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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| Denunciante Novato |
—Sentís demasiado amor por él, al igual que me sucede a mí con la princesa que veis ante vos. Debéis reprimir vuestro amor como yo debo dominar el mío. Creedme, os entiendo, pese a que os condeno. —Oh, pero el pueblo... —murmuró el joven lord. —Debe ir, ¡y será lo mejor para él! —Oh, príncipe inhumano —susurró lady Juliana. Instó a Bella para que se adelantara y besara las botas de lord Stefan mientras ella se hacía sitio entre ambos—. El pobre Tristán pasará todo el verano en el pueblo. El príncipe levantó la barbilla de Bella y se inclinó para recibir un beso de sus labios que llenó a Bella de un tormento enternecedor. Sin embargo, ella sentía demasiada curiosidad por todo lo que se decía y no se atrevía a hacer el más leve movimiento para atraer la atención de su príncipe. —Debo preguntaros... —empezó lord Stefan—. ¿Enviaríais a la princesa Bella al pueblo si estuvierais convencido de que se lo merecía? —Por supuesto que lo haría —contestó el príncipe, aunque su voz no sonaba convincente—. Lo haría al instante. —¡Oh, pero no podéis! —protestó lady Juliana. —No se lo merece, así que no importa —insistió el príncipe—. Estamos hablando del príncipe Tristán, y lo cierto es que él, pese a todos los malos tratos y castigos que ha recibido, continúa siendo un misterio para todo el mundo. Necesita los rigores del pueblo al igual que el príncipe Alexi necesitó ir a la cocina para aprender humildad. Lord Stefan estaba profundamente preocupado y pareció que las palabras rigor y humildad desgarraban sus extrañas. Se levantó y rogó al príncipe que lo acompañara y reflexionara. —Se van mañana. Ya hace bastante calor y los lugareños han empezado a prepararse para la subasta. Lo he enviado al patio de los prisioneros para que esperara allí. —Venid, Bella —dijo el príncipe levantándose—. Será bueno para vos que veáis esto y podáis entenderlo. Bella se sentía intrigada y les siguió con interés. Pero la frialdad y severidad del príncipe la inquietaron. Intentó permanecer cerca de lady Juliana mientras emprendían el camino que salía de los jardines, pasaba junto a la cocina y los establos, y, finalmente, llegaba a un simple y polvoriento patio en el que vio un gran carro, sin caballo, que se sostenía sobre cuatro ruedas apoyado contra los muros que rodeaban el castillo. Allí había soldados rasos y criados. Sintió su desnudez mientras la obligaban a seguir al trío tan vistosamente vestido. Sus ronchas y cortes volvían a picarle y, cuando levantó la vista vio, aterrorizada, un pequeño corral, con una valla formada por toscas estacas, en el que un puñado de príncipes y princesas desnudos se hallaban de pie, con las manos atadas por detrás de sus cuellos y circulando en grupo, como si caminar fuera menos agotador que permanecer de pie durante horas. Un soldado raso con una gruesa correa de cuero soltó en aquel instante un latigazo desde el otro lado de la cerca gritándole a una princesa que corría hacia el centro del grupo para buscar cobijo. Cuando el soldado se fijó en otras nalgas desnudas, también las zurró, lo que provocó el gemido de un joven príncipe que se volvió hacia él lleno de resentimiento. A Bella le indignó ver que este soldado raso abusaba de unas piernas blancas y de un trasero tan encantadores. No obstante, no podía apartar la mirada de los esclavos que retrocedían del cercado y eran atormentados, desde el otro lado, por otro muchacho gandul y malvado que los azotaba con más fuerza y peores intenciones. En aquel instante los soldados vieron al príncipe y le rindieron honores, poniéndose rápidamente en posición de firmes. Al parecer, en ese mismo momento, los esclavos también vieron acercarse al pequeño grupo, y comenzaron a oírse gemidos y quejidos de aquellos quienes, pese a sus mordazas, se esforzaban en hacer oír sus súplicas. Sus gritos amortiguados sonaban como un coro de lamentos. Todos ellos parecían tan hermosos como cualquier otro esclavo de los que Bella había visto en el castillo y cuando empezaron a retorcerse, y alguno de ellos se dejaba caer de rodillas ante el príncipe, la princesa distinguió aquí y allá algún precioso sexo de color melocotón bajo los rizos del vello púbico o unos pechos que se agitaban con el