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Antiguo 24-08-2011 , 09:30:04   #49
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

La princesa avanzó entre las sombras para buscar la jarra de oro que estaba encima del aparador. Le llegó el aroma afrutado del vino y se volvió, sintiéndose torpe y desgarbada, para acercarse a la primera mesa. «Una simple doncella, una esclava», pensó de forma más vehemente que cualquier otro pensamiento que hubiera pasado por su mente mientras la exhibían en público.
Con manos temblorosas, sirvió el vino lentamente, una copa tras otra, y a través de sus ojos llorosos distinguió las sonrisas y oyó los cumplidos que le susurraban. De vez en cuanto alguna mujer o algún hombre altivo se mostraban indiferentes a ella. En una ocasión la sorprendió un pellizco en el trasero y soltó un grito que provocó una risotada general.
Cuando se inclinaba sobre las mesas percibía la desnudez de su vientre, veía cómo temblaban las cadenas que conectaban sus pezones estrujados. Cada uno de sus gestos la hacía sentirse más desamparada.
Se apartó de la última mesa y del hombre que le sonreía, recostado, con el codo apoyado en el brazo de la silla.
Luego llenó la copa de lady Juliana y vio aquellos ojos tan brillantes y redondos que la miraban.
—Encantadora, encantadora. Oh, de verdad me gustaría que no fuerais tan posesivo con ella —dijo lady Juliana—. Dejad la jarra, querida mía, y acercaos.
Bella obedeció y regresó al lado de la silla de la dama. Se sonrojó al ver que ésta chasqueaba los dedos y le señalaba el suelo. La princesa se arrodilló y luego, movida por un extraño impulso, besó las pantuflas de lady Juliana. Todo pareció suceder muy lentamente. Bella se descubrió a sí misma inclinándose hacia las pantuflas de plata y luego besándolas fervorosamente.
—Qué encanto —dijo lady Juliana—. Concededme tan sólo una hora con ella.
Bella sintió la mano de la mujer que la acariciaba en la nuca, la tocaba suavemente y luego le recogía el pelo hacia atrás y lo alisaba con ternura. Le saltaron las lágrimas: «No soy nada», se dijo Bella. De nuevo experimentó aquella conciencia de sentir cierto cambio en sí misma, una especie de desesperación serena, que no era tal por las palpitaciones de su corazón.
—Ni siquiera la tendría aquí —dijo el príncipe en voz baja— de no ser porque mi madre ordena que sea tratada como cualquier otra esclava, para que otros la disfruten. Si por mí fuera, la tendría encadenada al poste de la cama. Le pegaría, observaría cada una de sus lágrimas y cada cambio de color.
Bella sintió que el corazón se le subía a la garganta como un pequeño puño que golpeara cada vez más rápidamente.
—Incluso la convertiría en mi esposa...
—Ah, os domina la locura.
—Sí —dijo el príncipe—. Eso es lo que ella ha conseguido. ¿Están ciegos los demás?
—No, por supuesto que no —dijo Juliana—, es encantadora. Pero cada cual busca su propio amor, eso ya lo sabéis. ¿Os gustaría que todos los demás estuvieran igual de locos por ella?
—No —sacudió la cabeza. Y sin apartar los ojos del tablero de ajedrez estiró la mano para acariciar los pechos de Bella, levantándolos y apretándolos, provocando que ella se estremeciera.
De repente todo el mundo se puso en pie.
Los presentes deslizaron las sillas hacia atrás, sobre el suelo empedrado, y se levantaron para hacer una reverencia.
Bella se volvió.
La reina había entrado en la estancia. Bella pudo entrever su largo manto verde, la faja de bordados de oro que rodeaba su cadera y aquel diáfano velo que escondía levemente su cabello negro y le caía por la espalda hasta el extremo de la vestimenta.
Bella se agachó todo lo que pudo sobre sus manos y rodillas sin saber cuál era su cometido. Tocó las piedras con la frente y contuvo el aliento. No obstante, pudo distinguir que la reina se aproximaba y se detenía justo ante ella.
—Sentaos todos —dijo la soberana— y volved a vuestros juegos. Y vos, hijo mío, ¿cómo os va con esta nueva pasión?
El príncipe se quedó sin palabras. -—Levantadla, mostradla —dijo la reina. Levantaron a Bella por las muñecas y al instante se quedó de pie, con los brazos retorcidos a la espalda y su dorso forzado en un arco de dolor. De súbito estaba atemorizada, gimiendo. Las abrazaderas parecían desgarrar sus pezones, las joyas entre sus piernas la partían en dos. Sentía palpitar su corazón detrás de la gema incrustada en su ombligo, y también lo notaba en los lóbulos de sus orejas comprimidas y en los párpados.
Bella miraba al suelo, pero todo lo que podía ver era aquella cadena tremulante y la gran forma confusa de la reina, de pie sobre ella.
Luego, la mano de la reina golpeó repentinamente los pechos de Bella con tanta fuerza que la hizo gritar, y al instante sintió los dedos del paje que le cerraban la boca.
Gimió aterrorizada. Notó que le saltaban las lágrimas y que los dedos del paje se hundían en su mejilla. Y, sin pretenderlo, opuso resistencia.
—Eh, eh, Bella —susurró el príncipe—. No mostráis a mi madre vuestra mejor disposición.
Bella intentó calmarse, pero el paje la obligó a adelantarse con más rudeza.
—No es tan mala —dijo la reina. Bella pudo sentir la fuerza de su voz y su crueldad. Fuera lo que fuese lo que le hiciera el príncipe, en él no percibía una crueldad tan absoluta.
—Sólo me teme —dijo la reina—. Y desearía que vos me temierais más, hijo mío.
—Madre, sed benévola con ella, por favor, os lo ruego —dijo el príncipe—. Permitidme que la tenga en mis aposentos, y que sea yo mismo quien la adiestre. No la enviéis de nuevo a la sala de los esclavos.
Bella intentó serenar su llanto, aunque la mano del paje sobre su boca únicamente parecía empeorar las cosas.
—Hijo mío, cuando haya demostrado su humildad, ya veremos —dijo la reina—. Mañana por la noche ejecutará el sendero para caballos.
—Pero madre, es demasiado pronto.
—La disciplina será buena para ella; la volverá maleable —contestó la reina y, dicho esto se volvió con un amplio gesto que dejó caer tras ella la cola de su manto y salió del salón.

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