos tan brillantes y redondos que la miraban. —Encantadora, encantadora. Oh, de verdad me gustaría que no fuerais tan posesivo con ella —dijo lady Juliana—. Dejad la jarra, querida mía, y acercaos. Bella obedeció y regresó al lado de la silla de la dama. Se sonrojó al ver que ésta chasqueaba los dedos y le señalaba el suelo. La princesa se arrodilló y luego, movida por un extraño impulso, besó las pantuflas de lady Juliana. Todo pareció suceder muy lentamente. Bella se descubrió a sí misma inclinándose hacia las pantuflas de plata y luego besándolas fervorosamente. —Qué encanto —dijo lady Juliana—. Concededme tan sólo una hora con ella. Bella sintió la mano de la mujer que la acariciaba en la nuca, la tocaba suavemente y luego le recogía el pelo hacia atrás y lo alisaba con ternura. Le saltaron las lágrimas: «No soy nada», se dijo Bella. De nuevo experimentó aquella conciencia de sentir cierto cambio en sí misma, una especie de desesperación serena, que no era tal por las palpitaciones de su corazón. —Ni siquiera la tendría aquí —dijo el príncipe en voz baja— de no ser porque mi madre ordena que sea tratada como cualquier otra esclava, para que otros la disfruten. Si por mí fuera, la tendría encadenada al poste de la cama. Le pegaría, observaría cada una de sus lágrimas y cada cambio de color. Bella sintió que el corazón se le subía a la garganta como un pequeño puño que golpeara cada vez más rápidamente. —Incluso la convertiría en mi esposa... —Ah, os domina la locura. —Sí —dijo el príncipe—. Eso es lo que ella ha conseguido. ¿Están ciegos los demás? —No, por supuesto que no —dijo Juliana—, es encantadora. Pero cada cual busca su propio amor, eso ya lo sabéis. ¿Os gustaría que todos los demás estuvieran igual de locos por ella? —No —sacudió la cabeza. Y sin apartar los ojos del tablero de ajedrez estiró la mano para acariciar los pechos de Bella, levantándolos y apretándolos, provocando que ella se estremeciera. De repente todo el mundo se puso en pie. Los presentes deslizaron las sillas hacia atrás, sobre el suelo empedrado, y se levantaron para hacer una reverencia. Bella se volvió. La reina había entrado en la estancia. Bella pudo entrever su largo manto verde, la faja de bordados de oro que rodeaba su cadera y aquel diáfano velo que escondía levemente su cabello negro y le caía por la espalda hasta el extremo de la vestimenta. Bella se agachó todo lo que pudo sobre sus manos y rodillas sin saber cuál era su cometido. Tocó las piedras con la frente y contuvo el aliento. No obstante, pudo distinguir que la reina se aproximaba y se detenía justo ante ella. —Sentaos todos —dijo la soberana— y volved a vuestros juegos. Y vos, hijo mío, ¿cómo os va con esta nueva pasión? El príncipe se quedó sin palabras. -—Levantadla, mostradla —dijo la reina. Levantaron a Bella por las muñecas y al instante se quedó de pie, con los brazos retorcidos a la espalda y su dorso forzado en un arco de dolor. De súbito estaba atemorizada, gimiendo. Las abrazaderas parecían desgarrar sus pezones, las joyas entre sus piernas la partían en dos. Sentía palpitar su corazón detrás de la gema incrustada en su ombligo, y también lo notaba en los lóbulos de sus orejas comprimidas y en los párpados. Bella miraba al suelo, pero todo lo que podía ver era aquella cadena tremulante y la gran forma confusa de la reina, de pie sobre ella. Luego, la mano de la reina golpeó repentinamente los pechos de Bella con tanta fuerza que la hizo gritar, y al instante sintió los dedos del paje que le cerraban la boca. Gimió aterrorizada. Notó que le saltaban las lágrimas y que los dedos del paje se hundían en su mejilla. Y, sin pretenderlo, opuso resistencia. —Eh, eh, Bella —susurró el príncipe—. No mostráis a mi madre vuestra mejor disposición. Bella intentó calmarse, pero el paje la obligó a adelantarse con más rudeza. —No es tan mala —dijo la reina. Bella pudo sentir la fuerza de su voz y su crueldad. Fuera lo que fuese lo que le hiciera el príncipe, en él no percibía una crueldad tan absoluta. —Sólo me teme —dijo la reina—. Y desearía que vos me temierais más, hijo mío. —Madre, sed benévola con ella, por