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Relatos Eroticos » Las aventuras de BellaParticipa en el tema Las aventuras de Bella en el foro Relatos Eroticos. |
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| | #191 | |
| Denunciante Novato |
Al fin y al cabo, había mucho que hacer por la mañana. Casi podía ver a la multitud que y hacia delante formando un leve ángulo.rodeaba la plataforma giratoria al mediodía. En algún momento antes del amanecer, me des perté. Creí haber oído algún ruido en el bosque. Pero al escuchar con más atención, tumbado en la oscuridad, percibí únicamente el murmullo habi tual de las criaturas de la noche. Nada perturbaba su paz. Miré hacia el pueblo que dormía allá a lo lejos, bajo abombadas nubes luminosas, y creí de tectar alguna alteración en su aspecto. Las puertas estaban cerradas. Pero quizá siempre estaban cerradas a esta hora. No era problema mío. Seguro que por la mañana estarían abiertas. Me puse boca abajo y me acurruqué otra vez junto a mi amo. REVELACIONES Y MISTERIOS En cuanto bañaron a Bella, con su larga melena limpia y seca, la señora Lockley la llevó a pala zos a través de la concurrida posada hasta salir bajo el letrero del Signo del León iluminado por la luz de las antorchas. Una vez allí le indicó que permaneciera sobre los adoquines. La plaza también estabá repleta de gente: hombres jóvenes que entraban y salían en tropel de los diversos mesones, la mayoría de los comer ciantes del pueblo y unos pocos soldados. La señora Lockley alisó el cabello de Bella, le ahuecó rudamente los rizos de la entrepierna y le dijo que se irguiera y sacara pecho como era debido. Casi al instante Bella oyó un caballo que se aproximaba y, al mirar a la derecha hacia el extre mo más alejado de la plaza, vio las puertas abiertas del pueblo, la forma de la campiña oscura bajo el cielo más claro y la figura negra de un alto soldado que se aproximaba a caballo. Los cascos repicaban sobre las piedras y resonaban en los muros mientras la montura avanzaba pesadamente en dirección al Signo del León, hasta que el jinete tiró bruscamente de las riendas al lle gar a su altura y se detuvo. Como había esperado y soñado Bella, era el capitán, con su pelo reluciente como una capa de oro a la luz de las antorchas. La señora Lockley dio un empujoncito a Bella para alejarla de la puerta de la posada y el capitán obligó a su caballo a rodear lentamente a la mu chacha, que permanecía de pie, con la vista baja sobre sus pechos cimbreantes, movidos por aquel violento y delicioso latir de su corazón. La enorme espada del capitán centelleaba a la luz de las antorchas y el manto de terciopelo caía tras él formando una sombra de un color rosa os curo. A Bella se le cortó la respiración cuando vio la brillante y lustrosa bota del oficial y el costado poderoso del animal que pasaba de nuevo ante ella. Luego, cuando el caballo se acercó peligrosamente, casi obligándola a retroceder, sintió que el brazo del capitán la cogía y la levantaba por los aires para posarla sobre el caballo, de cara a él, con las piernas desnudas rodeándole la cintura, mien tras ella le arrojaba los brazos alrededor del cuello para agarrarse con fuerza. El caballo se encabritó y partió aceleradamen te. Salió de la plaza por las puertas de la muralla y continuó corriendo por la carretera que atravesa ba los campos de cultivo. Bella se movía arriba y abajo con las sacudi das, y su sexo se abría contra el frío latón de la he billa del cinturón del capitán. Sus senos se apretaban contra el pecho de él, y su cabeza caía hacia delante, apoyada contra su fuerte hombro. Casitas y campos pasaban volando ante ella bajo la mortecina luna creciente, y luego divisó el perfil oscuro de una elegante casa solariega. El caballo penetró en la oscuridad más densa del bosque y continuó trotando mientras el cielo se esfumaba sobre sus cabezas, la brisa levantaba el pelo de Bella y la mano del capitán la abrazaba. Finalmente, divisaron unas luces, el resplan dor vacilante de las hogueras de un campamento. El capitán aminoró la marcha. Se aproximaron a un pequeño círculo formado por cuatro tiendas blancas como la nieve donde Bella vislumbró a una veintena de hombres reunidos en torno al gran fuego encendido en el centro del círculo. El capitán desmontó y dejó a Bella postrada de rodillas junto a sus talones. Ella se quedó allí, agazapada, sin atreverse a levantar la vista hacia los soldados. Los altos árboles se elevaban sobre el campamento, delineados por el parpadeo espec tral de la hoguera. Bella se emocionó ante la espeluznante oscila ción de la luz, aunque esto le provocó un profundo terror. Luego, para su consternación, vio una tosca cruz de madera clavada en el suelo frente al fuego, con un corto y grueso falo que se erguía desde el punto de unión de los dos maderos. La cruz no al canzaba la altura de un hombre. La pieza transversal estaba clavada a la parte delantera del otro madero, desde donde sobresalta el falo hacia arn ba | |
