No sé respondió. No me expreso bien con palabras. Siempre me enorgullece ir al trote.
Pero en aquella ocasión estaba a solas con él. Salimos del pueblo para dar un paseo por
el campo al anochecer. Todas las mujeres estaban fuera de las casas y le daban las
buenas noches. También nos cruzamos con caballeros que regresaban tras la jornada de
inspección de sus granjas para volver a sus viviendas en el pueblo.
»De vez en cuando, vuestro señor me cogía el pelo de la nuca y lo alisaba. Me había
amarrado bien la rienda, muy arriba, para que mi cabeza quedara muy atrasada, y me
propinaba frecuentes azotes en las pantorrillas sin que vinieran a cuento, sólo por gusto.
Era una sensación sumamente estimulante, trotar por la calzada y oír el crujido de sus
botas a mi lado. No me importaba si volvía a ver otra vez el castillo o no. O si alguna
vez abandonaría el reino. Siempre solicita mis servi cios, vuestro amo. A los otros
corceles les aterroriza. Vuelven a las cuadras con las nalgas en carne viva y dicen que
los azota el doble que cualquier otro señor, pero yo lo venero. Lo que hace lo hace bien.
y yo también. E igual pasará con vos ahora que es vuestro amo.
No sabía qué responder.
No añadió nada más después de aquello. Se quedó dormido enseguida y yo continué en
la misma postura, muy quieto, con los muslos dolo ridos y el pene sometido al mismo
padecimiento de antes, mientras pensaba en el breve relato de Jerard. Sus palabras me
habían provocado escalo fríos en todo el cuerpo, pero lo más grave era que entendía lo
que decía.
Me atemorizaba, pero lo entendía.
Cuando nos liberaron y nos llevaron hasta el carruaje casi era de noche. Percibí la
fascinación que me causaban el arnés, las abrazaderas para los pezones, las riendas, las
ataduras y el falo mientras volvían a ajustármelos. Naturalmente, me hacían daño y me
inspiraban miedo. Pero estaba pensan do en las palabras de Jerard. Lo veía enjaezado
delante de mí. Observé atentamente la manera en que sacudía la cabeza y golpeaba el
suelo con los pies embutidos en sus botas, como si quisiera ajustarlas mejor. Luego miré
fijamente hacia delante con los ojos abiertos, desconcertado, mien tras me introducían el
falo y apretaban las correas a conciencia, levantándome del suelo. Con una fuerte
sacudida iniciamos un trote ligero por el ca mino que se alejaba de la casa solariega.
Cuando tomamos la calzada principal y ante nosotros aparecieron las oscuras almenas
del pue blo, las lágrimas ya surcaban mi rostro. En los to rreones norte y sur ardían
antorchas. Debía de ser la hora del anochecer descrita por Jerard, ya que transitaban
pocos carruajes por la calzada y, en las entradas a las granjas, las mujeres se inclinaban
y saludaban con la mano a nuestro paso. De vez en cuando nos cruzaba algún hombre
caminando so litario. Yo marchaba con todo el brío que podía, con la mandíbula
dolorosamente erguida y el grueso y pesado falo latiendo ardientemente en mi interior.
La correa me azuzaba una y otra vez, pero no recibí ni una sola reprimenda. Justo antes
de llegar a la casa de mi señor, recordé con un sobresalto lo que había mencionado
Jerard acerca de que estuvo a punto de alcanzar el reino vecino. Quizá se equivocaba en
lo referente a estar a salvo una vez allí. ¿y qué sucedería con su padre? El mío me ha bía
ordenado que obedeciera, me había dicho que la reina era todopoderosa y que mi
vasallaje me compensaría en sumo grado, que mejoraría enormemente en sabiduría.
Intenté apartar aquellos pensamientos de mi mente. Yo nunca había pensa do realmente
en escapar. Era una idea demasiado complicada, demasiado espinosa en una situación a
la que ya era duro adaptarse.
Estaba oscuro cuando nos detuvimos ante la puerta de la casa de mi amo. Me quitaron
las botas y los arneses, todo menos el falo. A los demás cor celes se los llevaron a
latigazos hasta las cuadras públicas, tirando del carruaje vacío. Permanecí quieto
pensando en las demás pala bras de Jerard. Me intrigó también el extraño y ar diente
escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando la señora salió, me alzó el rostro y me
pasó la mano por el cabello para retirármelo de la cara.
Tranquilo, tranquilo repitió con aquella tierna voz. Me secó la frente y las mejillas
sudoro sas con un suave pañuelo de lino blanco. La miré fijamente a los ojos y entonces
ella me besó los la bios; mi verga casi se puso a brincar con aquel beso que me dejó sin
aliento.
La señora me extrajo el falo con tal rapidez que perdí el equilibrio. Volví a mirarla lleno
de es panto. Entonces ella desapareció por el interior de la preciosa casita y yo me
quedé temblando. Le vanté la vista al encumbrado tejado y luego a la bella salpicadura
de estrellas que cubría el firma mento, y me percaté de que me había quedado a solas
con mi amo que, como siempre, tenía la grue sa correa en la mano.
Me dio media vuelta y me hizo marchar otra vez por la amplia calzada pavimentada en
direc ción al mercado.