Quería gritar «no puedo», pero sentí cómo manipulaban hacia delante y atrás aquel
instru mento que me estiraba y, finalmente, se deslizaba hacia dentro, haciendo que mi
ano pareciera enor me y palpitante alrededor de este objeto desco munal que entonces se
me antojaba tres veces más grande que lo que había visto antes con mis pro pios ojos en
el estuche.
Pero no se trataba de un dolor agudo; era la intensidad de la sensibilidad lo que se
expandía y me dejaba indefenso. El grueso y hormigueante pelo que al parecer
levantaban y dejaban caer en contacto con mis nalgas me rozaba con una suavi dad casi
enloquecedora. No podía ni imaginárme lo. Al parecer, la mujer sostenía la anilla y
movía aquella verga gigante, empujándola hacia arriba para que yo me pusiera de
puntillas con dificultad, mientras ella decía: Sí, excelente.
Ésas eran las suaves palabras de aprobación.
Noté que el nudo que bloqueaba mi garganta ce día, y que el calor se expandía por mi
rostro y mi pecho. Tenía las nalgas hinchadas. Me sentí impe lido hacia delante por
aquella cosa, aunque yo seguía quieto, con el suave contacto hormigueante de la cola de
caballo que me mortificaba de forma absoluta.
Ambos tamaños dijo. Emplearemos los menores con más frecuencia como avíos habitua
les y los de mayor tamaño cuando lo considere mos necesano.
Muy bien dijo mi amo. Los encargaré esta misma tarde. Pero la mujer no retiraba el
instrumento ma yor y me examinaba el rostro con suma atención.
Observé la luz parpadeante reflejada en sus ojos y me tragué en silencio un sollozo
contenido en mi garganta.
Ahora ya es hora de que nos traslademos a la granja dijo mi amo, con palabras que
parecían dirigirse a mí. Ya he ordenado que traigan el co che con un arnés libre para
éste. Dejaremos meti do el falo grande por el momento, será bueno para nuestro joven
príncipe que se adapte conveniente mente a las guarniciones.
No me dieron más que un par de segundos para reflexionar sobre todo esto.
Inmediatamente, el amo había cogido la anilla del falo con su firme mano y me
empujaba hacia delante ordenándome:
Marchad.
El pelo de la cola de caballo me rozaba e importunaba la parte posterior de mis rodillas.
El falo parecía moverse en mí como si tuviera vida propia, perforándome y
empujándome hacia de
lante.