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| | #1.5 |
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| | #192 |
| Denunciante Novato | Bella sintió un nudo en la garganta al mirar fi jamente la cruz bajo la tétrica e Un excitado murmullo surgió de la compañía.inconstante luz del fuego y rápidamente bajó la vista en dirección a la bota del capitán. Bien, ¿han vuelto ya los patrulleros? le preguntaba el capitán a uno de sus hombres. Bella vio los pies del soldado plantados ante ella. y vosotros, ¿no habéis tenido suerte? Han regresado todos menos uno, señor di jo el hombre y hemos tenido suerte pero no como esperábamos. La princesa no aparece por ningún lado. Es posible que haya alcanzado la frontera. El capitán soltó una imprecación de o.Pero a éste dijo el hombre lo cazamos al anochecer en el bosque, al otro lado de la montaña. Tímidamente, Bella alzó la vista y distinguió a un príncipe desnudo, alto y fornido, al que empu jaron hacia la luz del fuego. Tenía el cuerpo lleno de polvo y los testículos atados a su pene erecto con un par de pesos de hierro que colgaban de las correas. La alargada y amplia maraña de pelo castaño estaba llena de trozos de hojas y tierra. Sus piernas y su imponente torso exudaban poderío. Era uno de los esclayos más grandes que había visto jamás. y miraba directamente al capitán con unos ojos marrones que mostraban una mezcla de temor re sentido y excitación. Laurent dijo el capitán en voz baja. El castillo aún no ha avisado de su desaparición. No, señor. Ha recibido dos azotainas; tiene las nalgas en carne viva. Los hombres también lo han castigado. Creí que era lo que querríais, nada de dejarlo tranquilo. Pero esperamos vuestra or den para copular con él. El capitán asintió con un gesto. Estaba estudiando al esclavo con evidente enfado. El esclavo personal de lady Elvira dijo. El soldado que sujetaba al príncipe por los brazos tiró de su cabellera hacia atrás y la luz alcanzó el rostro del evadido, cuyos ojos se entrecerraron sin dejar de mantener la mirada fija en el capitán. ¿Cuándo os escapasteis? preguntó el capitán. Dio dos largas zancadas hacia el príncipe y le retorció la cabeza hacia atrás con más crueldad aún. Bella veía claramente a ambos hombres re cortados contra la luz del fuego. El príncipe era más grande que el capitán y su cuerpo temblaba bajo la mirada escudriñadora de éste. Perdonad me; señor susurró el esclavo. Ha sido a última hora de hoy cuando he escapado. Perdonad me. ¿No habéis ido muy lejos, eh, mi guapo príncipe? preguntó el capitán. Luego se volvió al oficial: ¿Así que los hombres se han divertido con él? Dos y tres veces cada uno, señor. Le han hecho correr y lo han flagelado a conciencia. Está listo. El capitán sacudió la cabeza lentamente y cogió al esclavo por el brazo. El corazón de Bella se estremeció. Continuaba arrodillada en el suelo e intentaba mantener las piernas separadas y disimular las miradas furtivas que lanzaba al príncipe ¿Planeasteis esta intentona con la princesa Lynette? inquirió el capitán empujando al es clavo hacia la cruz. No, señor, lo juro respondió el príncipe tropezando. Ni siquiera sabía que se hubiera escapado. Mantenía las manos enlazadas tras la nuca pese a que estaba apunto de caerse. Bella lo vio entonces de espaldas por primera vez, era una perfecta malla de marcas de color rosado y erup ciones blancas que bajaban hasta sus tobillos. Cuando le dieron la vuelta para que se queda ra de espaldas a la cruz, su pene se convulsionó bajo las ataduras. Era enorme y rojo, con la punta húmeda. Su rostro estaba cada vez más rubori zado. |
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| | #193 |
| Denunciante Novato | Bella percibió el movimiento de los hombres que se agitaban en las sombras, detrás de junto a la cruz y, con tan sólo un palmo de correa fustigó la rolliza verga del esclavo.la luz del fue go, como si se acercaran un poco más, acechándolo. El capitán indicó a sus hombres que levanta ran al príncipe. Bella sintió un nudo en su seca garganta. Los soldados levantaron al esclavo y tiraron de sus piernas, separándolas a ambos lados. Luego lo co locaron sobre el falo de madera. La víctima soltó un gruñido ronco, y los sol dados mostraron su satisfacción con un vítore apagado. El príncipe gruñía cada vez con más fuerza mientras le doblaban las piernas completamente hacia atrás, separadas, para atárselas al madero transversal. Aquello provocó un fuerte dolor en los muslos de Bella sólo de mirar al príncipe que estaba totalmente inmovilizado