llanto. Muchos de los príncipes estaban dolorosamente erectos, como si no pudieran controlarlo. Incluso uno de ellos había pegado los labios al suelo áspero mientras el príncipe, lord Stefan y lady Juliana, con Bella a su lado, se acercaban al pequeño cercado para inspeccionarlos. La mirada del príncipe era furiosa y distante, pero a lord Stefan se le veía tembloroso. Bella reparó en que miraba fijamente a un príncipe muy digno que no gemía ni se inclinaba, en ningún modo suplicaba clemencia. Era tan rubio como el joven lord, sus ojos muy azules y, aparte del detalle de la cruel mordaza, que le deformaba la boca, mostraba un rostro sereno, como siempre que había visto al príncipe Alexi, y mantenía la vista baja con absoluta humildad. Bella intentó disimular la fascinación que aquellas extremidades exquisitamente esculpidas y su órgano hinchado despertaron en ella. No obstante, y a pesar de su expresión indiferente, parecía profundamente angustiado. De repente lord Stefan se volvió de espaldas, como si no fuera capaz de dominarse. —No seáis tan sentimental. Se merece pasar un tiempo en el pueblo —dijo el príncipe con frialdad al tiempo que con un gesto imperioso ordenaba a los otros príncipes y princesas quejumbrosos que se callaran. Los guardianes, con los brazos cruzados, sonreían ante el espectáculo que tenían a la vista. Bella no se atrevía a mirarlos por temor a que sus miradas se encontraran con la suya, lo cual le supondría una mayor humillación. Pero el príncipe le ordenó que se adelantara y que se arrodillara para escuchar lo que le iba a enseñar. —Bella, observad a estos desdichados —dijo el príncipe con obvia desaprobación—. Van al pueblo de la reina, que es el más grande y próspero del reino. Acoge a las familias de todos los que sirven aquí, los artesanos que elaboran nuestras mantelerías, nuestros sencillos muebles, los que nos suministran vino, comida, leche y mantequilla. Allí está la lechería, y crían las aves de corral en sus pequeñas granjas. También allí se encuentra todo lo que en cualquier lugar constituye una ciudad. | |
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| | #92 |
| Denunciante Novato | Bella miraba fijamente a los príncipes y princesas cautivos que, aunque ya no suplicaban con sus gemidos y gritos, todavía se inclinaban ante su alteza cuya indiferencia hacia ellos era palpable. —Es quizás el pueblo más bonito de todo el reino —continuó el príncipe—, con un alcalde severo, y muchas posadas y tabernas que son las favoritas de los soldados. Pero también disfruta de un privilegio especial que no se concede a ninguna otra localidad, y éste es el de comprar, en subastas que se celebran durante los meses cálidos de verano, a aquellos príncipes y princesas que necesitan un horrendo castigo. Cualquiera de la ciudad puede adquirir un esclavo si dispone de oro suficiente para ello. Algunos de los cautivos no podían contenerse y volvían a implorar clemencia al príncipe, quien con un chasquido de los dedos ordenó a los guardianes que utilizaran las correas y las largas palas, lo que de inmediato provocó un tumulto. Los desgraciados y desesperados esclavos se amontonaron aún más, mostrándoles a sus torturadores sus vulnerables pechos y demás órganos, como si debiesen proteger a toda costa sus partes posteriores. Pero el alto y rubio príncipe Tristán ni siquiera se movió, simplemente permitía que los demás lo empujaran. Su mirada no se desviaba en ningún momento de su señor, aunque por un instante se volvió lentamente y se fijó en Bella. El corazón de la princesa se encogió. Sintió un leve mareo. Miró fijamente aquellos inescrutables ojos azules al mismo tiempo que pensaba, «Oh, esto es el pueblo». —Es un vasallaje horrible —continuaba lady Juliana implorando al príncipe—. La subasta en sí tiene lugar en cuanto los esclavos llegan al pueblo. Podéis imaginaros perfectamente que hasta los mendigos y los patanes habituales de la ciudad están allí para presenciarlo. Cómo no, toda la ciudad declara una jornada festiva. Y cada amo se lleva a su pobre esclavo no sólo para degradarlo y castigarlo, sino para realizar penosos trabajos. Sabed que las rudas y prácticas gentes del pueblo no reservan para el simple placer ni siquiera a los príncipes o princesas más encantadores. Bella recordó la descripción de Alexi de su paso por los pueblos, la