La siguiente víctima, otra princesa, estaba incluso más entregada a sus ruegos mudos por autosatisfacerse. Su sexo era pequeño, de gruesos labios, como una boca entre una mata de rizos marrones. Todo su cuerpo se retorcía esforzándose por conseguir mayor contacto con el lord vestido de terciopelo, que en aquel instante la dejó para ir a molestar y atormentar a otro.
Lord Gregory chasqueó los dedos.
Bella volvió a apoyarse a cuatro patas y lo siguió.
—¿Es necesario que os diga que sois muy adecuada para este tipo de castigo, princesa? —preguntó.
—No, milord —susurró Bella, que se preguntaba si lord Gregory tendría poder para castigarla de este modo sin ningún motivo. Añoró al príncipe y los días en que él era el único que tenía poder sobre ella. No podía pensar en nada más que en él. ¿Cómo había osado contrariarlo al mirar al príncipe Alexi? Pero sólo de pensar en el príncipe Alexi, Bella se sumía en el más desvalido padecimiento, aunque si pudiera estar en los brazos de su alteza, no pensaría en nadie sino en él; ansiaba su tierno castigo.
—Sí, querida mía, ¿queríais hablar? —preguntó lord Gregory, pero en su tono había algo rudo.
—Decidme únicamente cómo obedecer, milord, cómo agradar, cómo evitar esta disciplina.
—Para empezar, preciosa mía —dijo con enfado—, dejad de admirar y de contemplar a los esclavos varones cada oportunidad que se os presenta. ¡No os recreéis tanto en todo lo que os muestro para asustaros!
Bella se quedó boquiabierta.
—Y nunca, nunca más, volváis a pensar en el príncipe Alexi.
Bella sacudió la cabeza:
—Haré lo que me digáis, milord —dijo con ansiedad.
—Recordad que la reina no está en absoluto complacida con la pasión que su hijo siente por vos. Desde que era un muchacho ha estado rodeado por un millar de esclavos y en ninguno de ellos ha encontrado un objeto de devoción como vos. A la reina no le gusta.
—Oh, pero ¿qué puedo hacer yo? —lloriqueó suavemente Bella.
—Podéis exhibir una obediencia intachable a todos vuestros superiores, y no hacer nada que parezca rebelde o inusual.
—Sí, milord —repitió Bella.
—Sabéis que anoche os vi observando al príncipe Alexi —dijo en un susurro amenazador.
Bella se encogió. Se mordió el labio e intentó no llorar.
—Podría explicárselo a la reina en este mismo instante.
—Sí, milord —susurró.
—Pero sois muy joven y encantadora. Por una ofensa así, sufriríais el tormento más terrible; os expulsarían del castillo y os enviarían al pueblo, y eso sería más de lo que podríais soportar...
Bella empezó a temblar. «El pueblo, ¿qué quería decir con esto?»
Lord Gregory continuó:
—No estaría bien que un esclavo particular de la reina o del príncipe de la corona fuera condenado a un castigo tan ignominioso, jamás un esclavo favorito sufrió tal condena —inspiró profundamente como para enfriar su furia—. Cuando estéis debidamente adiestrada, seréis una esclava espléndida, y no hay razón por la que finalmente el príncipe, y todo el mundo no deban disfrutar de vos. Estoy aquí, en definitiva, para hacer algo por vos, no para veros destruida.
—Sois sumamente amable y misericordioso —susurró Bella, pero las palabras «el pueblo», habían causado una impresión indeleble. Si al menos pudiera preguntar...
Una joven dama acababa de entrar en la estancia, y cruzó la puerta con mucho ímpetu. Su largo pelo rubio estaba recogido en gruesas trenzas y llevaba un vestido de color borgoña intenso ribeteado de armiño. Antes de que Bella volviera a bajar la vista, pudo ver a la dama por entero, sus mejillas rubicundas y los grandes ojos marrones que recorrían la sala de castigos como si buscaran a alguien.
—Oh, lord Gregory, qué placer veros —dijo, y mientras él se inclinaba, ella hizo una graciosa reverencia. Bella se quedó anonadada ante su encanto y a continuación se sintió avergonzada y vulnerable. Contempló las preciosas pantuflas plateadas de la dama y los anillos que llevaba en los dedos de la mano derecha, que recogían los faldones graciosamente.
—¿En qué podría serviros, lady Juliana? —preguntó lord Gregory. Bella se sentía desconsolada. Agradeció que la dama en ningún momento la mirara pero luego se sintió otra vez pésimamente. Ella no era nada para esta mujer que estaba vestida; ella, una dama, era libre de hacer todo lo que le apeteciera, mientras que a Bella, una abyecta esclava desnuda, sólo le permitían postrarse de rodillas ante ella.
—Oh, pero si está ahí, esa traviesa Lizetta —dijo la dama, y la jovialidad desapareció de su rostro mientras sus labios temblaban levemente. Cuando se acercó a la princesa, había dos pequeños puntos de color en sus mejillas—. Hoy ha sido tan consentida y mala.
—Bueno, está siendo castigada con toda severidad por ello, milady —dijo lord Gregory—. Treinta y seis horas aquí deberían mejorar su genio.
La dama dio varios pasos al frente con suma delicadeza para escudriñar el sexo que exhibía la princesa Lizetta. Y ésta, ante la estupefacción de Bella, no intentó esconder su rostro sino que continuó mirando fija y suplicantemente a los ojos de la dama. Profirió varios gemidos tan implorantes como los que anteriormente había emitido el príncipe que tenía a su lado. Y mientras se retorcía en el gancho, su cuerpo se meció ligeramente hacia delante.
—Sois una niña mala, eso es lo que sois —susurró la dama como si regañara a una criatura—. Me habéis decepcionado. Había preparado la cacería para diversión de la reina y os había escogido a vos especialmente.
Los gemidos de la princesa Lizetta se tornaron más insistentes. Parecía haber perdido la esperanza o el orgullo o la rabia. Mostraba el rostro contraído y rosado, la mordaza parecía sumamente dolorosa y sus enormes ojos destellantes suplicaban a la dama.
—Lord Gregory —dijo la dama—, pensad en algo especial.
Entonces, la dama alargó la mano con gran delicadeza y refinamiento y pellizcó con fuerza los labios púbicos, que exudaron humedad. Bella estaba horrorizada, pero la tortura continuaba puesto que ahora la dama pellizcaba consecutivamente el labio derecho y el izquierdo, lo que provocó que la muchacha mostrara una mueca de dolor y angustia.
Mientras tanto, lord Gregory chasqueó los dedos diciéndole al caballero que sostenía el instrumento de hierro parecido a una garra unas palabras de las que Bella sólo pudo oír: «intensificará el castigo.»