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Antiguo 21-09-2011 , 18:28:01   #128
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Aunque el lugar estaba sombrío, no tardé en distinguir los soberbios cuadros que
decoraban las paredes, que reflejaban a nobles y damas en sus pasatiempos cortesanos,
con cientos de esclavos desnudos forzados a realizar miles de tareas y adoptar distintas
posiciones. Pasamos junto aun pequeño guardarropa profusamente tallado y si llas de
alto respaldo. Luego el pasillo se estrechó y las paredes se cerraron en torno a mí.
En este lugar me sentía enorme y vulgar, más animal que humano, andando a rastras por
este pequeño mundo de rico ciudadano; desde luego no me sentía príncipe, más bien
una primitiva bes tia domesticada. Mi figura reflejada en un delicado espejo del
corredor me provocó una repentina inquietud que tuve que soportar en silencio.
Al fondo, por esa puerta me ordenó mi amo, y entré a una alcoba posterior en la que
había una pulcra mujercita del pueblo con una escoba en la mano, obviamente una
doncella, que se hizo a un lado cuando pasé junto a ella.
Era consciente de que mi rostro estaba desfi gurado por el esfuerzo y, de repente,
comprendí cuál era en realidad el terror del pueblo.
Consistía en que aquí éramos auténticos es clavos. Nada de juguetes en un palacio del
placer, como los cautivos de los cuadros de las paredes, sino verdaderos esclavos
desnudos en un mundo real, que íbamos a sufrir a cada paso, víctimas de gente ordinaria
en sus momentos de ocio o en sus faenas. Sentí que la agitación crecía en mi interior a
la par que el sonido de mi respiración fatigada.
Pero estábamos en otra habitación. Avanzaba sobre la suave alfombra de esta nue va
sala iluminada por lámparas de aceite cuando recibí la orden de detenerme, lo cual hice
sin tan siquiera cambiar de postura por miedo a ser cen surado.
Al principio, lo único que vi fueron libros relucientes bajo el brillo de las lámparas.
Paredes enteras de libros; al parecer, todos encuadernados en delicado cuero y
decorados en oro; el tesoro de un rey en libros, sin duda. Había lámparas de acei te
distribuidas por toda la habitación, dispuestas sobre elevados pies y también en un gran
escrito rio de roble en el que estaban esparcidas varias hojas de pergamino. Las plumas
de escribir descansaban en un mismo soporte de bronce. También había tin teros. y por
encima de las estanterías, distinguí el destello de más cuadros colgados en lo alto.
Luego, por el rabillo del ojo divisé una cama instalada en un extremo de la habitación.
Pero lo más sorprendente, aparte de la incal culable riqueza bibliográfica, era la figura
impre cisa de una mujer que lentamente se materializó en mi visión. Estaba escribiendo
sentada a la mesa.
No conocía muchas mujeres que leyeran y es cribieran, sólo unas pocas grandes damas
de la corte. En el castillo, eran muchos los príncipes y priucesas que ni tan siquiera eran
capaces de leer los rótulos de castigo que les colgaban al cuello cuando eran
desobedientes. Pero esta dama estaba escribiendo bastante deprisa. Alzó la vista y me
atrapó mirándola, sin darme tiempo a bajar los ojos servilmente. Entonces se levantó y
vi que sus faldones en movimiento se plantaban ante mí. Pa recía una mujer menuda,
con muñecas delicadas y largas manos graciosas parecidas a las del amo. Aunque no me
aventuré a levantar la vista, me ha bía percatado de que tenía el pelo castaño oscuro,
peinado con raya en medio y suelto sobre la espal da formando ondas. Llevaba un
vestido color borgoña oscuro, tan suntuoso como el del hom bre, pero se había puesto
un mandil azul oscuro para protegerse y además tenía los dedos mancha dos de tinta, lo
que le daba un aspecto interesante. Me inspiró temor. Tenía miedo de ella y del hombre
que continuaba callado a mi espalda, de la pequeña y silenciosa habitación y de mi
propia desnudez.
Permitid que le eche una ojeada dijo la mujer. Su agradable voz, modulada como la de
mi amo, resultaba débilmente resonante. Puso sus manos bajo mi barbilla y me instó a
incorporarme sobre las rodillas. Rozó mi mejilla humedecida con su pulgar, lo que
provocó un intenso sonrojo por mi parte. Bajé la vista, naturalmente, pero me había
dado tiempo a ver sus altos y prominentes pechos, la fina garganta y un rostro que
recordaba en cierta forma al de un hombre, no en los rasgos físicos sino en su serenidad
e impenetrabilidad.

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