alta plataforma de madera en el mercado, la grosera multitud, y los vítores de aquellos testigos de su humillación. Aunque se sentía horrorizada, el sexo le dolía secretamente de deseo. —Pero pese a toda la brutalidad y crueldad —añadió el príncipe, que dirigió entonces una rápida mirada al inconsolable lord Stefan, quien continuaba inmóvil, de espaldas a los desdichados— es un castigo sublime. Pocos esclavos pueden aprender durante un año de castigos lo que asimilan durante el verano en el pueblo. Además, naturalmente, no les pueden lastimar, al igual que sucede con los esclavos dentro del castillo. Se aplican las mismas normas estrictas: ni cortes, ni quemaduras, ni lesiones serias. Asimismo, cada semana los reúnen en una sala para esclavos donde los bañan y les aplican ungüentos. Así que, a su regreso al castillo no son sólo más dulces o dóciles, sino que han vuelto a nacer con una fuerza y belleza incomparables. «Sí, como renació el príncipe Alexi», pensó Bella, mientras su corazón palpitaba con fuerza. Se preguntaba si alguien se percataría de su perplejidad y excitación. Veía al distante príncipe Tristán entre los demás, sus serenos ojos azules y fijos en la espalda de su amo, lord Stefan. La mente de Bella estaba repleta de imágenes espeluznantes. ¿Qué era lo que había dicho Alexi? ¿Que un castigo así había sido clemente y que si le resultaba dificultoso aprender despacio, podría propiciar algún castigo más severo? Lady Juliana meneaba la cabeza a uno y otro lado mientras hacía pequeños aspavientos: —Pero si sólo estamos en primavera —dijo—. Caray, los pobrecitos van a estar allí eternamente... Oh, con el calor, las moscas y el trabajo. No os imagináis cómo los utilizan. Los soldados llenan las tabernas y las posadas en cuanto son capaces de comprar por unas pocas monedas a un encantador príncipe o a una princesa que de otro modo no poseerían en toda su vida. —Sois una exagerada —insistió el príncipe. —Pero ¿enviaríais allí a vuestra propia esclava? —lord Stefan apeló de nuevo al príncipe—. ¡No quiero que él vaya! —murmuró— aunque he condenado su actitud incluso ante la reina. —Entonces no tenéis elección; y sí, enviaría a mi propia esclava, aunque ningún esclavo de la reina o del príncipe de la corona haya sido castigado de este modo anteriormente. El príncipe dio la espalda a los esclavos casi con desprecio. Pero Bella seguía mirándolos y advirtió que el príncipe Tristán se abría camino entre el grupo de cautivos. Llegó hasta el cercado y, aunque un guardia arrogante que se divertía con el grupo consiguió alcanzarle con la correa, no se movió ni mostró el menor malestar. —Oh, apela a vos —suspiró lady Juliana e, inmediatamente, lord Stefan se volvió y los dos jóvenes se encontraron cara a cara. Bella observó, como si estuviera sumida en un trance, al príncipe Tristán, que en ese momento se arrodillaba con gran lentitud y elegancia y besaba el suelo ante su amo. —Es demasiado tarde —dijo el príncipe—. Este pequeño gesto de afecto y humildad no cuenta para nada. El príncipe Tristán se levantó y permaneció con la mirada baja haciendo gala de una paciencia extraordinaria. Lord Stefan se adelantó y estirándose por encima del cercado lo abrazó apresuradamente. Apretó al príncipe Tristán contra su pecho y lo besó por toda la cara y el pelo. El príncipe cautivo, con las manos ligadas detrás del cuello, le devolvía serenamente los besos. Su alteza estaba furioso. Lady Juliana se reía. El príncipe apartó a lord Stefan y le dijo que debían alejarse de esos miserables esclavos que al día siguiente estarían en la ciudad. Más tarde, Bella estaba echada en su cama y todavía era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el pequeño grupo de príncipes cautivos que había visto en el patio para prisioneros. También se imaginaba las estrechas y tortuosas calles de los pueblos por los que había pasado en su viaje. Recordó las posadas con los letreros pintados sobre la entrada, las casas entramadas que oscurecían su camino, y esas ventanas diminutas con paneles romboides. Nunca olvidaría a los hombres y mujeres con burdos pantalones y delantales blancos, con las mangas remangadas hasta los codos, que la habían mirado boquiabiertos disfrutando de su desamparo. No pudo dormir. Un nuevo y extraño terror la invadió. |
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| | #93 |