favor, os lo ruego —dijo el príncipe—. Permitidme que la tenga en mis aposentos, y que sea yo mismo quien la adiestre. No la enviéis de nuevo a la sala de los esclavos. Bella intentó serenar su llanto, aunque la mano del paje sobre su boca únicamente parecía empeorar las cosas. —Hijo mío, cuando haya demostrado su humildad, ya veremos —dijo la reina—. Mañana por la noche ejecutará el sendero para caballos. —Pero madre, es demasiado pronto. —La disciplina será buena para ella; la volverá maleable —contestó la reina y, dicho esto se volvió con un amplio gesto que dejó caer tras ella la cola de su manto y salió del salón. |
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| | #50 |
| Denunciante Novato | El paje soltó a la princesa. Inmediatamente el príncipe la cogió por las muñecas y la apremió a salir al corredor, con lady Juliana tras él. La reina había desaparecido y el príncipe, furioso, la hizo andar por delante de él. Los sollozos de Bella resonaban bajo los oscuros techos abovedados. —Oh, encanto, pobre encanto exquisito —decía lady Juliana. Por fin llegaron a las estancias del príncipe y, para desgracia de Bella, lady Juliana entró tras ellos como si en realidad no estuviera introduciéndose en la alcoba del príncipe. «¿Es que no tienen ningún decoro ni reserva entre ellos mismos? —pensó Bella—. ¿O es que unos y otros se degradan como hacen con nosotros?» Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que un sólo se encontraban en el estudio del príncipe, y rodeados de pajes. La puerta continuaba abierta. Entonces lady Juliana apartó a Bella de las manos del príncipe, y sus suaves y fríos dedos la apremiaron a arrodillarse ante su silla. A continuación la dama sacó, de algún lugar situado entre los pliegues de su vestido, un largo y estrecho cepillo con mango de plata y empezó a peinarla cariñosamente. —Esto os calmará, mi pobre y preciosa niña —dijo—. No os asustéis. Bella estalló en nuevos sollozos. Odiaba a esa dama tan encantadora. Quería destruirla. Se le ocurrían ideas salvajes, y sin embargo, al mismo tiempo, quería abrazarse a ella y llorar contra su pecho. Pensó en los amigos que había tenido en la corte de su padre, en sus damas de honor, en lo fácil que les resultaba mostrarse cariñosas entre ellas en tantísimas ocasiones, y quiso abandonarse al mismo afecto. El cepillado del pelo le provocó un hormigueo por todo el cuero cabelludo y también por sus brazos. Cuando la mano izquierda de la dama le cubrió los pechos y los meneó dulcemente, Bella se sintió indefensa. Abrió la boca y apoyó la frente en su rodilla, derrotada. —Pobre, cariño —dijo la dama—. El sendero para caballos no es tan horrible. Después agradeceréis haber sido tratada tan rigurosamente al principio, porque eso debilitará vuestra resistencia mucho antes. «Esos sentimientos ya me son conocidos», pensó Bella. —Quizá —continuó lady Juliana con el movimiento rítmico del cepillo— yo misma deba cabalgar a vuestro lado. ¿Qué podía significar esto? —Llevadla inmediatamente de vuelta a la sala de esclavos —ordenó el príncipe. No hubo ninguna explicación, ni despedidas, ¡ningún atisbo de ternura! Bella se volvió, se precipitó a cuatro patas hasta el príncipe y besó fervorosamente sus botas. Una y otra vez, ambas botas, esperando algo que desconocía, quizás un abrazo sincero de él, algo que aliviara el temor que le infundía el sendero para caballos. El príncipe aceptó los besos durante un buen rato, luego la levantó y la entregó a lady Juliana que enlazó las manos de Bella a la espalda. —Sed obediente, hermosa —dijo la dama. —Sí, de acuerdo, vos cabalgaréis a su lado —dijo el príncipe—. Pero debéis ofrecer un buen espectáculo. —Por supuesto, disfrutaré muchísimo tratando de conseguir un buen espectáculo —dijo la dama—, y será lo mejor para todos. Ella es una esclava, y todos los esclavos desean un señor y una ama firmes. Puesto que no pueden ser libres, no les gustan las ambivalencias. Yo seré sumamente estricta con ella, pero siempre cariñosa. —Llevadla de vuelta a la sala —dijo el príncipe—. Mi madre no me permitirá tenerla aquí. |
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