Respuesta: Las aventuras de Bella El paje soltó a la princesa. Inmediatamente el príncipe la cogió por las muñecas y la apremió a salir al corredor, con lady Juliana tras él. La reina había desaparecido y el príncipe, furioso, la hizo andar por delante de él. Los sollozos de Bella resonaban bajo los oscuros techos abovedados. —Oh, encanto, pobre encanto exquisito —decía lady Juliana. Por fin llegaron a las estancias del príncipe y, para desgracia de Bella, lady Juliana entró tras ellos como si en realidad no estuviera introduciéndose en la alcoba del príncipe. «¿Es que no tienen ningún decoro ni reserva entre ellos mismos? —pensó Bella—. ¿O es que unos y otros se degradan como hacen con nosotros?» Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que un sólo se encontraban en el estudio del príncipe, y rodeados de pajes. La puerta continuaba abierta. Entonces lady Juliana apartó a Bella de las manos del príncipe, y sus suaves y fríos dedos la apremiaron a arrodillarse ante su silla. A continuación la dama sacó, de algún lugar situado entre los pliegues de su vestido, un largo y estrecho cepillo con mango de plata y empezó a peinarla cariñosamente. —Esto os calmará, mi pobre y preciosa niña —dijo—. No os asustéis. Bella estalló en nuevos sollozos. Odiaba a esa dama tan encantadora. Quería destruirla. Se le ocurrían ideas salvajes, y sin embargo, al mismo tiempo, quería abrazarse a ella y llorar contra su pecho. Pensó en los amigos que había tenido en la corte de su padre, en sus damas de honor, en lo fácil que les resultaba mostrarse cariñosas entre ellas en tantísimas ocasiones, y quiso abandonarse al mismo afecto. El cepillado del pelo le provocó un hormigueo por todo el cuero cabelludo y también por sus brazos. Cuando la mano izquierda de la dama le cubrió los pechos y los meneó dulcemente, Bella se sintió indefensa. Abrió la boca y apoyó la frente en su rodilla, derrotada. —Pobre, cariño —dijo la dama—. El sendero para caballos no es tan horrible. Después agradeceréis haber sido tratada tan rigurosamente al principio, porque eso debilitará vuestra resistencia mucho antes. «Esos sentimientos ya me son conocidos», pensó Bella. —Quizá —continuó lady Juliana con el movimiento rítmico del cepillo— yo misma deba cabalgar a vuestro lado. ¿Qué podía significar esto? —Llevadla inmediatamente de vuelta a la sala de esclavos —ordenó el príncipe. No hubo ninguna explicación, ni despedidas, ¡ningún atisbo de ternura! Bella se volvió, se precipitó a cuatro patas hasta el príncipe y besó fervorosamente sus botas. Una y otra vez, ambas botas, esperando algo que desconocía, quizás un abrazo sincero de él, algo que aliviara el temor que le infundía el sendero para caballos. El príncipe aceptó los besos durante un buen rato, luego la levantó y la entregó a lady Juliana que enlazó las manos de Bella a la espalda. —Sed obediente, hermosa —dijo la dama. —Sí, de acuerdo, vos cabalgaréis a su lado —dijo el príncipe—. Pero debéis ofrecer un buen espectáculo. —Por supuesto, disfrutaré muchísimo tratando de conseguir un buen espectáculo —dijo la dama—, y será lo mejor para todos. Ella es una esclava, y todos los esclavos desean un señor y una ama firmes. Puesto que no pueden ser libres, no les gustan las ambivalencias. Yo seré sumamente estricta con ella, pero siempre cariñosa. —Llevadla de vuelta a la sala —dijo el príncipe—. Mi madre no me permitirá tenerla aquí. |