| Denunciante Novato | Ya había oscurecido cuando por fin el príncipe mandó a buscarla. En cuanto Bella llegó a la puerta del comedor privado de su alteza vio que lord Stefan lo acompañaba. Tuvo la impresión de que en aquel momento su destino ya estaba decidido. Sonrió al pensar en los alardes del príncipe ante su primo, lord Stefan, y quiso entrar a toda prisa, pero lord Gregory la retuvo en el umbral de la puerta. Los ojos de Bella se empañaron. No veía al príncipe con su túnica de terciopelo adornada con el escudo de armas, sino aquellas calles adoquinadas de los pueblos, las esposas con las escobas de mimbre, los mozos en la taberna. Lord Gregory le estaba hablando: —¡No penséis que yo creo que se ha producido ningún cambio en vos! —le susurró al oído de tal manera que la frase pareció formar parte de la propia imaginación de la princesa. Bella frunció las cejas en un mohín de o y luego bajó la vista.—Estáis infectada del mismo veneno que el príncipe Alexi. Lo veo en vuestro interior cada día. No tardaréis en tomároslo todo a burla. Se le aceleró el pulso. Lord Stefan, que estaba sentado a la mesa para cenar, mostraba el mismo aspecto abatido que antes. Y el príncipe seguía tan orgulloso como siempre. —Lo que necesitáis es una severa lección... —lord Gregory continuaba con su susurro mordaz. —Milord, ¿no querréis decir el pueblo? —se estremeció Bella. —No, ¡no me refiero al pueblo! —obviamente se sorprendió al oír esto—. No seáis petulante ni descarada conmigo. Sabéis que me refiero a la sala de castigos. —Ah, vuestro territorio; allí donde vos sois el príncipe —susurró Bella, aunque él no la oyó. Su alteza, con aire indiferente, chasqueó los dedos ordenándole que entrara. Bella se aproximó a cuatro patas, pero no había avanzado más que unos pasos cuando se detuvo. —¡Continuad! —le susurró lord Gregory con enfado; el príncipe todavía no se había dado cuenta. Pero cuando su alteza se volvió, observándola malhumorado, ella continuó inmóvil, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en él. En cuanto vio la rabia y la indignación en el rostro del príncipe, Bella se dio la vuelta súbitamente y empezó a correr a cuatro patas, pasó junto a lord Gregory y a continuación siguió avanzando por el corredor. —¡Detenedla, detenedla! —gritó el príncipe sin poder contenerse. Cuando Bella vio las botas de lord Gregory a su lado, se puso de pie y siguió corriendo más deprisa. Pero el noble la atrapó por el cabello tiró de ella hacia atrás y la arrojó sobre su hombro mientras Bella gritaba. La princesa le golpeaba la espalda con los puños, pataleaba y lloraba histérica mientras él la sujetaba firmemente por las rodillas. Bella alcanzaba a oír la voz enfurecida del príncipe pero no podía descifrar sus palabras. Cuando volvieron a ponerla en el suelo, echó a correr una vez más, lo que provocó que dos pajes siguieran estrepitosamente tras ella. La princesa forcejeó mientras la amordazaban y la ligaban, sin saber adónde la llevaban. Estaba oscuro y descendían por unas escaleras. Por un momento, Bella sintió cierto arrepentimiento y un pánico horroroso. La colgarían en la sala de castigos, y se preguntó cómo iba a soportar el pueblo si ni tan siquiera era capaz de aguantar esto. Pero un poco antes de que sus apresadores llegaran a la sala de esclavos la invadió una extraña calma y cuando la arrojaron a una celda oscura donde tenía que permanecer tumbada sobre la fría piedra, con ligaduras que le cortaban la carne, sintió un instante de alegría. A pesar de todo, Bella continuó lloriqueando. Su sexo palpitaba rítmicamente, al parecer al compás de sus sollozos, y lo único que la rodeaba era el silencio. Casi había amanecido cuando la obligaron a levantarse. Lord Gregory chasqueó los dedos para que los pajes le soltaran los grilletes y la incorporaran sobre sus piernas, débiles e inestables. Sintió él azote de la correa de lord Gregory. —¡Princesa consentida y despreciable! —masculló entre dientes, pero ella estaba agotada, debilitada por el deseo y los sueños sobre el pueblo. Soltó un gritito cuando sintió los golpes furiosos del noble, pero se asombró de que los pajes la amordazaran otra vez y le ligaran las manos bruscamente detrás del cuello. ¡Iba a ir al pueblo! —¡Oh, Bella, Bella! —le llegó la voz de lady Juliana que lloraba a su lado—. ¿Por qué