Respuesta: Las aventuras de Bella | Otra muchacha de gran hermosura era azotada mientras un paje movía la mano izquierda entre sus piernas para estimularla. Para horror de Bella, varias de las esclavas estaban de cara a la pared, montadas sobre falos con los que se estimulaban contorsionándose salvajemente mientras los pajes que se ocupaban de ellas les propinaban palazos despiadados. —Podréis ver que cada esclavo recibe una enseñanza individualizada. Esta princesa tiene que estimularse a sí misma sobre el falo hasta que logre su completa satisfacción. Sólo entonces cesarán los azotes, no importa lo irritada que esté. Pronto aprenderá a asociar la pala y el placer como una misma cosa, y sólo así podrá alcanzar el placer a pesar de la pala. O cuando se le ordene, diría yo. Por supuesto que ocasionalmente sus señores o amas les permitirán obtener tal satisfacción. Bella miró fijamente la fila de cuerpos que forcejeaban. Las muchachas tenían las manos atadas por encima de sus cabezas y los pies por debajo. Disponían de poco espacio para moverse sobre los falos de cuero. Se retorcían, intentaban ondularse lo mejor que podían, mientras inevitables lágrimas corrían por sus rostros. Bella sintió lástima de ellas, aunque deseó vehementemente cabalgar sobre el falo. Sabía que a ella no le hubiera llevado mucho tiempo complacer al paje que la azotaba, aunque se avergonzaba de pensarlo. Mientras miraba a la princesa que estaba más cerca, una muchacha con bucles rojizos, vio cómo ésta lograba finalmente su propósito, con la cara teñida de rojo y todo su cuerpo abandonado en un temblor violento. El paje la azotó con toda su fuerza. Finalmente se relajó, aunque estaba demasiado fatigada para sentir vergüenza; el paje le dio una suave palmada de aprobación y la dejó. Allí donde Bella miraba, veía algún tipo de adiestramiento. Más cerca, una muchacha con las manos enlazadas por encima de la cabeza aprendía a permanecer inmóvil de rodillas mientras le acariciaban las partes íntimas, sin bajar las manos para taparse. A otra la obligaban a llevar sus pechos hasta la boca del paje que se los lamía, y a sostenérselos mientras otro paje la examinaba. Lecciones de control, de dolor y placer. Las voces de los pajes eran severas en algunos casos, otras eran tiernas, mientras los monótonos vapuleos de las palas resonaban por todas partes. También había muchachas con los miembros extendidos que, de tanto en tanto, eran atormentadas para despertarlas y enseñarles lo que podían sentir, si es que todavía no lo sabían. —Pero para nuestra pequeña Bella estas lecciones no son necesarias —dijo lord Gregory—. Es una alumna consumada que no necesita aprendizaje. Quizá debiera ver la sala de castigos y comprobar cómo se fustiga a los esclavos desobedientes utilizando ese mismo placer que aquí han aprendido a experimentar.  |