sobre la cruz, con las escocidas nalgas contra la madera que tenía de bajo y el falo bien introducido en su interior. Pero aquello aún no había acabado. Mientras ataban los brazos del príncipe detrás de la cruz, le inclinaron la cabeza completamente hacia atrás, aplastándola sobre lo más alto del madero verti cal, y la ataron con un largo cinto de cuero que sujetaron cubriendo su bo.ca abierta y que luego amarraron a la madera por detrás de las orejas, mientras él mantenía la vista desamparada y fija en el cielo. Bella vio el reluciente pelo enmarañado del cautivo que caía por su espalda, y su garganta, que se ondulaba con silenciosas boqueadas. Peor aún era la exhibición de su sexo hinchado. Cuando le rompieron las traíllas que sujeta ban la verga, se sacudió y tembló, tirando del peso que colgaba de él. Bella sintió otra vez que su propio sexo se contraía y encogía. Los hombres estaban alrededor de la cruz mientras el capitán inspeccionaba el trabajo. El cuerpo del príncipe se estremecía de pies a cabeza, tenso sobre la cruz, y el peso de hierro oscilaba colgado de su pene tumefacto. Bella vio que inclu so las nalgas se alzaban y se contraían sobre el grueso falo de madera. La figura completa no superaba la altura de un hombre bajo, y el capitán, que permanecía a su lado, miraba despectivamente al príncipe. Le reti ró el pelo de los ojos con brusquedad. Entonces Bella alcanzó a ver el movimiento de los párpados y la boca del príncipe que se esforzaba por cerrarse aunque la amplia tira de cuero la obligaba a per manecer abierta. Mañana dijo el capitán, tal como estáis ahora, os subirán al carro para conduciros por los campos hasta el pueblo. Los soldados marcharán delante y detrás al son del redoble de tambores para atraer la atención del público. y haré saber a la reina que habéis sido capturado. Quizá solicite veros, aunque tal vez no. Si lo hace, viajaréis del mismo modo hasta el castillo, donde os colocarán en el jardín, expuesto hasta que ella tome una de cisión. Si decide no veros, quedaréis sentenciado a pasar el resto de vuestra vida en el pueblo, sin po sibilidad de recurso. Haré que os azoten por las calles, y luego os subastarán. y ahora, os azotaré yo personalmente. La compañía vitoreó una vez más. El capitán cogió la correa de cuero que llevaba en la cintura, retrocedió para ganar espacio suficiente y comenzó a azotarlo. No era una correa demasiado pesada ni muy ancha, pero Bella dio un respingo y se cubrió la cara con las manos, escu driñando entre los dedos para ver cómo descendía la plana tralla sobre la parte interior de los muslos del príncipe, lo que provocó quejidos y gruñidos inmediatos. El capitán golpeaba con fuerza, no perdonaba ni un centímetro de sus piernas. La correa alcanzaba los costados de las pantorrillas, espinillas y tobillos. Golpeaba incluso las plantas de los pies y luego el vientre desnudo del príncipe. La carne torneada temblaba y palpitaba mientras la víctima gemía contra la mordaza, con el rostro surcado de lágrimas y sus ojos abiertos con la vista fija en el cielo. Todo su cuerpo parecía vibrar atado a la cruz. Las nalgas subían y bajaban con espasmos y deja ban al descubierto la base del falo. Cuando todo su cuerpo quedó convertido en una mancha oscura de color rosa, desde el vello púbico hasta los tobillos, y su pecho y su estóma go quedaron cubiertos por un enrejado de marcas hinchadas del mismo color, el capitán se adelantó hasta plantarse |
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| | #194 |
| Denunciante Novato | El Pero no tuvo ocasión.príncipe se ponía tenso y se agitaba con rápidos movimientos ascendentes y descendentes, con el peso del hierro colgado de su miembro, que cada vez era más enorme y casi de color púrpura. Luego, el capitán se detuvo. Miró desde su altura a los ojos del esclavo y volvió a apoyar la mano en su frente. No ha estado tan mal esa zurra, ¿eh, Laurent? preguntó. El pecho del príncipe se henchía, con evidente dificultad para respirar. Los hombres se reían en voz baja. Pero tengo que deciros que volveréis a recibir otra igual al amane cer y otra más al mediodía y también con el cre púsculo. Sonó otra explosión de risas. El príncipe suspiró profundamente y las lágrimas le cayeron por las mejillas. Espero que la reina os entregue a mí aña dió en voz baja el capitán. Chasqueó los dedos para que Bella le siguiera al interior de la tienda. Cuando la muchacha se disponía a entrar arrastrándose a cuatro patas hacia la cálida luz que llenaba el espacio bajo la lona blanca, un oficial la adelantó apresuradamente. No quiero ver a nadie ahora le dijo el capitán al oficial. Bella se hizo aun lado con gesto de sumisión. Capitán dijo el oficial, bajando la voz. No sé si esto podrá esperar. La última