DONCELLA DE SERVICIO
Bella no podía creer en su mala suerte cuando, al entrar en la sala de recepciones, vio que la encantadora lady Juliana estaba jugando al ajedrez con el príncipe, así como otras hermosas damas, sentadas ante diversos tableros. También había varios nobles, incluido un anciano cuyo pelo blanco le caía profusamente sobre los hombros.
¿Por qué tenía que estar lady Juliana, con sus gestos graciosos y su encanto, sus espesas trenzas peinadas esa noche con cinta carmesí, los pechos hermosamente moldeados por su vestido de terciopelo y su risa, que ya llenaba el aire mientras el príncipe le susurraba alguna agudeza?
Bella no sabía exactamente cuáles eran sus sentimientos. ¿Sentía celos? ¿O sencillamente la humillación habitual?
León la había engalanado de un modo tan cruel que hubiera preferido estar desnuda.
En primer lugar, León había eliminado a base de restregones todos los fluidos del príncipe. Luego trenzó un solo mechón tupido de cabello a cada lado, que sujetó hacia atrás con orquillas de tal manera que la mayor parte de la cabellera siguiera suelta. A continuación había colocado unas pequeñas abrazaderas adornadas con piedras preciosas en sus pezones; conectadas entre sí por dos cadenas de oro fino que parecían un collar.
Las abrazaderas le hacían daño y las cadenas se movían, como antes las campanas, cada vez que Bella respiraba. Pero, cuando verdaderamente se horrorizó fue al descubrir que aquello no era todo.
Los dedos rápidos, de movimientos elegantes, de León exploraron su ombligo, donde le aplicó un engrudo en el que incrustó un broche reluciente: una piedra preciosa rodeada de perlas. Bella se quedó sin respiración. Tenía la sensación de que alguien le apretaba allí, de que intentaban entrar en ella, como si el ombligo se hubiera convertido en una vagina. Esta sensación no cesaba, todavía la experimentaba en aquel mismo instante.
Luego, León colgó de sus orejas unos pesados pendientes que colgaban de apretadas abrazaderas de oro que le rozaban el cuello cuando se movía; y, por supuesto, sus labios púbicos no podían aparecer desnudos sino que debían llevar el mismo adorno. Para la parte superior de los brazos, León escogió unos brazaletes en forma de serpiente, y manillas enjoyadas para las muñecas, cuyo efecto hacía que se sintiera aún más desnuda. Engalanada pero, no obstante, desnuda. Era desconcertante.
Finalmente, le rodeó el cuello con una gargantilla enjoyada y en la mejilla izquierda le colocó una pequeña gema, como marca de belleza, adherida con engrudo.
Le molestaba enormemente. Quería restregársela, y se imaginaba cómo relucía. Le parecía que incluso podía verla por el rabillo del ojo. Pero cuando se sintió realmente asustada fue en el instante en que León le echó la cabeza hacia atrás con un ligero movimiento y le ensartó un pequeño y delicado anillo de oro en la ventana de la nariz. Las puntas perforaban la piel, no en profundidad pero lo suficiente para mantenerse en su sitio. Sin embargo, Bella casi se puso a llorar, de tantas ganas como tenía de arrancarlo, igual que la joya; de hecho, quería desprenderse de todos aquellos adornos, aunque León la piropeaba:
—Ah, cuando me dan algo verdaderamente hermoso con que trabajar puedo lucir toda mi destreza —suspiró. Le cepilló enérgicamente el pelo y a continuación le dijo que estaba lista.
En aquel instante Bella entraba a cuatro patas en el enorme salón umbrío y se apresuró a acercarse al príncipe, a quien besó de inmediato las botas.
Él no levantó la vista del tablero de ajedrez y, para humillación de Bella, que bullía de vergüenza, fue lady Juliana quien la saludó.
—Ah, pero si es nuestra preciosidad; qué encantadora está. Incorporaos sobre vuestras rodillas, preciosa mía —dijo con su voz jovial, despreocupada, y se echó una de las trenzas por encima del hombro. Apoyó la mano en la garganta de Bella para examinar el collar enjoyado, y un hormigueo provocado por sus dedos pareció recorrer la carne de la princesa, que ni siquiera se atrevió a mirar furtivamente el rostro de la joven mujer.
«¿Por qué no estoy sentada ahí donde está ella, exquisitamente vestida, libre y orgullosa? —se preguntó Bella—. ¿Qué ha sido de mí, que debo estar aquí, arrodillada ante ella, para ser tratada como algo inferior a un ser humano? ¡Soy una princesa! —Luego pensó en todos los demás príncipes y princesas y se sintió ridícula—. ¿Tendrán estos mismos pensamientos?» Esta mujer la atormentaba más que cualquier otra persona. Pero lady Juliana aún no estaba contenta. —Levantaos, querida, para que pueda echaros un vistazo, y no me obliguéis a deciros que os pongáis las manos detrás del cuello ni que estiréis las piernas.
Bella oyó risas a su espalda y el comentario de alguien que decía que el nombre de la esclava del príncipe era, en efecto, muy apropiado. Bella se sintió aún más desprotegida al percatarse de que en esta sala no había más esclavos.
Cerró de nuevo los ojos, como cuando lady Juliana la inspeccionó por primera vez, y notó las manos de la dama en sus muslos y luego varios pellizcos en su nalgas. «Oh, ¿por qué no podrá dejarme en paz, no sabe cómo sufro?», pensó Bella, y mirando a través de los párpados pudo ver la sonrisa alegre de la dama.
—¿Qué piensa su majestad de ella? —preguntó lady Juliana con curiosidad genuina, mientras dirigía una rápida mirada al príncipe que continuaba sumido en sus reflexiones.
—No lo aprueba —murmuró el príncipe—. Me acusa de sentir pasión por ella.
Bella intentó mantener la calma, allí arrodillada como si estuviera de servicio. Oyó risas y retazos de conversaciones a su alrededor, así como el sonido sordo de la voz del anciano. Una mujer comentaba que la muchacha del príncipe debería servir el vino, ¿o no?, para que todo el mundo pudiera verla.
«¿No me han visto ya?», se preguntó Bella. ¿Es posible que fuera peor que en el Gran Salón? ¿Y qué sucedería si derramaba el vino?
—Bella, id hasta el aparador y coged la jarra. Servid el vino con cuidado, sin cometer errores, y regresad luego a mi lado —dijo el príncipe, sin mirarla.