| Denunciante Novato
| El castigo de la Bella Durmiente
Es la segunda parte de "Las aventuras de bella". RESUMEN DE LO ACONTECIDO Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe. Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inme diato como esclava y la llevó a su reino. De este modo, con el consentimiento de sus agradecidos padres y ofuscada por el deseo que le inspiraba el joven heredero, Bella fue llevada a la corte de la reina Eleanor, la madre del príncipe, para prestar vasallaje como una más entre los cientos de princesas y príncipes desnudos que servían de juguetes en la corte hasta el momento en que eran premiados con el regreso a sus reinos de origen. Deslumbrada por los rigores de las salas de adiestramiento y de castigos, la severa prueba del sendero para caballos y también gracias a su creciente voluntad de complacer, Bella se convirtió en la favorita del príncipe y, ocasionalmente, también servía a su ama, lady Juliana. No obstante, no podía cerrar los ojos al deseo secreto y prohibido que le suscitaba el exquisito esclavo de la reina, el príncipe Alexi, y más tarde el esclavo desobediente, el príncipe Tristán. Tras vislumbrar por un instante al príncipe Tristán entre los proscritos del castillo, Bella, en un momento de sublevación aparentemente inex plicable, se condenó al mismo castigo destinado para Tristán: la expulsión de la voluptuosa corte y la humillación de los arduos trabajos en el pueblo cercano. En el momento de retomar nuestra historia, acaban de subir a Bella en el mismo carretón don de van a trasladar al príncipe Tristán y a los otros esclavos condenados por el largo camino hasta la tarima de subastas del mercado del pueblo. LOS PENADOS El lucero del alba se desvanecía en el cielo violeta cuando la gran carreta de madera, abarrota da de esclavos desnudos, cruzaba lentamente el puente levadizo del castillo. Los blancos caballos de tiro avanzaron pesadamente hasta tomar la ser penteante calzada que conducía al pueblo, mien tras los soldados mantenían sus monturas muy cerca de las altas ruedas de madera, para así alcanzar más fácilmente con sus correas las piernas y nalgas desnudas de los sollozantes príncipes y princesas. El grupo de cautivos se apiñaba frenéticamen te sobre las ásperas maderas de la carreta, con las manos atadas detrás de la nuca, las bocas amordazadas y estiradas por las pequeñas embocaduras de cuero y las enrojecidas nalgas y generosos pechos temblorosos por el movimiento. Algunos de ellos, movidos por la desespera ción, dirigían sus miradas hacia las altas torres del castillo ensombrecido. Pero al parecer no había nadie despierto que pudiera oír su llanto. En el interior de los muros permanecía un millar de escla vos obedientes que dormían sobre los cómodos lechos de la sala de esclavos o en las suntuosas alcobas de sus amos y señoras, indiferentes a la suerte de sus díscolos compañeros que en aquel mismo instante se alejaban en la carreta bambo leante, de altas barandas, en dirección a la subasta del pueblo. El jefe de la patrulla sonrió para sus adentros cuando vio que la princesa Bella, la esclava más querida del príncipe de la Corona, se arrimaba a la alta y musculosa figura del príncipe Tristán. Bella había sido la última incorporación a la carreta, y qué preciosidad, se dijo él al observar aquel largo y liso cabello dorado y suelto sobre la espalda, y la boquita que se esforzaba por besar a Tristán pese a la embocadura de cuero que la amordazaba. Se preguntaba cómo podría consolarla el desobe diente Tristán, que tenía las manos atadas a la nuca tan firmemente como todos los demás esclavos penados. El jefe no sabía si impedir este contacto ilícito. Bastaría simplemente con apartar a Bella del grupo, doblarla con las piernas separadas sobre la va lla de la carreta y azotar su mórbido y desobe diente sexo con el cinto. Quizá debiera hacer bajar a Tristán y Bella de la carreta y azotarlos con el lá tigo mientras andaban detrás del carro. Sería una buena lección para castigar aquella insolencia. Pero lo cierto era que el jefe sentía cierta compasión por los esclavos condenados, incluso por los traviesos Bella y Tristán, pese a lo consentidos que eran. Además, al mediodía todos habrían sido vendidos en la subasta del mercado. Tendrían tiempo de sobra para aprender a someterse duran te los largos meses de verano en los que prestarían vasallaje en el pueblo. El jefe de patrulla, que cabalgaba en ese mo mento a la altura del carretón, alcanzó con su cinto a otra apetecible princesita castigando los rosados labios púbicos que asomaban entre el nido de satinados rizos negros. A continuación empleó la correa lanzándola con toda su fuerza contra un príncipe de largas extremidades que, galantemen te, intentó cubrirla. Nobleza incluso en la adversidad, se rió el jefe de la patrulla para sus adentros y, con la correa, le dio al príncipe esclavo justo lo que se merecía, dis frutando aún más al descubrir el miembro endu recido del príncipe que se contorsionaba de dolor. Tuvo que admitir que se trataba de un grupo bien adiestrado. Las encantadoras princesas mos traban sus pezones erectos y rostros sonrojados, y los príncipes se esforzaban por cubrir sus penes tumefactos. Por mucha lástima que le inspiraran, no pudo evitar pensar en cuánto iban a disfrutar los del pueblo. Durante todo el año, los lugareños ahorraban cuanto podían para el día en que, por unas cuantas monedas, podían adquirir un esclavo altivo, un príncipe elegido para servir, adiestrado y preparado para la corte, que entonces durante todo el verano debía obedecer a cualquier humilde sirvienta o mozo de cuadra que pujara lo suficiente en la su basta pública. y esta vez formaban un grupo realmente ten tador. Sus cuerpos bien formados aún exudaban fragancias de exquisitos perfumes, el vello púbico aún peinado e impregnado de aceites, como si fue ran a ser presentados a la propia reina en vez de ante un millar de aldeanos impacientes que los de vorarían con sus miradas lascivas. En el mercado les esperaban remendones, posaderos y comer ciantes que a cambio de su dinero estaban decidi dos a exigir trabajos forzados además de atractivo físico y la humildad más abyecta. El carromato sacudía su carga de esclavos sollozantes, que se desplomaban unos sobre otros. |