patrulla acaba de llegar hace un momento mientras azotabais al fugitivo. ¿Sí? Bien, no han encontrado a la princesa pero juran haber visto jinetes esta noche en el bosque. El capitán, que se había sentado frente aun pequeño escritorio con los codos apoyados en la mesa, alzó la vista. ¿Qué? exclamó con incredulidad. Señor, juran que los han visto y oído. Un grupo numeroso, según dicen. El soldado se acercó un poco más a la mesa. A través de la puerta, Bella vio las manos del príncipe cautivo que se retorcían bajo las cuerdas en la parte posterior de la cruz y la agitación de sus nalgas que no dejaban de moverse, como si no pudiera asimilar su castigo. Señor añadió el oficial, el patrullero está casi seguro de que se trataba de incursores enemigos. Pero no se habrán atrevido a volver tan pronto. El capitán hizo un ademán de desdén. y menos con luna llena. No puedo creerlo. Pero, señor, sólo está en cuarto creciente, y el último ataque sorpresa fue hace dos años. El centinela dice que también ha oído algo cerca del campamento hace un momento. ¿Habéis doblado la guardia? Sí, señor, la he doblado al instante. Los ojos del capitán se entrecerraron. Ladeó la cabeza. Señor, guiaban los caballos por el bosque, según dicen los soldados, sin luz y sin hacer ruido. ¡Tienen que ser ellos! El capitán reflexionó. De acuerdo, levantad el campamento. Subid al fugitivo al carro y dirigíos al pueblo. Enviad mensajeros para que doblen la guardia en los to rreones. Pero no quiero que cunda la alarma en el pueblo. Probablemente no será nada. Hizo una pausa, obviamente considerando la situación. No tiene ningún sentido rastrear la costa esta noche añadió. Sí, señor. Casi es imposible rastrear todas esas ensenadas incluso a la luz del día. Pero saldremos ma ñana. Cuando el oficial se retiró, el capitán se puso en pie de mala gana. Chasqueó los dedos para que Bella se acercara a él y, después de darle un apresurado beso, la cargó sobre su hombro. No hay tiempo para vos esta noche, hermo sa, al menos no aquí dijo y le estrujó la cadera mientras se la llevaba. Era medianoche cuando regresaron a la po sada cabalgando muy adelantados al resto del grupo. Bella pensaba en todo lo que había oído y visto, estimulada a su pesar por el sufrimiento de Laurent. Se moría de ganas de contar al príncipe Roger o a Richard lo que había oído sobre los extraños jinetes nocturnos y quería preguntarles qué significaba todo aquello. |
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| | #195 |
| Denunciante Novato | Nada más entrar en el alegre alboroto del bar, el capitán la entregó a los soldados Bella abrió los ojos, pero ellos se habían apartado del tonel y no pudo oírlos.instalados en la mesa más próxima a la puerta. y antes de que pu diera darse cuenta, se encontró sentada y abierta de piernas sobre el regazo de un encantador y musculoso joven de cabello cobrizo; sus caderas rebotaban sobre una atrayente verga de gran grosor mientras un par de manos friccionaban los pe zones desde detrás. Transcurrían las horas y el capitán mantenía la mirada atenta sobre ella, aunque a menudo parti cipaba en alguna acalorada conversación con sus soldados. Las idas y venidas de los numerosos hom bres se sucedían apresuradamente. Cuando a Bella le entró sueño, el capitán la recogió para llevársela. La subió a lo alto de un tonel situado ,contra la pared, y allí se quedó sentada, con el sexo comprimido contra la áspera madera y las manos atadas por encima de la cabeza. Cuando volvió la cabeza aun lado para dormir, su visión estaba empañada y el gentío brillaba tenuemente a sus pies. Bella pensó una y otra vez en los fugitivos. ¿Quién era la princesa Lynette que había alcanzado la frontera? ¿La misma alta princesa rubia que años antes había atormentado a su querido prínci pe Alexi durante la pequeña demostración circen se que realizó para la corte del castillo? ¿y dónde estaría ahora? ¿Vestida ya salvo en otro reino? Tendría que envidiarla, pensó, pero no podía. Ni siquiera era capaz de pensar en ello con la suficiente concentración. Su mente regresaba una y otra vez, sin temor ni prejuicio, sin pensar siquie ra, a la magnífica imagen del príncipe Laurent montado sobre la cruz, con su imponente torso palpitante bajo los golpes de la correa y las nalgas cabalgando sobre el falo de madera. Se quedó dormida. Sí, al parecer, algún momento antes de la ma ñana había visto a Tristán. Pero debió de ser un sueño. El hermoso Tristán, de rodillas ante la puerta de la posada, estaba observándola. El cabello dorado le caía casi hasta los hombros y sus grandes ojos azul violeta la contemplaban con ab soluto cariño. Tenía muchas ganas de hablar con él y contar le la extraña satisfacción que sentía. Pero luego, la visión de Tristán se desvaneció, tal y como había llegado. Debía de haberlo soñado. A través de sus sueños le llegó la voz de la señora Lockley que hablaba en voz baja con el capitán. Lo siento por esa pobre princesa dijo si les que están ahí fuera. Pero tan pronto, casi no puedo creer que se atrevan a intentarlo. Lo sé respondió el capitán. Pero pueden venir en cualquier momento y caer sobre las granjas y las casas solariegas y largarse antes de que el pueblo se entere. Eso es lo que hicieron hace dos años. Por eso he doblado la guardia, y vigilaremos hasta que la situación esté despejada. |
