Si me he dado cuenta... esperemos que los visitantes sean más... considerados.... jejejeje
OBLIGACIONES EN LA ALCOBA DEL PRÍNCIPE
El príncipe estaba acabando de cenar cuando llevaron a Bella a su presencia. El castillo bullía de vida. Las antorchas llameaban en los largos y altos pasillos abovedados. El príncipe estaba en una especie de biblioteca y comía solo, sentado en una mesa estrecha. A su alrededor se movían varios ministros con documentos para firmar, y sólo se oían sus pasos y el sonido de los rollos de pergamino.
Bella se arrodilló junto a la silla del príncipe, atenta al ruido del roce de su pluma, y cuando se cercioró de que no se daría cuenta, alzó la vista para mirarlo.
Le pareció que estaba resplandeciente. Llevaba un sobretodo de terciopelo azul ribeteado de plata, con su escudo de armas blasonado en una gruesa faja de seda. Los lazos laterales del sobretodo estaban aflojados y a través de ellos Bella podía ver su camisa blanca. También pudo admirar los músculos firmes de sus piernas enfundadas en unos largos y ajustados pantalones de franela.
El príncipe dio unos cuantos bocados más de aquella carne mientras a Bella le servían un plato sobre el suelo empedrado. La princesa bebió rápidamente con los labios el vino que el príncipe vertió en un cuenco para ella y comió la carne con toda la delicadeza que le permitía no hacer uso de los dedos. Tenía la impresión de que él la estaba observando. El príncipe le pasó unos pedazos de queso y fruta, y emitió un leve sonido de satisfacción. Al final, Bella limpió el plato con la lengua.
La princesa hubiera hecho cualquier cosa para demostrar lo contenta que se sentía de estar de nuevo con él, y súbitamente recordó que todavía no le había besado las botas por lo que se apresuró a hacerlo inmediatamente. El olor a cuero limpio, lustrado, le pareció delicioso. Sintió su mano en la parte posterior del cuello y, cuando levantó la vista, él le dio, una a una, un racimo de uvas, llevándoselas a la boca subiendo cada una de ellas un poco más para que al cogerla Bella tuviera que levantarse sobre sus talones.
El príncipe meneó la última uva en el aire. Bella se lanzó hacia arriba para cogerla en la boca y la alcanzó. Luego, vencida por la vergüenza, inclinó la cabeza. ¿Estaría él satisfecho? Después de todo lo que había presenciado a lo largo del día, él parecía su salvador. Ahora que estaba con él, la princesa hubiera llorado de felicidad.
Lord Gregory hubiese deseado que ella comiera con los esclavos, e incluso le mostró el comedor, donde había dos largas filas de príncipes y princesas, todos ellos arrodillados y con las manos atadas a la espalda, que comían con sus ávidas boquitas de los platos colocados en una mesa baja que tenían delante. Estaban reclinados de tal forma que, cuando ella pasó, se sintió aturdida al ver tal cantidad de traseros irritados. Eran todos parecidos pero cada cuerpo era diferente. Los príncipes mostraban menos su cuerpo si mantenían las piernas juntas, ya que de esta manera su escroto quedaba oculto, pero las muchachas no podían hacer nada para esconder sus labios púbicos, y aquello la alarmó.
El príncipe la reclamó de inmediato en su habitación, y al instante Bella estaba con él. León le retiró el pequeño sello de su centro secreto de placer y ella sintió el primer estremecimiento de deseo. No le importaba que los sirvientes se movieran a su alrededor o que el último ministro esperara, solícito, en las proximidades. La princesa besó de nuevo las botas de su alteza.
—Es muy tarde —dijo él—. Habéis descansado largo rato y veo que os ha sentado muy bien.
Bella esperó.
—Miradme —le dijo.
Cuando ella lo hizo, se sintió aturdida por la belleza y ferocidad de sus ojos negros. Tuvo la impresión de que se le cortaba la respiración.
—Venid —dijo él, levantándose y despidiendo al ministro—. Es la hora de la lección.
El príncipe se dirigió veloz a su alcoba y ella lo siguió andando a cuatro patas, apresurándose a adelantarse cuando él esperó a que ella abriera la puerta, para dejarlo pasar y entrar luego tras él.
«Si al menos pudiera dormir aquí y vivir aquí», pensó Bella. No obstante, sintió miedo cuando vio que él se volvía hacia ella con las manos en la cintura. Recordó los azotes que recibió con la correa la noche anterior y se estremeció.
Junto a él había un alto velador. El príncipe alargó la mano, la metió en un pequeño cofrecito cubierto por un paño y sacó lo que parecía un manojo de campanillas de cobre.
—Venid aquí, mi querida niña consentida —dijo amablemente—. Decidme, ¿habéis atendido alguna vez a un príncipe en su alcoba, lo habéis vestido y servido? —preguntó.
—No, mi príncipe —contestó Bella, y se apresuró a situarse a sus pies.
—Incorporaos sobre vuestras rodillas —ordenó él.
Ella obedeció colocándose las manos detrás del cuello, y entonces vio las campanillas de cobre que el príncipe sostenía en la mano. Cada una de ellas estaba sujeta a una abrazadera de resorte.
Antes de que Bella pudiera protestar, él le aplicó una al pezón derecho, con sumo cuidado. No apretaba lo suficiente como para hacerle daño pero se agarró al pezón y lo estrujó, endureciéndolo. Ella contemplaba cómo le aplicaba otra al pezón izquierdo y, sin querer, tomó aliento al sentir la presión de la campanilla, lo que provocó que ambas campanas sonaran muy débilmente. Eran pesadas, y tiraban de ella. Entonces se sonrojó, deseó desesperadamente sacudírselas. Hacían que sus pechos pesaran más y notaba que le dolían.