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Antiguo 21-09-2011 , 18:26:53   #126
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

¿Qué le había dicho a Bella? ¿Que no había venido al pueblo a oponer resistencia? Pero
¿qué pretendía decirle? Era más fácil obedecer. En esos instantes ya sentía la angustia
de no haber complacido, y era consciente de que podían recrimi narme una vez más
delante de estos muchachos vulgares; puede que oyera otra vez aquella voz fé rrea, en
esta ocasión llena de furia.
¿Qué podía calmarme, una palabra amable de aprobación ? Había oído tantas de lord
Stefan, mi señor en el castillo, y no obstante le había provocado intencionadamente y le
había desobedecido.
A primera hora de la mañana, me había levantado y había salido temerariamente de la
alcoba de lord Stefan, echando a correr hasta el extremo más ale jado del jardín, donde
los pajes acabaron por descubrirme. Les había proporcionado una divertida persecución
a través de la espesura de árboles y maleza. y cuando me atraparon, peleé y pataleé
hasta que, amordazado y maniatado, me llevaron ante la reina y frente aun Stefan
afligido y decepcionado.
Me había condenado a propósito. Sin embar go, en medio de aquel lugar aterrador, con
sus co rrehuelas brutales y juguetonas, me estaba esfor zando por permanecer en mi
lugar delante de la correa de un nuevo amo. El pelo me cubría la vis ta. Tenía los ojos
desbordados de lágrimas que aún no habían empezado a derramarse, y la ser penteante
callejuela con incontables letreros y escaparates resplandecientes se empañaba ante mí.
Alto dijo mi amo. Obedecí con gratitud y noté que me rodeaba el brazo con extraña
ternura.
Detrás de mí distinguí el sonido de varios pares de pies y un leve estallido de risa
masculina. ¡Así que aquellos miserables jovencitos nos habían se guido!
Oí a mi señor que preguntaba:
¿Por qué observáis con tal interés? se dirigía a ellos. ¿No queréis ver la subasta?
Aún queda mucho por ver, señor dijo uno de los jóvenes. Simplemente estábamos ad
mirando a éste, señor, las piernas y la verga de éste.
¿Pensáis comprar hoy? les preguntó mi amo.
No tenemos dinero para comprar, señor.
Tendremos que contentarnos con las tien das añadió una segunda voz.
Bien, venid aquí les dijo mi amo. Para ho rror mío, continuó: Podéis echar un vistazo a
éste antes de que lo haga entrar en casa; es una verdadera belleza. Me quedé petrificado
cuando me obligó a darme media vuelta y mirar de cara al trío. Estaba contento de
poder mantener la vista baja, pues así sólo veía sus vulgares botas de cuero amarillento
sin curtir y los gastados pantalones grises. Los jóvenes se acercaron aún más.
Podéis tocarlo si queréis dijo mi amo, y levantando de nuevo mi rostro me dijo: Esti
raos y agarraos bien al puntal de hierro que hay encima, en el muro.
Sentí el contacto del puntal que sobresalía antes incluso de verlo. Era lo bastante alto
como para obligarme a ponerme de puntillas.
Mi amo retrocedió unos pasos y se cruzó de brazos, con el cinto reluciente colgando aun
lado.
Vi las manos de los jóvenes que se acercaban rodeándome, noté el inevitable apretón en
mis nalgas inflamadas antes de que levantaran mis testículos y los apretaran
ligeramente. La carne colgante cobró vida, con sensaciones, hormigueos y estreme
cimientos. Me retorcí casi incapaz de permanecer quieto, ofendido por las inmediatas
risas que re sonaron en la calle. Uno de los jóvenes golpeó mi órgano para que se agitara
bruscamente.
¡Mirad eso, duro como la piedra! dijo dándome un nuevo golpe mientras su compañero
sopesaba mis testículos, manipulándolos ligera mente.

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