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| | #196 |
| Denunciante Mega |
Exelente.... Ahora llegaron mas personajes.... Me intrigan quienes seran.... Espero y sigas conel relato!!! |
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| | #197 |
| Denunciante Novato | PROCESIÓN PENITENCIAL hechizada.Cuando Bella se despertó ya era última hora de la tarde y estaba sola en la cama del capitán. Desde la plaza llegaba un sonoro clamor acompa ñado del lento y estremecedor redoble de un tambor. A pesar de la alarma que provocó en su alma, pensó en las tareas que debía hacer. Se incorporó invadida por el pánico. Pero el príncipe Roger la calmó de inmediato con un sutil ademán. El capitán ha dicho que durmáis hasta tarde le explicó. Aunque tenía la escoba en la mano, estaba mirando por la ventana. ¿Qué sucede? preguntó Bella. Sentía la reverberación del tambor en el pecho. El ritmo ininterrumpido la llenaba de temor. Al compro bar que no había nadie más en la habitación se le vantó y se acercó al príncipe Roger. Tan sólo se trata del príncipe fugitivo, Laurent explicó. Rodeó a Bella con el brazo y la acercó a los gruesos cristales de la ventana. Lo están paseando en carro por el pueblo. Bella apretó la frente contra el cristal. Abajo, entre la multitudinaria y disgregada muchedum bre de lugareños, vio una enorme carreta de dos ruedas, tirada por esclavos en vez de caballos, con sus embocaduras y arreos, que rodeaba el pozo. El rostro enrojecido del príncipe Laurent, atado a la cruz con las piernas estiradas y su promi nente sexo más endurecido que nunca, alzó la vista y miró fijamente a Bella. La princesa vio aquellos inmensos y al parecer serenos ojos, la boca temblorosa detrás de la gruesa tira de cuero que mantenía la cabeza sujeta a lo alto del madero, y las piernas amarradas, estremecidas por el movi miento irregular de la carreta. Desde esta nueva perspectiva, la imagen del príncipe maniatado cautivó a la muchacha con más intensidad que la noche anterior. Observó la lenta progresión de la carreta y escrutó la expresión singular del rostro del príncipe, totalmente exenta de pánico. El griterío de la multitud era tan estridente como el de la subasta. Mientras la carre ta rodeaba el pozo y reemprendía la marcha en di rección al Signo del León, Bella apreció a la víctima completamente de frente. Dio un respingo al comprobar las erupciones de la piel y las marcas enrojecidas que cubrían la zona interior de las piernas, el pecho y el vientre. Ya había recibido dos palizas más, y le habían prometido otra. Pero otra visión aún más inquietante captó su atención; uno de los seis esclavos enjaezados a la carreta era Tristán. En ese momento pasaban otra vez justo bajo la posada y no cabía la menor duda de que se trataba de él, con la espesa melena dora da brillando tenuemente al sol y la cabeza estirada hacia atrás por la embocadura que llevaba entre los dientes, mientras marcaba el paso levantando las rodillas. De la hendidura de su atractivo trasero brotaba una cola de caballo de pelo negro, liso y brillante. No hacía falta que nadie le explicara cómo se mantenía en su sitio. Adivinó el falo que le habían introducido. Bella se cubrió el rostro con las manoS pero, entre sus piernas, notó aquella conocida secreción, el primer clarín de los tormentos y éxtasis del día. No os aflijáis, tontina dijo el príncipe Roger. El príncipe fugitivo se lo merece. Además, el castigo no ha hecho más que empezar. La reina se ha negado a verlo y lo ha sentenciado a cuatro años en el pueblo. Bella estaba pensando en Tristán. Imaginó su verga dentro de ella y experimentó una fascina ción demencial al verlo allí atado, tirando de la ca rreta y, sobre todo, con aquella pasmosa cola de caballo que colgaba de su ano. La visión la confundió y le provocó un sentimiento de culpa, como si le hubiera traicionado. Bien, tal vez eso es lo que deseaba el fugitivo dijo Bella con un suspiro, refiriéndose a Laurent. No obstante, anoche se había arrepen tido suficientemente. O quizás es lo que creía que deseaba añadió Roger. Ahora tendrá que sufrir en la plataforma giratoria, luego lo pasearán una vez más por la plaza, para volver a la plataforma giratoria