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Antiguo 21-09-2011 , 18:27:31   #127
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Hice un esfuerzo para tragarme el enorme nudo que tenía en la garganta y dejar de
temblar. Sentí que me vaciaba de toda razón. Recordaba aquellas salas espléndidas del
castillo dedicadas exclusivamente al placer, con los esclavos acicala dos tan
primorosamente como esculturas. Natu ralmente, allí también me habían manoseado.
Me ses atrás también lo hicieron los soldados del campamento cuando me llevaban al
castillo. Pero ésta era una ordinaria calle empedrada, como las de cientos de ciudades
que conocía, y yo había de jado de ser un príncipe que la recorría sobre una preciosa
montura; ahora era un esclavo desnudo e indefenso al que examinaban tres jóvenes justo
delante de las tiendas y las casas de huéspedes.
El pequeño grupo se adelantaba y retrocedía, uno de los jóvenes me apretaba las nalgas
mientras preguntaba si podía ver mi ano.
Por supuesto dijo el amo.
Sentí que se me iban las fuerzas. Inmediatamente me separaron las nalgas de una
patada, como en la plataforma de subastas, y noté un duro pulgar que se metía dentro de
mí. Intenté ahogar un quejido y casi solté el puntal.
Zurradle con la correa si os apetece dijo el señor. Vi cómo se la tendía justo antes de
sentir que me torcían aun lado para golpearme fiera mente. Dos de los jóvenes todavía
jugueteaban con mi pene y mis testículos, tiraban del vello y de la piel del escroto y lo
meneaban con rudeza. Pero yo me estremecía con cada azote doloroso que marcaba mi
espalda. No pude evitar volver a ge mir en voz alta, ya que la punzante correa en manos
de aquel joven me azuzaba más fuerte que cuando la manejaba mi amo. Cuando los
entro metidos dedos tocaron la punta de mi miembro erecto, me estiré
desesperadamente hacia atrás in tentando contenerme. ¿Qué sucedería si eyacula ba en
las manos de estos jóvenes zoquetes? No so portaba la idea. Aun así, mi verga
continuaba púrpura y durísima como el hierro a causa del tor mento.
¿Qué os han parecido estos azotes? preguntó el que estaba a mi espalda, que me cogió la
cara desde atrás y tiró de mi barbilla hacia él con violencia. ¿Son tan buenos como los
propina dos por vuestro amo?
Ya habéis tenido bastante entretenimiento dijo el señor. Se adelantó para coger la correa
de cuero y aceptó los agradecimientos con un ademán, mientras yo seguía temblando.
Aquello no había hecho más que empezar. ¿Qué vendría a continuación? ¿y qué le había
sucedido a Bella?
Por la calle pasaba más gente. Me pareció oír el clamor distante de una muchedumbre,
con un débil toque inconfundible de trompeta. Mi amo me observaba atentamente y yo
bajé la mirada al sentir los espasmos de pasión de mi pene, mien tras mis nalgas se
apretaban y se aflojaban invo luntariamente.
Mi señor alzó la mano hasta mi cara. Me pasó los dedos por la mejilla y apartó varios
mechones de cabello. Vi cómo caía la luz polvorienta del sol sobre la gran hebilla de
bronce del cinturón y el anillo de la mano izquierda con la que sostenía la gruesa correa.
Al sentir el tacto sedoso de sus dedos, mi miembro se irguió con sacudidas incon
trolables e ignominiosas.
Entrad en la casa, a cuatro patas dijo con suavidad. Abrió la puerta que quedaba a mi iz
quierda. Siempre entraréis de este modo, sin ne cesidad de que nadie os lo ordene.
Me encontré sobre un suelo cuidadosamente pulido, moviéndome en silencio entre
pequeñas habitaciones comprimidas; por lo visto se trataba de una mansión a pequeña
escala, una espléndida casa particular del pueblo, para ser exactos, con una inmaculada
escalera de pequeñas dimensiones y espadas cruzadas encima de la pequeña chi menea.

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