| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Bella alzó las caderas para recibirlo. Se balancearon al unísono, Tristán se elevó sobre
ella y la contempló apoyado sobre los brazos, que sopor taban como pilares sus
poderosos hombros. Ella levantó la cabeza para besarle los pezones, mientras le
pellizcaba y separaba las nalgas. Palpó las duras y deliciosas heridas, que midió y
compri mió mientras se acercaba al labio sedoso y arrugado del ano. Los movimientos
de Tristán se hicie ron cada vez más rápidos, bruscos y agitados mientras ella
continuaba con sus sondeos. De pronto, Bella estiró el brazo hasta la mesilla conti gua y
cogió una de las gruesas velas de cera de su soporte de plata, apagó la llama y apretó la
punta fundida con los dedos. Entonces se la hundió, introduciéndola con firmeza en el
ano. Tristán cerró los ojos con fuerza. El propio sexo de Bella se convirtió en una tensa
vaina pegada al miembro de él y el clítoris se endureció. Estaba a punto de explotar, y,
mientras hacía girar la vela como una manivela, Bella gritó cuando sintió el ardiente
fluido de Tristán que se derramaba en su interior.
Se quedaron quietos, tumbados, con la vela a un lado. Bella se preguntaba sobre lo que
había hecho, pero Tristán se limitaba a besarla.
El príncipe se levantó, sirvió un vaso de vino y lo acercó a los labios de Bella. La
muchacha, perpleja, lo cogió y lo bebió como hubiera hecho una dama, admirada ante
aquella curiosa sensación.
Pero, decidme, ¿cómo os ha ido en el pue blo, Bella? preguntó Tristán. ¿Habéis sido
rebelde? Contad me.
La muchacha sacudió la cabeza.
He caído en manos de un amo y una señora duros y perversos se rió solapadamente.
Describió los castigos de la señora Lockley en la cocina, la forma en que actuaba el
capitán con ella y las noches que pasaba con los soldados, pro longándose en describir
la belleza física de sus dos verdugos.
Tristán la escuchaba con expresión grave. Bella le habló del fugitivo, del príncipe
Laurent.
Ahora sé que si alguna vez me escapo será con la idea de que me atrapen, de que me
casti guen igual que a él y de pasar toda mi vida en el pueblo dijo. Tristán, ¿pensáis que
soy horrible por desear eso? Preferíría escaparme antes que volver al castillo.
Pero si os escapáis quizás os aparten del capitán y de la señora Lockley replicó él y tal
vez os vendan a otra persona para hacer trabajos y servicios más duros.
Eso no importa dijo. En realidad no son los amos quienes consiguen mi armonía con el
castigo, por usar vuestras mismas palabras; simplemente es la dureza, la frialdad y la
inexorabilidad. Quiero sentirme abatida, perdida entre los castigos. Adoro al capitán ya
la señora pero en el pueblo probablemente habrá otros amos más duros.
Ah, me sorprendéis dijo él ofreciéndole más vino. Yo estoy tan absolutamente enamo
rado de Nicolás que no puedo oponerme a él.
Tristán explicó entonces las cosas que le habían sucedido, cómo él y Nicolás habían
hecho el amor y conversado, su paseo por la colina.
La segunda vez que he pasado por la plataforma pública, hoy al mediodía explicó, me
he sentido extasiado. No he dejado de sentir mie do en ningún momento. Mientras me
subían por los escalones, ha sido peor que la primera vez, porque ya sabía lo que iba a
suceder. Pero he visto todo el lugar de castigo público con más claridad a la intensa luz
del sol que a la de las antorchas, y no me refiero a ver con más precisión las cosas. He
comprendido el gran esquema del que formaba parte y, mientras sufría el contundente
castigo, mi alma cedió y se abrió por completo. Ahora, toda mi existencia, sea en la
plataforma giratoria, en el arnés o en brazos de mi amo, es una súplica por ser utilizado
como se usa el calor del fuego, por disolverme en la voluntad de los demás. La volun
tad de mi amo es mi guía y, a través de él, me entrego a todos los que son testigos de mi
presencia
o me desean. Bella permanecía observándolo en silencio. Entonces habéis entregado
vuestra alma le
dijo. Se la habéis entregado a vuestro amo. Yo no he hecho eso, Tristán. Mi alma sigue
pertene ciéndome. Es lo único que puede poseer un escla vo, y no estoy dispuesta a
entregarla. Entrego todo mi cuerpo al capitán, a los soldados ya la se ñora Lockley. Pero
en el fondo de mi alma, sigo pensando que no pertenezco a nadie. No dejé el castillo
para buscar el amor que no había encon trado allí. Lo abandoné para que unos dueños
más severos e indiferentes me sacudieran y doble garan.
¿Y vos sois indiferente a ellos? preguntó Tristán.
Me interesan tanto como yo a ellos con testó tras reflexionar. Ni más ni menos. Pero, tal
vez mi alma cambie con el tiempo. Quizá sea porque aún no he conocido a Nicolás, el
cronista. Entonces Bella pensó en el príncipe de la Corona. Le hizo sonreír.
Lady Juliana la asustaba y molestaba. El capi tán la emocionaba, agotaba y sorprendía.
La seño ra Lockley le gustaba en secreto, por el terror que le inspiraba. Pero hasta ahí
llegaban las cosas. No les amaba. Eso era el pueblo para ella, junto con la gloria y la excitación de pertenecer a un gran «esquema», según decía Tristán. |