antes de que lo entreguen al capitán. La procesión seguía dando vueltas alrededor del pozo sin que el tambor dejara de sonar, cris pando los nervios de Bella. Otra vez veía a Tristán marchando casi orgulloso a la cabeza del tiro. La visión de sus genitales, los pesos que colgaban de sus pezones y su hermoso rostro levantado por la embocadura de cuero provocó un pequeño to rrente de pasión en su interior. Normalmente los soldados abren y cierran la marcha le explicó el príncipe Roger, que vol vió a coger la escoba. Me pregunto dónde esta rán hoy. «Buscando invasores ocultos», pensó ella, aun que no dijo nada. Estaba a solas con Roger y podía preguntarle sobre esas cosas, pero la procesión la había dejado demasiado |
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| | #198 |
| Denunciante Novato | Tenéis que bajar al patio y descansar sobre la hierba le dijo el príncipe. había hecho en el carretón de es clavos.¿Otra vez? El capitán no os hará trabajar hoy, y por la noche os va a alquilar a Nicolás, el cronista de la rema. ¡El amo de Tristán! exclamó Bella en un susurro. ¿Ha requerido mi presencia? Ha pagado por vos con buenas monedas del reino añadió Roger, que había reanudado su ta rea. Bajad ahora le recordó. Con el corazón desbocado, Bella observó el lento avance de la procesión que tomaba la amplia calleja en dirección al otro extremo del pueblo. TRISTÁN Y BELLA Bella no podía esperar a que fuera de noche. Las horas se le hacían interminables mientras la bañaban, peinaban y embadurnaban completa mente con aceites, aunque sin tanto miramiento como en el castillo. Por supuesto, cabía la posibi lidad de que no pudiera ver a Tristán aquella noche. ¡Pero iba a ir al lugar donde vivía! No podía dominar su emoción. Finalmente, llegó la noche. El príncipe Richard, el «buen chico», pensó Bella con una sonrisa, recibió órdenes de llevarla a casa de Nicolás, el cronista. El mesón estaba curiosamente vacío aunque, por lo demás, todo parecía normal bajo el cada vez más oscuro crepúsculo. Las luces vacilaban en las pequeñas y bonitas ventanas que se sucedían a lo largo de las estrechas callejuelas. El aire primaveral era fragante y dulce. El príncipe Richard le permitía marchar con cierta lentitud, únicamente le indicaba de vez en cuando que mostrara más brío, pues si no ambos se llevarían una zurra. Él caminaba tras Bella con la correa en la mano, y la azotaba alguna que otra vez. A través de las bajas ventanas, Bella vio esposas y maridos sentados a las mesas y esclavos des nudos que se levantaban con movimientos apre surados de su posición arrodillada para dejar fuentes o jarras ante sus señores. Los esclavos amarrados a las paredes gemían mientras se retorcían con inútiles movimientos ascendentes y descendentes. Algo ha cambiado dijo Bella en voz alta cuando entraron en una calle más ancha llena de elegantes casas, casi todas con su esclavo maniatado, colgado de algún puntal de hierro en la fachada. Algunos de ellos estaban fuertemente amor dazados y amarrados, otros simplemente perma necían quietos en una actitud de absoluta sumi sión. No hay soldados susurró Richard. Por favor, guardad silencio. A vos no os corresponde hablar. Vamos a acabar los dos en el establecimiento de castigo. Pero, ¿dónde están? preguntó Bella. ¿Queréis recibir una azotaina? la amenazó el príncipe. Han salido a rastrear la costa y el bosque. en busca de algún supuesto destacamento incursor. No sé qué quiere decir eso exactamente pero no se os ocurra abrir la boca. Es secreto. Ya habían llegado ante la puerta de la casa de Nicolás. Richard la dejó allí. Una doncella la recibió y le ordenó que se pusiera a cuatro patas. Excitada por la expectación, Bella fue conducida a través de una elegante casita y por un estrecho corredor lateral. Abrieron una puerta ante ella y la doncella le ordenó que entrara, cerró la puerta y la dejó allí. Bella casi no pudo creer lo que veía cuando al alzar la vista descubrió a Tristán ante ella. El príncipe alzó los brazos y la levantó del suelo. A su lado estaba la alta figura de su amo, Nicolás, a quien Bella recordaba de la subasta. El rostro de la muchacha se puso como la gra na al mirar al hombre ya que ella y Tristán se esta ban abrazando de pie en medio de la habitación. Calmaos, princesa dijo con voz casi acariciadora. Podéis estar con mi esclavo cuanto queráis, y mientras permanezcáis en los confines de esta habitación, seréis libres de gozar a vuestras anchas. Regresaréis a vuestra servidumbre habitual cuando abandonéis mi casa. Oh, mi señor susurró Bella y se dejó caer de rodillas para besarle las botas. El cronista de la reina permitió aquella corte sía ya continuación los dejó a solas. Bella se levantó y voló a los brazos de Tristán, cuya boca abierta empezó a devorar los besos de ella con vo racidad. Dulce tesoro, preciosa mía decía Tristán, que recorría con sus labios la garganta y el rostro de la muchacha mientras empujaba su miembro contra el vientre desnudo de ella. A la luz mortecina de las velas, el cuerpo del príncipe parecía casi pulido y su pelo relucía radiante. Bella alzó la vista para mirar aquellos ojos de un azul violáceo y seguidamente se puso de puntillas para montarse sobre el miembro del príncipe, como |
