Pero ninguna de las frenéticas carreras por el sendero, guiado por la pala de un jinete a
caballo, había sido tan degradante como verme atado jun to a estos otros corceles
humanos. Cuando comprendí que habían concluido los preparativos y estaba arreglado
como los otros esclavos de tiro y los que veía trotando por la concurrida calzada, un
tirón elevó mi cabeza hacia arriba y sentí dos hirientes sacudidas de las riendas que
hicieron que todo el tiro se pusiera en movimiento. Por el rabillo del ojo vi al esclavo
situado a mi lado levantando las rodillas con el habitual paso marcado para marchar, así
que lo imité, con el ar nés tirando del falo encajado en mi ano al tiempo que el amo
gritaba:
Más rápido, Tristán, hacedlo mejor. Recordad la forma de marchar que os he enseñado
un grueso látigo alcanzó con un fuerte chasquido las ronchas de mis muslos y nalgas,
mientras yo echa ba a correr ciegamente junto a los otros.
No podíamos estar avanzando muy rápido pero a mí me parecía que íbamos a toda
velocidad. Por delante divisaba el infinito cielo azul, los baluartes, los guías y ocupantes
instalados en lo alto de los carruajes con los que nos cruzábamos. De nuevo tuve aquella
horripilante percepción de la realidad, de que éramos auténticos esclavos desnudos,
nada de juguetes reales. Nos habíamos convertido en la parte más vulnerable y gimiente
de aquel lugar tan vasto, fatídico y sobrecogedor, que hacía que el castillo pareciera un
preparado monstruoso.
Ante mí, los príncipes hacían grandes esfuerzos bajo sus arneses, casi como si quisieran
su perarse unos a otros en velocidad. Sus traseros enrojecidos sacudían las largas y lisas
colas de caballo, los músculos se marcaban en sus fuertes pantorrillas por encima del
cuero ajustado de las botas, las herraduras resonaban sobre los adoquines. Yo gemía
mientras las riendas tiraban brusca mente de mi cabeza hacia arriba y el látigo me gol
peaba con fuerza la parte posterior de las rodillas.
Las lágrimas surcaban mi cara más copiosamente que nunca, así que casi era una
bendición tener puesta la embocadura para llorar contra ella. Los pesos de cuero tiraban
de mis pezones, chocaban contra mi pecho y provocaban escarceos de sensa ciones por
todo el cuerpo. Era consciente de mi desnudez, quizá como nunca antes la había perci
bido, como si los arneses, las riendas y la cola de caballo sirvieran únicamente para
potenciarla.
Sentí tres tirones de las riendas. El grupo redujo el paso aun trote rítmico, como si
conociera estas órdenes. Falto de aliento y con el rostro lle no de lágrimas, me adapté a
la marcha casi con gratitud. El látigo alcanzó al príncipe que corría junto a mí y vi el
modo en que arqueaba la espalda y levantaba aún más las rodillas, si esto era po sible.
Por encima de la mezcolanza de sonidos de las herraduras, gemidos y gritos aviva voz
de los otros corceles, podía oír las leves subidas y bajadas de la charla del amo y la
señora. No distinguía las palabras, sólo el sonido inconfundible de una conversación.
¡Arriba esa cabeza, Tristán! ordenó el amo con severidad, y al instante experimenté el
cruel tirón de la embocadura, acompañado de otra sacudida en la anilla que estaba
colocada en mi ano, lo que me hizo gritar sonoramente detrás de la mordaza y correr
más deprisa cuando la tensión se aflojó. El falo parecía haberse agrandado dentro de mí
como si mi cuerpo existiera únicamente con el propósito de asir aquel artilugio.
No podía dejar de sollozar contra la mordaza e intentaba recuperar el aliento para
dosificarlo mejor y aguantar la marcha del tiro. Pero de nue vo me llegaba la cadencia
de la conversación, que me hacía sentirme totalmente abandonado.
Ni siquiera los azotes recibidos en el campamento tras el intento de fuga cuando me
traslada ban al castillo me habían ultrajado ni rebajado tanto como este castigo. Cada
vez que vislumbra ba brevemente a los soldados apostados en las almenas superiores,
que se apoyaban ociosamente sobre la piedra y señalaban talo cual carruaje que pasaba,
aumentaba la sensación de fragilidad en mi alma. Algo dentro de mí estaba siendo
aniqui lado por completo.
Doblamos una curva y la calzada se ensanchó. Al mismo tiempo, la aceleración de las
herraduras y las ruedas girando a toda prisa se hacía cada vez más ruidosa. Tenía la
impresión de que el falo me impulsaba, levantaba y me lanzaba hacia delante, mientras
el largo y chasqueante látigo buscaba mis pantorrillas como si de un juego se tratara. Al
pa recer había recuperado el aliento; por suerte, mis fuerzas se habían renovado y las
lágrimas que sur caban mi rostro, antes abrasadoras, me parecían frías contra la brisa.
Estábamos atravesando las murallas y salía mos del pueblo por una puerta diferente a la
que habíamos utilizado por la mañana para entrar con la carreta de esclavos.
Ante mí divisé los terrenos de cultivo salpica dos de casitas con techumbre de paja y
pequeños huertos. La calzada por la que avanzábamos se volvió tierra revuelta, más
suave bajo nuestros pies. Pero una nueva percepción aterradora se había apoderado de
mí. Una cálida sensación se pro pagaba lentamente por mis testículos desnudos,
alargaba y endurecía mi órgano que nunca langui decía.