Me llevé las manos a la nuca con la esperanza inútil de que no me atormentara el pene,
pero me ordenó ponerme en pie, sin apartar los ojos de mi miembro.
Separad las piernas; ahora ya debéis de co nocer posturas más convincentes dijo con
seve ridad, aunque hablaba lentamente. No, más se paradas añadió hasta que lo sientan
vuestros exquisitos y apretados músculos. Eso está mejor.
Ésta es la postura que adoptaréis siempre que os encontréis en mi presencia, con las
piernas completamente separadas, casi agachado, aunque no tanto. No lo volveré a
repetir. No se consiente repetir órdenes a los esclavos del pueblo. Al primer error, seréis
azotado en la plataforma pública.
Estas palabras me provocaron un estremeci miento que recorrió todo mi cuerpo, con
una ex traña sensación de fatalidad. Sus pálidas manos casi parecían brillar a la luz de
las lámparas cuan do se acercaron a mi pene. Seguidamente apretó la punta, lo que
provocó la aparición de una gota de fluido. Jadeé, sentí el orgasmo apunto de explotar
desde mi interior, dispuesto a avanzar por mi ór gano hasta salir afuera. Pero, por suerte,
soltó el pene para sopesar mis testículos como habían he cho anteriormente los jóvenes.
Sus pequeñas manos los palparon, los masa jearon cuidadosamente, moviéndolos
adelante y atrás déntro de su bolsa. El parpadeo de las lámparas de aceite parecía
dilatarse y empañar mi vi sion.
Impecable dijo a mi señor. Hermoso.
Sí, fue lo que pensé yo también confir mó el amo. Probablemente lo más escogido del
grupo. y el coste no fue tan exageradamente ele vado, pues era el primero de la subasta.
Creo que si hubiera sido el último el precio se habría dobla do. Observad las piernas, su
fuerza, y esos hom bros.
La mujer levantó ambas manos y me alisó el pelo hacia atrás:
Oía a la multitud desde aquí comentó ella. Estaban como locos. ¿Lo habéis examinado
completamente?
Yo intentaba aquietar el pánico que se apoderaba de mí. Al fin y al cabo, había pasado
seis me ses en el castillo. ¿Por qué me causaban tanto te rror esta pequeña habitación y
estos dos fríos ciudadanos?
No, y habría que hacerlo ahora. Habría que medir su ano dijo el señor.
Me pregunté si percibirían el efecto que estas palabras tenían sobre mí. En aquellos
instantes deseé haber poseído otras tantas veces a Bella en el carretón de esclavos, de
este modo mi pene sería más controlable, pero la simple idea hizo que mi miembro se
congestionara aún más. Paralizado en esta postura vergonzante, con las piernas tan
estiradas, observé impotente que mi amo se dirigía a una de las estanterías y alcan zaba
un estuche forrado de piel, que luego dispuso sobre la mesa.
La mujer me dio media vuelta para que me quedara mirando a la mesa de roble. Me bajó
las manos y las colocó sobre el borde del escritorio; yo permanecía doblado por la
cintura, haciendo un esfuerzo enorme por separar las piernas cuanto podía para que no
tuvieran que reprenderme. y sus nalgas apenas están enrojecidas, eso es bueno dijo la
mujer. Noté que sus dedos jugue teaban con mis erupciones y escoceduras. Un do lor
desmesurado se desató en mi carne, y un alu vión de luces en mi mente; entonces vi que
abrían ante mis ojos el estuche de cuero y sacaban de él dos falos forrados de cuero.
Uno era del tamaño del pene de un hombre, diría yo, y el otro algo más grande. El más
grande estaba decorado en su base con una larga masa tupida de pelo negro, una cola de
caballo, y los dos llevaban incorporada una anilla, una especie de manilla. Intenté
prepararme. Pero mi mente se rebelaba al contemplar aquel espeso y reluciente pelo.
No podían obligarme a llevar una cosa así, que en vez de un esclavo ¡me haría parecer
un animal!