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Antiguo 23-09-2011 , 09:01:44   #138
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Inmediatamente me apartaron y me acercaron un plato con vino para
que lo lamiera. A conti nuación me obligaron a pasar al siguiente príncipe situado en la
fila de espera, quien ya se debatía pe nosamente con un ritmo ineludible.
Cuando llegué al final de la hilera la mandíbu la me dolía, y también la garganta. Mi
verga no podía estar más erecta y ansiosa. En este instante me encontraba a merced del
criado, y como míni mo esperaba de él un indicio de que experimenta ría algún alivio a
la tortura. Sin embargo, el mozo me ató de inmediato a la viga, me puso los brazos en
torno a ésta y las pier nas en la misma incómoda y degradante postura agachada bajo la
madera. Ningún esclavo me sa tisfizo. Cuando el criado nos dejó a solas en la cuadra
vacía, rompí a lloriquear con gemidos con tenidos, mientras mis caderas se estiraban
inútil mente hacia delante.
El establo se había quedado en silencio. Los otros debían de haberse quedado
profundamente dormidos. El sol del atardecer se filtraba como la neblina a través de la
puerta abierta. Soñé con el ansiado alivio en todas sus formas glorio sas; lord Stefan
tendido en la hierba debajo de mí tiempo atrás cuando éramos amigos y amantes, antes
de que ninguno de los dos hubiera llegado a este extraño reino; el delicioso sexo de
Bella mon tado sobre mi pene; la delicada mano de mi señor tocando mi cuerpo.
Pero todo esto sólo sirvió para empeorar el tormento.
Luego, el esclavo que tenía junto a mí, empezó a hablarme en voz baja:
Siempre es así dijo somnoliento. El prín cipe estiró el cuello y meneó la cabeza para que
su cabello negro cayera suelto con más libertad. Yo podía ver tan sólo una parte de su
rostro que, como el del resto de esclavos, destacaba por su belleza. Obligan a uno a
satisfacer a los demás continuó. y cuando hay un esclavo nuevo, siempre le toca a él. A
veces hay otros motivos para la elección, pero el escogido siempre debe sufrir.
Sí, ya veo respondí desdichadamente. pa recía que volvía a quedarse dormido. ¿Cómo
se llama nuestra señora? inquirí, pensando que tal vez lo supiera, ya que con toda
seguridad éste no era su primer día en el establo.
Se llama señora Julia, pero ella no es mi ama susurró. Ahora descansad. Lo necesitáis,
pese a la incomodidad, creedme.
Me llamo Tristán dije. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
Dos años contestó. Yo me llamo Je rard. Intenté escaparme del castillo y estuve a punto
de llegar a la frontera del reino vecino. Allí me hubiera encontrado a salvo, pero cuando
esta ba atan sólo una hora, o menos, una pandilla de campesinos me persiguió y me
atrapó. Jamás ayu dan a fugarse aun esclavo. y además yo les había robado ropas de su
vivienda. Así que me desnuda ron a toda prisa, me ataron de pies y manos y me trajeron
de regreso. Entonces me sentenciaron a tres años en el pueblo. La reina ni siquiera
volvió a mirarme.
Di un respingo. ¡Tres años! ¡Y ya llevaba dos de vasallaje!
Pero ¿de verdad hubierais estado a salvo si...?
Sí, pero la gran dificultad está en llegar a la frontera.
¿Y no teníais miedo de que vuestros pa
dres...? ¿No os ordenaron que obedecierais cuando os enviaron con la reina?
La reina me daba demasiado miedo con testó. Y, de todos modos, no hubiera vuelto a
casa.
¿Lo habéis intentado de nuevo desde entonces?
No se rió en voz baja. Soy uno de los mejores corceles del pueblo. Me vendieron direc
tamente a los establos públicos. Los acaudalados señores y señoras me alquilan a diario,
aunque el amo Nicolás y la señora Julia son los que requie ren mis servicios con más
frecuencia. Aún espero la clemencia de su majestad, que me autoricen pronto a regresar
al castillo pero, si no sucede así, no voy a llorar. Si no me obligaran cada día a co rrer
sin descanso, probablemente estaría terrible mente angustiado. De vez en cuando me
siento displicente y pataleo o forcejeo, pero una buena zurra hace maravillas. Mi amo
sabe perfectamente cuándo me hace falta; aunque me porte muy bien, él lo sabe. Me
complace formar parte del tiro de un hermoso carruaje como el de vuestro dueño. Me
gustan los arneses y riendas nuevos y relu cientes. y además, vuestro señor, el cronista
de la reina, sabe blandir la correa con fuerza. Ya os habréis percatado de que lo hace en
serio. De vez en cuando se detiene y me frota el pelo, o me da un pellizco, y yo casi me
corro allí mismo. Demues tra su autoridad sobre mi verga, la azota y luego se ríe de ello.
Lo adoro. En una ocasión me hizo tirar a mí solo de un pequeño carro de dos ruedas con
un cesto mientras él caminaba a mi lado. Detesto los carros pequeños, pero con vuestro
amo, os lo digo en serio, casi pierdo la cabeza de orgullo. Fue fantástico.
¿Por qué fue fantástico? pregunté, atónito. Intentaba imaginarme al príncipe cautivo,
con su larga cabellera negra, el pelo de la cola de caballo y la delgada y elegante figura
de mi dueño ca minando a su lado. Todo aquel precioso pelo blanco al sol, el rostro
enjuto y meditativo, aque llos ojos azules oscuros.

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