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| | #199 |
| Denunciante Novato | Enlazó los brazos alrededor del cuello de Tristán y acomodó el sexo sobre la verga más absoluta.erecta. Sintió que el cuerpo de su compañero sellaba el suyo. Tristán se dejó caer lentamente sobre la colcha de satén verde de la pequeña cama artesonada de ro ble y, tumbándose sobre los almohadones, echó la cabeza hacia atrás mientras ella cabalgaba sobre él. El príncipe levantaba los pechos de Bella con las manos, le pellizcaba los pezones para que continuaran palpitando mientras ella sacudía y salta ba sobre su miembro, para luego caer con todo su peso y comérselo a besos. Tristán gemía y su rostro estaba cada vez más rojo. Bella sintió la erupción de él bajo su cuerpo y se corrió al mismo tiempo, ralentizando las sa cudidas hasta quedarse inmóvil, con las piernas es tiradas, temblando levemente con las últimas con vulsiones de placer. Permanecieron abrazados, tumbados uno junto al otro, y él le apartó cuidadosamente el pelo de la cara. Mi querida Bella le susurró entre besos. Tristán, ¿por qué nos deja hacer esto vuestro amo? preguntó. Se encontraba en un dulce estado de modorra, y en realidad no le importaba. Sobre la mesilla que había junto a la cama ardían varias velas. La llama se abultaba y borraba los objetos de la habitación excepto la superficie dorada de un gran espejo. Es un hombre lleno de misterios y secretos, de una extraña intensidad dijo Tristán. Hará exactamente lo que le plazca. y ahora le apetece permitirme que os vea; mañana, probablemente, le apetecerá azotarme por todo el pueblo. y posi blemente creerá que una cosa acrecentará el tormento de la otra. El recuerdo de Tristán enjaezado y con la cola de caballo volvió de inmediato a la mente de Bella. Os he visto en la procesión susurró, y de pronto se sonrojó. ¿Tan terrible parecía? le respondió intentando consolarla con más besos. En las mejillas de él apareció también un débil rubor que en un ros tro tan varonil resultaba irresistible. Estaba estupefacta. ¿A vos no os pareció terrible? preguntó la princesa. De lo profundo del pecho de Tristán surgió una risa grave. La muchacha tiró del vello dorado que ascendía formando rizos desde el miembro hasta el vientre. Sí, querida mía respondió. ¡Era deli ciosamente terrible! Bella se rió mientras lo miraba fijamente y volvió a besarle con pasión. Se acomodó sobre él para mordisquearle y besarle los pezones. Me excitó verlo confesó la muchacha con una voz gutural extraña en ella. Únicamente rezaba para que, de alguna manera, os resignarais... Estoy más que resignado, amor mío di jo, besando la frente de la rubia cabeza mientras continuaba tumbado y recibía los mordiscos ca riñosos de la muchacha. Bella se montó sobre el muslo izquierdo de Tristán y apretó su sexo con tra él. El príncipe jadeaba mientras ella le mordía un pezón y le pellizcaba el otro con leves tirones. Luego la echó de espaldas sobre las sábanas y le abrió la boca con la lengua una vez más. Pero, decidme insistió ella. Detuvo su beso por un momento mientras la verga le rozaba el monte de Venus tirando suavemente a contrapelo de su espeso vello rizado, debíais... bajó la voz hasta convertirla en un murmullo. ¿Cómo podíais...? Los arneses, la embocadura y la cola de caballo... ¿Cómo habéis llegado a esto, a tal aceptación? No hacía falta que él le dijera que estaba resignado; era evidente, se notaba, lo había visto durante la procesión. Pero lo recordaba en la ca rreta cuando bajaban del castillo y Bella intuyó el miedo que él sentía entonces y que su orgullo im pedía revelar con libertad. He encontrado a mi amo, el que me hace estar en armonía con todos los castigos explicó Tristán. Pero, por si os interesa empezó otra vez a besarla ya abrir sus labios púbicos con el pene, que también le presionaba el clítoris, era y siempre será la mortificación |
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| | #200 |
