Al fin y al cabo, había mucho que hacer por la mañana. Casi podía ver a la multitud que
rodeaba la plataforma giratoria al mediodía.
En algún momento antes del amanecer, me des perté.
Creí haber oído algún ruido en el bosque.
Pero al escuchar con más atención, tumbado en la oscuridad, percibí únicamente el
murmullo habi tual de las criaturas de la noche. Nada perturbaba su paz. Miré hacia el
pueblo que dormía allá a lo lejos, bajo abombadas nubes luminosas, y creí de tectar
alguna alteración en su aspecto. Las puertas estaban cerradas. Pero quizá siempre
estaban cerradas a esta hora. No era problema mío. Seguro que por la
mañana estarían abiertas. Me puse boca abajo y me acurruqué otra vez junto a mi amo.
REVELACIONES Y MISTERIOS
En cuanto bañaron a Bella, con su larga melena limpia y seca, la señora Lockley la llevó
a pala zos a través de la concurrida posada hasta salir bajo el letrero del Signo del León
iluminado por la luz de las antorchas. Una vez allí le indicó que permaneciera sobre los
adoquines.
La plaza también estabá repleta de gente: hombres jóvenes que entraban y salían en
tropel de los diversos mesones, la mayoría de los comer ciantes del pueblo y unos pocos
soldados. La señora Lockley alisó el cabello de Bella, le ahuecó rudamente los rizos de
la entrepierna y le dijo que se irguiera y sacara pecho como era debido.
Casi al instante Bella oyó un caballo que se aproximaba y, al mirar a la derecha hacia el
extre mo más alejado de la plaza, vio las puertas abiertas del pueblo, la forma de la
campiña oscura bajo el cielo más claro y la figura negra de un alto soldado que se
aproximaba a caballo.
Los cascos repicaban sobre las piedras y resonaban en los muros mientras la montura
avanzaba pesadamente en dirección al Signo del León, hasta que el jinete tiró
bruscamente de las riendas al lle gar a su altura y se detuvo.
Como había esperado y soñado Bella, era el capitán, con su pelo reluciente como una
capa de oro a la luz de las antorchas.
La señora Lockley dio un empujoncito a Bella para alejarla de la puerta de la posada y
el capitán obligó a su caballo a rodear lentamente a la mu chacha, que permanecía de
pie, con la vista baja sobre sus pechos cimbreantes, movidos por aquel violento y
delicioso latir de su corazón.
La enorme espada del capitán centelleaba a la luz de las antorchas y el manto de
terciopelo caía tras él formando una sombra de un color rosa os curo. A Bella se le cortó
la respiración cuando vio la brillante y lustrosa bota del oficial y el costado poderoso del
animal que pasaba de nuevo ante ella. Luego, cuando el caballo se acercó
peligrosamente, casi obligándola a retroceder, sintió que el brazo del capitán la cogía y
la levantaba por los aires para posarla sobre el caballo, de cara a él, con las piernas
desnudas rodeándole la cintura, mien tras ella le arrojaba los brazos alrededor del cuello
para agarrarse con fuerza.
El caballo se encabritó y partió aceleradamen te. Salió de la plaza por las puertas de la
muralla y continuó corriendo por la carretera que atravesa ba los campos de cultivo.
Bella se movía arriba y abajo con las sacudi das, y su sexo se abría contra el frío latón
de la he billa del cinturón del capitán. Sus senos se apretaban contra el pecho de él, y su
cabeza caía hacia delante, apoyada contra su fuerte hombro. Casitas y campos pasaban
volando ante ella bajo la mortecina luna creciente, y luego divisó el perfil oscuro de una
elegante casa solariega.
El caballo penetró en la oscuridad más densa del bosque y continuó trotando mientras el
cielo se esfumaba sobre sus cabezas, la brisa levantaba el pelo de Bella y la mano del
capitán la abrazaba. Finalmente, divisaron unas luces, el resplan dor vacilante de las
hogueras de un campamento.
El capitán aminoró la marcha. Se aproximaron a un pequeño círculo formado por cuatro
tiendas blancas como la nieve donde Bella vislumbró a una veintena de hombres
reunidos en torno al gran fuego encendido en el centro del círculo.
El capitán desmontó y dejó a Bella postrada de rodillas junto a sus talones. Ella se
quedó allí, agazapada, sin atreverse a levantar la vista hacia los soldados. Los altos
árboles se elevaban sobre el campamento, delineados por el parpadeo espec tral de la
hoguera.
Bella se emocionó ante la espeluznante oscila ción de la luz, aunque esto le provocó un
profundo terror.
Luego, para su consternación, vio una tosca cruz de madera clavada en el suelo frente al
fuego, con un corto y grueso falo que se erguía desde el punto de unión de los dos
maderos. La cruz no al canzaba la altura de un hombre. La pieza transversal estaba
clavada a la parte delantera del otro madero, desde donde sobresalta el falo hacia arn ba
y hacia delante formando un leve ángulo.