Vi esclavos desnudos amarrados a arados o trabajando a cuatro patas entre el trigo. La
sensación de completa desnudez se intensificó.
Otros corceles humanos que avanzaban precipitadamente, cruzándose con nosotros,
evocaron en mí una agitación cada vez mayor. Yo tenía exactamente el mismo aspecto
que ellos. Era uno más.
En aquel instante tomamos un pequeño cami no y trotamos con brío en dirección a una
gran casa solariega con muros de entramado y varias chimeneas que se elevaban desde
su encumbrado tejado de pizarra. El látigo me azuzaba entonces sólo con leves azotes
que me escocían y hacían vibrar mis músculos.
Una cruel sacudida de las riendas nos hizo detenernos. Mi cabeza retrocedió
bruscamente y solté un grito incontenible que sonó completa mente distorsionado a
causa de la gruesa emboca dura, y me encontré allí parado con los demás, ja deantes y
temblorosos, mientras se asentaba el polvo del camino.
LA GRANJA Y EL ESTABLO
Tristán:
En ese mismo instante se acercaron a nosotros varios esclavos y, por los crujidos del
carruaje, supe que ayudaban al amo y a la señora a bajar.
Estos mismos esclavos, todos ellos hombres muy morenos, con el enmarañado pelo
blanqueado y brillante por la acción del sol, comenzaron a retirarnos las guarniciones.
Asimismo, me sacaron del trasero el inmenso falo, que dejaron atado al carruaje. Solté
la cruel mordaza con un resoplido y sentí que me quedaba como un saco vacío, sin
carga y sin voluntad.
Dos jóvenes vestidos con ropas sencillas llega ron hasta .nosotros y con largas varas
planas de madera me obligaron a mí y a los demás corceles humanos a dirigirnos por un
estrecho sendero que conducía aun edificio bajo que obviamente era una cuadra.
Nos forzaron de inmediato a doblarnos por la cintura, sobre un enorme travesaño de
madera, de tal manera que comprimía nuestros penes, y nos apremiaron a morder unas
anillas de cuero que colgaban de otra barra tan basta como la que te níamos ante
nosotros. Tuve que estirarme para atraparla entre mis dientes, con el travesaño
presionándome el vientre e hincándose en la carne.
Mis pies casi no tocaban el suelo cuando lo conseguí. Continuaba con los brazos
enlazados a la espalda, así que no podía agarrarme. Pero no me caí. Mordí firmemente
el blando cuero de la anilla, como los demás, y cuando el agua tibia salpicó mis
doloridas piernas y espalda, me sentí tremen damente agradecido por ello.
Nunca había experimentado algo tan delicio so, pensé. Aunque cuando me secaron todo
el cuerpo y aplicaron aceite sobre mis músculos sen tí el éxtasis, pese a tener el cuello
estirado de un modo tan tortuoso. Poco importaba que los bron ceados esclavos de pelo
enmarañado trabajaran con rudeza y rapidez, apretando los dedos con fuerza sobre las
erupciones y heridas. Por todas partes se oían gruñidos y quejidos, de dolor y de placer,
y al mismo tiempo del esfuerzo que supo nía morder la anilla. Luego nos quitaron el
calza do y también untaron de aceite mis ardientes pies, provocándome un hormigueo
exquisito.
A continuación nos obligaron a levantarnos y nos guiaron hasta otro travesaño donde
nos forzaron a encorvarnos de la misma forma sobre un abrevadero, para poder devorar
con la lengua la comida allí dispuesta, como si fuéramos caballos.
Los esclavos comían con avidez. Yo me esforcé por sobreponerme a la intensa
mortificación que me provocaba aquella visión. Pero enseguida me metieron la cara en
el estofado. Era suculento y sabroso. Otra vez mis ojos se llenaron de lágri mas, pero
lamí con el mismo descuido que los de más mientras uno de los criados me apartaba el
ca bello de la cara y lo acariciaba casi amorosamente.
Me di cuenta de que lo hacía del mismo modo que uno acaricia un hermoso caballo. De
hecho, me daba palmaditas como si mi trasero fuera una gru pa. Aquella mortificación
volvía a propagarse vertiginosamente por todo mi ser. Mi verga estaba de nuevo
comprimida contra el travesaño que la mantenía doblada hacia el suelo, y los testículos
parecían despiadadamente pesados.