| Denunciante Novato | Bella alzó las caderas para recibirlo. Se balancearon al unísono, Tristán se elevó sobre excitación de pertenecer a un gran «esquema», según decía Tristán.ella y la contempló apoyado sobre los brazos, que sopor taban como pilares sus poderosos hombros. Ella levantó la cabeza para besarle los pezones, mientras le pellizcaba y separaba las nalgas. Palpó las duras y deliciosas heridas, que midió y compri mió mientras se acercaba al labio sedoso y arrugado del ano. Los movimientos de Tristán se hicie ron cada vez más rápidos, bruscos y agitados mientras ella continuaba con sus sondeos. De pronto, Bella estiró el brazo hasta la mesilla conti gua y cogió una de las gruesas velas de cera de su soporte de plata, apagó la llama y apretó la punta fundida con los dedos. Entonces se la hundió, introduciéndola con firmeza en el ano. Tristán cerró los ojos con fuerza. El propio sexo de Bella se convirtió en una tensa vaina pegada al miembro de él y el clítoris se endureció. Estaba a punto de explotar, y, mientras hacía girar la vela como una manivela, Bella gritó cuando sintió el ardiente fluido de Tristán que se derramaba en su interior. Se quedaron quietos, tumbados, con la vela a un lado. Bella se preguntaba sobre lo que había hecho, pero Tristán se limitaba a besarla. El príncipe se levantó, sirvió un vaso de vino y lo acercó a los labios de Bella. La muchacha, perpleja, lo cogió y lo bebió como hubiera hecho una dama, admirada ante aquella curiosa sensación. Pero, decidme, ¿cómo os ha ido en el pue blo, Bella? preguntó Tristán. ¿Habéis sido rebelde? Contad me. La muchacha sacudió la cabeza. He caído en manos de un amo y una señora duros y perversos se rió solapadamente. Describió los castigos de la señora Lockley en la cocina, la forma en que actuaba el capitán con ella y las noches que pasaba con los soldados, pro longándose en describir la belleza física de sus dos verdugos. Tristán la escuchaba con expresión grave. Bella le habló del fugitivo, del príncipe Laurent. Ahora sé que si alguna vez me escapo será con la idea de que me atrapen, de que me casti guen igual que a él y de pasar toda mi vida en el pueblo dijo. Tristán, ¿pensáis que soy horrible por desear eso? Preferíría escaparme antes que volver al castillo. Pero si os escapáis quizás os aparten del capitán y de la señora Lockley replicó él y tal vez os vendan a otra persona para hacer trabajos y servicios más duros. Eso no importa dijo. En realidad no son los amos quienes consiguen mi armonía con el castigo, por usar vuestras mismas palabras; simplemente es la dureza, la frialdad y la inexorabilidad. Quiero sentirme abatida, perdida entre los castigos. Adoro al capitán ya la señora pero en el pueblo probablemente habrá otros amos más duros. Ah, me sorprendéis dijo él ofreciéndole más vino. Yo estoy tan absolutamente enamo rado de Nicolás que no puedo oponerme a él. Tristán explicó entonces las cosas que le habían sucedido, cómo él y Nicolás habían hecho el amor y conversado, su paseo por la colina. La segunda vez que he pasado por la plataforma pública, hoy al mediodía explicó, me he sentido extasiado. No he dejado de sentir mie do en ningún momento. Mientras me subían por los escalones, ha sido peor que la primera vez, porque ya sabía lo que iba a suceder. Pero he visto todo el lugar de castigo público con más claridad a la intensa luz del sol que a la de las antorchas, y no me refiero a ver con más precisión las cosas. He comprendido el gran esquema del que formaba parte y, mientras sufría el contundente castigo, mi alma cedió y se abrió por completo. Ahora, toda mi existencia, sea en la plataforma giratoria, en el arnés o en brazos de mi amo, es una súplica por ser utilizado como se usa el calor del fuego, por disolverme en la voluntad de los demás. La volun tad de mi amo es mi guía y, a través de él, me entrego a todos los que son testigos de mi presencia o me desean. Bella permanecía observándolo en silencio. Entonces habéis entregado vuestra alma le dijo. Se la habéis entregado a vuestro amo. Yo no he hecho eso, Tristán. Mi alma sigue pertene ciéndome. Es lo único que puede poseer un escla vo, y no estoy dispuesta a entregarla. Entrego todo mi cuerpo al capitán, a los soldados ya la se ñora Lockley. Pero en el fondo de mi alma, sigo pensando que no pertenezco a nadie. No dejé el castillo para buscar el amor que no había encon trado allí. Lo abandoné para que unos dueños más severos e indiferentes me sacudieran y doble garan. ¿Y vos sois indiferente a ellos? preguntó Tristán. Me interesan tanto como yo a ellos con testó tras reflexionar. Ni más ni menos. Pero, tal vez mi alma cambie con el tiempo. Quizá sea porque aún no he conocido a Nicolás, el cronista. Entonces Bella pensó en el príncipe de la Corona. Le hizo sonreír. Lady Juliana la asustaba y molestaba. El capi tán la emocionaba, agotaba y sorprendía. La seño ra Lockley le gustaba en secreto, por el terror que le inspiraba. Pero hasta ahí llegaban las cosas. No les amaba. Eso era el pueblo para ella, junto con la gloria y la |
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