os asustasteis? ¿Por qué intentasteis escapar? Habíais sido tan buena y tan fuerte, querida mía... —Consentida, arrogante. —Lord Gregory la maldecía otra vez mientras la conducía a la entrada cuya puerta estaba abierta. Bella podía ver el cielo de la mañana por encima de las copas de los árboles—. Lo hicisteis deliberadamente —le susurró lord Gregory al oído mientras la fustigaba para que se moviera por el sendero del jardín—. Os arrepentiréis de esto, y lloraréis con amargura y nadie os escuchara. Bella hizo un esfuerzo por no sonreír. Pero, ¿habrían podido distinguir una sonrisa debajo de la cruel embocadura de cuero que llevaba entre sus dientes? No importaba. Bella corría deprisa, levantando las rodillas, alrededor del castillo, junto a lord Gregory, que la guiaba propinándole golpes rápidos que escocían, y lady Juliana que lloraba mientras corría también a su lado. —Oh, Bella, ¿cómo voy a soportarlo? —le decía la dama. Las estrellas aún no habían desaparecido del cielo, pero el aire ya era cálido y agradable. Después de pasar entre las grandes puertas y el puente levadizo del castillo, cruzaron el patio vacío de los prisioneros. Allí estaba el enorme carro de esclavos, enganchado a las enormes yeguas blancas que tirarían de él para hacer el recorrido de bajada hasta el pueblo. Por un momento Bella supo a ciencia cierta lo que era el terror, pero un delicioso abandono se apoderó de ella. Los esclavos gemían mientras se apretujaban tras la baja barandilla. El carretero ya ocupaba su puesto en el carro que empezaban a rodear los soldados montados. |
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| | #94 |
| Denunciante Novato | —¡Una más! —gritó lord Gregory al capitán de la guardia. Bella oyó cómo los gritos de los esclavos subían de volumen. Unas manos fuertes la levantaron y sus piernas se quedaron colgadas en el aire. —De acuerdo, princesita —rió el capitán mientras la situaba en el carro. Bella sintió la áspera madera debajo de los pies mientras forcejeaba por mantener el equilibrio. Por un instante, echó una ojeada hacia atrás y vio el rostro surcado de lágrimas de lady Juliana. «Vaya, está llorando de verdad», pensó Bella llena de asombro. Mucho más arriba, de repente, descubrió al príncipe y a lord Stefan en la única ventana del castillo que estaba iluminada por una antorcha. Le pareció que el príncipe vio cómo levantaba la vista. Los esclavos que estaban a su alrededor, al descubrir también la ventana, alzaron un coro de vanas súplicas. El príncipe se dio la vuelta patéticamente, al igual que lord Stefan había vuelto la espalda a los cautivos poco antes. Bella sintió que el carro empezaba a moverse. Las grandes ruedas crujieron y los cascos de los caballos repicaron en las piedras. A su alrededor, los frenéticos esclavos daban tumbos unos contra otros. Miró ante ella y casi de inmediato vio los serenos ojos azules del príncipe Tristán, que iba hacia ella. Bella también avanzaba hacia él, abriéndose paso entre los esclavos que se encogían y se retorcían para evitar la vigorosa paliza de los guardianes que cabalgaban junto a ellos. Bella sintió el corte profundo de una correa que la alcanzó en la pantorrilla, pero el príncipe Tristán ya había conseguido atraerla hacia sí. La princesa apretó fuertemente sus senos contra aquel cálido pecho y apoyó la mejilla en su hombro. El grueso y rígido órgano de Tristán se movía entre sus muslos húmedos y le frotaba el sexo con brusquedad. Bella, luchando por no caerse, se montó sobre el miembro erecto y sintió cómo se introducía suavemente en ella. Pensó en el pueblo, en la subasta que pronto iba a empezar, y en todos los terrores que la esperaban. Pero cuando pensó en su querido y frustrado príncipe y en la pobre y afligida lady Juliana volvió a sonreír. El príncipe Tristán irrumpió en su mente. Parecía que se esforzaba con todo su cuerpo por penetrarla y estrecharla hacia él. Incluso entre los gritos de los otros, y a pesar de la mordaza, oyó su susurro: —Bella, ¿estáis asustada? —¡No! —sacudió la cabeza. Bella apretó su boca torturada contra la de él y, mientras la levantaba con sus embestidas, sintió el corazón de Tristán que palpitaba violentamente pegado al suyo. |
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| | #95 |
| Denunciante Novato |
