Todos los esclavos en tropel fueron enviados correteando hasta
otro grupo de árboles; yo era el único al que guiaban con un falo. Al instante, la cara se
me puso al rojo vivo pero, por mucho que me afanara, el instrumento me empujaba sin
clemencia hacia delante. La hierba me torturaba el pene, las más tiernas partes interiores
de los muslos e incluso mi garganta cada vez que recogía atropelladamente las
manzanas. Pero nada podía detenerme en mi
intento de seguir la marcha. Cuando atisbé las figuras del amo y la señora que se
alejaban en dirección a la casa, sentí un rubor de gratitud: no iban a presenciar mi
torpeza; luego, continué trabajando con ahínco.
Finalmente, todos los cestos estuvieron lle nos. Buscamos en vano más manzanas. Me
empujaron para que siguiera al pequeño grupo que se ponía de pie y empezaba a trotar
de vuelta hacia las cuadras, con los brazos doblados a la espalda como si estuvieran
maniatados. Pensé que el falo me dejaría entonces tranquilo, pero continuaba allí,
punzándome y dirigiéndome, mientras yo me esforzaba por seguir el ritmo de los otros.
La visión de las cuadras me llenó de terror, aunque todavía no sabía bien por qué.
Entre azotes, nos hicieron entrar a una larga sala cuyo suelo cubierto de heno resultó
agradable bajo mis pies. Luego cogieron a los otros esclavos, uno a uno, y los colocaron
bajo una larga y gruesa viga situada a poco más de un metro por encima del suelo y más
o menos a esa distancia de la pared que había detrás. A cada esclavo le ataban los brazos
alrededor de la viga, con los codos pronuncia damente hacia fuera. Les echaban las
piernas hacia atrás, muy separadas, lo que les mantenía por de bajo de la viga, con la
verga y los testículos ex puestos de un modo doloroso. Todas las cabezas estaban
inclinadas hacia el suelo bajo la viga, con el pelo caído y los rostros enrojecidos.
Esperé, tembloroso, a que me sometieran a la misma tortura. No me pasó por alto la
rapidez con que habían dispuesto todo esto, con los cinco esclavos ligados en un visto y
no visto, pero a mí me reservaban aparte. El temor me consumía cada vez con más
intensidad.
A continuación, me forzaron a ponerme otra vez a cuatro patas y me condujeron ante el
prime ro de los esclavos, el que había encabezado el grupo, un fornido rubio que se
retorció y sacó las caderas al acercarme yo, esforzándose al parecer por lograr cierto
alivio en aquella patética posición.
De inmediato comprendí lo que tendría que hacer, pero la perplejidad más absoluta me
dejó paralizado. El grueso y reluciente miembro que tenía ante mi rostro intensificó mi
propia apeten cia. ¡Vaya tortura para mi propio órgano sería la merlo! Sólo me quedaba
esperar clemencia des pués de ver aquello. Pero en cuanto abrí la boca, el criado
introdujo su falo.
Primero los testículos advirtió, un buen repaso con la lengua. El príncipe gemía y
meneaba las caderas hacia mí. Yo me apresuré a obedecer, con las nalgas oprimidas por
el falo y con mi propio pene a pun to de reventar. Mi lengua lamió la piel suave y sa
lada levantando los testículos. Luego dejé que se escurrieran de mi boca para después
lamerlos de prisa, intentando cubrirlos con mis labios mien tras me intoxicaba del sabor
a sal y a carne cálida.
El príncipe culebreaba, se retorcía y flexionaba cuanto podía las musculadas piernas en
el reduci do espacio mientras yo chupaba. Abarqué con mi boca todo el escroto,
lamiéndolo y mordisqueán dolo. Incapaz de esperar más a llegar al pene, dejé los
testículos y rodeé el miembro con mis labios, lanzándome hasta el nido de vello púbico
en un furor de lametazos. Continué moviéndome ade lante y atrás hasta que caí en la
cuenta de que el príncipe impelía su propio ritmo. Así que lo único que hice fue
mantener la cabeza quieta, con el falo ardiendo en mi ano, mientras la verga entraba y
salía, escurriéndose entre mis labios, rozando mis dientes. Su grosor, humedad y la lisa
punta que chocaba contra mi paladar aumentaban el delirio mientras mis caderas se
sumaban impúdicamente a la danza, subiendo y bajando mecánicamente al mismo
ritmo. Pero cuando el esclavo se vació en mi garganta, no hubo ningún alivio para mi
pene, que se agitaba en el aire vacío. Lo único que pude hacer fue tragar el fluido
amargo y salado.