UN ESPLÉNDIDO CARRUAJE
Tristán:
«No pensé. No pueden sacarme a la calle disfrazado con estos adornos propios de una
bestia. Por favor...» Pero de cualquier modo me apre suraron a recorrer un pequeño
pasillo que daba a una puerta trasera por la que salí a una amplia cal zada pavimentada,
limitada al otro lado por las al tas murallas de piedra del pueblo.
Era una vía mucho más grande y transitada que la que habíamos seguido para llegar
hasta la casa, bordeada por altos árboles, por encima de los cuales vi a los guardias que
caminaban ociosamente sobre las almenas. Inmediatamente pude observar ante mí la
imagen escalofriante de los carruajes y carretas del mercado que circulaban
matraqueantes tirados por esclavos, no por caballos. Los carruajes grandes llevaban
hasta ocho o diez cautivos enjaezados, y de tanto en tanto pasaba una pequeña carroza
impelida únicamente por dos pa rejas de esclavos, e incluso pequeñas carretas del
mercado sin conductor que eran tiradas por un solitario cautivo, con el amo caminando
a su lado.
Pero antes de que pudiera sobreponerme a la impresión, e incluso antes de que
percibiera cómo maltrataban a los esclavos, vi el coche de cuero de mi señor ante mí, y
cinco esclavos, cuatro de ellos emparejados, con botas ajustadas, bien enjae zados, con
embocaduras que tiraban de sus cabezas hacia atrás y las nalgas desnudas adornadas con
colas de caballo. El carruaje era descubierto, con dos asientos tapizados en terciopelo.
Mi amo brindó su mano a la señora para que se apoyara al subir a ocupar su asiento,
mientras un joven ele gantemente vestido me empujaba hacia delante pa ra completar la
tercera y última pareja del tiro, la que quedaba más próxima al vehículo.
«No, por favor me dije como mil veces antes lo había hecho en el castillo, no, os lo
ruego...» Pero estaba convencido de que mi muda plegaria no sería oída. Estaba en
poder de unos lugareños que volvían a colocarme la gruesa y larga embocadura, que
tiraba firmemente hacia atrás de mi boca, con las riendas apoyadas sobre mis hom bros.
El grueso falo se afianzó en mi interior em pujado una vez más hacia dentro, y sentí que
me ponían un arnés de elaborada factura con finas correas que bajaban hasta una banda
que me rodea ba las caderas y que al instante engancharon firmemente a la anilla del
falo. Así era imposible expulsar aquella cosa. De hecho, estaba fuerte mente apretada
hacia dentro y atada a mí. Sentí un violento tirón, que casi me hizo perder el equili brio,
cuando sujetaron otro par de riendas a este mismo gancho, para dárselas a los que
viajaban detrás, que ahora controlaban a la vez la emboca dura y el falo desde su puesto
de guía. Al mirar hacia delante vi que todos los escla vos estaban amarrados como yo, y
que también eran príncipes. Las largas riendas que los manio braban pasaban junto a
mis muslos o sobre mis hombros. Ante mí, unas ajustadas anillas de cuero servían
ingeniosamente para mantenerlos juntos, y probablemente se emplearían también a mi
es palda. Pero entonces sentí que me doblaban los brazos hacia atrás y los ataban con
fuertes y crueles tirones. Unas manos rudas, enguantadas, me engancharon diestramente
unos pequeños pesos de cuero en los pezones, dándoles unos golpecitos para comprobar
que colgaban firmemente. Eran como lágrimas de cuero, y por lo visto no tenían otro
propósito que hacer que la degradación inexpresable del conjunto, tiro y carruaje, fuera
aún más desgarradora.
Con la misma eficacia silenciosa, me ajustaron unas fuertes botas con herraduras, como
las utili zadas en el castillo para las devastadoras carreras del sendero para caballos. El
cuero me pareció frío en contacto con mis pantorrillas, y las herraduras me resultaron
más pesadas.