Bueno... Este es el final de la historia, lo que sigue está en un segundo libro llamado "El castigo de la bella durmiente". Es igual de largo, del mismo corte, pero con escenas totalmente diferentes. Si lo desean lo puedo poner como este, por capítulos... Espero mensajes donde confirmen si lo quieren o no... |
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| | #96 |
| Denunciante Mega |
insisto muy buen libro!!!!! aunque todavia me falta la ultima hoja!!!! me colgue con la lectura!!!! y espero sigas subiendo mas de estos relatos!!!! no te pierdas y sigue aportando!!! |
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| | #97 |
| Denunciante Mega |
Buen relato.... Este quedo en punta...cai que no lo acabo.... Espero los proximo s relatos!!!! Y hubiese sido bueno leer lo que paso en el pueblo.... |
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| | #98 |
| Denunciante Novato |
OK Canti.... Sólo para ti... hoy empiezo a publicar "El castigo de Bella"... Que lo disfrutes |
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| | #99 | |
| Denunciante Novato |
Es la segunda parte de
RESUMEN DE LO ACONTECIDO la subasta del pueblo.Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe. Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inme diato como esclava y la llevó a su reino. De este modo, con el consentimiento de sus agradecidos padres y ofuscada por el deseo que le inspiraba el joven heredero, Bella fue llevada a la corte de la reina Eleanor, la madre del príncipe, para prestar vasallaje como una más entre los cientos de princesas y príncipes desnudos que servían de juguetes en la corte hasta el momento en que eran premiados con el regreso a sus reinos de origen. Deslumbrada por los rigores de las salas de adiestramiento y de castigos, la severa prueba del sendero para caballos y también gracias a su creciente voluntad de complacer, Bella se convirtió en la favorita del príncipe y, ocasionalmente, también servía a su ama, lady Juliana. No obstante, no podía cerrar los ojos al deseo secreto y prohibido que le suscitaba el exquisito esclavo de la reina, el príncipe Alexi, y más tarde el esclavo desobediente, el príncipe Tristán. Tras vislumbrar por un instante al príncipe Tristán entre los proscritos del castillo, Bella, en un momento de sublevación aparentemente inex plicable, se condenó al mismo castigo destinado para Tristán: la expulsión de la voluptuosa corte y la humillación de los arduos trabajos en el pueblo cercano. En el momento de retomar nuestra historia, acaban de subir a Bella en el mismo carretón don de van a trasladar al príncipe Tristán y a los otros esclavos condenados por el largo camino hasta la tarima de subastas del mercado del pueblo. LOS PENADOS El lucero del alba se desvanecía en el cielo violeta cuando la gran carreta de madera, abarrota da de esclavos desnudos, cruzaba lentamente el puente levadizo del castillo. Los blancos caballos de tiro avanzaron pesadamente hasta tomar la ser penteante calzada que conducía al pueblo, mien tras los soldados mantenían sus monturas muy cerca de las altas ruedas de madera, para así alcanzar más fácilmente con sus correas las piernas y nalgas desnudas de los sollozantes príncipes y princesas. El grupo de cautivos se apiñaba frenéticamen te sobre las ásperas maderas de la carreta, con las manos atadas detrás de la nuca, las bocas amordazadas y estiradas por las pequeñas embocaduras de cuero y las enrojecidas nalgas y generosos pechos temblorosos por el movimiento. Algunos de ellos, movidos por la desespera ción, dirigían sus miradas hacia las altas torres del castillo ensombrecido. Pero al parecer no había nadie despierto que pudiera oír su llanto. En el interior de los muros permanecía un millar de escla vos obedientes que dormían sobre los cómodos lechos de la sala de esclavos o en las suntuosas alcobas de sus amos y señoras, indiferentes a la suerte de sus díscolos compañeros que en aquel mismo instante se alejaban en la carreta bambo leante, de altas barandas, en dirección a El jefe de la patrulla sonrió para sus adentros cuando vio que la princesa Bella, la otros.esclava más querida del príncipe de la Corona, se arrimaba a la alta y musculosa figura del príncipe Tristán. Bella había sido la última incorporación a la carreta, y qué preciosidad, se dijo él al observar aquel largo y liso cabello dorado y suelto sobre la espalda, y la boquita que se esforzaba por besar a Tristán pese a la embocadura de cuero que la amordazaba. Se preguntaba cómo podría consolarla el desobe diente Tristán, que tenía las manos atadas a la nuca tan firmemente como todos los demás esclavos penados. El jefe no sabía si impedir este contacto ilícito. Bastaría simplemente con apartar a Bella del grupo, doblarla con las piernas separadas sobre la va lla de la carreta y azotar su mórbido y desobe diente sexo con el cinto. Quizá debiera hacer bajar a Tristán y Bella de la carreta y azotarlos con el lá tigo mientras andaban detrás del carro. Sería una buena lección para castigar aquella insolencia. Pero lo cierto era que el jefe sentía cierta compasión por los esclavos condenados, incluso por los traviesos Bella y Tristán, pese a lo consentidos que eran. Además, al mediodía todos habrían sido vendidos en la subasta del mercado. Tendrían tiempo de sobra para aprender a someterse duran te los largos meses de verano en los que prestarían vasallaje en el pueblo. El jefe de patrulla, que cabalgaba en ese mo mento a la altura del carretón, alcanzó con su cinto a otra apetecible princesita castigando los rosados labios púbicos que asomaban entre el nido de satinados rizos negros. A continuación empleó la correa lanzándola con toda su fuerza contra un príncipe de largas extremidades que, galantemen te, intentó cubrirla. Nobleza incluso en la adversidad, se rió el jefe de la patrulla para sus adentros y, con la correa, le dio al príncipe esclavo justo lo que se merecía, dis frutando aún más al descubrir el miembro endu recido del príncipe que se contorsionaba de dolor. Tuvo que admitir que se trataba de un grupo bien adiestrado. Las encantadoras princesas mos traban sus pezones erectos y rostros sonrojados, y los príncipes se esforzaban por cubrir sus penes tumefactos. Por mucha lástima que le inspiraran, no pudo evitar pensar en cuánto iban a disfrutar los del pueblo. Durante todo el año, los lugareños ahorraban cuanto podían para el día en que, por unas cuantas monedas, podían adquirir un esclavo altivo, un príncipe elegido para servir, adiestrado y preparado para la corte, que entonces durante todo el verano debía obedecer a cualquier humilde sirvienta o mozo de cuadra que pujara lo suficiente en la su basta pública. y esta vez formaban un grupo realmente ten tador. Sus cuerpos bien formados aún exudaban fragancias de exquisitos perfumes, el vello púbico aún peinado e impregnado de aceites, como si fue ran a ser presentados a la propia reina en vez de ante un millar de aldeanos impacientes que los de vorarían con sus miradas lascivas. En el mercado les esperaban remendones, posaderos y comer ciantes que a cambio de su dinero estaban decidi dos a exigir trabajos forzados además de atractivo físico y la humildad más abyecta. El carromato sacudía su carga de esclavos sollozantes, que se desplomaban unos sobre | |
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| | #100 |
| Denunciante Novato | El distante castillo ya no era más que una gran sombra gris recortada contra el cielo rozaba el hombro con una sedosa melena.cada vez más claro, y los vastos jardines de placer quedaban ocultos tras las altas murallas. El jefe de patrulla acercó un poco más su caballo a la espesura de pantorrillas bien formadas y pies de alto empeine que contenía el carro y son rió al comprobar que media docena de desdicha dos estaban estrujados contra la barandilla delan tera, sin posibilidad de escapar a los embates de los soldados, a causa de la presión que ejercían sus compañeros. No podían hacer otra cosa que re torcerse bajo la mordedura de las correas. Sus ca deras, traseros y vientres quedaban expuestos una y otra vez a la agresión de las correas mientras intentaban ocultar sus rostros surcados de lágrimas. Era una imagen sensual, que quizá resultaba aún más interesante por el hecho de que los escla vos ignoraban por completo lo que les aguardaba a su llegada. Por mucho que les previnieran en la corte sobre el pueblo, los esclavos nunca estaban preparados para la conmoción que les esperaba. Si de verdad lo hubieran sabido, jamás se habrían arriesgado a contrariar a la reina. El jefe de patrulla no podía evitar anticiparse al final del verano e imaginar a estos mismos jóve nes ahora quejosos y forcejeantes, en el momento de ser devueltos, tras concienzudos castigos, con las cabezas inclinadas y las bocas selladas, en la más completa sumisión. ¡Qué privilegio sería azo tarlos uno por uno para que posaran sus labios sobre la pantufla de la reina! Pues que protesten mientras puedan, se dijo el jefe reflexivamente. Dejemos que se retuerzan y que gimoteen, pensó mientras el sol se alzaba sobre las verdes colinas ondulantes y la carreta avanzaba cada vez más rápida y estruendosa por la ca rretera del pueblo. Permitamos que la preciosa Bella y el majestuoso joven Tristán fundan sus cuerpos en el mismo centro del tumulto, pues no tardarán en descubrir lo que se han buscado. Esta vez puede que hasta decidiera quedarse a la venta, pensó, o como mínimo permanecería el tiempo suficiente para ver cómo separaban a Bella de Tristán y los subían a la tarima como se mere cían, para ser subastados uno y otro sus nuevos propietarios. BELLA Y TRISTÁN Pero, Bella, ¿por qué lo hicisteis? susurró el príncipe Tristán. ¿Por qué desobedecisteis deliberadamente? ¿Acaso queríais que os enviaran al pueblo? Alrededor de ellos, en el oscilante carro, los príncipes y princesas cautivos lloraban a gritos y gemían desesperados. Pero Tristán había conseguido soltarse la cruel embocadura de cuero que lo amordazaba y la dejó caer al suelo. Bella hizo lo mismo al instante. Se li beró del mezquino mecanismo con ayuda de la lengua y lo escupió con un delicioso y claro gesto de desafío. Al fin y al cabo, eran esclavos condenados, ¿o no? Así pues, ¿qué más daba? Sus padres les ha bían entregado para prestar vasallaje a la reina y les habían ordenado que obedecieran siempre durante los años de servicio. Pero ellos habían fracasado, y ahora estaban condenados a trabajos forzados y a ser utilizados cruelmente por el pueblo llano. ¿Por qué, Bella? insistió Tristán, aunque nada más pronunciar estas palabras cubrió la boca abierta de la joven con la suya de tal manera que la princesa no tuvo más remedio que recibir, de pun tillas, su beso al mismo tiempo que el miembro erecto del príncipe penetraba en la húmeda y ávida vagina de ella. ¡Ojalá no tuvieran las manos atadas! ¡Ojalá pudieran abrazarse! De repente, los pies de Bella dejaron de tocar el suelo de la carreta y su cuerpo cayó contra el pecho de Tristán. La princesa se quedó apoyada sobre él, con aquella violenta palpitación en su interior que borraba los gritos y los azotes de las correas, mientras sentía cómo hasta su propio alien to era succionado y obligado a abandonar su bello cuerpo. Bella creyó flotar durante toda una eternidad, alejada del mundo real, del inmenso y rechinante carro de madera de altas ruedas, los guardias inso lentes, el cielo que palidecía formando un elevado arco sobre las onduladas y oscuras colinas, y la sombría perspectiva del pueblo que se extendía a lo lejos, bajo una bruma azulada. El sol naciente, el ruido de los cascos de los caballos y los blandos miembros de los demás esclavos forcejeantes que se aplastaban contra las nalgas irritadas de Bella dejaron de existir. Para ella sólo existía este órga no que la hendía, la levantaba y luego la llevaba sin piedad hasta una explosión de placer, silenciosa y ensordecedora a la vez. Su espalda se arqueaba con las piernas estiradas, y los pezones palpitaban contra la cálida carne del príncipe mientras la len gua de Tristán le llenaba la boca. En la confusión del éxtasis, Bella percibió el irresistible ritmo final que adoptaron las caderas de Tristán. La princesa apenas lograba contenerse pero aun así, el placer se fragmentaba, se multiplicaba y la inundaba implacable. En algún reino, más allá del pensamiento, sentía que no era hu mana. El placer disolvía la humanidad que había conocido hasta entonces. Ya no era la princesa Bella, la esclava que tenía que servir en el castillo del príncipe de la Corona. No obstante, seguía en este mismo lugar, donde había conocido el más fulminante de los placeres. En este éxtasis, lo único que reconocía era la húmeda pulsación de su propio sexo y el miembro que la levantaba y la mantenía sujeta.. Los besos de Tristán eran cada vez más tiernos, dulces y prolongados. Un esclavo lloroso apretaba su carne caliente contra la espalda de Bella, mientras otro cálido cuerpo se aplastaba contra su costado derecho y le |
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